Todos quisiéramos gozar de la centralidad.1
—Sebastián Pineda Buitrago

A este instituto de teólogos hago la guerra: encontré su huella por doquier. Quien tiene sangre de teólogo en el cuerpo se sitúa de antemano frente a las cosas torcidamente y sin honradez.
—Friedrich Nietszche

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Tal como nos dice Sebastián Pineda Buitrago en su “A manera de presentación” de Tensión de ideasEl ensayo hispanoamericano de entreguerras (UANL), el libro está constituido por ocho apartados, los cuales van desde un análisis del ensayo a partir de una crítica al filósofo alemán G. W. F. Hegel, después se ocupa de “las contradicciones del progreso liberal en voz de dos ensayistas antípodas”, Domingo Faustino Sarmiento y José Donoso Cortés, para continuar con la figura del filólogo Marcelino Menéndez Pelayo, José Ortega y Gasset, Eugenio d’Ors, para después regresar a América con Alfonso Reyes, José Vasconcelos y Octavio Paz. 

Debo decir que desde un inicio, Pineda Buitrago marca sus derroteros al citar a Danilo Cruz Vélez acerca de la pregunta si “Marx, Nietzsche y Freud, al divinizar el sexo, el poder y el dinero [en ese orden], ¿no allanaron o hasta legitimaron el camino de la violencia, es decir, el de las dos guerras planetarias del siglo pasado?”. Con esto queda claro que el autor se deslinda de las tres concepciones o ismos que rigieron de manera nodal el siglo XX, da a entender que habrá un diálogo constante con estas tres figuras de raíz germana. Y poco más adelante, nos dice Sebastián Pineda que su libro tendrá una vena rodoneana, debido a que el autor de Ariel “no se sonrojó al apoyarse en la tradición católica”. De algún modo esta noticia dota de un cariz controvertido las páginas por venir, sin embargo también muestra sinceridad y una franca invitación al trayecto. A pesar de no compartir el credo católico, el lector laico se sentirá convocado por alguien que habla de manera honesta; tal como sucede con Chesterton, con Bloy o con Kierkegaard, la propuesta es sugerente.

Pineda Buitrago empieza su crítica a Hegel a partir de un fragmento de sus Lecciones sobre estética, y prácticamente le critica que el maestro de Prusia se proponga, en ese fragmento, hacer un deslinde entre lo artístico y lo referencial. Me extraña que a Pineda Buitrago esta idea le haga tanto ruido cuando tiene una continuidad en la diferencia que utiliza Alfonso Reyes al hablar de la literatura, la cual tiene una intención estética, de la literatura ancilar, la literatura que puede ser vehículo de conocimiento técnico, como la literatura médica o la literatura legal. En realidad, llama la atención que tome ese fragmento cuando no es algo tan fundamental para La estética de Hegel ni para su libro, pues en las Lecciones sobre estética, Hegel esboza una tesis sobre la relación del arte clásico, un arte que persigue modelos establecidos, y el arte romántico, un arte que va encontrando su forma en la medida en que se va desarrollando, el cual es uno de los asuntos fundamentales en la polémica que presenta Tensión de ideas.

Si sobrevolamos los temas, podremos ver que Pineda Buitrago busca, a manera de un espolvoreo, cuestionar fenómenos como las revoluciones, los movimientos sociales como el protestantismo o el concepto de utopía, condenar la izquierda en sus diferentes versiones y encomiar algo que él entiende como lo clásico o como la tradición. Para esto le sirve Donoso Cortés, quien veía en el regreso a la fe una posibilidad social, incluso cita una carta de Donoso a Charles Forbes: “Mi conversión a los buenos principios se debe en primer lugar a la misericordia divina y también a mis ahondadas reflexiones sobre la revolución”. Y cito a Pineda Buitrago: “Al oponer el catolicismo contra el socialismo, Donoso Cortés tuvo bastante clara la existencia de una teología política, es decir, del orden religioso como dimensión de orden político…”, pues Donoso aseguraba:

Inglaterra siendo monárquica, siendo conservadora, podrá impedir la disolución de la sociedad europea hasta cierto punto y por ciento tiempo; porque la Inglaterra no es bastante poderosa, no es bastante fuerte para anular la fuerza disolvente de las doctrinas propagadas por el mundo: para que al paliativo se añadiera el remedio, era necesario, señores, que la Inglaterra además de conservadora y monárquica, fuera católica y lo digo, señores, porque el remedio radical contra la revolución y el socialismo no es más que el catolicismo. (Op. cit. p. 44) 

Y Sebastián Pineda glosa este temperamento: “Donoso se refería a las barricadas que las masas parisinas levantaron a finales de febrero de 1848 en contra del rey Luis Felipe y sus acólitos, los bonapartistas (sic). Fue entonces cuando fracasó el último intento de restablecer la monarquía francesa después de todos los ensayos posibles: ni Napoleón (la monarquía fundada en la gloria), ni Carlos X (la monarquía hereditaria), ni Luis Felipe (la monarquía contemporizada) soportaron la presión de la masa que, sin necesidad de un gran líder, consiguió, a través de la violencia, imponer y hasta legitimar sus deseos, los del sufragio universal y los de la regulación de las jornadas laborales, al punto de proclamar una segunda república”. (pp. 40-41). He aquí que nos encontramos con una de varias inexactitudes que hay en el libro, pues los bonapartistas no sólo no eran acólitos de la monarquía sino que eran sus adversarios. Por otra parte, Pineda Buitrago deja fuera que será en la Revolución de 1848 donde se abolirá la esclavitud dentro del territorio francés y en sus colonias de ultramar, lo cual sentó un precedente para los países que buscaban la modernización. Algunas de las imprecisiones está: Pineda Buitrago hace una generalización al señalar (p. 47): “Sin embargo, ¿qué hacer cuando los mismos socialistas le robaban al cristianismo su liturgia? Soñadores utópicos, extravagantes y chiflados comenzaron a predicar que Jesús fue el primer comunista, y que el comunismo no era otra cosa que un verdadero cristianismo”, sin embargo, no específica de qué comunistas habla ni en qué momento exacto. Es cierto que, con base en algunos Evangelios, la revolución sandinista de Nicaragua enarboló la consigna “Entre cristianismo y revolución no hay contradicción”, lo cual venía fundamentado en las corrientes de la teología de la liberación, sin embargo, uno puede pensar que es cierto en tanto que Jesús haya sido un auténtico libertario. En la p. 60, Pineda Buitrago habla de la aversión que Menéndez Pelayo tuvo al movimiento krausista, cita una carta a Clarín donde los tacha de “fanáticos a quienes nunca pude tragar” y a quienes cree “el mayor obstáculo para el progreso intelectual de España”, no sólo eso sino que Pineda exhibe la negación Menéndez Pelayo a formar parte de instituciones valiosísimas —lo podemos ver ahora— para España, como lo fueron el Instituto Libre de Enseñanza y la Junta para la Ampliación de Altos Estudios, de donde se desprendieron el Centro de Estudios Históricos y la Residencia de Estudiantes, al cual acudieron artistas de la talla de Federico García Lorca, Luis Buñuel, Salvador Dalí y otros muchos poetas y artistas. Pensar que Menéndez Pelayo acertó al faltar a esta tarea, me parece una lectura errónea al hablar de que tenía un verdadero interés por desarrollar la cultura de su país. En la p. 85, Pineda Buitrago señala el hecho de que Ortega y Gasset condenara la colaboración activa durante la Guerra Civil Española de los escritores ingleses, a quienes tildaba de “superficiales y planos […] que, desconociendo la realidad española, se inclinaron por el bando republicano y auparon la propaganda mundial para que voluntarios entusiastas de medio mundo vinieran a lucha por el Frente Popoular”. Obviamente, Ortega se refería a W. H. Auden y a George Orwell, entre otros, quienes encararon con gran entereza la andanada fascista. Es curioso que Pineda Buitrago mencione el hecho, aunque no menciona el bombardeo a Guernica por parte de la aviación nazi. En este capítulo, al entrevistarse con Jordi Gracia es muy importante la respuesta que le da el autor de la biografía de Ortega y Gasset pues aclara qué quería decir el autor de La rebelión de las masas con que Alfonso Reyes estaba teniendo “gestecillos de aldea”, lo cual no era otra cosa que Reyes estaba salvando la vida de los republicanos.  En la p. 113, el autor insinúa preguntando que Reyes, al celebrar a Giner de los Ríos, “el santo laico del krausismo”, que si don Alfonso no buscaba “convertirse en lo mismo” y se pregunta si no nació en “este orden de ideas, su idea de la Capilla Alfonsina”. Lo cual me extraña, pues no fue Reyes quien le puso así a su casa en la Ciudad de México, sino su alumno José Luis Martínez al irlo a visitar. Pineda Buitrago (p. 119) habla de Pierre Lassere y de su oposición al “exceso de preocupaciones sociales y colectivas que ahogaban la conciencia individual”, el problema no es esto, el problema es que tergiversa la definición de antidreyfusards, la cual lo relaciona con la idea del intelectual comprometido, lo cual no es exacto. Los antidreyfusards eran aquellos que atacaban al militar Alfred Dreyfus, quien fue víctima de un acto de antisemitismo al ser inculpado de espionaje. El Affaire Dreyfus encarnó el prólogo de la persecución judía que hubo durante todo el siglo XX. El concepto de écrivain engagé vino hasta los años 40 en Francia y fue acuñado por Jean-Paul Sartre. Pineda Buitrago se pregunta, en la p. 137, si es revolucionaria la tiranía de Plutarco Elías Calles, a lo cual le podemos responder, con base en Las metáforas de la crítica (Reimpr. Gedisa, 2015), de Evodio Escalante, que al abordar el avión que lo conduciría al exilio, en 1936, Calles llevaba bajo el brazo —y éste es un dato para entendidos— un ejemplar de Mi lucha, de Hitler. Por lo cual, no creo que fuera revolucionario en ningún modo.

