La mirada del otro nos confronta, nos revela un ser hasta entonces desconocido. Con los extranjeros siempre existe la deuda por ser quienes muestran una cara distinta de sus anfitriones. Esta columna mensual recoge las vivencias de algunos viajeros ilustres que vieron México con otros ojos y que quedaron marcados por infinitas revelaciones, como quien esto escribe. Las estampas del Álbum de forasteros delinean una forma de homenaje a lo que sentenció Anita Brenner: “Una vez que el polvo de México se haya asentado en tu corazón, no encontrarás reposo en ninguna otra tierra…” (“Once the dust of Mexico has settled upon your heart, you have no rest in any other land.”).

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En el reverso de la fotografía se lee: “Alma y Felipe – Alma partiendo de Yucatán, octubre, 1923.” Esta es la última fotografía que se conoce de la pareja comprometida. © Archivo personal de Michael Schuessler.

Peregrina de ojos claros y divinos
y mejillas encendidas de arrebol,
mujercita de los labios purpurinos
y radiante cabellera como el sol….

 

En México la eternizaron en una canción que lleva como título su epíteto. “La Peregrina” fue compuesta por Luis Rosado Vega (letra) y Ricardo Palmerín (música) en el verano de 1923, a petición del flamante gobernador socialista de Yucatán, Felipe Carrillo Puerto, el “Dragón Rojo con Ojos de Jade”, quien se enamoró de la joven periodista cuando la conoció en una recepción que brindó a los recién llegados “yucatólogos”, el día de San Valentín de ese mismo año. Habían viajado a Mérida para llevar a cabo una excavación arqueológica de la antigua ciudad maya de Chichén Itzá, en aquel entonces propiedad del cónsul norteamericano en Yucatán, Edward Thompson; Alma fue enviada por la revista dominical del New York Times para cubrir sus actividades. La canción, originalmente una “danza” al estilo cubano, fue transformada después en un bolero que aún forma parte del repertorio de muchos tríos mexicanos. Nació una tarde cuando a Alma la acompañaban en una calesa  el propio Gobernador y otros dignatarios, incluyendo al poeta yucateco, Luis Rosado Vega.

Durante mis investigaciones sobre Alma Reed y Felipe Carrillo Puerto, tuve la fortuna de encontrar una carta titulada “La única y verdadera historia de La peregrina”, fechada en mayo de 1951, que el compositor le había enviado a Ramón Ríos Franco, en aquel entonces director de La revista ilustrada.1 En ella, su autor narra que Reed, Carrillo Puerto y el poeta iban juntos en una calesa, de camino a una cena, durante una cálida tarde de verano en Mérida, en la que recién había llovido y, de acuerdo con el poeta:

“…se sentía tan embalsamado el ambiente que Alma Reed, de manera espontánea e involuntaria, aspiró profundamente y dijo:
—¡Ay, cómo huele!…
Yo le contesté en seguida, con una galantería que cualquier hombre hubiera tenido para una mujer tan bella como era Alma:
—Sí, todo perfuma porque usted está pasando…
Felipe, al punto, me advirtió:
—Eso se lo vas a decir en unos versos.
Y desde luego mi respuesta fue aceptar el compromiso:
—Se lo diré en una canción.
Carrillo Puerto me replicó:
—Te tomo la palabra.”

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“Fotografía de una fiesta en los Delphic Studios”, ca. 1936. A pesar de que no se ha podido identificar a todos los invitados, se trata, sin duda, de miembros de la Sociedad Délfica y algunos invitados especiales: Alma aparece justo al centro, José Clemente Orozco en la esquina superior derecha, David Alfaro Siqueiros, de pie, a la extrema izquierda, y Kahlil Gibran de pie a la izquierda de la fotografía. © Cortesía de Enrique Riverón Papers (1918-1994), contenida en The Archives of American Art del Instituto Smithsoniano.

En uno de los más de veinte capítulos de su autobiografía, que ella intituló simplemente Peregrina y que tuve la gran fortuna de hallar en un departamento semi-abandonado de la ciudad de México en agosto de 2001, Alma recrea el momento en que escuchó por vez primera la agridulce letra de su canción:

“Cuando salimos del Museo Arqueológico con rumbo a la pequeña fonda ubicada lejos del Paseo Montejo y en un ambiente tropical —Felipe la recomendaba ampliamente por su extraordinario pollo p’bil y por sus sorbetes, que eran mis preferidos—, el poeta me dijo que también tenía una sorpresa para mí.

