Una cámara fija es testigo del dolor: cubierta por la penumbra de su habitación, Sonia Bonet (Jana Raluy) escucha los lamentos de su esposo, lo ayuda a levantarse del suelo y cargar, una vez más, la enfermedad que los acecha. ¿Hasta dónde somos capaces de llegar por la desesperación y el amor?
La primera escena de Un monstruo de mil cabezas (2015) es potente y muy simbólica: Rodrigo Plá, el director, reúne los elementos necesarios para presentar la atmósfera que cubrirá toda la película: la oscuridad de lo que no se quiere o puede ver, el sufrimiento, la impotencia, la angustia de lo que significa ver a un ser querido morir; sin embargo, aquí el dramatismo es más incisivo, más molesto: la enfermedad del esposo de Sonia no es sólo una cuestión biológica, su avance y agudeza recae en la incompetencia de una empresa de seguros médicos.
De esta manera, la guionista, Laura Santullo, introduce un elemento amorfo, monstruoso, que el espectador ve reflejado a través de la burocracia y los malos tratos que Sonia recibe un edificio pulcro, lleno de oficinas y personas de traje y tacones. Junto a su hijo Dario (Sebastián Aguirre), la protagonista emprenderá un viaje peligroso, desesperado, en donde ahora ella decidirá sobre la vida de un grupo de doctores encargados del caso de su esposo.
Si bien Santullo delimita bien las aristas de la historia, hay algo que hace a Un monstruo de mil cabezas precipitada, un torbellino de eventos que pueden descolocar al espectador pues, aunque es evidente todo el sufrimiento contenido en Sonia y Dario, por momentos es difícil creer la velocidad resolutiva de ambos personajes. De una manera u otra, Plá y Santullo eligen un fragmento de la historia, los momentos de fuerza, vitales y estremecedores para lograr un pequeño bosquejo de esta odisea interminable por la justicia.
Gracias a la utilización de una voz en off que describe, según la perspectiva de varios personajes, las acciones de Sonia, Plá permite conocer el dolor desde diferentes lugares: no sólo es la protagonista, también es la mirada de las personas que están a su alrededor que la miran con miedo o con compasión. Esta habilidad conjunta entre director y guionista es el valor agregado para descartar el melodrama, la violencia descarnada, y optar por inyectar en los dos protagonistas, madre e hijo, un pinchazo doloroso de humanidad.
Así, Sonia Bonet y su hijo conservan, a pesar de las circunstancias, las motivaciones que tiene cualquier ciudadano. Este choque de inverosimilitud expone una división entre los bandos: los ciudadanos normales, buenos, y los empresarios corruptos, desagradables, una partición que acerca al espectador en un dilema moral, ético.
¿Exigir justicia desde la ilegalidad? Una observación incomoda, lacerante que, de una manera u otra, le da a los protagonistas una personalidad variopinta reforzada, sin lugar a dudas, por el trabajo actoral de Raluy y Aguirre. Un monstruo de mil cabezas parte desde diferentes niveles: el claro y más directo: el sistema mal empleado para los seguros de vida, el temor de saber que una decisión de vida o muerte está reservada en un cumulo de papales y firmas burocráticas; y el segundo y más sutil, logrado con pericia por el trabajo de Plá: la dimensión humana, los lazos de sangre, la determinación de llegar hasta las últimas consecuencias.
A pesar de todo, de las batallas y el desasosiego, Sonia levanta a su marido, está con él, mira al vacío con unos ojos tristes, cansados, una mirada que llevará cuando Plá y Santullo decidan que toda acción tiene consecuencias, sólo es cosa de entender qué tanto vale la vida del otro.