Aunque ahora la serie Black Mirror ha dado de qué hablar debido a su estreno de la tercera temporada en Netflix, habría que reconocer que esta es quizá su temporada más deficiente. La estética ha cambiado y las problemáticas expuestas no han calado cómo hicieran las expuestas en las primeras dos temporadas. Sobre lo anterior, no podemos ni si quiera culpar del todo a Netflix, pues la marca compró los derechos de la serie (en septiembre de 2015) pero quien sigue estando al mando es el mismo Charlie Brooker, creador y escritor de varios de los episodios que conforman a este programa que repetitivamente se ha descrito como heredero de The Twilight Zone.

El planteamiento que Charlie Brooker hiciera al inicio de la serie, fue de suma transparencia. En un momento oportuno se percató de las problemáticas que estaban por venir a razón del uso de tanta tecnología y decidió crear Black Mirror como un espacio de crítica y reflexión, por esto quizá sea inexacto categorizar a la serie como mera ciencia ficción, todo lo expuesto en sus diferentes episodios, es una posibilidad latente que no requiere de decenas de años en adelantos tecnológicos. En la era de la pantalla global, como Lipovetsky ha denominado este momento en que estamos rodeados de pantallas por doquier, Charlie Brooker decide llamar a este entramado de distopías Black Mirror, pues si algo caracteriza a todas estas pantallas (teléfonos, tabletas, computadoras, televisores, smartwatches) es ese fondo negro en el que nos vemos reflejados cuando permanecen en stand by. Habitamos, como dijera alguna vez Brea, el universo de las mil pantallas. Y todas éstas se han convertido en una extensión del humano. Después de la mano, generalmente, está el smartphone.
La tecnología que ontológicamente es buena ha degenerado. Existe una adicción a los dispositivos, vivimos escindidos entre la realidad real y la realidad virtual. Para muchos, me incluyo, es inconcebible estar un día sin internet, sin señal en el teléfono. Existe el famoso cosquilleo que cientos han experimentado al tocarse el bolsillo y no sentir el teléfono, pensar que lo hemos extraviado: sentimos algo parecido al miedo. Si bien la tecnología significa una herramienta que nos facilita nuestra experiencia en el mundo, esta en particular que tiene que ver con el internet y las pantallas, pareciera más un lujo, que paradójicamente en vez de liberarnos nos encapsula más. Bajo este contexto no es difícil dibujar o adivinar los escenarios a corto plazo. Ese momento en que lo bello deviene siniestro.
De ahí la fortaleza de Black Mirror, a lo que asistimos no es a un show que expone escenarios meramente futuristas sino a la decadencia que habita a la vuelta de la esquina: seres capturados por la imagen, por lo virtual, consumidos por el espectáculo, ciervos del instante puro, de la apariencia, que confían su memoria a la tecnología. No es difícil ver National Anthem (s01 ep01) sin sentirse reflejado en eso que se expone: seres capturados por el show aunque lo que se exponga sea algo funesto. Lo vivimos cuando el 9/11. Tampoco es exagerado imaginarnos como en el episodio Fifteen million merits, pagando ya no por ver algo en la pantalla sino por tener la posibilidad de ausentarnos de esto (es ya parecido a la TV on demand, pago por no tener una programación y en su lugar, ver sólo lo que yo decida, cuando quiera), de darle un descanso a la mirada ante la sobrepoblación de imágenes. O bien, sentir tristeza y miedo al presenciar The Entire Story of You (s01 ep03) e imaginarnos lo difícil que sería vivir una ruptura, un engaño, y continuar una vida plagada de fantasmas, de la imagen virtual del otro que queda ahí. Después de todo, las rupturas de hoy atraviesan un poco de esto: las miles de fotos que quedan en el teléfono, las canciones en las playlists, las redes sociales donde a veces es preferible bloquear al otro para dejar que esa persona genuinamente desaparezca de nuestras vidas.
De ahí la dureza de Black Mirror: no se construye desde la magia ni la fantasía ramplona sino desde lo siniestro. Desde ese cueva que nos puede engullir y de la que hay que tomar precaución. Los avances de la tecnología se dan a tal velocidad que apenas nos detenemos a reflexionar seriamente sobre sus alcances y cuando se da la intervención desde el argumento ético, a veces se trasnocha con la postura ortodoxa. Black Mirror además de ser un programa de diversión, es un instrumento de reflexión, como si cada uno de sus episodios guardara una especie de moraleja, y en el mejor de los casos, cobro de consciencia.
La serie que estrenara en el 2011, pareciera que en la actualidad enfrenta una problemática. No creo que la reciente temporada sea deficiente a sus anteriores debido a que Netflix la comprara. Me parece en cambio, que es debido a lo mucho que hemos profundizado en tan pocos años nuestra relación con las pantallas y con ese mundo arrogado a los fantasmas que es el internet y la realidad virtual. Entonces se vuelve complicado encontrar un mínimo de distancia con la realidad, y sin ésta parece que no se alcanza una sátira igual de fina que antes, como ejemplifica el episodio Nosedive (s03 ep01). Sin duda, es de los mejores de esta temporada pero es en exceso parecido al modo en que nos conducimos en la actualidad a razón de las redes sociales (Tinder, Facebook, Twitter, Instagram) o a las políticas sobre puntuación social que se quieren implantar a futuro en China. Nosedive es un lugar común que rompe con el pilar de lo siniestro e inteligente que sostenía a la serie. El sistema de puntuación al que están sometidos en este episodio es similar al de Uber o a las métricas que se utiliza desde el big data para saber quiénes tienen autoridad (influencers) en redes sociales. Aquí ya no se alcanza a detectar la finura de antes.
El regreso de Black Mirror era uno de los más esperados, prueba de esto fue la expectativa que generó su episodio navideño del 2014 donde Jon Hamm hizo una aparición especial, pero a pesar de la caída argumental habría que concederle su grandeza frente a tanta paja, pues al final, dentro de tantos contenidos tanto televisivos como cinematográficos que fantasean con nuestra relación con la tecnología, la creación de inteligencias artificial y robots, Black Mirror es de las pocas que se arriesgan a encarar el terror que puede habitar todas esas fantasías Recordando a Kierkegaard, para él la enfermedad mortal no es la muerte, sino saber que se está condenado a vivir eternamente (desde un estadio religioso): aunque la tecnología nos genera ilusión, habría que tener presente todas sus implicaciones.