Autor de una veintena de libros que oscilan entre la narrativa, la crónica, el aforismo y el ensayo, Guillermo Fadanelli (Ciudad de México, 1960) es un autor caracterizado por su deseo de mantenerse al margen, digamos, mantenerse en el underground. De una lucidez innegable que se disfraza de crueldad, el narrador que se impone en sus libros provoca que el lector se sienta entre un filósofo moralista y un narrador de cosas terribles. Siempre aguda, mordaz y a veces cáustica, la obra de Guillermo Fadanelli abreva de la filosofía, del humanismo y de la literatura negra por igual, lo cual la dota de una tesitura diferente a lo que se escribía en México. Emparentado con los humores de Jorge Ibargüengoitia y de Juan José Gurrola, Fadanelli es a veces provocador y a veces un destroyer.

Lodo (Anagrama), Educar a los topos (Anagrama y FCE), El día que la vea la voy a matar (MOHO), Más alemán que Hitler (Cal y arena), La otra cara de Rock Hudson (Premio Impac-Conarte-ITESM, Anagrama), Hotel DF (Mondadori), Mariana Constrictor, El hombre nacido en DanzigInsolencia. Literatura y mundoEl idealista y el perro (todos en Almadía) y, de reciénte aparición, Al final del periférico (Random House) son algunos de los títulos que le han dado un lugar preliminar en la literatura. Debido a esto y a sus excepcionales dotes de conversador, le he pedido a Guillermo entablar un diálogo a manera de una discusión, en su acepción más provocativa, sobre sus libros, sus nociones, sus lecturas y sus cadáveres en el armario.

fadanelli

Fotografía cortesía de Milenio.

Héctor Iván González: Gracias por aceptar esta discusión, estimado Guillermo. Quisiera empezar con una pregunta, en apariencia muy simple: ¿Por qué escribes?

Gillermo Fadanelli: Es una pregunta imposible de responder, de hecho su respuesta tendría que hallarse en la acción misma de la escritura; pero te digo lo primero que me viene a la mente: “Escribo para continuar la primera frase”. O también: “Escribo porque deseo aprender a maldecir”. Me parece una causa digna, ya que para ser un hombre bueno bastan las acciones. Y además no sé maldecir como se debe. Mi madre sabía hacerlo muy bien: “Ojalá las ratas me hubieran comido el vientre cuando dormías allí dentro”, algo así decía. Recuerdo sus palabras y la envidio. Yo no me he acercado siquiera a la pureza de sus anatemas. Yo sólo sé… fingir. 

HIG: Cuando uno te lee, cuesta trabajo distinguir entre tu voz y la del narrador, desde las teorías narrativas uno da por hecho que no son la misma cosa. Tu narrador se caracteriza por introducir algunos monólogos, algunas percepciones, ciertas impresiones a manera de ensayos; incluso en Lodo tu personaje, Benito Torrentera, sugiere que hay una gran similitud, una gran proximidad, entre la novela y el ensayo. Sin embargo, ¿cómo te sientes con la voz narrativa que adoptas? ¿Cómo la concibes?

GF: No me planteo esa diferencia. Creo que en mis relatos de ficción hay sólo una voz y ésta es la suma de todos las personas que viven dentro de un escritor y que sólo pueden ser sospechadas a través de la lectura. Tal voz es discordante, heterogénea y cambiante, mas si es honrada prevalecerá, porque ha sido creada por un impulso irracional y una necesidad que no requiere explicarse, sino ordenarse a sí misma y extenderse. Yo no utilizo las novelas para disfrazar ensayos, pero no me importa que ambos géneros se confundan o entrelacen en una obra. Si hacemos caso a la distinción que planteas yo diría, entonces, que la voz del narrador es la que se impone al autor por la razón de que la ficción literaria es lenguaje escrito, registrado y sólo interpretado por quien lee la obra. La voz del autor, si lograra aislarse, carecería de importancia literaria, pues dejaría de ser una mentira. En Humano, demasiado humano, Nietzsche dice que el individuo no es unidad, sino escenario y aventura; y quien lo interpreta se convierte en un viajero. Si intercambiamos la palabra individuo por literatura entonces tenemos una pista. 

HIG: Algunos de tus personajes hablan desde el cinismo o el desencanto, una voz cuyos antecedentes los podemos relacionar con autores desde Swift, Baudelaire, Céline o Bukowsky y, bueno, ahora hay narradores que lo practican, ¿crees que este tono es el tono que más atraiga a nuestra época?

