Decía Ricardo Piglia que haber vivido en tiempos de Borges era un privilegio, porque el hecho de saber que estaba ahí, en su casa y uno podía ir a preguntarle cualquier cosa, era casi un milagro. En estos momentos que se propaga la noticia de la muerte de Ricardo Piglia uno puede pensar algo bastante parecido. Sobre todo si pensamos que que Piglia era un “gran maestro” en el sentido que George Steiner usó para definir a Husserl o a Sócrates. Piglia era un escritor que, en contraste con muchos autores, siempre estaba mencionando, discurriendo, inteligiendo, sobre sus figuras tutelares. Jorge Luis Borges, Rodolfo Walsh, Joseph Conrad, Franz Kafka, Herman Melville, León Tolstói, Domingo Faustino Sarmiento, José Hernández, W. H. Hudson y muchos más eran figuras con las que Ricardo Piglia convivía, que fecundaban sus ensayos y, sobre todo, su narrativa. Desde sus libros de cuentos La invasión o Nombre falso, pasando por su El camino de Ida hasta su pieza maestra Respiración artificial, su obra es un diálogo infatigable con un canon literario que él ayudó a fincar, un canon que no nos venía del exterior, sino desde Hispanoamérica.

Ya fuese como uno de los mayores exégetas de la tradición gauchesca o del fenómeno Borges, como espeleólogo de Franz Kafka o de la literatura argentina contemporánea (véase su Serie del Recienvenido en el FCE), Piglia se convirtió en un imprescindible para algunas generaciones que lo leímos prácticamente con lápiz y papel en mano. No solamente por la erudición literaria, política, psicoanalítica o sociológica, sino por el complejo entramado de relaciones que podría tejer con los temas más insospechados, Piglia abrió un campo insustituible. Sin ningún tipo de dique o parcela, la inteligencia de Ricardo Piglia podía contener una cita puntual de un diario de Kafka, un fragmento de Gramsci que diera luz al sistema sociopolítico en el que nos encontramos o una reminiscencia de una frase de Borges que iluminara la idea. El acervo y la forma en que todo esto se conjugaba en su obra y en sus personajes fueron la característica preponderante en su literatura. Debido a esto mostró una apertura de miras que no era de uso común en nuestros países, donde estábamos acostumbrados a que el rasero político fuera lo preponderante, incluso en muchos casos sigue así. Debido a la ideología capitalista y a nuestra izquierda poco autocrítica, el campo de lo literario también estaba dominado por criterios políticos que se tendían a disfrazar de literarios. Desde los dos bandos los juicios literarios, en la gran mayoría de los casos, provenían de sesgos políticos. Desaprobar la obra de Borges por su cercanía con la Junta Militar o por sus ideas recalcitrantes (v. gr. “La democracia en Argentina puede esperar los próximos doscientos o trescientos años”, dijo en España en los años 70) o ponderar los cuentos de Rodolfo Walsh sobre la obra de aquél, por tener una postura intachable hasta su muerte (como señaló David Viñas), era el tipo de gazapos que se cometían cuando “se hablaba de literatura”. Bajo la letanía que no se debía ser ideológico, gran parte de la crítica entendía que debía ser liberal (“porque ser liberal no es ideológico” sic) y, por su parte, la izquierda ponderaba la literatura menos atractiva sólo porque tocaba “los temas del compromiso”. Ricardo Piglia era el autor que rompía el paradigma, su obra estudia al Che Guevara a la vez que lo hace con Paul Valéry, y a Phlip K. Dick a un costado de Sarmiento. Así de amplia es su frecuencia, así de profundo su alcance. Admiraba El hombre del castillo, de Dick, como un ejemplo borgesiano de ficción especulativa, como lo podría ser “Nota al pie” de Walsh, o La vida breve, de Juan Carlos Onetti, con lo cual analizaba desde la perspicacia y la curiosidad, dos atributos en desuso por parte de la crítica.
Políticamente, Piglia se mostró reacio a creer en el Posmodernismo, consideraba que la conclusión de los grandes relatos o las grandes verdades era algo cuestionable:
No puedo moverme en la realidad con la percepción, como se suele pensar ahora en el cinismo obligatorio actual. Que la verdad no existe, que no hay totalidad, no habrá totalidad, pero el sujeto se maneja con una totalidad. ¿Cómo va a ser? No puede ni tomar el colectivo. Si no sabe que el [colectivo de la ruta] 60 va…, si no hay totalidad y está todo fragmentado, ¿qué va hacer? Después volverá a la casa y se mandará una teoría sobre que se terminaron los grandes relatos, esa tontería. (http://bit.ly/2jd5dSY)
Vale la pena recalcar el concepto de “cinismo obligatorio”, el cual sostiene la idea de que ya está rebasada la política, ¿para qué involucrarse en el ejercicio político? La muerte de las ideologías no fue un bocado que se tragara, debido a esto Piglia refresca a la izquierda, de la misma manera que lo hizo Walter Benjamin. Su postura política era de avanzada en un momento en que pareciera que la inteligencia, la erudición y la propensión a la literatura compleja tendría que ir de la mano de una política conservadora. Lo moderno de Piglia estaba en esa clarividencia política que redundaba en una lectura perspicaz.
