It can feel especially cruel living in New York when broke,
since the evidence of wealth is everywhere
John Freeman, Tales of Two Cities
T. me lo advirtió por teléfono horas antes de tomar el avión. A ella le había pasado en un viaje por el estado hace ya muchos años. El grupo con el que viajaba encontró al final del día un hotel que se veía bastante viejo, nada pomposo, perfecto para un grupo de geógrafos que suelen encontrar la belleza en el caudal de un río pero que pocas veces la buscan en los decorados del baño. Mandaron a la recepción a T., de rubia cabellera, inglés impoluto, a reservar los cuartos. Cuando le dijeron cuánto costaba la noche en ese hotelucho, T. protestó por lo que consideraba una estafa.
“Welcome to New York!”, fue lo que obtuvo como respuesta.

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Esa especie de trampantojo económico es un sello característico de Nueva York: el lugar de hot dogs que se ve medio destartalado es en realidad la entrada a un bar exclusivo; el tipo con la camiseta rota y la barba de náufrago pertenece al club de quienes se pueden costear perfectamente un cena de fideos de más de 400 pesos. Lo que antes eran vecindades de veinte inmigrantes por metro cuadrado ahora son restaurantes de moda donde sólo están apretujados los diez mexicanos en la cocina. El metro podrá oler a orines, pero un viaje sigue costando dos dólares con setenta y cinco centavos. Los edificios que por fuera parecen indeseables —hedor diario a basura, una ventana o dos cuando mucho, ruido perpetuo, grafiti en la fachada— son en realidad tan requeridos que la gente está dispuesta a pagar cantidades insospechadas por un lugar ahí.
La de las rentas es una especie de conversación compartida en esta ciudad. Todo mundo tiene algo que decir, y casi todo el mundo se queja. Yo juraba que podía encontrar un estudio jodido en algún lugar de Manhattan, en donde los vecinos de arriba resolvieran sus disputas a balazos y donde las cucarachas llegaran desde abajo. Algo así le pedía al Santa Clos inmobiliario para poder integrarme en la estafa: un estudiante mexicano criado entre el Eje 8 y la salida a Cuernavaca, sin fama ni un apellido en la lista de Forbes, que sin embargo llegaba a vivir en una de las ciudades más caras del planeta.
Pero aquí hasta los jodidos tienen que demostrar que ganan al año más de 40 veces lo que cuesta un mes de renta. Por ejemplo: para vivir en un sitio que cueste mil 500 dólares mensuales, el potencial inquilino debe comprobar que tiene un ingreso mensual de 5 mil dólares, lo que obliga a una pregunta elíptica: ¿por qué viviría en un sitio de mil 500? En Nueva York no tiene una respuesta inmediata, pero sí un precio. ¿Estacionarse un minuto en un lugar prohibido para comprar una rebanada de pizza? Sesenta y ocho dólares de multa. ¿Un taco al pastor? Cinco dólares, o cien pesos, como sea que uno quiera verlo. Los caseros, versados en el arte de reconocer las estafas potenciales, pueden pedirle a uno un año de renta por adelantado en un único pago. “Welcome to New York!”, me repitió con una sonrisa traviesa un tipo llamado Moin, que se dedica a vender casas de millones de dólares, pero que me asegura que no quiere un Ferrari. Acaba de cumplir treinta años y anda medio filosófico.
El mismo estilo de vida en Estocolmo que en Nueva York sale 3 mil dólares al mes más barato en la capital sueca. Las rentas en Nueva York son, en promedio, tres veces más altas que lo que se paga en el resto del país por metro cuadrado, asegura John Freeman en la introducción de Tales of Two Cities, un libro que en realidad sólo habla de una. El dinero es dinero el dinero es dinero el dinero es dinero el dinero es dinero, decía McDinero. Si la haces aquí, la haces cualquier lado, decía Sinatra. Lo mismo me dijo un taxista el primer día.
Uno de los rasgos existenciales de la clase media es el deseo perpetuo de encontrar algo más barato. Esa misión ontológica justifica la desvergüenza necesaria para abandonar un lugar en donde ya te sirvieron el primer vaso de agua después de ver los precios de la carta. Buscar el descuento de estudiante, el día en que el museo es gratis o la pizza de 99 centavos son todas estrategias válidas para estar en donde uno quiere estar —el Upper West Side, digamos— sin tener que pagar necesariamente lo que costaría de verdad estarlo.
No sólo se trata de caminar por la Quinta Avenida, sino de creer que no hay nada que nos separa de quien sí entra a las tiendas. La clase media del siglo veintiuno vive en la constante agonía de sentirse merecedor de todo mientras maldice constantemente un estado de cuenta mensual que no se presta a tales caprichos. Quizá como nunca en la historia, los privilegios de los ricos parecen estar al alcance de la mayoría: a final de cuentas, uno puede rentar un Lamborghini en las calles de alguna ciudad italiana para manejarlo una hora. Antes la ideología era menos truculenta: los siervos jamás imaginaron que podrían entrar al mismo gastropub que el señor feudal. Ahora Uber renta helicópteros en algunas ciudades y Airbnb te permite dormir en una casa más bonita (y en una mejor zona) que la tuya. El efecto es pernicioso para la lucha de clases porque parece eliminar la frontera entre unos y otros. Es peligroso también porque lleva a los clasemedieros (T. decía que no existían, que eran parte de los desposeídos sin saberlo) a cometer actos de una valentía malentendida que raya en lo suicida.