Más adelante, p. 156, Pineda Buitrago habla de Octavio Paz y la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios y el autor se pregunta que “¿en qué momento se despojó de la túnica marxista y abandonó el convento comunista?”. Sin embargo, hay que decir que a Paz lo invitó Neruda, a pesar de la oposición de la LEAR. Octavio Paz se mantuvo alejado de la LEAR, no como Efraín Huerta o Juan de la Cabada, y tuvo el apoyo de Alberti y Neruda para que viajara acompañado de Elena Garro y de Silvestre Revueltas a España. Es recomendable revisar el capítulo correspondiente en Poeta con jardín, de Guillermo Sheridan. Hasta aquí algunas precisiones.

A medida que se continúa la lectura uno puede percatarse de que las figuras convocadas tienen una razón de ser, es constante la intención de ser un libro reaccionario o, si se prefiere, radicalmente conservador, ya que escatima importancia a la Revolución francesa, gracias a la cual se instituyen los derechos de la humanidad; busca anular la trascendencia del cisma protestante, cuando este acto fue un Ya basta a la venta de canonjías y perdón de pecados por parte de la Iglesia católica; trata de poner en predicamento la ilustración, al cuestionarle su carácter de síntesis europea, síntesis de la tradición alemana (Kant) que recibió influencia de Francia (Rousseau), que a su vez viene de la enciclopedia inglesa. A todo este fenómeno de Ilustración, Pineda Buitrago le contrapone la tradición Clásica, lo cual interpreta, más que como Grecia, como Roma. Posteriormente, cuestiona la democracia, a la cual llama “regímenes de sufragio” (p. 101), y la subestima en el espectro político como quien tiene nostalgia de los principados y las autocracias. 

