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En Apenas una línea delgada, publicado por Editorial Ink, Alberto Ulloa Bornemann reflexiona sobre las consecuencias que las pequeñas decisiones cotidianas representan para la vida de Víctor Enrique Lara Hoffman. Compartimos el fragmento titulado “Límites”.


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El grito de alerta lanzado a las tres de la madrugada por el celador encargado aquella noche de la garita ubicada al fondo del patio de la crujía D, justo encima de los lavaderos, era la señal esperada por Víctor Enrique para abrir silenciosamente la puerta de su celda y salir al patio a encontrarse ahí con El Perro y El Johny que lo esperaban ya fumando mota para destensar el cuerpo y agudizar los sentidos. Los tres se miran en silencio mientras comparten la bacha y acomodan entre sus ropas unas puntas filosas. Con los fierros al alcance de la mano, los dos comandos y el primer oficial se escurren en fila india ( pegaditos a la pared) hacia el fondo del patio. Como tenía acordado Olvera Martínez, la baja de potencia en el suministro eléctrico de la crujía hace que las lámparas de la instalación general irradien apenas una débil y vacilante luz amarillenta que da al lugar un aspecto alucinante. Bajo la incierta iluminación todas las sombras se alargan, también las de ellos tres. El Perro va por delante, detrás El Johny, y, a la cola, Víctor Enrique, disque protegiendo la retaguardia. Como nunca antes ha tenido participación en algo así (mas que cuando a los doce años jugaba en solitario a la guerra representando a un comando de las SS hitlerianas), Víctor Enrique trae el estómago revuelto. Siente débiles las piernas y teme que vayan a fallarle y no lo sostengan o tropiece en el momento menos oportuno. El tiempo parece estar detenido. Tiene la impresión de no caminar sino de ir flotando unos centímetros por encima de las frías, desgastadas baldosas del patio de la crujía. Sabe bien lo que ocurre, pues aunque la distancia a recorrer es corta, la sensación que tiene es que no terminarán nunca de llegar a la puerta del sanitario colectivo. Por supuesto, el origen de la levedad y lentitud que experimenta está en la calidad de la hierba fumada minutos antes. La precaución de ir embarrados a la pared mientras avanzan a cumplir la orden de Olvera Martínez, no tiene en realidad ningún sentido, pues aún si fueran descubiertos por algún celador despistado, no pasaría nada. Estaban cubiertos, hicieran lo que hicieran no habría consecuencias para ninguno de ellos. Saberlo debería brindarle confianza a Víctor Enrique, aunque, en verdad, no del todo. En realidad le disgustaba haber sido comprometido en este estúpido asunto por Olvera Martínez. Pues, aunque él tenía perfectamente claro que nunca compartiría las ideas del oxaqueño, le disgustaba participar en lo que obviamente era un exceso y un tremendo abuso. Tenía ya tiempo manteniéndose en el filo del precipicio, acatando sin reparo las órdenes de Olvera Martínez. Era algo que no había podido eludir, dadas las circunstancias que lo mantenían enajenado al giote, pero algunas órdenes de éste, como la que apenas le había dado al anochecer, se pasaban de la raya.

La incomodidad aumentaba aún más al tener en cuenta que lo que estaba obligado a hacer iba a ser interpretado por la víctima como una traición personal suya. Y podría perfectamente suponerlo así porque después de mantener al oaxaqueño durante meses bajo constante presión y permanente vigilancia, la curiosidad finalmente le llevó a platicar con él. A raíz de las primeras conversaciones, ordenó al Charly y al Perro aflojar un poco el asedio sobre el joven, señalado por la Dirección Federal de Seguridad como peligroso agitador rural comunista. Desde la primera plática, pudo darse cuenta de que el joven no carecía de inteligencia ni de valor para enfrentar las consecuencias que su activismo político-social le deparaba. A pesar de no hablar el castilla fluida y correctamente ni usar las palabras que Víctor Enrique empleaba cotidianamente merced a su paso por aulas universitarias, Josefo se expresaba con claridad y podía matizar bien entre dos ideas distintas y aún opuestas.

Josefo Ortiz Martínez era originario de una pequeña comunidad indígena serrana extremadamente pobre de Oaxaca. Había tenido la suerte de ingresar a una Normal Rural y encontrar ahí la ideología, los camaradas, la organización y el programa revolucionario para luchar por la redención del proletariado, su propia condición social, la de sus padres, y la de los demás miembros de su comunidad de origen, así como de millones más de desheredados del país y del mundo.

Asumida la militancia revolucionaria con la resolución y convicción del converso, Josefo, antes fervorosamente guadalupano, creyó firmemente a partir de ahí que la revolución socialista asomaba ya por el horizonte, pues la miseria, la opresión política y judicial, la absoluta ausencia de justicia para millones de campesinos sin tierra, defraudados por la revolución burguesa de 1910-17, eran su más importante causa, su contingente principal y su seguro detonador.

Ponía de ejemplo las movilizaciones que desde hacía varios años emprendían los campesinos en la región coahuilense de La Laguna, y en el Estado de Chihuahua, luchando contra los gobiernos estatales, los latifundistas y caciques regionales por el reparto de tierras; igual que los paros de mineros en Nueva Rosita y Cananea; de la movilización de los ferrocarrileros contra la represión y el injusto encarcelamiento de Valentín Campa y Demetrio Vallejo, así como las acciones en el mismo sentido del Movimiento Revolucionario del Magisterio por la libertad de Othón Salazar, apoyadas cada vez más por los estudiantes avanzados del Politécnico y la UNAM, exigiendo el cese de la represión de la que el pueblo trabajador es objeto permanente y mejoras en las condiciones de trabajo, de estudio y de vida de todos los mexicanos.

