¿No descansará mi falta de claridad en la incomprensión de la esencia de las relaciones?
—Ludwig Wittgeinstein, Diario filosófico, 26.11.1914

Hay dos tipos de lenguaje y entre medias todos los matices: El que usamos para comunicar y el que usamos para hacer arte. No estoy regateando al arte su poder comunicante, pero no es tal —o no debería serlo— su primaria razón de ser: El piloto de avión en apuros graves espera que el controlador aéreo omita toda forma de simbolismo, metaforería, ambigüedad, experimentación, giro retórico o barroquismo. El controlador da vectores y tal es el acto poético que el piloto espera de él. Los pasajeros también, desde luego, aunque no lo saben —pocos son los que saben cuánta necesidad tienen de buena poesía en el momento indicado—. El médico que habla con la asistente de quirófano durante una cirugía a corazón abierto suele padecer de idéntica frivolidad. La frivolidad, incluso la brutalidad, pueden ser virtudes; si estéticas o no es otra discusión. Se trata de una restricción absoluta aplicable al lenguaje en su función comunicante. ¿Vale algún equivalente para un arte que no comunique nada en absoluto, en particular un arte literario? Negarlo borraría de un plumazo la mitad de la literatura del siglo XX y nos pondría en preguntas ociosas acerca del arte literario actual, preguntas cuya respuesta sólo podría hacerse desde un supuesto, salvo lo inevitable: La literatura de hoy no sería como es.

lenguaje

Durante la pasada Eurocopa, mi hijo de seis años, cuya relación con lo estético es todavía accidental e inconsciente, observó sin pretensiones "ya es de noche en París". Tal es el título de la novela que estoy escribiendo, pues lo que él dijo por asombro y con intención comunicativa yo lo encontré oportuno en cuanto al valor literario que andaba buscando. No existe arte accidental, sino actitud artística en el que crea y el que recrea. Un ejemplo que viene pintiparado es el de Kafka. La famosa nota en su diario del 2 de agosto de 1914, “Hoy Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui a nadar”, es el apunte práctico y ermitaño de un creador sin intención creativa que cayó en ojos de un lector con intención creativa, y hoy es una de las piezas más asombrosas de la literatura. Otro tanto sucede con las últimas palabras que alcanzó a plasmar como novelista, al final de su obra inconclusa El proceso: "’Es madera podrida’, dijo contrariado el subdirector". Una frase cualquiera que alcanza el más alto sitio en el Olimpo del arte. Lo que se califica como improvisación o accidente estético suele responder —si no es que necesariamente funciona así— al planteamiento de Bertrand Russell respecto de la solución de problemas de alta complejidad. Decía el sabio británico que cuando no encontraba una solución simple a algún problema —todo un homenaje al injustamente despreciado Ockham: "La explicación más simple es la más probable…"— pensaba en el asunto intensamente durante una hora, lo olvidaba, dejaba pasar unos cuantos días y al volver al asunto la solución estaba ahí. Porque el pensamiento es un motor que una vez que se hecha andar no se detiene aunque uno olvide que lo puso en funcionamiento. Esto me recuerda ciertas técnicas pictóricas, en especial el fresco y la acuarela, donde la superficie absorbe el color y sólo lo revela cuando ha secado del todo. El arte pareciera surgir del papel o el muro sin intervención del artista. Una idea literaria, o una determinada forma lingüística creativa, puede permanecer décadas en los sótanos de la mente y después, un día, surgir de entre los entresijos palabreros para tomar su lugar en el arte. No es accidente, improvisación u ocurrencia, es arte que esperaba su oportunidad idónea. Nadie se hace artista de la nada.

Es conocido por todos el asunto de Fleming con el descubrimiento accidental de la penicilina. Pero ese accidente fue posible porque un gran científico reparó en una revelación vulgar que seguramente se había dado enésimas veces en cocinas, laboratorios y jardines de todo el mundo. Sin los años de estudio y trabajo de Fleming seguiríamos teniendo hongos y no tendríamos penicilina.

Arquímedes dijo eureka porque encontró lo que buscaba, Fleming porque encontró lo que no buscaba. En ningún caso hay accidente o improvisación.

Antonio Machado, poeta y filósofo al que los partidarios de la tortuosidad literaria —y los detractores de Serrat o del arte de la canción, permítaseme la carcajada— han relegado, puso en palabras de su Juan de Mairena un pasaje bastante conocido:

(Mairena, en su clase de Retórica y Poética)
—Señor Pérez, salga usted a la pizarra y escriba: “Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa”.
El alumno escribe lo que se le dicta.
—Vaya usted poniendo eso en lenguaje poético.
El alumno, después de meditar, escribe: “Lo que pasa en la calle”.
Mairena. —No está mal.

El arte poético puede parecer simple y llana expresión comunicativa, pero no lo es en la voz del poeta. Del mismo modo, el lenguaje sin arte puede encontrarse embutido en las obras más complejas y pretenciosas. También en las que buscan reputación artística sin ningún arte en sus interminables parrafadas o sus bien medidos endecasílabos. Porque así como hay una buena técnica expresiva que no comunica, hay una buena técnica que no contiene arte. Uno de los grandes enemigos del escritor creativo es el deseo de comulgar con el vulgo. Cuando el lenguaje y su técnica se enmascaran de simpleza en busca de la sencillez corren el peligro de que se desprenda la membrana misteriosa, delgada, delicada, que los une al universo artístico. Asimismo, cuando el lenguaje que busca comunicar intenta disfrazarse del arte suele caer en lo ambiguo y lo confuso. La metáfora debe existir como dos polos eléctricos que para establecer conexión no deben alejarse o acercarse en demasía. Cada uno, según su oficio o sus intensiones, debe conocer la distancia que establece entre la cosa y su expresión. Con lamentable frecuencia corroboramos que los filósofos, en cuanto le encuentran el gusto a las metáforas, dejan de ser filósofos, así Schopenhauer, Nietzsche o Camus; ni qué decir de la tendencia francesa a hacer esa cosa llamada filosofía francesa.

Así, es habitual encontrar comunicadores profesionales que nos envuelven en retórica y oficiantes de la literatura que nos quieren marear con cursilería y barroquismo insustantes —ya no digamos tuiteros o escritorzuelos de pacotilla que desvirtúan a los que sí conocemos el oficio literario—. Unos y otros son los fanáticos de gastar neuronas con lo del vaso de agua y el vaso con agua. Yo quiero una copa de vino con una copa de vidrio en su vientre y quiero una copa de vidrio en la que nadie pueda verter el jugo fermentado de su mala vid.

 

Miguelángel Díaz Monges
Escritor. Ha publicado Notas de desencanto y otras virtudes.