boccanera

En esta entrevista la experiencia vital y literaria del poeta argentino Jorge Boccanera (Bahía Blanca, 1952) se revela como un exilio interior y exterior. Extranjería, “transtierro” y viaje se vuelven signos precisos para enmarcar su escritura.


Octavio Pineda: ¿Cuál fue el motivo que le llevó a dejar el país de origen? ¿Cómo fue su recorrido hasta su actual lugar de residencia?

Jorge Boccanera: Tuve que salir de Argentina en junio de 1976, tres meses después de instalado el gobierno militar que dejó un saldo de treinta mil desaparecidos y muchos miles de presos y desterrados. El motivo tuvo que ver con mi militancia política contra la dictadura que, por cierto, se continuó en la denuncia contra sus crímenes en aquellos países que fui recorriendo. Una tarea que encaramos la mayoría de los exiliados y que los militares llamaron “campaña antiargentina en el exterior, desarrollada por agentes apátridas”; vale decir que esos torturadores y criminales, que además subastaban al país, eran los “patriotas”. El tránsito de ese exilio, que duró unos seis meses hasta llegar a México, incluyó Perú, Ecuador, Panamá, Costa Rica, El Salvador y Guatemala. El consubstanciarme con la historia y la vida de esos pueblos y la vida en México, por ocho años, me enriqueció, y creo que ayudó en mucho a mi escritura. Del destierro regresé en el 84 y volví a irme en el 89, por otros ocho años, a Centroamérica.

OP: ¿Fue fácil la integración en el país de acogida, y acceder a sus círculos literarios?

JB: Cuando llegué los mexicanos me tendieron una mano, y en esa mano venía su corazón: amparo, trabajo, afectos, familia. Me refiero concretamente a posibilidades de crecer, porque México me educó y el contacto con su pueblo y las comunidades de exiliados de otros países refugiados en este suelo hospitalario —uruguayos, nicaragüenses, chilenos, salvadoreños, guatemaltecos— también me latinoamericanizó. Si bien uno no deja nunca de padecer de la “extranjería” o, para usar un término acuñado por el filósofo español José Gaos, de ser un “transterrado”, pude trabajar en diarios, suplementos culturales y otros medios; las experiencias más importantes para mí fueron haber sido redactor de internacionales de la agencia noticiosa Informex y jefe de redacción de la revista Plural. También tuve acceso al mundo editorial; con el poeta uruguayo Saúl Ibargoyen acometimos la tarea de compilar una serie de seis tomos de poesía latinoamericana que hacia fines de los 70 y aún hoy se siguen editando. Hay que tener en cuenta que al momento de exiliarme yo tenía 23 años, vale decir que estaba en pleno proceso de formación; así que la circunstancia desgraciada del exilio tuvo su contracara. Julio Cortázar, a quien conocí por esos años en Nicaragua, instaba a trocar la diáspora en ágora, y convertir el desarraigo en “una violenta, hermosa fuerza”.

OP: ¿Haber residido en un país distinto de donde se crió provoca conflictos de pertenencia o identidad?

JB: La identidad no es algo estático, es algo que se transforma y nos transforma. El ser y el estar adquieren dinamismo y es ese dinamismo el que nos permite una visión ampliada del terruño, su historia y sus múltiples modalidades de expresión. Nunca dejé de ser argentino, aunque como persona se hayan ampliado mis horizontes con las experiencias vividas en los otros países donde residí. Creo que lo mejor que me ha pasado es haberme dejado formar por lo diferente y por el gusto a descubrir, que forma parte de la ventura de toda travesía.

OP: ¿Comparte la experiencia del desarraigo con poetas de su generación, o, por el contrario, siente que le aleja de ellos?

JB: El exilio tiene que ver con una dimensión de la nostalgia, de la incertidumbre, del vivir en registros diferentes, dividido, fisurado por una “dislocadura”, como dijo la narradora Tununa Mercado, que pasó largos años desterrada en México. Justamente esa palabra resume disloque y rajadura, desajuste y grieta. Pero para no irme del ámbito de tu pregunta, te digo que comparto la experiencia del desarraigo con los poetas de mi generación (porque hubo exilio interno y externo) y con todos aquellos que fueron marcados por la extranjería. Muchos de mis amigos actuales cargan con esa vivencia. 
 