GF: No creo que sea nada sencillo practicar o siquiera simular el sarcasmo de Jonathan Swift o el de Mark Twain. Tampoco me parece posible escribir como Bukowski cuya sencillez, desgarbo y gracia son singulares. Su consistencia estriba en que su aparente vulgaridad o desfachatez no pueden ser imitadas al grado de la confusión. Ahora bien, el desencanto o el cinismo lo puede practicar literariamente cualquiera; a ver hasta donde se lo permite su talento. El lenguaje pone bochornosas zancadillas. Por otra parte, esta época lo permite todo ya que propone el desastre como horizonte. Yo creo que el desencanto es comprensible debido a que no somos el sueño cumplido de casi ninguna historia de humanidad, sabiduría o de progreso moral que haya existido hasta nuestro tiempo.    

HIG: Incluso, al ver que hay muchos jóvenes que te siguen, me atrevería a sugerir que este tono refleja un desacuerdo con los valores actuales o al menos con los valores que sus padres quisieron inculcarles. Creo que Norberto Bobbio escribió en su libro El existencialismo que el hecho de que los valores anteriores se mostraran desgastados para las siguientes generaciones marcaba un rasgo del decadentismo. ¿Estamos en una sociedad desencantada o en una sociedad decadente?

GF: Decadente, en caso de elegir entre ambas definiciones. Porque el desencanto no existe más que en ciertos apartados y grupos de la sociedad (un desencanto que, por supuesto, puede también llegar a ser creativo). La mayoría de seres humanos es brutal, analfabeta y ahistórica. ¿De qué puede estar desencantada? Más bien flota como una espesa capa de detritus. Y tienes razón, muchos jóvenes no desean ser amansados por las supuestas voces o autoridades rectoras que les dictan camino, puesto que las advierten falsas, ineficaces y contradictorias. Ésa es la historia de muchos jóvenes sensibles y perspicaces. Tienen razón en rebelarse al darse cuenta de que los valores agrietados y endebles de sus padres no los llevarán a ningún refugio en sociedades marcadas por extremas diferencias económicas y por la ausencia de un futuro en el que desarrollarse como individuos. 

HIG: Por otra parte, tus personajes están inmersos en una situación que los limita o que los determina, la escuela, los temores a contestar el teléfono, las mujeres; me recuerdan a Sartre cuando hablaba de que la libertad siempre está por conquistarse, algo que se puede traducir en que uno nunca es más libre que cuando lo sujetan. Sin embargo, no te ubicaría como un seguidor de Sartre, sino de Schopenhauer y su noción del mundo como voluntad.

GF: La libertad es una construcción y un aliento para vivir, más que un conjunto de obstáculos que salvar. Sartre describía a los seres humanos como esclavos de la circunstancia, seres lanzados a un mundo ya determinado. Por ello, políticamente, fue contradictorio, pues pregonaba también la acción política para alcanzar la libertad. Era muy buen escritor, un filósofo que provenía de la fenomenología como tendencia del pensamiento y un moralista algo dandy. Schopenhauer, en cambio, creía que el arte, más que la política o la filosofía, podría darle algo de sentido a nuestras vidas indominables e insufladas de vida por una voluntad incontrolable. “El arte siempre alcanza la meta.” “Todo querer surge de la necesidad, o sea, de la carencia y, por lo tanto, de un sufrimiento.” “La época, esto es, la estúpida multitud del momento…”, cosas así escribió en su obra mayor El mundo como voluntad y representación. Ambos, Sartre y Schopenhauer eran magníficos escritores, aunque Schopenhauer fue un filósofo de gran altura: el pesimista por excelencia. Mis personajes, en general, son pudorosos y saben que la muerte y el mal acechan a toda hora. Se albergan en la ironía y en la renuncia social para sobrevivir, mas no creas que los he determinado; aparecen cuando los describo: se imponen.    

HIG: En una conversación con Rogelio Sosa sobre música y filosofía, te explayaste respecto a Schopenhauer.1 El autor de El mundo como voluntad y representación es una figura fundamental, pero un tanto al margen de las historias de la filosofía. Incluso, te ha inspirado para escribir El hombre nacido en Danzig. ¿Qué te interesa más de su filosofía? ¿Te parece que tiene pertinencia una filosofía influida por el budismo en una realidad tan lejana al desprendimiento y al no-deseo?

