Bellas del presente

La piel envejece, pero el alma no. Cinco mujeres: Rossy Mendoza, la Princesa Yamal, Lin May, Olga Breeskin y Wanda Seux, comparten algo en común: la grandeza de su cuerpo, de su presencia en el escenario, un esplendor que formó su pasado, pero al mismo tiempo, marcó su futuro. ¿Hasta dónde es rentable un ser humano?

Con un aura de nostalgia, María José Cuevas hila la historia de estas cinco mujeres, figuras fundamentales para el imaginario de México. Con las características básicas de un documental: el uso de material de archivo, entrevistas y recreaciones, la directora mexicana emprende la arriesgada aventura de examinar estos personajes llenos de aristas, de mitos, fantasmas, miedos y virtudes.

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A pesar de las decisiones formales, Cuevas no sigue una narrativa definida por capítulos, algo que probablemente se exigiría ante la interminable riqueza de su materia prima, pero en vez de eso, opta por unir a cada una a través de temas que marcaron la vida de sus protagonistas: los grandes amores, el cuerpo, las convicciones, los tropiezos, la riqueza, la condición femenina… una montaña rusa definida por los altibajos y el inevitable sentido del fin.

En ese sentido, Bellas de noche no recurre a un melodrama descarnado y prefiere instalarse un “desorden” narrativo que desconcierta: cuando se cree que es posible la empatía, el espectador debe reservar sus reacciones ante la siguiente historia, una característica que permite echar mano de una mirada horizontal, más cristalina y sincera.

Así, lo entrañable no radica en el pasado: este no es un documental sobre aquellas vedettes de los años 70 que hipnotizaron con su sensualidad y voluptuosidad a la esfera artística del país, sino que la obra de Cuevas es sencillamente un trabajo sobre seres humanos instalados en un presente agridulce, incierto.

Ahora ellas, los seres humanos, se deben mirar en un espejo diferente. ¿Serviría centrarse solamente en los días de gloria y mirar esos cuerpos perfectos sobre un escenario? Aunque esa parte de sus vidas fue importante para definir quiénes son, es necesario el desencanto, el dolor pues, al final, las imperfecciones son las que las hacen más reales, cercanas. La diosa, la deidad adorada, perseguida y admirada por millones se convierte en una mujer con perros, con arrugas, una mujer que celebra su cumpleaños en una casa común y corriente, con piñata, que cocina, que hace ejercicio en el parque.

Gracias a esta humanización, Bellas de noche es un ejercicio crítico y sutil hacia la espectacularidad, el eco de un vacío instalado en camerinos y hoteles caros en donde el juego de mutuo acuerdo entre las vedettes, la industria y espectador, establecen una relación de simbiosis masoquista: se acabaron los contratos, los llamados, los productores se fueron, adiós a las joyas, a las propiedades, a los automóviles caros: el cuerpo se marchitó. Todo tiene un final. ¿Por qué esos cuerpos ya no útiles?

Al igual que los días buenos evidenciados en un humor irreverente, ambiguo, de risas y entusiasmo, la deformación de la palabra “belleza” queda evidenciada como un lastre que impone lo que debe o no ser aceptado y así, quizá más vivas que nunca, los personajes en Bellas de noche optan por aceptar su presente, la ingratitud y la desfachatez de una sociedad que descalifica y hace a un lado aquello que ya no es “servible”.

La fugacidad de su carrera, aunado al ímpetu, la honestidad y la desesperación hacen que prevalezcan cuestionamientos que sólo el espectador, perteneciente o no de esa generación, puede poner sobre la mesa. Ellas, las bellas de noche son una manifestación decisiva sobre el consumo y posterior rechazo de una imagen, de un ideal, una actitud, un estilo de vida inmerso en una sociedad que día a día decide optar por el olvido, un olvido que es injusto para estas bellas del presente.

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Publicado en: Cine