Una escritora que tiene toda mi admiración me motivó a escribir mis experiencias al residir en un pequeño territorio de nuestra extensa frontera norte.

A principios de 2015 llegué a Ciudad Juárez, Chihuahua, para trabajar en un lugar de atención a migrantes mexicanos. Traje conmigo dos grandes maletas y muchos estigmas de la ciudad, sobre todo por ser mujer. Las advertencias oscilaban entre los riesgos inmediatos de pisar suelo juarense y morir a manos de los federales, encontrarme en un cruce de fuegos de cárteles disputando la plaza, o ser ultrajada por los pandilleros de la calle.

Un año y medio después de vivir en la frontera, entendí que simplemente es una opinión antigua y distorsionada que se tiene de Juaritos en el interior del país, especialmente el centro. Sin embargo, debo confesar que a pesar de ser testigo de que la situación de inseguridad ya no es la misma que hace unos años, siempre guardé un sentimiento de incertidumbre por entrar de manera regular a la ciudad que por un tiempo fue considerada la más violenta del mundo.1 Estos son los estereotipos que van dejando huella en la memoria, al grado de volverse hábitos difíciles de eliminar.

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Así como aprendí de los estereotipos de Juárez, aprendí que uno no vive en El Paso o en Ciudad Juárez, se vive en la frontera; así es ese lugar, es una sola región que abraza una división forzada por el deber y diluida por el cariño. Encontré también que la vida fronteriza está llena de abismales, nocivos y encantadores contrastes.

Antes de ahondar en el contenido importante que son las historias de la gente que ha vivido con los pies en la frontera, me gustaría describir la escenografía del límite de Ciudad Juárez, Chihuahua y El Paso, Texas. Primero, un retrato del paisaje que la rodea: como imagen más imponente se encuentran unas montañas onduladas que juegan a la geometría con la trayectoria del sol: en las tempranas horas de la mañana luce un amarillo deslumbrante sobre toda la ciudad del Benemérito de las Américas, posterior, el descenso del sol va anunciando el comienzo de la fiesta en el cielo de esa la frontera más fabulosa y bella del mundo, como lo cantó Juan Gabriel. Un cielo que no reconoce mallas ni divisiones internacionales, que no diferencia entre un país para algunos considerado de primer mundo y uno en vías de desarrollo; un cielo que festeja con naranjas y morados que matizan de rosa las alturas, mientras rayos puramente dorados bañan las montañas más limpias y acogedoras que he conocido. Montañas que ya se encuentran del lado de El Chuco, nombre que se utiliza con cariño y orgullo para referirse a El Paso. La celebración continúa con un espectáculo inigualable de estrellas que recubren las dos ciudades y una luna que sin pena ni rencor se muestra por igual ante americanos2 con o sin documentos, se muestra sobre los dos sitios, tan distintos en infraestructura y tan similares en identidad. Un cielo nocturno que se siente envuelve en una burbuja ese territorio único, un cielo oscuro y brillante como emblema fiel de esa región que vela de manera incluyente y sin discurso a una comunidad que se convierte en una bajo los destellos de millones de estrellas, invisibles para grandes metrópolis, pero que aquél lugar guarda como propios. No sé si sea la frontera más hermosa del mundo, lo que sí sé es que son los cielos más extraordinarios que han maravillado a mis ojos.

Este territorio está a las orillas del Río Bravo, parte fundamental de los más de 3 mil kilómetros que marcan la diferencia entre un pasaporte verde y uno azul. La parte del río que toca dicha zona se encuentra en deterioro, llenándose de vacío y de historias de tragedia, metáfora de la estructura desgastada que se percibe en la urbe de Juárez. Como continuación al río fronterizo, en 2006 comenzó la construcción de una valla de metal rojizo de aproximadamente 5 metros de altura que bordea cientos de kilómetros del desierto dibujando la línea divisoria entre las dos naciones. Esta cerca, conocida popularmente como la malla, es ahora una insignia de varias localidades fronterizas, un recordatorio constante y desmesurado de quiénes somos, dónde estamos, cuánto valemos, quiénes no están y cuál es nuestro lugar en la sociedad. Es un sentimiento confuso e impactante ver ese bordo diariamente y observar la notable diferencia social y económica en cada lado del puente. Materialmente esa malla es lo único que fracciona a una de las colonias más pobres y complejas de México de una de las ciudades más seguras del mundo; sin embargo, hay una inmensidad de factores no materiales que las alejan.

