Protestar es una incomodidad

Cuando alguien se despierta a las cuatro de la mañana de un sábado de invierno, la causa —sea cual sea— debe tomarse en serio.

De las miles de personas que llenaron el 21 de enero las calles de Washington, una buena parte venía de otros lados. Desde Nueva York, decenas de autobuses salieron muy temprano, dejaron a los manifestantes a las afueras de DC y los recogieron, como en esas vacaciones grupales, en el mismo punto, a la hora acordada.

Todo era tan correcto: la gente hacía fila con buena cara para comprar su tarjeta del metro en DC; los trenes iban llenos pero, a diferencia de un lunes cualquiera, acá la gente iba sonriendo, echaba porras. Los policías a la salida de los torniquetes cantaban, con buen ritmo, las instrucciones para el rebaño.

protesta

Había escusados portátiles en todos lados. Ni siquiera hacía tanto frío. Había pantallas gigantes bien colocadas, bocinas que amplificaban lo que se decía allá, a lo lejos, en el escenario. Salió una mujer para animar y salió otra para cantar y luego otra. Así se alternaron un buen rato: se habían apuntado sesenta y tantas para el micrófono.

Éramos miles, cientos de miles, concentrados en una avenida, inmóviles, aplaudiendo de cuando en cuando. Salió una senadora demócrata y de pronto todo se pareció demasiado a un mítin. Los discursos eran cortos; daba la sensación de que no eran para nosotros sino para esos avatares de la historia: el “retuit”, lo viral.

Era una metáfora extraña: habíamos venido de tantos sitios, habíamos recorrido tantos kilómetros, para llegar a Washington y estancarnos.

Fue entonces cuando madrugar pasó la factura.

“¡Marchar! ¡Marchar! ¡Marchar!”, gritaban algunos con impaciencia. Otros de plano dieron la espalda al escenario para empezar a caminar a donde fuera, a algún lado. Las instrucciones llegaban desde las bocinas: Sólo quedan unos oradores más, ¡unos pocos! “Tomen una calle numerada y marchemos por la avenida Constitución”, decían.

Era imposible que todos hicieran caso. Era imposible también ver la Explanada Nacional y no querer inundarla, marchar por donde a las rodillas entumidas les diera la gana. El silencio de la primera concentración había quedado atrás: acá ya había bocinas bluetooth con música propia, batucada, cánticos improvisados, un grito salvaje sin palabras que de pronto se contagiaba entre la tribu.

Había que hacerse a un lado, buscar un punto elevado —qué tal esa barda— y ver pasar al gentío sin poder fijar la línea en donde empezaba la marea; nunca saber dónde terminaba. Todas las calles tenían gente, todos los jardines estaban ocupados, el rumor de la caravana llegaba de cualquier lado. No había estado antes en Washington; no creo volver a verla así de nuevo. Tenía un mapa en el bolsillo pero nunca supe dónde estaba la Casa Blanca, hacia qué punto cardinal se dirigía la marcha. Ojalá la toma de posesión hubiera sido en el verano: habría sido la fiesta del siglo.

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De la marcha me llevo muchas cosas, destaco dos: la idea de que los tampones, toallas y sus derivados deberían estar exentos de todo impuesto (o de plano ser gratuitos), y la sensación de que resistencia es una mala palabra en este momento.

Lo primero no necesita explicación, pero necesité escucharlo en una marcha feminista para pensar en ello. Necesitamos más feminismo en el discurso público.

Lo segundo es que uno sólo resiste cuando la situación inicial era idónea y algo amenaza ese orden. Es verdad que Trump pretende revertir derechos sociales importantes, pero nadie serio puede pensar que la vida era el paraíso antes de él. “I can’t believe I still have to protest”, decía una pancarta en la marcha. El lema resume el espíritu de los tiempos: no importa tanto luchar por lo que consideramos correcto, basta saber que hay alguien que podría hacerlo por nosotros.

Barack Obama daba esa impresión: su biografía, capacidad intelectual y carisma eran suficientes para pensar que algo bueno estaba haciendo. Lo mismo pensaron quienes le entregaron el Nobel de la Paz, un reconocimiento hipotético, medalla a los resultados potenciales. “I can’t believe I still have to protest”, era el letrero de una marcha en donde los enemigos son el machismo, la xenofobia, la intolerancia. ¿Quién creía que eso ya se había acabado? El peligro de pensar la situación actual en clave resistencia es caer en la misma inocencia, la misma cortedad de miras: Trump es malo, regresemos el tiempo a noviembre, cuando no había pobreza, ni desigualdad, ni racismo, ni violencia contra las mujeres. Resistir es tratar de preservar el mismo orden dentro del cual, para empezar, Trump fue elegido presidente.

La lógica de la resistencia es aguantar cuatro años e impulsar el cambio en 2020. Mucha ilusión, mucha comodidad: basta poner un pie en la puerta para impedir que alguien, con todo el peso del cuerpo, la abra. Más difícil es enfrentar a quien está del otro lado, dialogar, convencer, luchar, corregir, cambiar la casa completa desde ahora, no al final del cuadrienio.

Hay que sacar de la displicencia a aquellos que consideran una molestia y una interrupción el ir a protestar, a defender lo que se cree. Ya no hay alguien, ni en Estados Unidos ni en México, que parezca que lo hace por nosotros.

 

Luis Madrigal. Periodista. Cursa la maestría en escritura creativa en NYU, Estados Unidos.

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Publicado en: Crónica