salvaje

Guillermo Arriaga
El Salvaje
Alfaguara
Ciudad de México, 2016
704 pp.


Los riesgos de una novela experimental, autobiográfica y voluminosa son altos. No cualquiera puede darse el lujo de tomarlos. La publicación de El Salvaje de Guillermo Arriaga (México, 1958) aparece como la apuesta más ambiciosa de finales de 2016. El libro condensa ambición narrativa y editorial; Alfaguara declaró hace poco una reimpresión próxima que se suma a un tiraje inicial de once mil ejemplares ya agotados. Todo indica que El Salvaje es nuestro nuevo bestseller mexicano.

Corren los últimos años de esa década convulsa: 1960. Juan Guillermo, un adolescente de la Unidad Modelo, se enfrenta al mundo complejo de su barrio. Venta y consumo de drogas, peleas, escapes y libertad arriesgada en las azoteas, cercanas y conectadas, violencia policial. En los albores de la guerra sucia surge un grupo de jóvenes fanáticos ultracatólicos, apoyados por ciertos sectores de la Iglesia. De una familia de clase media que batalla por la educación bilingüe de sus hijos, el protagonista cae presa de una espiral irremediable de muerte. Su realidad se desmorona cuando cada uno de los miembros de su familia fallecen en un mar de injusticia y desolación. Amor y fraternidad aminoran apenas una sed casi incurable de venganza, odio y rencor. En paralelo a esta primera línea narrativa, en primera persona, de muy fuerte inspiración autobiográfica (Arriaga creció en la Unidad Modelo), se desarrolla la historia de Amaruq, un cazador inuit del Yukón. En los parajes indómitos al norte de la Columbia Británica, Amaruq buscará sin tregua cazar a su némesis, el lobo gris Nujuaqtutuq, hasta poner a prueba su propia vida. La cacería como necesidad y modo de vida son una de las vetas heroicas que, muy vivencialmente, enaltece el autor.

El relato avanza de manera fragmentaria, a saltos, mediante capítulos bastante cortos y dinámicos. En la búsqueda de Arriaga se van fundiendo retazos de diarios, postales, caligramas y poemas, comentarios, notas, fichas biográficas y hasta entradas lexicográficas. Si este dispositivo de variación de materiales busca apagar la monotonía de las dos voces narrativas consigue, por el contrario, generar una elipsis y una pausa extenuantes. Al final de muchos capítulos, el autor introduce fragmentos deshilvanados de leyendas y creencias de interés antropológico, anécdotas o extractos de lecturas de ensayos de psicología, filosofía o historia: mitología africana, australiana, nórdica, náhuatl, pasajes de Nietzsche y Freud. Todos ellos indagan en el tema de la muerte, la obsesión longeva de Arriaga. En ocasiones parecen los apuntes del proceso tan arduo de construcción de una novela, como, por ejemplo, aquellas cuatro partes que asemejan un diccionario, tituladas “Etimología de los sucesos” que despliegan una erudición gratuita alrededor de palabras clave: “Abandono: desamparo. Derivado del francés antiguo a bandon, en poder de alguien. […] Adicto: apegado a algo, por lo general a una droga o sustancia. Del latín addictus…”. Toda esa intención pedagógica decimonónica cae por su propio peso. Tiene poco que ver con la trama y no aporta gran cosa al cierre de los capítulos. Parece un agregado artificial, unpatchwork para engrosar páginas. Como investigación literaria estos fragmentos son muy valiosos, de haberse encontrado en una modesta antología aparte. Aparecen también listas más apegadas al relato: “Recuento de momentos felices: / —Cuando el King… / —Cuando mis papás… / —Cuando pude nadar….”, de nuevo sin que comprendamos su utilidad. Todas estas aportaciones, insisto, no hacen más que poner a prueba la paciencia de un lector que debe abrirse paso por sus frondosas casi setecientas páginas.

Si una enorme virtud tiene El Salvaje, sin embargo, es su capacidad de captación e intriga. La tensión se va dosificando para capturarnos sin escapatoria: el fanatismo irracional de los Jóvenes Comprometidos con Cristo y sus reuniones escabrosas; los negocios ilegales de Carlos; la eterna y caricaturesca corrupción de Zurita (el jefe de la judicial), de jueces, banqueros y políticos; los planes y vericuetos de los asesinatos impunes; la fortaleza, paciencia y perseverancia de Amaruq para lograr su empresa y darle sentido a su existencia, más allá de la vida y la muerte. Como thrillerEl Salvaje es un logro, digno de un guionista que sabe, contra la contemplación soporífera de ciertas tendencias cinematográficas, el momento exacto para realizar un corte, un salto, un cambio brusco de voz narrativa. A esto debemos agregar un estilo ralo y directo, sin mayor profundidad literaria, de metáforas y símiles escasos, a ratos áspero, en otros abiertamente brutal. Hay un trabajo particularmente preciso y dedicado en los aspectos físicos de la muerte y la violencia que se aproximan al gore: descripciones precisas de tufos fétidos, de cadáveres en descomposición, de heridas abiertas y escarificaciones. Quizá esta brutalidad deliberada atraiga o repela pero comulga bien con la tensión dramática y, sobre todo, con las escenas de acción. Gran parte del relato de Amaruq es una aventura donde cada peligro se acentúa y crece hasta rodear al personaje de un aura de Rambo indígena y silvestre. Nada más entretenido que sus tribulaciones montañescas. En El Salvaje se puede saciar una vez más nuestra sed de espectáculo. Al fin y al cabo, todos somos predadores.

Si hay un trasfondo más reflexivo, el libro se concentra en ir desgajando en dosis ínfimas el problema de la omnipresencia de la violencia y sus interjecciones con la naturaleza. “La piedra quiere permanecer piedra. El tigre en tigre”. En este sentido, es una indagación en torno al lugar común, que ya señaló Lydia Cacho, y que corresponde a la famosa alocución de Plauto: “el hombre es un lobo para el hombre”. Pero en nuestra propia forma de animalizarnos los unos a los otros o bien de captar la esencia en los animales para darnos más humanidad, no sabemos si hay que reivindicar, al fin, lo salvaje. ¿Civilización y barbarie? ¿En dónde colocar la cultura? La arrogancia del Juan Guillermo adolescente, por ejemplo, lo lleva en muchas ocasiones a confrontarse con sus conocimientos y su formación humanística, científica. En este pasaje, se refiere a Shakespeare, Rulfo, Borges, Faulkner, sus lecturas formativas: “‘Entre el dolor y la nada, prefiero el dolor’. ¿Ah sí, Faulkner? ¿Prefieres el dolor? Ven, cabrón, y aguanta mi dolor. Carga con esta tonelada de muertos […]. Y tú, Shakespeare, con tu Hamlet blandengue que duda en vengarse. ‘To be or not not be’. Ser o no ser. Lee a Spinoza, Shakespeare, te hará bien, responderá a tu pregunta. […] Y tú, Rulfo, que presumes que tus muertos te hablan. Claro que los muertos hablan”. Estas interjecciones directas y petulantes a los autores no son ni siquiera una manera de poner en duda nuestro canon ni nuestra herencia cultural. Si acaso pertenecen a la curiosa e incomprensible pasión de cacería de Arriaga, quien parece asumir que nada podrá domesticarnos de nosotros mismos, de nuestro lobo interior. Pero dejemos que el lector, tan audaz y valiente como un inuit en la jungla, saque sus propias conclusiones si llega al final de su voluminoso ejemplar del espectáculo de El Salvaje.

 

Álvaro Ruiz Rodilla
Investigador. Doctor en Literatura Hispanoamericana.