En términos académicos, la obra de Ricardo Piglia es un inmejorable ejemplo de intertextualidad. Sus libros retoman un elemento, las historias son detonadas por una cita, un verso, un fragmento perdido en alguna novela de Conrad, una escaramuza entre gauchos. El mundo de Piglia era el mundo entero de la literatura, su recorrido y su écfrasis. Síntesis absoluta de su tiempo y de sus lecturas, Piglia armó una constelación a partir de semillas literarias. Habló de que lo que había hecho Borges no era literatura fantástica, sino una “ficción especulativa” o arte conceptual, porque lo que buscaba el autor de El Aleph no era hacer la obra mayor, sino sugerirla, merodearla y, ¿por qué no?, traicionarla. Piglia atinó a señalar que Paul Valéry y su M. Teste habían sido vitales para concebir un tipo de literatura que no estuviera supeditada a una realidad, sino que mostrara la independencia requerida para trascender. Lo que importa en la literatura no es la realidad, sino la manera en que está la ficción inmersa en la realidad y cómo funciona ésta. A partir de la sugerencia de cuáles debían ser los elementos de la ficción, Borges era el artífice de una obra imaginativa independiente del mundo como lo puede ser una entelequia, una brillante entelequia, hay que decirlo. Todos estos conceptos aparecen ensayados en El último lector, pero ejercidos en Respiración artificial como literatura. Por medio de una correspondencia, fragmentos de diarios, el personaje heterónimo de la obra pigliana, Emilio Renzi, busca encontrarse con un familiar del que ha sido distanciado por el tiempo:
¿Hay una historia? Si hay una historia empieza hace tres años. En abril de 1976, cuando se publica mi primer libro, él me manda una carta. Con la carta viene una foto donde me tiene en brazos: desnudo, estoy sonriendo, tengo tres meses y parezco una rana. A él, en cambio, se lo ve favorecido en esa fotografía: traje cruzado, sombrero de ala fina, la sonrisa campechana: un hombre de treinta años que mira el mundo de frente. Al fondo, borrosa y casi fuera de foco, aparece mi madre, tan joven que al principio me costó reconocerla.
De este envío, Renzi deberá sumergirse en un mundo de cartas, fragmentos de diarios, biografías, a la manera de un detective especulativo, un H. Bustos Domecq, el detective creado por Borges y Bioy Casares que resuelve crímenes desde una celda. Novela policiaca, laberinto textual, mundo de referencias y una suerte de pastiche en el estilo literario, Piglia forma un libro que emula una suerte de serpentina inversa. Su conclusión, aderezada con una clara polifonía, devela un extraño accidente hallado en los diarios de Kafka. El autor de El castillo relata el encuentro con un pintorzuelo llamado Adolf en Praga, cuya conversación delata una mente dañada, una inmensa megalomanía, una proclividad por la destrucción y el resentimiento contra el pueblo judío. Piglia narra con gran sutileza el momento en que Franz Kafka conversara con Adolf Hitler, cuya escena justifica todo lo retorcido de la trama, los vericuetos y honduras por los que hay que cruzar para llegar al hallazgo de Renzi. Sin juicios políticos, sin conjeturas analgésicas ni otro tipo de explicación, Piglia escenifica el momento como uno de los momentos paradójicos de la humanidad. Hitler delirante y burdo describiendo a Kafka cómo será el Holocausto.
Por su parte, su narrativa breve no toca menos puntos, en varios casos situando a Emilio Renzi en diferentes circunstancias, la búsqueda de un manuscrito perdido de Roberto Arlt, mientras éste inventaba las medias de nylon, o el encarcelamiento de aquél en una mazmorra con una pareja homosexual que coge al amparo de la sombras, sus cuentos se nutren de la crónica y de la literatura negra. En gran parte, influido por Roberto Arlt y por Rodolfo Walsh, Piglia escribió cuentos y crónicas en sincronía directa con estos dos maestros de la literatura de los bajos fondos y de la crónica de investigación. Como tantos otros escritores latinoamericanos (entre ellos Gabriel García Márquez con Crónica de una muerte anunciada), Piglia buscó rendir un homenaje con su crónica Plata quemada a Operación masacre de Walsh. Por su parte, Emilio Renzi, los nombres que Ricardo Piglia omitió al firmar su primer escrito, es descendiente del detective Daniel Hernández, de Walsh, y de los Marlowe y Spade, de Chandler y Hammett. A todo esto, uno empieza a notar el vigor imaginativo de Ricardo Emilio Piglia Renzi, la forma en que supo entrar en el canon de manera fresca y con una lucidez potentísima. Como a pocos autores, a la obra de Piglia hay que buscarla de a poco, como haciendo visitas de cortesía para que siempre nos encuentre con la mayor lucidez y receptividad posibles la compañía de un invaluable escritor de raíces firmes.
Héctor Iván González
Autor de Menos constante que el viento.