GF: De Schopenhauer, nacido en Danzig, admiro su talento y dotes para desafiar a la crítica trascendental y a la razón como herramientas fundamentales del conocimiento del mundo; por el contrario, él proponía el arte, la resignación (“la resignación o la anulación de uno mismo es la última meta, la esencia más íntima de toda virtud”), o el ascetismo como formas de amenguar los efectos de la estúpida vida. Y todo esto realizado a partir de un orden excepcional de ideas, de una literatura clara y simpática (pese a ser él un hombre arrogante), personal y rigurosa. Su pesimismo es ideal para afrontar la desazón propia de nuestro tiempo acelerado, glotón, brutal, y su filosofía tiene mucho de artística, no sólo a causa de su estilo literario —era un gran escritor—, sino por sus conclusiones. El narrador de El hombre nacido en Danzig es una especie de Schopenhauer actual y, por lo tanto, sabe que el sexo, los celos y la mentira se expresan con libertad absoluta y nadie puede ponerles obstáculo.     

HIG: Sin embargo, la articulación de las ciencias, de la historia e ideales nodales de occidente permanecen siendo más hegelianos que schopenhauerianos. Nuestra visión pedagógica y algunas nociones que fundamentan nuestra percepción de la realidad siguen articuladas por los “procesos”, el “progreso” y “la historia” desde Hegel. En Menos que nada. Hegel y la sombra del materialismo dialéctico, Zizek sugiere que el siglo XXI seguirá siendo fundado en las ideas del autor de La fenomenología del espíritu. ¿Qué piensas al respecto?

GF: Leo poco a Zizek, pero tal diagnóstico lo había sostenido ya Jürgen Habermas en El discurso filosófico de la modernidad. Creo que la lectura de Schopenhauer sería más provechosa para afrontar una época como la nuestra que desconoce la historia y comprende el progreso como tecnocracia y habilidad irreflexiva: su filosofía sería un arma y su pesimismo una salida ante tanto optimismo destructor. En cambio, el idealismo o fenomenología de Hegel ya no es transmisible a los habitantes del siglo veintiuno y tampoco da noticia del mundo en el que viven.  Es posible que aun Marx, hegeliano de izquierda, tenga más oportunidad que el mismo Hegel a la hora de ofrecernos claridad en la descripción de sociedades regidas por el mercado y el valor económico. No todo Marx, por supuesto. Pero Hegel es un fantasma que recorre la mente de algunos intelectuales, nada más. Yo prefiero transitar un túnel histórico entre Giovanni Battista Vico y Paul Feyerabend, por ejemplo. O entre Herder y Peter Sloterdijk. Siento aversión por las grandes ideas.

HIG: A partir de tus ensayos, de tu columna y de alguna declaración captada al vuelo en alguna presentación, se puede ver en ti a alguien que se rehúsa a la sumisión. Alguien que odia los relojes, el orden, la cuadrícula, sin embargo eres profundamente ordenado al inteligir y al argumentar. Incluso yo te tildaría de riguroso. ¿No es una contradicción? Aunque, de serlo, sería una contradicción interesante.

GF: Detesto la autoridad que se impone sin poseer valor ni fundamento alguno; la autoridad heredada y no ganada a pulso. Quizás por ello me molesta, en general, la burocracia académica y los colegios de sabihondos. Quizás mi talante anárquico es un trauma, ya que fui educado rigurosamente. Como sucedió con Dostoiewski, las ciencias exactas —en caso de que las haya— me han hecho muy desgraciado. Yo prefiero la holgazanería, el vagabundeo y el desorden para andar por el mundo. Sin embargo, es justo a partir del caos y de la incertidumbre donde puede nacer una estructura argumental genuina; un orden falso mientras llega la muerte.

HIG: Cuando has abordado cuestiones políticas, me llama la atención que mencionas la nada, la no adhesión, la no militancia, la no postura, como una opción, ¿es pertinente refugiarse en la nada cuando después de todo siempre quedará algo?

GF: Jean-François Lyotard llamaba a la posmodernidad “una guerra contra el todo”; yo diría que la nada que mencionas es un no conformarse con las definiciones canónicas o fundamentales del saber tradicional. Mantenerse aparte y fuera del ojo del poder y no ser blanco fácil para ningún francotirador. Practicar la disolución de las formas rígidas. Creo que éstas son buenas formas de habitar el mundo. A mí, por ejemplo, los medios o asociaciones de izquierda o derecha más radicales me desprecian, pues no están acostumbrados al diálogo lúdico, disruptivo o poco convencional; están habituados a la hipocresía y al golpe bajo. Al final deciden dejarme en paz. ¿No es eso una bendición?

