La primera vez que leí a Rodrigo Fresán fue en La velocidad de las cosas. Me pareció obtuso y pedante. La primera que leí a Enrique Vila-Matas fue en Exploradores del abismo, y me pareció anticuado. La primera que leí a Roberto Bolaño fue en el cuento “Laberinto”, y me pareció sutil y perspicaz. La primera que leí a David Foster Wallace fue en el ensayo “Considere a la langosta”, y me pareció audaz y muy perspicaz.

impresiones

Está claro que éstas son sólo primeras impresiones. No son reseñas de los libros, mucho menos perfiles de los autores, ni en el sentido de autor ni en el sentido de persona histórica. No sé muy bien a quién o a qué le corresponden aquí las características de pedantería, sutileza y perspicacia: si a los autores (en el sentido de autor, de nuevo), o si a los textos mismos. Pero es seguro que no son producto de mi lectura, pues u na primera impresión depende de que el objeto que la causa tenga ciertas características y no otras.

Dos ideas muy comunes en la teoría literaria: que el proceso de lectura completa el texto, como propone Wolfgang Iser, y que el lector es de hecho coautor del texto, como propone Roland Barthes. En este sentido , cuando el texto o el autor parecerían tener cierta característica, por ejemplo pedantería, lo pedante no sería el texto o el autor mismos sino la recepción que un lector hace de él. Y, efectivamente, si compartes con alguien tu impresión de Fresán, por ejemplo, es posible que no todo el mundo esté de acuerdo, como no lo está la crítica que lo considera un excelente escritor. Pero lo que yo quiero decir, en contra de las posturas de Iser y Barthes , es que no es mi lectura sino el autor mismo el que tiene estas características y lo que pasa es que algunos lectores las ven y otros no.

Para explicar esto pensemos en la distinción que el filósofo Michael Martin hace entre las características de los objetos que se pueden ver fácilmente —en la primera impresión, digamos—, y las que no. Para ilustrar, recordemos la escena de la primera película de Star Wars en la que R2-D2 proyecta un holograma de la princesa Leia para el joven Luke Skywalker. Luke no toma el holograma de la princesa porque la tecnología de R2-D2 es muy limitada: la imagen es translúcida, casi en blanco y negro y mucho más pequeña que la princesa real, pero, en principio, un holograma reproduce la imagen tridimensional de un objeto, de manera que uno perfecto tendría la apariencia exacta del objeto reproducido: la de la princesa incluiría solidez , colores, y una estatura de aproximadamente 1.60 metros. Si la tecnología de R2-D2 lo hubiera permitido, el holograma perfecto le habría parecido a Luke sólido, alto y de labios rojos. Pero mientras el tamaño y el color rojo son características que el holograma tendría realmente, la solidez es una que sólo parecería tener, porque realmente se trata de un cuerpo de luz.

Esto significa que el color rojo es una característica que podemos ver en la primera impresión de un objeto, pero la solidez no. El color rojo, pues, es una característica aparente mientras que la solidez es una característica no-aparente de las cosas. Mientras si algo luce rojo normalmente es rojo, si algo luce sólido puede perfectamente no serlo, como un holograma, igual que si algo no luce sólido puede perfectamente serlo, como un arco de vidrio que parezca ser un rayo de luz.

Entonces, una primera impresión basta para detectar las características aparentes de los objetos, pero para saber si estas características son sólo aparentes o también reales se requiere mayor inspección. Confrontado con la princesa real y su holograma perfecto al lado, Luke no podría discernir entre las dos a primera vista: tendría que tocarlas o verlas por todos lados. Entonces, las apariencias pueden engañar, p ero esto sólo significa que ocultan algunas características reales de las cosas, no que sean ellas mismas características menos verídicas u objetivas de las cosas. Tanto la princesa como su holograma realmente parecen sólidos, incluso si una de las dos no lo es. Las apariencias no son sólo aparentes a su vez. Las apariencias están realmente ahí.

La pedantería, la sutileza y demás podrían ser, desde este punto de vista, características aparentes de los autores. Entonces, igual que Luke, tendría que trascender la primera impresión del holograma para saber si su solidez es real o sólo aparente, tú tendrías que leer más textos del autor pedante para saber si éste es realmente pedante o si lo es aparentemente.  Y si resulta serlo sólo en apariencia, eso no significa que la pedantería hubiera estado en tu lectura solamente. La pedantería residía en el texto particular que causó tu primera impresión del autor en la misma medida en que la solidez residiría en la apariencia del holograma perfecto de la princesa Leia. Por otro lado, igual que la mayor inspección de Luke revelaría características interesantes del holograma no aparentes en la primera impresión (una capacidad admirable para el engaño, por ejemplo), leer más del autor pedante podría revelar, además de la apariencia o realidad de su pedantería, una verdad profunda en el último cuento de uno de los libros que no leíste, o un insight en forma de patrón que sólo emerge a partir de la lectura de varios elementos de la obra; invisible, obviamente, para ti, porque leíste sólo uno.