Sin importar lo gris y marchito que a veces parece el lado mexicano, siempre encontré una sonrisa en la gente de ese límite geográfico. Siempre alegres, esperanzados y con un alma servicial en busca de ayudar a los demás que no se ve muy seguido. Por eso, es que más allá de ser un cruce internacional importante, una frontera comercial millonaria y una línea de tráfico constante, esa región fronteriza es el espíritu de su gente mezclada y con nacionalidad sui generis.

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En mi estancia en El Paso tuve la oportunidad de conocer y platicar con muchos migrantes de todos los estados de la República que cruzaron la barrera internacional de manera ilegal buscando el sueño americano. Sus experiencias son lo más importante para compartir y sus historias son lo más noble y entrañable que me llevo de esa frontera. Traté a más de un centenar de mexicanos que estaban en custodia de autoridades migratorias, todos sobrevivientes, todos valiosos y todos con algo que contar. Estos son algunos de los relatos que me marcaron y que me permitieron entender las razones, circunstancias, constantes obstáculos y consecuencias del fenómeno de la migración mexicana indocumentada a Estados Unidos.

Me encontré con Ángel, un niño que me platicó las razones por las que cruzó al país de las ilusiones. Hace nueve años su papá sufrió una embolia, quedó casi en estado vegetal debido al carente tratamiento médico público y los bajos recursos de su familia. Vive en una localidad a un lado de una carretera de Puebla, tiene tres hermanos menores, su mamá es la que trabaja y mantiene a los seis. El plan de Ángel era apoyar a su mamá en dólares, pero la migra, afortunada o desafortunadamente, lo agarró. Se me deslizaron las lágrimas cuando este niño con responsabilidad de padre, me dijo “no venía por otra cosa más que trabajar para ella y le fallé”. El muchacho con apenas 12 años de edad que apostó su vida en un viaje despiadado que no considera la calidad humana de los encaminados y que por suerte o milagro sobrevivió, le falló. Cuando me comuniqué con su mamá, ella, con llanto incontrolable, me preguntaba a mí y a Dios por qué lo habían detenido a él. Me dejó sin respuesta. Ángel no pasó más de 12 horas en suelo estadunidense antes de volver a México.

Una de las primeras mujeres que conocí, Leticia, quien tenía en ese momento seis meses de embarazo, prefirió arriesgar su vida brincando un cercado de aproximadamente cinco metros, que seguir la vida marginada y sin esperanza que llevaba en Jalisco. Mientras hablaba con ella sobre la situación migratoria de su esposo, de quien no sé sabía cuánto tiempo se quedaría detenido por las autoridades migratorias de Estados Unidos, la jovencita de unos 23 años y un futuro nublado, lloraba porque no había logrado escapar de los uniformados para que su bebé naciera en la tierra prometida. El llanto sin control de Leticia venía del terror que sentía al pensar que tendría que regresar sola a su lugar de origen. Me repetía enfáticamente que no quería irse sin su esposo, que no quería regresar en absoluto. Leticia y su vientre no habían sufrido daños en su caída, solamente se les habían desmoronado los sueños; ver las ilusiones quebrantadas en una cama de hospital es un poco más duro que en un centro de detención.

Me crucé con otra mujer de mediana edad que sufría tanto por la doble fractura del tobillo que la misma valla le había provocado, como porque había vendido y empeñado todas sus pertenencias en el Estado de México para poder pagarle 6 mil dólares a un individuo que la dejó tirada porque sus heridas no le permitían seguir caminando en el desierto. Pilar había contratado a un pollero, como comúnmente se denomina a quienes trabajan cruzando personas de manera ilegal, conocido por un familiar por lo que sus expectativas de lograr adentrarse a Estados Unidos eran elevadas. Al encontrarse con él en Ciudad Juárez, fue encerrada, junto con aproximadamente 40 personas, en una bodega en medio de la nada cerca de la línea divisoria en donde permanecieron por cinco días sin higiene, espacio ni luz, con sus pocas pertenencias y cuentas pagadas. En la madrugada del quinto día, llegaron varios hombres a sacarlos a todos de prisa para comenzar el largo trayecto para cruzar al otro lado y de ahí tomar camino hacia otras ciudades del país. Durante ese recorrido aterrador, la pobre mujer cayó por los arrebatos de esos hombres, lastimándose el tobillo. Al verla lesionada, continuaron su camino como si nada, así como si se hubiera caído un pedazo de basura, dejando su propia sensibilidad humana y a Pilar sola. Pocas horas después agentes migratorios estadunidenses la encontraron y la llevaron a un hospital para curar sus heridas físicas; las heridas morales y emocionales son irreparables. Pilar se despidió de mí entre lágrimas mientras cruzaba en silla de ruedas el puente de vuelta a una nación donde nada le pertenece, donde todo lo entregó por una ilusión de prosperidad.