HIG: Al hablar de política, me viene a la mente un binomio interesante, la relación Rousseau vs. Voltaire. Se dice que las veladas con Voltaire eran divertidas y que, en cambio, visitar a Rousseau era una tortura por lo aburrido de su carácter. Incluso tú has comentado el hecho de que llevó sus hijos al hospicio. Sin embargo, la trascendencia de Rousseau y el contrato social es fundamental en el trato entre ciudadanos. ¿Cuál de las dos figuras te es más afín?

GF: La de Rousseau, por supuesto. Su vida y sus ideas eran dramáticas, pero muy puntuales. Todos se quejaban de su carácter y de su irritabilidad. Madame de Stäel decía que no había inventado nada nuevo, pero lo había incendiado todo. Acerca de él, Thomas Carlyle escribió: “Un hombre mórbido, excitable, espasmódico, más intenso que fuerte. No poseía el talento del silencio. No tenía profundidad ni anchura, ni serena fuerza contra la dificultad, que es la característica de la verdadera grandeza”. Esto escribió Carlyle, a quien Borges consideraba el inventor del fascismo. Isaiah Berlin describió a Rousseau como “el más grande militante plebeyo de la historia, una especie de golfillo de genio”, y sin embargo ese golfillo de genio lo obsesionaba. A Voltaire lo he frecuentado poco como lector. Era un hombre rico y un escritor notable, y sus ideas hoy nos resultan muy familiares, un hombre de mundo, pero no sé hasta que punto haya llegado a relacionar vida y capacidad teórica con tanta fuerza, como lo hizo Rousseau, autor de Las confesiones y de El contrato social, nada menos. 

HIG: Has fomentado el aforismo (escribiste Dios siempre se equivoca), un género que está de la mano con la “idea”, como diría Schopenhauer, una “visualización”. Incluso, podría sugerir que algunos de tus libros de narrativa se sostienen en este estilo. ¿Qué representa el aforismo para ti? ¿Te sientes a gusto en ese espacio mínimo a la manera de una percepción intempestiva?

GF: Sí, es el género más cercano al silencio y a la tranquilidad de la tumba; es breve como la vida que se se va de las manos. Y además te expone aún más que si escribieras una novela larga. Quiero decir: expone tu severidad de pensamiento, tu gracia o tu capacidad literaria. “Para ser veraz, una novela debe ser falsa”, escribió, como si nada, Remy de Gourmont. Sin embargo, su brevedad es sabia y es posible escribir un ensayo a partir de su aforismo. 

HIG: Jorge Ibargüengoitia se caracterizó por ser un crítico acerbo de la vida en México, sus trámites, por sus ilógicas, y finalmente optó por irse a vivir a París, Francia. Ibargüengoitia era ingeniero de formación, del mismo modo que tú lo eres, ¿qué tan tortuoso es vivir en México para alguien cuya cabeza exige al mundo cierto rigor?

GF: Vivir en México es para mí un suplicio en el sentido de que sus instituciones y su población, en general, están disminuidas por la ausencia de reflexión, conocimiento y fortaleza cívicos, y también por la desgracia económica, la corrupción política y financiera, y el acoso constante del entretenimiento vacuo, pero ya no tengo fuerza suficiente para moverme. Aquí moriré uno de estos días. Yo estudié ingeniería, mas no poseo un pensamiento eficaz y utilitario; al menos no en su sentido creativo. Admiré y leí la obra de Ibargüengoitia. No sabía escribir mal.  

HIG: Tu literatura tiene muchas influencias, está Nabokov, Bukowski, Alfred Döblin, y, a la vez, Schopenhauer, Montaigne, Michel Onfray o Hans Magnus Enzensberger.¿No te altera leer filosofía al momento de escribir narrativa? Bueno, es obvio que sí te altera, te influye, pero me refiero, ¿no te obstaculiza narrar el frecuentar la reflexión?

