La película favorita de Donald Trump

Charlie, cuando tus amados desposeídos realmente se unan […] entonces no sé lo que harás. ¡Navegar a una isla desierta, quizá, y ser el amo y señor de los monos!
—De Citizen Kane

 

En uno de esos ejercicios que en retrospectiva parecen de una inocencia terrible, un periodista le preguntó al candidato Donald Trump cuál era su película favorita. Citizen Kane, dijo Trump, sin explicar por qué. En la cinta más famosa de Orson Welles, de 1941, un magnate amado y odiado en proporciones similares deja un misterio en el aire antes de morir. Rosebud, dice Charles Foster Kane en su último aliento. La palabra motiva una investigación periodística para intentar penetrar en el alma del empresario. Trump dijo Citizen Kane, y entonces a alguien le toca repasar dos horas de película para ver si entiende algo de quien será el próximo presidente de Estados Unidos.

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Las similitudes más básicas entre Kane y Trump, aunque curiosas, deben descartarse como la razón principal detrás de la elección fílmica del republicano. Es cierto: ambos poseen una riqueza material que deslumbra, tienen propiedades en Florida pero su reino es Nueva York, suman un par de divorcios, adoran la atención mediática y su propio apellido e incluso han recibido el mismo insulto: “¡Hoy día es lo que ha sido y será siempre: un fascista!”, grita contra Kane un obrero desde Union Square, Manhattan, en la película. Desde la misma plaza parten últimamente las marchas que culminan en la Torre Trump de la Quinta Avenida.

Hay más: en una escena, Kane y compañía festejan la expansión y éxito del periódico que dirigen. Para amenizar la fiesta aparece un grupo de bailarinas de cancán. Kane se acerca a una de ellas, en plena función, y le planta un beso en la boca. ¿Tenía que robarse Trump hasta los peores vicios de su alter ego wellesiano?

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La primera esposa de Kane es la sobrina del presidente de Estados Unidos. Durante un desayuno, Kane se pone a despotricar contra la Casa Blanca. Su mujer le recuerda quién es quién: el editor de un periódico contra el hombre más poderoso del mundo. “Resulta que él es el presidente, Charles, no tú”, le dice. “Ese es un error que será corregido uno de estos días”, es la respuesta, y uno se imagina a Trump repitiéndose la misma línea durante tantos años. La presidencia es quizá el único lujo que no pueden darse los magnates; quizá por eso les resulta atractivo. ¿Cuántas veces no se le ha preguntado a Carlos Slim si no le interesa mudarse a Los Pinos?

La apuesta política de Kane es por los desamparados, los desposeídos. “Si yo no veo por sus intereses”, le dice Kane a un amigo, que duda del populismo de un millonario, “entonces quizá lo haga alguien más, alguien sin dinero o propiedades… ¡y eso sí que sería malo!”. El cinismo es exquisito. Pero quizá algún espectador se lo tomó en serio.

A unos días de celebrarse la elección para gobernador del estado de Nueva York, el Kane candidato pronuncia un discurso sin teleprompter: “No hice promesas de campaña porque, hasta hace un par de semanas, no tenía esperanzas de ser elegido”, reconoce el magnate, y el auditorio estalla en risas. Su primera promesa electoral, lanzada esa noche, es asignar a un fiscal especial para investigar y encarcelar por corrupción a su contrincante. Los periódicos que controlaba Kane tenían lista la portada del día después de la elección por si su candidato perdía: “¡Fraude en las casillas!” era el titular a ocho columnas.

Por momentos, ver Citizen Kane después del triunfo de Trump se vuelve una experiencia ominosa. Como el mar que devuelve una botella mensajera: todo estaba ahí desde hace años; nos habíamos olvidado de ella.

Nadie sabía exactamente cuál era el plan de gobierno de Kane, pero todos habían escuchado sus críticas contra los banqueros, contra la corrupción, contra los políticos. “No creo que alguien, nunca, haya tenido tantas opiniones”, dice Jed Leland, amigo de toda la vida del magnate. “Pero él nunca creyó en nada, excepto en Charlie Kane”.

En la película, un escándalo sexual hace que Kane pierda la elección. He ahí un quiebre con el paralelismo en la historia de Trump, quien sobrevivió a múltiples denuncias de la misma naturaleza. En la cinta, la derrota de Kane precipita su declive físico y el deterioro mismo de su poder: el magnate se encierra en su castillo de Florida, pierde a sus amigos, su mujer lo abandona. Ese pudo haber sido el mismo destino para Trump; a final de cuentas, tiene setenta años. Citizen Kane hubiera sido entonces una ventana hacia el futuro inmediato: la crónica íntima desde adentro de la Torre Trump, el magnate derrotado en su laberinto de mármol importado.

Pero la victoria del republicano abre escenarios impredecibles. Orson Welles podrá haber reinventado el cine, pero no nos dejó todo resuelto de antemano.

La ironía fantástica de Citizen Kane es que un reportero que trabajaba para Kane recibe la encomienda de investigar la vida de un hombre al que todo mundo ya conocía. Un hombre que se había mantenido en la esfera pública desde los veinticinco años;  todo el país había oído, letra por letra, cada uno de sus discursos, incluso hasta su última palabra. Y, sin embargo, resulta que nadie tenía el retrato completo; nadie pudo decirle al periodista, y nunca se supo, qué significaba Rosebud. “¿Qué aprendiste sobre Kane?”, le preguntan al reportero, después de que entrevistó a las personas que más cerca estuvieron de él. “No mucho”, contesta, con una humildad encomiable para alguien que se diga periodista.

A estas alturas, asumimos que los medios ya desenterraron hasta el último trineo que montó Donald Trump en su infancia. ¿Por qué tenemos la duda, todavía, de cómo será su presidencia?, ¿de quién será, en realidad, el magnate?

Citizen Kane abre y cierra con el mismo cuadro: la cámara mira a lo lejos el castillo del millonario. Al espectador —a todo mundo— una reja con un mensaje claro lo separa de la propiedad: prohibido el paso. ¿Y si esa fuera la verdadera lección que extrajo Donald Trump de Citizen Kane?¿La de levantar una valla —un muro— para mantener afuera a todos, pero especialmente, a quienes quieren acercarse demasiado a uno?

 

Luis Madrigal. Periodista. Cursa la maestría en escritura creativa en NYU, Estados Unidos.

 

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Publicado en: Cine