Sumergido en uno de los conflictos más oscuros de nuestro país, conocí a un niño rarámuri que fue detenido por ingreso indocumentado con sustancias ilegales. Un niño que con mucha dificultad entendía y hablaba español, un niño que fue criado en la sierra Tarahumara entre montañas, tradiciones milenarias, autenticidad de su gente y pies ligeros.3 A este chico unos narcotraficantes lo llevaron obligado a la frontera donde lo forzaron a caminar por el desierto cargando una muy pesada mochila llena de mercancía ilegal hasta cruzar el margen internacional. El muchacho indígena no comprendía por qué estaba ahí, no comprendía por qué lo habían amenazado de muerte si no llevaba esa maleta hasta el lado estadunidense, no comprendía por qué le habían adelantado 500 pesos de los mil pesos que habían prometido pagarle. Él apenas entendía mis preguntas básicas, cómo explicar la naturaleza del delito que había cometido, cómo decirle que los narcotraficantes y los traficantes de personas, o coyotes como se les conoce también, toman y utilizan a menores de edad como guías y mulas4 porque de acuerdo a los tratados bilaterales e internacionales los menores de edad no pueden estar detenidos en migración más de 72 horas, aunque el 99% de ellos no están más de 24. El niño rarámuri fue regresado a México para que volviera a su comunidad, donde esperará que nadie vuelva abusar de su franca ingenuidad para tan bajos fines. Esto es un reflejo de cómo en cuestiones del narco, al final la gente de hasta bajo en su organigrama es la que paga.

Vivir en la frontera te da diversos ejemplos del significado del instinto de supervivencia. Uno de esos ejemplos fue Arturo y la manera en la que salvó la vida en medio del desierto sin poder caminar por la hinchazón de sus pies, debido a que llevaba tres días sin beber agua y sin parar. La soledad acompañó a este mexicano sobre la arena desértica y bajo el sol ardiente, porque el guía que había pagado con el fin de llevarlo hasta un área segura del lado de Estados Unidos, lo condujo a cruzar el límite político y después huyó como bien lo hacen los cobardes. Días después de andar, Arturo quedó inmóvil por el dolor y el cansancio; rodeado de algunos arbustos de hierba y norias, se sentó desvanecido a esperar que alguien lo encontrara. Con la voz entrecortada me explicó cómo de día usaba un palo que encontró en el camino y su gorra para proyectar una sombra que le diera resguardo, y de noche utilizaba una pequeñísima luz de una pila que llevaba para intentar llamar la atención de las patrullas fronterizas estadunidenses que rastrean el área. Fue así como lo encontraron cuando apenas seguía consciente. Por una deshidratación que provocó que sus riñones como sus sueños se dieran por vencidos, Arturo ahora tiene daños permanentes: necesitará diálisis continua. Al día siguiente, el señor de mediana edad fue retornado a Michoacán, donde ningún seguro popular cubre la diálisis; estará de por vida atado a una enfermedad que, si no lo mata, lo hará la falta de un sistema de salud pública sin restricciones que incluya el tratamiento de este padecimiento en su país. El tratamiento de diálisis en México cuesta aproximadamente 250 mil pesos al año.5

Otra historia de supervivencia es la de Lucía y su bebé. Lucía decidió emprender el viaje de cruzar la frontera con aproximadamente nueve meses de embarazo y acompañada de su hija de ocho años; después de varios días de caminar entre las montañas, tuvieron que detenerse porque Lucía comenzó las contracciones para dar a luz. Esa bebé nació en el monte, una bebé cuyo cordón umbilical fue cercenado con un corta-uñas, bebé que salió a la vida de la manera más natural y sin intervención médica de ningún tipo, bebé fuerte y sana, de nacionalidad estadunidense por geografía y mexicana por herencia. Una bebé cuya madre valientemente y sin quejas la parió, la protegió, siguió el camino y encontró ayuda. Después de varias horas de parir, Lucía y sus dos hijas siguieron el camino hasta que encontraron una estación de policía donde las trasladaron a un hospital. Lucía y la bebé se encontraban en perfectas condiciones. Antes de ser enviada a México, Lucía registró a su hija como ciudadana de Estados Unidos después de que autoridades de migración estadunidense encontrarán los restos de la placenta en el monte, territorio perteneciente al dominio del país de las Trece Colonias. Esa bebé está creciendo ahora en Sonora con una madre dedicada, audaz y deportada.