GF: Sí, claro; mas no existe una narrativa pura y sin influencias. Enzensberger es ilegible para mí. Me estrello contra un muro cuando lo leo. Me imagino que es a causa de su estilo apretado y críptico. En cambio cuando leo a Richard Rorty no dejo de asentir; mi buena relación con sus ideas es natural pues él es un filósofo que ponderaba el valor de la literatura en la filosofía casi como ningún otro pensador norteamericano. Alfred Döblin fue una revelación para mí (leí Berlin Alexanderplatz cuando estuve en Berlín) aunque antes había leído ya a John Dos Passos. Una pasión similar me despertó leer El desencantado, de Budd Schulberg: tenía la impresión de estar leyendo una de las versiones de mi propia vida. En fin, creo que los ensayos también son relatos de ficción cuyos conceptos —si los tienen— serían como los personajes de una obra cuya trama intenta también llegar a tierra firme; algo así afirmaba Deleuze. 

HIG: ¿Qué piensas de la adopción de la terminología de la posmodernidad en el análisis literario? ¿Cómo te sientes ante frases aglutinantes como “escribir-desde-el cuerpo”, “la-era-de-la-hipermodernidad” o “la-escritura-como-exploración-o-como-producción”?

GF: No sé cómo hemos llegado a creer que construyendo artificios lingüísticos supuestamente novedosos estamos comprendiendo mejor el mundo. Tal vez tendríamos que regresar a Guillermo de Okham para vacunarnos contra ese mal. Las jergas o terminologías de cualquier tendencia o movimiento, si no son expuestas clara y profundamente, resultan ser sólo un juego superficial, aunque a veces, ¿por qué no?, creativo. Yo no comprendo la posmodernidad como ignorancia ni salpullido retórico, sino como una filosofía que intenta comprender a un mundo que ha perdido sus relatos fundacionales y que ha caído en la confusión, el desgarbo y el desarraigo intelectual e histórico. La profundidad se ha mudado a la superficie. Octavio Paz escribió en Los hijos del limo —cito de memoria— que “la modernidad es la aceleración del tiempo histórico.” Yo añadiría que la posmodernidad es su diseminación.  

HIG: ¿Crees que durante la segunda mitad del siglo XX se haya dado un cambio en la episteme y realmente estemos en una suerte de “posmodernidad”?

GF: Sí, lo creo. El mercado económico y la tecnología, la brutalidad democrática (que no la democracia en sí) y el acoso de los medios de comunicación nos han llevado a una especie de no lugar.

HIG: Guillermo, eres una gran conversador y alguien que siempre escucha al otro, sin embargo, los diálogos ya no se hacen durante el día en el parque de Academo, como en los tiempos de Sócrates y Platón, esto hace a muchos trasnochadores. ¿Qué tan importantes son para ti estás veladas? ¿Comprendes las francachelas como un espacio para la lucidez o no tiene que ser necesario que la haya?

GF: Tienes razón; en mi caso la noche es una especie de liceo, y el ámbito natural para las buenas conversaciones. Prefiero escuchar a discutir o irme de la boca, pero a cierta hora y en determinadas condiciones ya no se puede elegir. Las noches son batallas perdidas de antemano, pero esta  autodestrucción de carácter romántico es también un estímulo para el conocimiento y una oportunidad para hacer una pausa a la vida desgraciada. Las mesas, decía un amigo estimado, no son coladeras a donde pueden llegar todos los residuos. Yo respeto las mesas nocturnas hasta donde es posible y puedo sospechar cuando se avecinan problemas irresolubles. He tenido suerte y experiencias. Me he liado a golpes una decena de ocasiones a lo largo de dos décadas, pero fue inevitable. Hay necios que te obligan a romper el diálogo. Ahora soy un hombre tranquilo y no me meto en líos. Prefiero, como bien acabas de describir, una noche de conversación y ebriedad, más que una de pura exaltación y emociones primitivas. Ya no tengo edad para eso y mi fortaleza decrece. 

HIG: ¿Qué espacio le das a tu vida para el caos?

GF: Son la misma cosa. 

HIG: A menudo has visitado la autobiografía en tu obra, pienso especialmente en Educar a los topos. ¿De qué manera consideras que la juventud pudo influir en tu concepción literaria?