Las impresiones que me causaron Fresán y Vila-Matas son claramente negativas. Una consecuencia de eso es que no me sentí inclinado a ejecutar la “mayor inspección” que se requeriría para saber si esas características eran reales o sólo aparentes. Las impresiones que me causaron Bolaño y Foster Wallace, por supuesto, provocaron lo contrario y, leyendo más de ellos, confirmé que su sutileza, audacia y perspicacia seguían manifestándose como la solidez de la princesa Leia real se continuaría manifestando frente a la inspección de Luke. Esta investigación también reveló otras características interesantes: de Bolaño no se me había ocurrido notar al principio su profundidad, ni de Foster Wallace su humor, por ejemplo, porque ambas cosas parecieron emerger naturalmente de la escritura, de las frases físicas que puedo ver y que son las portadoras de las características de audacia, perspicacia y sutileza que detecté desde el inicio.

Comparar la primera impresión de los objetos con la primera impresión de un texto puede ser problemático. Una consecuencia de la posición de Iser y Barthes es que, si el lector completa el texto en la recepción estética, La velocidad de las cosas no es un texto con características objetivas como la princesa Leia es un objeto con características objetivas, sino la base para que los distintos lectores generemos, efectivamente, distintos textos. Solamente sería pedante, pues, el texto que yo generé a partir de lo que escribió Fresán, y por eso no lo es el texto que generó el crítico favorable.

Contra esta actitud que Alexander Nehamas llama “pluralismo crítico” el filósofo propone un “monismo crítico”: pensar que hay una interpretación y una descripción del autor ideal de determinado texto, y que de entre varias interpretaciones y nociones propuestas, las correctas serán las que expliquen tantas características del texto como sea posible. Una interpretación o lectura es descartada  como incorrecta o menos plausible si deja sin explicar ciertas características del texto.

La Metamorfosis, dice Nehamas, tiene una sola interpretación correcta y existe una sola noción correcta de quién es su autor, independientemente de si los críticos la han encontrado o todavía no. El hecho de que dos lectores tengan experiencias de lectura distintas de un solo texto, agregaría yo, es igual a que un daltónico y un no-daltónico tengan distintas experiencias visuales del mismo objeto rojo. Pero lo primero no implica que existan dos textos distintos que cada lector leyó o cogeneró, ni lo segundo que el objeto sea al mismo tiempo rojo y verde. Hay un so lo texto con un so lo grupo de características igual que hay un so lo objeto de un só lo color.

Entonces, cuando leí más de ellos, mis primeras impresiones de Bolaño y Foster Wallace demostraron ser consistentes y, además, posiblemente correctas . No quiero decir que esta sea una razón para pensar que mis primeras impresiones de Fresán y Vila-Matas sean correctas también. Ya reconocí, con el ejemplo del holograma, que hasta no leer más de ellos, eso no lo puedo saber. Pero esas primeras impresiones están del lado del texto, no del lector, igual que la rojez está del lado de la princesa Leia y de su holograma, no de Luke, independientemente de si él o Ben Kenobi, que también puede ver el holograma, pueden ver la rojez o no. Si Ben Kenobi es daltónico, lo que verá no será lo mismo que Luke ve. Y si Luke no está en la habitación con Ben Kenobi y sólo Ben Kenobi puede ver los labios del holograma, entonces no habrá nadie que pueda ver la rojez.

Los textos tienen ciertas apariencias y es posible que un lector las perciba mientras que otro no. La pedantez, obtusez y anticuadez que percibí en Fresán y Vila-Matas no están en mi lectura sino en los textos mismos. Me queda muy claro, por razones que no son del todo relevantes aquí, que esos atributos están ahí, en sus páginas : ciertas frases y ciertas ideas debajo de las frases. El hecho de que las reseñas que he leído sobre La velocidad de las cosas y Exploradores del abismo expresen impresiones tan distintas a las que causaron estos textos en mí sólo puedo explicarlo considerando las características aparentes  que los reseñistas y yo no estamos en condiciones iguales para ver, como Luke Skywalker y un hipotético Ben Kenobi daltónico, no estarían en condiciones iguales para ver los labios rojos de un holograma perfecto de la princesa Leia. Ciertos atributos de Fresán y Vila-Matas que yo no vi, y que los críticos han visto, tal vez sean del tipo que no es posible detectar desde una primera impresión: ellos, me imagino, han leído más que el único libro que yo he leído de cada uno.

Mis experiencias de lectura de estos cuatro autores son verídicas, pero este ensayo no es un comentario sobre ellos. Lo único que quiere sugerir es que la primera experiencia de lectura —igual que la primera impresión en la experiencia visual de un objeto—, arroja información sobre el texto o el objeto que está efectivamente ahí: información sobre su apariencia. Esta apariencia, además, puede transparentar u ocultar características reales del texto o el objeto. Pero, como último punto, esto no es una mala cosa. Contra la idea de que no hay que juzgar un libro por su portada, yo propondría la de tomar la “portada” por lo que es: la apariencia del texto, lo que provocará la primera impresión. Y una ventaja de tomar en serio las primeras impresiones es, por ejemplo, que pueden ayudar a decidir si leer más o no al autor, no sólo en virtud de la evaluación que hicimos de él sino también dependiendo de si la primera experiencia de lectura fue provocadora o interesante a pesar de no ser placentera. La conclusión es que sí podemos juzgar a los textos por su portada, al menos parcialmente. Si bien no dicen lo que el texto es, al menos sí lo que aparenta ser, y esto no depende del ojo observador.