Residir en frontera también te demuestra lo palpable de su hostilidad. Jesús, de 16 años, me relató entre confusiones y mareos, la historia del trayecto que realizó con su padre por el desierto para cruzar al otro lado y cómo fue que terminó solo en custodia de autoridades migratorias. Iba junto con su papá siguiendo una ruta que les habían trazado sobre papel invisible para llegar “sin problemas” a la tierra prometida cuando perdieron el camino entre nubes del desierto, un horizonte de nada y una botella de agua restante. Se sentaron a descansar por unas horas, Jesús decidió ir a los alrededores para buscar agua cuándo el calor tempestuoso lo desubicó totalmente y extravió el rumbo de vuelta a su padre. Fue unas horas después que caminando y sin playera, un coche de la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos encontró a Jesús y lo llevó a recibir atención médica. Cuando Jesús terminó de platicarme esto, era mi turno para decirle que esa madrugada habían encontrado el cuerpo sin vida de su papá. Hombre de 40 años, fornido y enérgico, que las durezas y la crueldad del terreno fronterizo indocumentado mataron. Pronunciar esas palabras a un joven con ánimo de niño, me selló. Jesús y el cuerpo de su papá regresaron en medio de arrepentimiento y culpa a un pequeño pueblo de Chihuahua con su familia que los esperaba con incredulidad y profunda pena.

Esas fueron las historias que, a pesar de no ser propias, viví con cada uno de sus protagonistas. Las historias que agonicé en primera fila mientras tenía los pies en medio de una fragmentación de la tierra creada por el hombre: al norte, un país exuberante y rico; al sur, una nación bella y dolorosa. Una frontera con el Spanglish como su lengua oficial, con el tráfico de la línea como su declaratoria de ajetreada área metropolitana, con singularidades contradictorias como su constitución política. Una región llena del sueño americano y de la migra, de Juaritos y de El Chuco, del bordo y de la doble nacionalidad, de migrantes y ciudadanos, de oportunidades y de sueños rotos, de narcotráfico y de apoyar al prójimo, de calores infernales e inviernos helados, de mexas que pagan impuestos en el IRS6 y de gringos que trafican droga en suelo mexicano, de cristianos y católicos, de música de banda y country, de misericordia y de injusticia, de cercanía en territorio y de lejanía en progreso, de familias divididas y de unión fraternal, de sangre y de fervor, de un puente que conecta y que deporta.

Creo que en este particular momento en que se está hablando tanto de muros, el bordo bravo lleno de particularidades, es una prueba específica, tangible y funcional de lo útil que es la flexibilidad de tener dos nacionalidades. Es evidencia del intercambio multifacético y perenne que tienen Estados Unidos y México; la reciprocidad que existe entre los estadunidenses que visitan a su familia y paisajes mexicanos y los mexicanos que compran en Estados Unidos. Estos factores hacen de Ciudad Juárez y El Paso el ejemplo ideal de una relación bilateral que, aún llena de contrastes adversos y muchas veces paradójicos, se fortalece cada día para mantener una beneficiosa y controversial amistad. Un vínculo entre dos naciones que más allá de compartir historia, comercio, política y problemáticas, comparten ciudadanos y familias. Esa delimitada franja posee una tierra dividida en muchas fronteras que cuantifican el valor de la vida, pero también conserva un cielo en el que no hay barreras, un cielo que ve a todos los hombres iguales y libres.

 

María Fernanda Estrada Ornelas
Licenciada en Relaciones Internacionales.


1 De acuerdo con un estudio del Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y Justicia Penal, Ciudad Juárez fue la ciudad más violenta del mundo en 2011 por tercer año consecutivo. 

2 Pertenecientes al continente americano, porque americano es eso, un ciudadano del continente entero.

3 Los tarahumaras o rarámuris son un pueblo indígena que vive en la Sierra de Chihuahua, la palabra significa “los de pies ligeros”. 

4 Términos coloquiales, guías de personas dedicadas a dirigir a la gente por el desierto hasta cruzar de manera indocumentada a suelo estadunidense; mulas son las personas que transportan relativamente pequeñas cantidades de drogas ilegales tanto caminando por el desierto, que es de donde viene la expresión, como por otros medios de transporte: avión, camión, coches, etc. 

5 El Informe sobre la Salud de los Mexicanos establece que la insuficiencia renal es una de las 10 principales causas de muerte, en 2014 de acuerdo con datos del INEGI murieron 12,788 mexicanos por padecimientos de insuficiencia renal.

6 IRS: Internal Revenue Service: Servicio Tributario del Departamento de Tesorería de los Estados Unidos.