‘Espero que la sorpresa le agrade’ me dijo. ‘Es una canción —compuesta con cariño y admiración. Desde el momento en que nos conocimos supe que debía escribirle una canción. Pero sólo me corresponde la mitad del crédito por el resultado de mi impulso. Verá, no tomé la decisión solo… en cuanto se me ocurrió esa idea, nuestro buen amigo aquí, Don Felipe, concibió la misma idea. Y en nombre de nuestro largo compañerismo, me suplicó que le escribiera y le dedicara a usted ‘la verdadera obra maestra’ de mi carrera. No sólo me dio el título: La peregrina; sino que, durante estos días, en los que ha desahogado conmigo los pensamientos y sentimientos que tiene por usted, me ha provisto también, sin querer, con muchos de los matices y frases que la componen. Así que ahora, señorita Alma, usted va a ser la Peregrina; y, muy pronto, nuestras palabras van a tener acompañamiento musical.’

‘Sí, muy pronto’, añadió Felipe, rebosante de alegría ante la expectativa. ‘Palmerín, el mayor compositor de Yucatán, ya está trabajando en la música. Ya conoces algunas de sus canciones: Mi guitarra, El rosal enfermo, Las golondrinas… las que Alfonso ha cantado para ti. Pero creo que Palmerín se va a superar a sí mismo con tu canción.’

“En cuanto nos sentamos en la mesa de la terraza de la fonda enmarcada por palmeras, le supliqué a Don Luis que recitara los versos de mi canción. Mientras leyó La peregrina de una hoja escrita a mano, me pareció escuchar en su voz ronca algunos de los matices nostálgicos de las serenatas en tono menor de Alfonso. Y cuando terminó, me entregó el manuscrito con una reverencia al estilo de la galantería española quijotesca. Leí de nuevo las frases que exaltaban mis ojos ‘claros y divinos’, mis ‘labios purpurinos’, mi ‘semblante encantador’, y mi ‘radiante cabellera como el sol’ y, al igual que le hubiera sucedido a cualquier otra mujer joven en circunstancias similares, me sentí profundamente complacida de que el poeta, cuyo trabajo tanto admiraba, me hubiera descrito en términos tan resplandecientes. Sin embargo, a pesar de los cumplidos y de las metáforas halagadoras, la canción misma no me hacía sentir alegre. No lograba comprender cómo era posible que esos sentimientos amorosos no despertaran una respuesta de dicha en mi corazón y cómo, en lugar de eso, me entristecían; pero pronto me di cuenta de que la alusión a una añoranza insatisfecha, la profecía implícita de la separación y el énfasis que ponía en las enormes distancias entre ‘la nieve virginal’ de mi ‘tierra lejana’ y los ‘palmares’ y ‘las flores de nectarios perfumados’ de la ‘tierra tropical’ de Felipe, evocaban la tristeza que se experimenta al separarse por siempre del ser amado… Sentí ganas de llorar —aunque logré poner una sonrisa en mis labios— cuando comprendí que esas palabras mostraban la profunda resignación que se origina frente a la imposibilidad, y que la petición reiterada de Felipe en los últimos versos no hacía más que enfatizarla: ‘No te olvides, no te olvides de mi tierra, no te olvides, no te olvides de mi amor’.

“Esa noche, fui con Felipe y Don Luis a la modesta casa de Ricardo Palmerín, ubicada en una colonia pobre de las afueras de Mérida. En un jardín fresco, iluminado por la luz de la luna, Felipe y yo nos sentamos debajo de unos naranjos en flor, en una banca frente a la puerta abierta del pequeño estudio austero del compositor. Dentro, Palmerín estaba tocando un piano vertical y Don Luis estaba de pie, a su lado, escuchando con toda resolución las varias frases musicales que el teclado murmuraba en una rápida sucesión melódica. Pero ninguno de los muchos acordes hermosos resumieron, en los oídos sensibles de los dos jueces, la determinación ‘inevitable’ de que serían el tema de La peregrina. El músico, un hombre bajito y corpulento —que por su expresión apacible, su porte sereno y su bigote negro arreglado parecía más un médico o un miembro de la profesión legal que un experto tejedor de la tela sutil del sonido etéreo—, aceptó sin despecho el veredicto desfavorable. De hecho, nos aseguró que el ánimo y el ritmo correctos estaban ya gestándose dentro de él y nos pidió que regresáramos después; Felipe le dijo que volveríamos en una semana.”2

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El autor con Ruperto Poot Cobá, ex-director del Panteón General de Mérida, junto a la tumba de Alma. © Archivo personal: Michael Schuessler.

