Edgardo Aragón (1985) ha llevado los dilemas sociales y políticos del México contemporáneo, y en particular de Oaxaca, a múltiples latitudes. Su obra ha sido expuesta en Brasil, Bélgica, Estados Unidos, Francia, Israel y la República Checa, entre otros. Mediante distintos soportes representa las tensiones que implica el paso del tiempo, la violencia de los cercanos, el cumplir con los estereotipos y las posiciones sociales. Este texto habla de su más reciente exposición en el MUCA-Roma, que termina este fin de semana.

La intuición de que muchos ideales de la modernidad se fincaron en la noción de un progreso y desarrollo urbano que no responden a las necesidades reales de la gente, sino a un pacto económico, es el tema que explora Edgardo Aragón en su más reciente muestra en el espacio del MUCA en la colonia Roma. Para ello, retoma la definición que el escritor Juan Villoro propone para hablar del sistema político mexicano y nombra así a su exposición: “Tenebra”, un término que alude a tenebris, la raíz latina de la palabra oscuridad. A partir de esta reflexión, el artista oaxaqueño explora las relaciones de visibilidad y subjetividad en la vida política contemporánea utilizando yuxtaposiciones de imágenes, texto y videoinstalación que desafían el carácter desigual del proyecto de modernización del Estado mexicano.

Edgardo Aragón nació en 1985, en Ocotlán, Oaxaca. En su trabajo busca revelar una serie de situaciones que redefinen la realidad social de la que ha sido consciente desde que inició su carrera artística de forma catártica. En su adolescencia se mudó a la Ciudad de México para estudiar Artes Plásticas y Visuales en La Esmeralda, lo cual le permitió, no sólo salir de su geografía, sino dar un salto abismal en temas de producción artística: eventualmente abandonó escuela, estilo y tradición para formular su propio lenguaje. Aragón es un artista que parte de su experiencia individual hacia el exterior, hacia segundas y terceras personas; narra historias del lugar en que nació, de su infancia e intimidad para abordar problemáticas mundiales planteando, por ejemplo, que la desigualdad en México es también la injusticia de Europa.

Por otro lado, como confiesa en una entrevista con Rodrigo Ortiz Monasterio, entiende el paisaje como un escenario que habla de la gente: los espacios físicos provocan reflexiones para descubrir en lo cotidiano ––casi por accidente–– temas de interés. Quizás es por esta intimidad territorial que, a pesar de abandonar Oaxaca desde hace tiempo, sus obras lo devuelven a ese lugar en múltiples ocasiones.

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La tenebra, 2012, vista de instalación.

Con el tríptico Parque abandonado, una serie de fotografías proyectadas que retratan algunos escenarios de la ex-hacienda Tecuela en Ocotlán, Oaxaca ––la cual funcionó como un parque recreativo para la clase obrera de la localidad durante los años ochenta––, Aragón destaca el deterioro y abandono en el que actualmente se encuentra el lugar, y critica la evidente destrucción de este espacio que ahora es propiedad privada. Asimismo, demuestra que, hoy en día, la jornada de trabajo se extiende sólo a las horas de productividad y cuestiona la conciencia a propósito de los derechos laborales.

Inspirado en  hechos reales y en historias personales, las fotografías de Edgardo muestran paisajes irrumpidos por la corrupción política; en ellas, los escenarios y los problemas sociales se conjuntan en primer plano pues, como ha mencionado, los motivos que lo han impulsado a producir, pensar y criticar son diversos factores que se sustentan en la incomodidad ante lo político, lo social y la vida misma. Además, sus trabajos fotográficos han formado parte de exposiciones colectivas, junto con otros mexicanos, como la que se presentó en The Jewish Museum, Sights and Sounds: Mexico, del 27 de febrero al 26 de marzo de 2015.

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La tenebra, 2012, monografías.