GF: Creo que la juventud sucede, y no da en su momento lugar a la reflexión; y cuando se piensa o reflexiona acerca de ella es que tal juventud ha pasado. La juventud yla adolescencia —quiero decir la fuerza sin dirección— más que influir en mi obra, la ha soportado y ha sido su sustrato. Se transformó en un mito que yo mismo me relato con tal de imaginar que mi existencia ha tenido un lugar y que quizás posee alguna clase de sentido. La juventud puede narrarse, pero eso no significa nada. El único interesado en mi pasado o biografía soy yo, por supuesto, pero una vida relatada desde la literatura tiene un significado distinto. Se aleja de la “verdad”, se transforma en sueño perdido y en utopía narrada desde el presente. Schopenhauer escribió: “Todo querer surge de la necesidad, es decir, de la carencia y, por lo tanto, de un sufrimiento.” No es mucho, pero al menos es una certeza sobre el querer y el hacer a partir de la ausencia o carencia de juventud o de sangre indiscreta: Querer ser alguien y escribir autobiografías, aunque éstas sean ficticias, por supuesto. No existe la autobiografía real, eso es un cuento chino, o mexicano.  

HIG: En Al final del periférico regresas a una etapa juvenil de libertad, de júbilo, que me hace pensar más en un Marcel Proust de En busca del tiempo perdido que en un Thomas Bernhard de El origen. Sin embargo, tu novela plantea la realidad como algo que pasa sin que uno pueda intervenir, ¿es esto lo que hace que el desencanto nos acerque a la madurez?

GF: Me atrae la idea de que se encuentre júbilo en esta novela. Es un júbilo por el no vivir, o por el placer de la irresponsabilidad. Confieso que no he vivido pues no podría explicar en qué consiste tal experiencia (sobre todo cuando uno insiste en hacer una suma de lo vivido hasta el presente). Casi toda la filosofía de los últimos veinticinco siglos se ha consumido en la búsqueda de un orden y de un sentido para la vida humana. Al final del periférico ha sido una experiencia no esperada. He llegado a una especie de final en la escritura de novelas. No creo tener mucho más que agregar. Esto es lo que soy y lo que creo que fui. ¿No es suficiente? ¿No es un respiro? La serpiente se muerde la cola. ¿Por qué lo sé? Porque es la primera vez que no he sufrido al escribir una novela y tampoco me preocupé por los lectores o por la opinión del otro, del juez; ¿un ajuste de cuentas con mi memoria? Sí, pero no un ajuste trágico. La celebridad o reconocimiento a mi edad y en mi caso me resulta un deseo ofensivo, dado que intento mantener a salvo mi idea de la libertad creativa (a salvo del compromiso social o dogmático). ¿Es posible tal libertad? No lo sé. Y los jueces son, por antonomasia, parciales. Si me preguntas, yo prefiero la orientación de Bernhard que la de Proust. Este último es demasiado didáctico y controlado, es como ir a la escuela para averiguar quiénes somos: una psicología de torturador. De Bernhard, en cambio me sorprende su amargura, lucidez, sus manotazos al aire y el hecho de que su autobiografía llegue siempre a buen camino. La objetividad, en todo caso, sería en él la genialidad, el resplandor efímero y en apariencia inconsecuente.     

HIG: “Muy pronto, fue muy tarde”, dice Marguerite Duras en L’amant, y me hace pensar en la forma en que la revelación de la sexualidad vuelve a los adolescentes jóvenes precoces, ¿de qué manera lo sexual está concebido en Al final del periférico y cómo afecta a los personajes?

GF: No son sólo precoces. Son más bien animales y, por lo tanto, sexuales. Bestias que se someten —o no— a ciertas reglas de supervivencia no dictadas por su conciencia. La diferencia es que estos animales —topos, ratas, perros, insectos… niños— poseen imaginación y son bellos porque son libres a pesar de los límites impuestos por sus progenitores, la tradición y la circunstancia. Animales abordados, cegados o iluminados —¿quién lo puede decir?— a causa de la imaginación desbocada y el empuje o impulso de existir. Todos los amigos de la adolescencia vivida en aquel final del periférico (Villa Cuemanco), su forma y nube se encuentran en esta novela. Mal para ellos pues fui yo el que narró la mentira; mi indiscreción es una invención, un ardid de la memoria en busca de la felicidad nunca encontrada. En fin, creo que el “muy pronto” de Duras es una utopía, lo mismo que el “muy tarde”. La piedra cae, y ya.

HIG: Guillermo Fadanelli, no sé si quisieras agregar algo más. Te agradezco mucho la oportunidad que me diste para discutir contigo.

GF: Al contrario, gracias por la conversación y por tu apreciable lectura y comprensión de lo que he escrito. Por lo demás no tengo nada que añadir y sí mucho de lo que arrepentirme.

Héctor Iván González

Autor de Menos constante que el viento.


1 https://www.youtube.com/watch?v=BcTHGpEAdQE