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Después de un intenso romance (la mayor parte a distancia) que duró menos de un año, la pareja decidió contraer matrimonio en San Francisco en marzo de 1924. Al consumar la boda, volverían a Mérida, donde Felipe ya tenía montada la “Villa Aurora”,  donde los dos empezarían su idílica vida en común, donde juntos, y para siempre, lucharían contra la explotación y las injusticias que aún dominaban las vidas de la mayoría autóctona del Mayab. Trágicamente, el primer gobernador socialista elegido de manera democrática en México fue asesinado, junto con tres de sus hermanos y varios asesores, el 3 de enero de 1924, víctimas de la Rebelión Delahuertista levantada por Adolfo de la Huerta contra el presidente Álvaro Obregón y su candidato a la presidencia, Plutarco Elías Calles. La leyenda cuenta que Alma se enteró de la muerte de su prometido mientras ensayaba para su boda en el Hotel Fairmont de San Francisco, su ciudad natal. El telegrama tardó en llegar a sus manos porque como destinataria llevaba escrito en tinta roja el nombre Pixan Halal, mote que le había dado Felipe, pues en maya yucateco significa precisamente “Alma”  “Reed” (caña). Como los que trabajaban en la recepción del hotel no tenían registrada a ninguna Pixan Halal, el telegrama quedó ahí hasta que Alma insistió:  seguramente había noticias de Felipe,  dentro de poco llegaría a San Francisco para casarse con ella. Puedo imaginar su cara blanca y redonda, de fácil sonrisa y sus ojos intensamente azules, en el momento de leer las funestas noticias. ¿Qué haría ahora? ¿Cómo era posible que su sueño de un mundo mejor, basado en la Regla de Oro, libre de opresión y de odios, de repente se marchitara cual una flor al viento? ¿Qué justicia existía en este mundo lleno de explotación, de hambre, de esclavitud, de guerra? ¿Cómo pudo haber sido finado el que para ella y para muchos era el Abraham Lincoln de México? Desolada, Alma no volvería a México por varios años y, para olvidarse de su tragedia, decidió trasladarse a Grecia, donde se encontró con su amiga de la infancia Eva Palmer, esposa del poeta griego Angelo Sikelianos. Ahí, Alma se dedicó a estudiar la arqueología clásica, el tema que más le apasionaba cuando era niña de primaria en San Francisco y aprendía de los antiguos griegos su filosofía, su tragedia, su política y democracia. En 1927, Alma y Eva volvieron a Nueva York y, en enero de 1928, fundaron la Sociedad Délfica, ubicada en un departamento de la Quinta Avenida cerca de Washington Square y su arco triunfal. Fue concebida como una especie de ashram donde se llevarían a cabo actividades diseñadas para promover la paz mundial. A través de Anita Brenner, quien en aquel entonces estudiaba en la Universidad de Columbia, Alma se puso en contacto con José Clemente Orozco, que había vivido en Manhattan por un tiempo y estaba pasando un mal rato. Reed canalizó todo su entusiasmo a favor del pintor jalisciense y pronto se convirtió en lo que él mismo la bautizó en las cartas a su esposa —en las cuales se sentía obligado a explicar su intensa relación profesional y personal—: según le comenta en una carta fechada en octubre de 1928,  Alma fungía como su “madre, hermana, agente y bootlegger”.  Meses después, Reed alquiló una galería en la calle 57 donde expuso su serie “México en Revolución” y luego la obra plástica de otros artistas de la época, tanto mexicanos como norteamericanos, pintores como fotógrafos, como Emilio Amero y Ansel Adams. A través del tiempo, Alma se convertiría en mecenas  y biógrafa de Orozco en Estados Unidos, donde obtuvo las comisiones para ejecutar sus murales en The New School of Social Research, Dartmouth College y Pomona College, cerca de Los Ángeles. 

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Alma con un enorme sombrero, fotografía de Alice Reiner, años cincuenta. © Archivo personal: Michael Schuessler.

Sin embargo, Alma nunca olvidó los momentos que pasó en Yucatán al lado de Felipe y volvería a la Ciudad Blanca muchas veces, donde era venerada por unos y vilipendiada por otros. La acusaban de haber destruido la vida familiar de su adorado prócer Felipe Carrillo Puerto.  Reed dedicó al arte y la arqueología mexicanas algunas de sus más logradas publicaciones como The Mexican Muralists (1960)y El remoto pasado de México (1966). “La Peregrina” falleció a causa de un cáncer intestinal el 20 de noviembre de 1966, un día apropiado para una norteamericana que se dedicó a México en cuerpo y alma y cuya canción, ahora convertida en bolero, aún se oye en boca de muchos tríos de México y de Yucatán. 

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Alma haciendo guardia al pie del monumento fúnebre de Carrillo Puerto en el aniversario de su muerte, 3 de enero de 1963. © Archivo personal: Michael Schuessler.

Muchos años después de su muerte, durante las investigaciones que yo llevaba a cabo en Mérida y Motul, ciudad natal de Carrillo Puerto, me di cuenta de que la balada de La peregrina no siempre evoca recuerdos agradables; de hecho, en la entrevista que sostuve con una de las nietas del gobernador socialista, ella me confesó que cada vez que esa canción se escuchaba en la radio, su madre cambiaba la estación, pues le hacía recordar a la “gringa oportunista” que le había robado el cariño de su padre. Al mismo tiempo, en un acto de gran generosidad de espíritu, me permitió leer y transcribir la carta de pésame que le había enviado Reed a la madre de Carrillo Puerto unos meses después de su asesinato, un documento que capta el “indescriptible dolor” que provocó en Alma la desaparición de su prometido:

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Alma vistiendo traje de mestiza y crucifijo de filigrana, regalos de Felipe Carrillo Puerto, febrero 1923. © Archivo personal: Michael Schuessler.