Hace tres años, Fletcher Nightwine, en ese entonces estudiante de la Universidad de Nueva York, le escribió una carta al rector de la misma para decirle que no podía seguir pagando la colegiatura. El rector Sexton contestó con una sugerencia que, para la sensibilidad de la clase media, resulta demoledora: “¿has pensado que quizá NYU no sea el sitio adecuado para ti?”, le soltó, sin signos de interrogación. Si la respuesta suena radical es porque lo es: la clase media no está acostumbrada a recibir portazos sino invitaciones al esfuerzo, al ahorro, a dominar el Secreto. Cuando se nos recomienda seguir nuestros sueños, nadie incluye la sugerencia de una tabla de Excel como complemento.
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La ciudad se alimenta mucho de sueños; sobre todo, de sueños sobre sí misma. En cada librería hay una sección especial dedicada a ella. Es una urbe hiperconsciente de su propia existencia que se nutre de sus propias promesas, del balance delicado entre el magnetismo histórico que ejerce y la promesa de un mejor futuro que parece ofrecer a quienes desembarcan en sus orillas. Es curioso que sitios así, como Londres, como París, atraigan al mismo tiempo a quienes se sienten artistas bohemios y a quienes van por el dinero directo y sin excusas. Ambos grupos, los banqueros y los muralistas callejeros, conviven en la fila del supermercado orgánico sin una tensión aparente. ¿Cuánto tiempo más podrá esperar Nueva York hasta que un Sondheim contemporáneo escriba la épica musical de Wall Street contra el Bronx? ¿Cuánto más aguantará la ciudad el encarecimiento antes de que todos sus habitantes sean consultores financieros o empleados de Facebook? ¿Qué va a pasar con Nueva York cuando se vuelva un Emirato pero con mejores teatros?
El problema de que todo sea tan caro, decía hace poco la revista New Yorker, es que sólo llegan a la ciudad quienes pueden permitírselo de antemano. Es decir: en vez de que Nueva York atraiga a los más animados, a los más emprendedores, a los más hambrientos (de victoria y éxito, pero también de comida), las condiciones de vida actuales obligan a que sólo den el paso migratorio quienes ya vienen con un buen trabajo asegurado. Eso encierra a la ciudad en un aparente callejón sin salida: sin innovación, sin ese impulso vital que todavía guardan (dicen) quienes no están hasta arriba, Nueva York terminará por protagonizar su peor pesadilla: volverse irrelevante.
El golpe sería devastador para una ciudad que constantemente recuerda a sus habitantes (y a quienes quisieran serlo) que se encuentran en la urbe más grandiosa de la Tierra —con esas mismas palabras—. No hay ni un trazo ligero de ironía en ese discurso. Parece que en Nueva York hay poca gente dispuesta a cuestionar el mito neoyorquino. Podría entenderse como un mecanismo de supervivencia post 11 de septiembre: si se derrumbaron las torres, si murieron tantos inocentes, quizá no estamos en el mejor de los mundos posibles. La respuesta es taladrar con más insistencia el adagio para que quienes ya estaban aquí no se fueran; para que siguiera habiendo gente que quisiera venir a bordo de un vuelo de American Airlines. En resumen: para que el consumo no se detuviera y el dinero siguiera rodando por las calles de una isla donde todo lo que pueda ser sujeto de comercialización ya está a la venta. En donde todo tiene un inevitable precio añadido. En donde hay filas de personas afuera de las panaderías y filas virtuales cuando uno trata de comprar boletos para el cine en línea. En donde todos los restaurantes están llenos en sábado por la tarde; los bares a cualquier hora de la noche. En donde parece haber una compañía, una empresa, para todo: incluso para entregarte galletas calientes a las 2 de la mañana.
Si nunca antes había tenido que pensar tanto en dinero es porque jamás me había sido tan omnipresente. Tanto así, que un buen día le dio por aparecérseme. Iba caminando por una calle del Soho cuando distinguí un billete en una hendidura de la banqueta. Cuando un periódico te cuesta 100 pesos, cualquier dólar cuenta. Me agaché para recogerlo. Estaba enrollado como lo habría hecho uno de esos niños que hacen un origami incomprensible y fragmentario con las servilletas de papel a la hora de la comida. La emoción de descubrir la denominación del billete tendría su antesala erótica en el desdoblamiento. Resultó ser sólo un dólar, aunque con una valiosa pátina de polvo blanco que, minutos antes, había llegado hasta la faringe de algún noctámbulo que años más tarde tendrá problemas de tabique. Primero pensé que mi benefactor secreto era un payaso por haber usado dinero para sus propósitos de recreación sabatina. Demasiadas películas. Después me di cuenta de que haber empleado el billete era la opción lógica: en esta ciudad, el dinero está al mismo tiempo al alcance de la mano y en una lucha interminable por meterse en tu cabeza.