OP: ¿De qué forma la experiencia del distanciamiento se ha integrado en su escritura? ¿Es un tema recurrente?

JB: Sí, el tema del exilio es un tema recurrente en lo que escribo, aún más allá del distanciamiento geográfico y la sanción política, que aparece desplegado en una serie de extranjerías: la poesía misma, por ejemplo, que se escribe en los reversos del idioma. Escribí un libro sobre el tema que cruza ensayo, investigación periodística, entrevista, crónica; se titula Tierra que anda y está dedicado a escritores desterrados en los años 70 de la Argentina de la dictadura.

OP: ¿Qué obras suyas cree que representan de manera directa esa reflexión sobre el viaje y la pertenencia a un espacio?

JB: Desde ya Tierra que anda y las notas, ensayos breves, entrevistas sobre escritores con esa marca, como Juan Gelman, Luis Cardoza y Aragón, Osvaldo Bayer, Augusto Roa Bastos, Pedro Garfias o el poeta iraquí Anwar al-Ghassani. En mi poesía hay varios textos sobre el tema salpicados en varios libros: por ejemplo “Exilio”, “El extranjero”, “Hablan los ojos de Nazim Hikmet” y otros que fueron reunidos en la antología Libro del errante aparecida en México en 2009. Hay títulos de compilaciones de mis textos que aluden a este punto, como Sombra de dos lugares y Jadeo del viaje. Pero en general el exilio, la otredad, el sentimiento de extranjería está en el aire de mucho de lo que escribo.

OP: ¿Ha habido viajes o lugares que hoy, pensando en su escritura, considera decisivos?

JB: En tu primera pregunta hablé del viaje que hice en 1976 cuando tuve que salir de mi país y que duró cerca de seis meses; sigo creyendo que fue un tránsito decisivo en mi vida y en mi escritura, ya que me atrevería a decir que salí siendo una persona y llegué a México siendo otra. El viaje me hizo otro y lo que he escrito luego ha tomado la forma de las preguntas que he ido formulándome a partir de ese momento. Creo que el único crecimiento del poeta es al momento de profundizar los interrogantes. Unos catorce años después fui a vivir a Costa Rica donde escribí los núcleos de Sordomuda y Palma Real, libros que siento que me representan.

OP: ¿Qué lecturas le han acompañado en el viaje? ¿Cuánto tiene que ver la experiencia de otros escritores en relación al viaje con la suya?

JB: En años de formación y de tránsito de un lugar a otro, las lecturas fueron numerosas y variadas. Muchas de ellas tenían que ver con los países que atravesaba, su literatura y su conflictiva social. Así fui adentrándome en la producción poética de esos lugares, incluso de sus voces más desconocidas, lo que me permitió  abordar por esos años una serie de seis tomos para Editores Mexicanos Unidos, reeditados y distribuidos hasta hoy. De los inicios del viaje recuerdo libros de José Martí, Rubén Darío, García Lorca, Pablo Neruda junto a los que me iban alcanzando los poetas de los países donde pasaba. La segunda parte de tu pregunta es un tema sobre el que debería reflexionar, aunque me atrevo a adelantar que sí, que hay viajes que se superponen; por otra parte encuentro que esas experiencias comunes entre escritores, dan una cercanía, estrechan lazos.  

OP: ¿Los años en el extranjero han variado o alterado su lengua de escritura?

JB: Dudo si al momento de salir de Argentina yo tenía una escritura, un estilo reconocible —aún dudo de tenerlo—, de modo que creo que mi “lengua de escritura”, como decís, se arma en los viajes. Ahora, esas variaciones son un tema para la crítica.

OP: Viendo la cartografía de su viaje entre México, Costa Rica y Argentina, y las formulaciones que hace de él en su poesía, consideraría la posibilidad de que permanece aún en su interior.