En esta exposición, el artista también aborda el tema de la migración y diáspora a nivel mundial en dos videos que dialogan entre sí y que nos permiten hablar de la dispersión de grupos humanos que abandonan su lugar de origen y cuya perspectiva no ha logrado abarcar las luchas por la soberanía territorial y cultural dentro de los regímenes colonizadores. La pieza nos obliga a pensar y evaluar las leyes que se han creado para responder a esta problemática, con la intención de comprender la manera en que lo social y lo artístico asimilan, cuestionan, o se adaptan actualmente a este asunto fundamental.

En Hunter, videoinstalación compuesta por dos pantallas, Aragón contrasta la calidad de vida de los inmigrantes procedentes de países poscoloniales y la vida protegida de los animales en cautiverio. En la primera proyección, se ve a un hombre que visita un zoológico en Bélgica y durante el recorrido entona canciones relacionadas a la cacería en su tierra natal; a lo largo del video parece que las melodías están dirigidas directamente a los animales,  que protagonizan la segunda proyección en la que, en vez de seguir al hombre cantando, sólo se escucha su voz mientras la cámara se enfoca en la fauna. Aparece así una crítica de la exclusión a ciertos grupos de personas fuera de los ideales liberales de desarrollo y modernización, en contraste con la supuesta calidad de vida de los animales. Las leyes de inclusión y ciudadanía no se han ocupado de la condición de los refugiados desterrados, cuyas formas culturales siguen siendo clave para la reconstrucción de un lugar, ya sea verdadero, recordado o imaginado.

Ahora bien, a primera vista parece que la exposición explora temas y discusiones que no se relacionan de manera explícita . Sin embargo, cada una de las obras  revela fisuras en la historia “oficial” y critica las políticas fallidas, en particular del Estado mexicano. La última pieza  dialoga en torno a estos temas: La Tenebra, una  reproducción de 4 monografías de presidentes mexicanos   responsables de iniciar guerras en el país: Plutarco Elías Calles, Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría Álvarez y Felipe Calderón Hinojosa. La vuelta de tuerca del artista frente estas personalidades consiste en que, en lugar de la biografía, en la parte posterior de las fichas describe la preparación del platillo favorito de cada gobernante.

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Hunter, 2013, Video en dos canales.

Así, la biografía de Elías Calles, responsable de la Guerra cristera, es sustituida por la receta para preparar riñones al vino blanco; Díaz Ordaz nos indica cómo cocinar la sopa de cola de res de la misma manera en que implementó un plan durante el Movimiento del 68 en contra de la infiltración comunista; Echeverría y la Guerra sucia encuentran su relación en un pollo cocido “a fuego medio para lograr que se cocine hasta el uso sin resecar la carne externa”; y finalmente, el texto de Calderón, culpable de la Guerra contra el narcotráfico, aconseja al espectador cómo asar una carne. La intención de Aragón no es humanizar a estos hombres, sino permitir que la gente cuestione el registro histórico. Todas las recetas tienen que ver con la carne y es aquí donde el artista explora cierta relación con la sistematización de la guerra.

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Parque abandonado, 2014, vista de instalación.

Al finalizar el recorrido de la exposición podemos pensar que la obra de Edgardo Aragón se configura como una apuesta por la indignación permanente. Ésta se nos presenta con cierta familiaridad porque todas las piezas evocan una historia política y social que parece ser sinónimo de la crisis en que hemos vivido desde hace años. Lo cual nos conduce a otra pregunta evidente y eterna: ¿tiene el arte alguna responsabilidad para con su tiempo en términos sociales, políticos y económicos? O, ¿es sólo un medio para evidenciar lo que sucede en el mundo politizado y sacarlo de aquella oscuridad de la que habla Villoro? Aragón responde, con su exposición, que para lograr este cometido es necesario cuestionar la historia “oficial” y, sobre todo, proponer su reescritura valiéndose del arte como soporte.

 

María Olivera
Estudiante de literatura.