A sus pronunciamientos, Víctor Enrique les oponía objeciones de sentido común, como la fortaleza del gobierno, el control político y social del PRI a lo largo y ancho del territorio nacional a través de los sectores obrero, campesino y popular, y, sobre todo, la lealtad de las fuerzas armadas al Presidente de la República.

Josefo le replicaba asegurando que esa unidad era solo un mito, pues había grupos dentro del PRI dispuestos a romper la ferrea disciplina impuesta por la burguesía importadora y agiotista en defensa de sus intereses; aseguraba también la existencia de grupos de una naciente burguesía industrial nacionalista que apostaban por un régimen de sustitución de importaciones, empresarios con los que, aseguraba, el proletariado industrial podría aliarse eventualmente en un frente amplio antiimperialista y avanzar unidos al lado de los campesinos pobres y asalaridos rurales a conquistar el poder del Estado, por medio de las armas, inclusive, si ello fuera necesario,

Las convicciones de Josefo, sobradamente discutibles, eran para el oaxaqueño verdades irrefutables y lo llevaban fácilmente a la confusión. Por ejemplo, tendía a confundir a los rateros, a los asaltantes y a los homicidas que lo rodeaban en la crujía D con proletarios que podían ser recuperados y reclutados para la inminente revolución social. Pasaba obviamente por alto que todos esos cabrones tenían una actitud y una actividad completamente antisocial e individualistal. Jamás se tomarían a sí mismos como integrantes de una clase social comprometida con la lucha por la transformación social y económica del país y del mundo. El Charly y El Perro aparentaban escuchar las prédicas de Josefo, pero se carcajeaban de él a sus espaldas. Los demás presos terminaban por respetarlo, más por la entereza con que encaraba su situación personal que por el discurso ideológico que intentaba transmitirles sin éxito. Y por supuesto, no porque ellos no supieran de la existencia de clases en la sociedad, sus historias personales lo probaban con creces.

De alguna manera, Víctor Enrique creía entender el ánimo del activista oaxaqueño, pues, aunque su propia temprana simpatía por el nacionalsocialismo había quedado larvada en su conciencia años atrás, las ganas de que existiera orden y armonía en la familia, la sociedad y el mundo todavía le parecía una aspiración justa.

Por todo aquello le viene una primera arcada de vómito al trasponer la puerta del cagadero colectivo y descubrir a Josefo desnudo, tumbado en el duro y frío piso del baño, con El Perro sentado encima, aprisionándole los brazos con las rodillas a la altura de los biceps, mientras El Johny a un lado, en cuclillas, le inflige con la filosa punta que empuña con la mano derecha cortadas profundas en las muñecas para desangrarlo rápidamente.

No podían haber elegido una mecánica homicida más atroz y sangrienta. Una nueva arcada le hace arrojar la cena dentro del cagadero más próximo. El Perro y el Johny, en cambio, disfrutaban lo que habían hecho e intercambiaban puyas y albures a cuenta de la víctima. Habían cumplido con la tarea encomendada, el Giote siguiendo las instrucciones del mando superior de la DFS les ordenó hacerlo precisamente así, desangrar al oaxaqueño para presentar su muerte como un suicidio.

La aparente causa del crimen parecía haber sido la de ponerse en contacto con el naciente grupo guerrillero del que formaba parte y del que había negado ser miembro a pesar de la intensa tortura a que lo sometió en persona el director de la DFS.

Tiempo después, en círculos de la Federal de Seguridad, se comentaba que el motivo del asesinato había sido la visita de una joven profesora de primaria enviada por el líder del grupo guerrillero recién asentado en la sierra chihuahuense para investigar lo que el joven había hablado del grupo, especialmente de él mismo, bajo la tortura a la que fue sometido.

La joven fue capturada el mismo día de su encuentro con Josefo; una vez que terminó la visita, la profesora traspuso el portón de Lecumberri y empezó a caminar sobre la acera de Eduardo Molina. Hubo un testigo de lo ocurrido a ella. La concubina de un viejo delincuente encerrado también en la crujía D, quien al salir del Palacio Negro justo detrás de ella, pudo observar cómo los federales la encapuchaban y subían en vilo a un auto oscuro sin placas. Al parecer aquella mujer fue la última persona civil en verla con vida.

Trasladada a un lugar desconocido (presuntamente una instalación militar), fue desnudada e interrogada brutalmente por media docena de agentes federales, quienes luego de sacarle valiosa información del líder del grupo (de quien era amante), de Josefo, de ella misma y de sus contactos, fue violada por todos ellos y después asesinada sin más de un disparo en la cabeza para luego ser incinerada hasta convertir sus restos en ceniza.

Víctor Enrique no pudo librarse de las burlas de El Perro y del Johny por su muestra de debilidad. Tampoco logró evitar dos arcadas más delante de aquel par de cabrones, que terminaron retorciéndose de la risa mientras lo imitaban doblados de la cintura cada uno delante del hoyo de un cagadero.

De regreso en su celda, profundamente asqueado de sí mismo, se tiró sobre la cama para tratar de dormir un poco antes de que dieran las cinco de la mañana, la hora en la que tendría que estar de nuevo en el patio para ordenar a los comandos despertar a la población de la crujía para el pase de lista.

Cerró los ojos y en seguida sintió que caía velozmente dentro de un profundo hoyo negro que parecía no tener fondo.