Me gustaría enfatizar aquí que al leer Tensión de ideas uno puede encontrar una unidad que la nota introductoria no parece destacar. Sebastián Pineda es un ensayista de profundidad, tiene una erudición indiscutible, un pasión por las fechas que no es la constante en nuestra generación. A pesar de que Tensión de ideas me provoque una gran discrepancia, debo señalar que es un libro cohesionado y sumamente compacto. ¿En qué radica mi discrepancia? Radica en que considero que hay una razón para hablar de que la sociedad conforma una unidad, lo cual Pineda Buitrago descree (texto sobre Paz). Considero que hay una consciencia ciudadana, que no pasa por los inconscientes ni los subconscientes colectivos, que tiene nociones muy claras de hacia dónde debe dirigirse, esto es hacia las libertades, libertades civiles y libertades de consciencia. Asimismo, creo que hay una consciencia de la gente que nos denominamos de izquierda, a pesar de que se nos ha querido convencer de que han muerto las “ideologías” (término que también se ha tergiversado) y de que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Un gran sector del mundo tratamos de informarnos, de nutrir nuestro criterio y de tomar las mejores decisiones que seamos capaces. Desde luego que esta postura implica que no se puede abandonar la crítica, ser de izquierda es ser crítico de lo que se cree y contra uno mismo, por ende, pensar a estas alturas en tomar en serio al catolicismo, especialmente en estos días donde han emprendido marchas de odio e intolerancia, no sólo es algo incorrecto políticamente, sino que es una falacia. Creo que en todo caso Pineda Buitrago no critica ni se deslinda de los dichos de sus figuras, sino que las suscribe. 

Me gustaría retomar mis disentimientos con el libro a partir la trascendencia del filólogo Marcelino Menéndez Pelayo, pues me llama la atención que Sebastián Pineda Buitrago sugiera que Reyes “perfiló al gran ensayista como alguien de izquierda”, a pesar de mandarse petardos como este:

Cien veces lo he leído por mis ojos, y, sin embargo, no me acabo de convencer de que se acuse a la Inquisición de haber puesto trabas al movimiento filosófico, y habernos aislado de la cultura europea. Abro los Índices, y no encuentro en ellos ningún filósofo de la antigüedad, ninguno de la Edad Media, ni cristiano, ni árabe, ni judío; veo permitida en términos expresos la Guía de los que dudan, de Maimónides (regla XIV de las generales), y en vano busco los nombres de Averroes, de Avempace y de Tofail, llego al siglo XVI, y hallo que los españoles podían leer todos los tratados de Pomponazzi, incluso el que escribió contra la inmortalidad del alma, pues sólo se les prohíbe el De incantationibus, y podrían leer íntegros a casi todos los filósofos del Renacimiento italiano: a Marsilio Ficino, a Nizolio, a Campella, a Telesio (estos dos con algunas expurgaciones). ¿Qué más? Aunque parezca increíble, el nombre de Giordano Bruno no está en ninguno de nuestros Índices…

Disculpen que detenga abruptamente la cita debido a mi estupor, probablemente la Inquisición no prohibió la lectura de Giordano Bruno, sólo se limitó a perseguirlo y a matarlo por cometer “la herejía” de decir que el sol sólo era una estrella. Tal como persiguió a Servando, como a tantos otros, y creó un sistema intolerante del cual todos los pensadores se debían cuidar para no caer en las mazmorras de esa maquinaria asesina, tal como lo hizo René Descartes en toda su obra, aunque para Menéndez Pelayo sea un acto de generosidad el poder leer al sabio del Haya por parte de la Inquisición y no una amenaza a su existencia. El regodeo del filólogo no se cuestiona la validez del Índice sino que retoza en su supuesta largueza. 