Nueva Orleáns Marzo 25, de 1924

Noble madre de mi Felipe:

       Cuando contemplo la agonía de tu alma, siento que no tengo derecho para mi propia pena, adorada madre de mi Felipe Carrillo.
       Día y noche la compasión más profunda de mi corazón está contigo en tu aplastante dolor. No hay consuelo que pueda ofrecerle. Sólo dios sabe por qué este indomable sufrimiento llegó a usted. Pero quizás habrá una pequeña satisfacción para usted, el saber que la memoria de Felipe será perpetua. El día en que todos sus ideales y principios sean reivindicados vendrá pronto. Su más grande deseo en la vida era servir a la humanidad, y dicho deseo alcanzará una realización gloriosa. Él se convertirá en el verdadero héroe del México moderno y su nombre será honrado como el salvador de su pueblo. Su cruel asesinato no ha interrumpido su obra. Proporcionará el ímpetu que un martirio siempre debe dar a una noble causa. El mundo conocerá de su grandeza, de su nobleza de corazón y mente, y el asesinato de sus cuatro maravillosos hijos, Felipe, Benjamín, Edesio y Wilfredo; será recordado como la mancha más negra en las páginas de la historia mexicana.
       Cada día, algo se hace como homenaje a su sagrada memoria. Mi propia pobre vida está dedicada a esta santa obligación. De alguna manera he encontrado la fuerza para contar al pueblo de mi país sobre sus luchas, logros y carácter, a través de la prensa pública. Espléndidos artículos aparecen casi a diario. Estoy incluyendo uno como ejemplo. Estoy trabajando ahora con la Federación Americana del Trabajo para levantar un magnífico monumento a su memoria en la Ciudad de México. Este trabajo me llevará a Washington mañana, pero mi dirección de correo está a cargo del Sr. Arturo Elías, Consulado General Mexicano, en Nueva Orleáns.
       Alrededor de mi cuello llevo una antigua campanita de cobre encontrada en el sagrado cenote de Chichén Itzá. Está puesta en un triángulo rojo del Partido Socialista. Felipe me la dio y en el reverso tiene inscritas las siguientes palabras en “lengua maya”:

“MA TZUBIC MAYAOB CICHPAM PIXAN HALAL”*
¡NO OLVIDARÉ!

       Mi gran deseo es estar cerca de usted e ir con usted a ese consagrado lugar donde descansan nuestras esperanzas, nuestros sueños y nuestro amor.
       Iré a Yucatán lo más pronto posible. Hasta entonces, en un futuro cercano, estoy con usted en espíritu e inquebrantable devoción. Para Elvia, los otros hermanos y hermanas, sus hijos, y todos sus seres queridos, mi corazón late en compasión.
Hasta pronto y siempre con  el todo cariño y la simpatía de mi alma………..3

* “no olvides a los mayas, hermosa Pixan Halal”

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Portada de la revista El Agricultor, 1923. Alma aparece otra vez con su legendario terno bordado, regalo de Felipe. © Colección Museo Nacional de Historia, Castillo de Chapultepec.

 

Michael K. Schuessler
Profesor-investigador de la UAM-Cuajimalpa. Autor, entre otros, de Perdidos en la traducción: cinco extranjeros ilustres en el México del siglo XX.

 

Obras Citadas

Reed, Alma M. Peregrina: mi idilio socialista con Felipe Carrillo Puerto (Ed. Michael K. Schuessler). México: Editorial Diana, 2006.

Reed, Alma M. y Carrillo Puerto, Felipe. “Tuyo Hasta que me muera”… epistolario de Alma Reed (Pixan Halal) y Felipe Carrillo Puerto (H’Pil Zutulché). Marzo a diciembre de 1923. (Ed. Michael K. Schuessler y Amparo Gómez Tepexicuapan). México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2011.


1 Este documento se encuentra entre los muchos objetos personales que ahora forman parte de la colección Alma M. Reed del Museo Nacional de Historia, Castillo de Chapultepec.

2 Reed, Alma M., Peregrina: mi idilio socialista con Felipe Carrillo Puerto, p. 209-210.

3 Reed, Alma M. y Carrillo Puerto, Felipe, Tuyo Hasta que me muera”… epistolario de Alma Reed (Pixan Halal) y Felipe Carrillo Puerto (H’Pil Zutulché)…, p. 373-374.