JB: Se ha dicho que mi poesía tiene la respiración del viaje. Y creo que ese sentir está enraizado profundamente en mí, no como algo quieto, distante, prendido como un dato frío en la memoria, sino como algo vigente, vivo; porque el viaje es un territorio donde viven familiares y amigos. Late en uno en la medida de que permanece el deseo de ir hacia el otro, hacia lo otro.

OP: La poesía, como género, ¿es capaz de responder a las necesidades expresivas relacionadas con la lejanía, el exilio o la extranjería?

JB: La poesía trabaja en los entresijos de esas y otras experiencias y quizá, de mejor modo que un ensayo, pueda mostrar sus zonas claras y sus zonas neblinosas. Pero también la narrativa, el teatro, la pintura y la música pueden expresar con hondura un sentimiento de la extranjería.

OP: El crítico George Steiner habló del concepto de escritor extraterritorial. Sería lícito hablar de una corriente de poesía errante o emigrante (que incluye el viaje voluntario y el exilio forzado) en la poesía hispanoamericana.

JB: Coincido con Steiner porque la poesía va más allá de una geografía. Aun cuando haya textos con color local y motivos típicos y recurrentes de una región; aun cuando se repitan los ejes de vida y muerte, pasión y temporalidad, la poesía nunca habla desde lugares fijos. Sin necesidad de darle un nombre la poesía siempre viaja, sobre todo en la lectura de quien la recibe y la hace otra. Un día me enteré por una poeta húngara, Eva Toth, que un texto mío dedicado al poeta Attila József se leía en Budapest y una vez traducido se había convertido en canción rodando por aquí y allá. Éste podría ser un ejemplo.

OP: Su poesía tiene un contenido metaliterario perceptible. Este rasgo de reflexión ¿podría relacionarse con la incertidumbre y el cuestionamiento del espacio de la creación, o con una necesidad de ubicación poética?

JB: La creación es uno de los temas de la poesía, muchas veces abordándola desde la herramienta conceptual, analítica, filosófica. En mi caso, la poesía es el núcleo de Sordomuda, pero aquí la reflexión ha sido suplantada por la imagen, por un personaje central —una niña que arroja fuego por la boca en las esquinas y pide una moneda— y un sistema metafórico por el que circula un aire de fábula. En muchos de mis textos aparece como eje el poema y/o el poeta mismo. La creación es hija del enigma que intentamos a diario descifrar; una poesía que intenta develarse a sí misma como el perro que quiere morderse la cola.

OP: ¿Considera que su poesía tiene un jadeo del viaje, como dicen algunos críticos?

JB: Hay que ver qué ideas coloca dentro de la palabra “jadeo” cada uno de esos críticos. Podría ser un fraseo, o una mirada vertiginosa; yo pienso más en un ritmo, un fluir, un chorreo de la imaginación, una respiración interior. En ese sentido hice mía esa particularidad al punto de que la palabra aparece en dos de mis antologías: el libro Tambor de jadeo y el CD Jadeo del viaje. Podría decirse que cada poeta tiene su bufido interior, su murmullo o como dicen algunos poetas, un ruido en la oreja.

OP: ¿Cree que la poesía argentina actual comparte algunos rasgos de ese jadeo que muchos de los poetas de su generación tuvieron?

JB: Lo veo en muy pocos poetas actuales. Aquellos, escasos, que asumen el misterio y se comprometen con un imaginario alimentado desde la aventura, lo visceral, el hambre de las cosas por transmutar, la pasión, la apertura a lo diferente. Siento que en los tiempos que vivimos de subjetividades enajenadas, de anulación del carácter, de recorte de afectos, funciona a la precisión el oxímoron que se refiere a tener vocación de indiferente. Y el “jadeo” necesita inventiva, lenguaje, ideas, música, para que la poesía sea algo más que un comentario o el párrafo de un diario íntimo.

 

Octavio Pineda
Poeta y profesor-investigador.