Tensión de ideas. El ensayo hispanoamericano de entreguerras  tiene entre sus asuntos la intención de colocar lo clásico en contraposición de lo germano, buscando en una tradición de lo latino quiere contrastar con la tradición proveniente de lo que hoy entendemos como Alemania, y para esto se sirve de Eugenio d’Ors, posible inspirador del movimiento falangista (p. 101). (El hecho de recordar que la falange asesinó al mayor poeta de la España moderna, Federico García Lorca, hace 80 años, es más que un deber.) Curiosamente, Sebastián Pineda Buitrago extrae un fragmento de las más de 900 pp. de La decadencia de Occidente de Oswald Spengler para mencionar que “Lo curioso es que Spengler apoyó parte de sus juicios en la idea del multiculturalismo, es decir, en que un pueblo no es superior a otro por su cultura, sino por su fuerza. ¿No hay algo de darwinismo en esta idea de la cultura?”, señala Pineda Buitrago, a lo cual yo me pregunto, ¿qué tendría de malo que lo hubiera? ¿También se va a cuestionar la teoría de las especies en este libro?, en fin. Lo que sí se cuestiona es la idea del multiculturalismo, pues, a decir de Pineda Buitrago: “lejos de promover una integración, el multiculturalismo ha promovido más bien la desintegración en guetos y sectas” y más adelante remata “Para d’Ors no había ‘culturas’, sino Cultura, la clásica grecolatina. Otra cosa era que Spengler no se sintiera identificado con Roma o Grecia, y que insistiera en el germanismo. El catalán, con todo lo políticamente incorrecto del asunto sentenció: “una ‘Cultura’, ‘muchas civilizaciones’: así lo quiere triunfante al fin, el principio jerárquico”. D’Ors discurrió con pruebas de cómo “en Grecia nació la idea del hombre y de cómo en Roma, antes y después de Cristo, se inventó la noción de lo ecuménico para acoger, sin dividirlos, a todos los hombres” (p. 103-105). En realidad, creo que es un desatino hablar de “una Cultura” en cualquier época, porque al hacerlo se estará anulando la posibilidad de ver que uno no es la autoridad que pueda imponerse a los demás, hablar de una Cultura, por mucho que admiremos a Sócrates, a Esquilo, a Homero o a Aristófanes, a Virgilio, a Séneca o a Lucano (quienes fueron tres víctimas del Imperio romano, por cierto), no podemos decir que son algo que se deba imponer; con la imposición empieza la barbarie. Al respecto de que en el ecumenismo romano se acogió a todos los hombres, creo que es necesario mencionar que es cierto, el Imperio romano permitía que sus colonias gozaran de una independencia religiosa, tradicional y en mucho toleró la autorregulación, siempre y cuando se le pagara el tributo correspondiente y su poder permaneciera intacto. Creo que es importante no confundir la Pax Augusta con un acierto cultural o un rasgo de tolerancia donde no los había. 

Finalmente, pienso en la aversión que tiene Sebastián Pineda Buitrago por lo germano y me alarmo al ver que Tensión de ideas es un libro que se debe bastante a la tradición alemana, además de estar profundamente documentado y que se lee a sí mismo, es un libro que dialoga con el trayecto, con el progreso de la historia. Ya que el germanismo ha dotado de reflexividad al pensamiento hacia sí mismo, como señala Juan Villoro en su ensayo sobre Goethe, “‘el hombre se extravía siempre que, no satisfecho de lo que tiene, busca su felicidad fuera de los límites de lo posible’. Dialéctica de la Ilustración: la lucha por la libertad individual es inseparable de la tragedia del pensamiento intoxicado de sí mismo”. En el método empleado por Pineda Buitrago hay un seguimiento detenido a los autores que ha elegido y hay comentarios que unifican su tema, lo solidifican y le dan cohesión; niega la síntesis, pero la utiliza bastante en esta obra. Paradójicamente, tiene mucho de La historia de la filosofía de Hegel. Bueno, sin ir más lejos, el título “Tensión de ideas” hace un guiño schopenhaueriano, ¿no era el hombre nacido en Danzig quien tenía a la ‘idea’ como un producto de la intuición: una ‘visualización’ o una ‘evidencia’, tal como Pineda Buitrago nos lo ha mostrado a lo largo de todo su libro?2 No puedo evitar mencionar que he dejado de lado muchos detalles, mi contraste con la fascinación que siente por Ortega y Gasset, cuyo texto presenta una interesante conversación con Jordi Gracia, biógrafo, entre otros, del autor mencionado; mi diferencia con la interpretación con Reyes, ya que cuando Pineda Buitrago aprecia “Discurso por Virgilio”, yo prefiero “Cartilla moral”, entre otros asuntos que, estoy seguro, nos darán para muchas tertulias de discusión.

Héctor Iván González

Autor de Menos constante que el viento.


1 Sebastián Pineda Buitrago, Tensión de ideasEl ensayo hispanoamericano de entreguerras, UANL-Editorial Universitaria-UAND, 2016, p. 105.

2  Roberto R. Aramayo, “Introducción” a El mundo como voluntad y representación Vol. I. México, Galaxia Gutenberg-FCE, p. 20.