Sobre generaciones, traslados y amores

La novela Guerra de guerrillas (Jus) de Marxitania Ortega es la ambiciosa empresa literaria de una joven y sagaz narradora que nos lleva por dos mundos paralelos pero profundamente complementarios entre sí. Por una parte está la historia de Sara, una joven exestudiante de pintura, versada en filosofía, quien llega a París, proveniente de México, a hacer un posgrado en Políticas públicas. Por la otra parte aparece Antonio, un exguerrillero, con una férrea formación teórica y académica, a quien no le gusta el jazz ni nada que le parezca falto de estructuras fijas, y que está exiliado para tratar de curar las heridas —físicas y morales— que la contraguerrilla y algunos amores le han ocasionado. Los dos personajes se presentan en esta novela para llevar al lector por numerosos planos y geografías.

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De La Habana a Londres, del lujo del bateau-mouche que recorre el Sena al Pigalle sórdido, el lector se vuelve un testigo silencioso de esta historia, y, a la vez, es un confidente de la psicología de los protagonistas. De esta forma la autora expone al lector las disyuntivas de los personajes, sus inseguridades y sus deseos:

Antonio, por primera vez en su vida, aceptaba que un hecho rebasaba su voluntad. Y se lo dijo a la francesa. Lo que no dijo es que sus ideas y compromisos sobre el cambio social mudaban rápidamente en esos días. Había cosas inamovibles en sus convicciones. No había olvidado la miseria, la injusticia, la necesidad, la tortura, la represión, pero lo que se le estaba yendo de las manos, o de la mente, o del corazón, era la esperanza de triunfo. Sus últimas lecturas lo llevaban a pensar que más urgente que el cambio revolucionario de las estructuras económicas era la transformación del individuo. La construcción de un ciudadano distinto, solidario, de un hombre autónomo.

Uno de los elementos más destacables en la historia es el logro del tratamiento que muestra a los personajes que toman la alternativa revolucionaria pero que no renuncian —al contrario de lo que se podría pensar— a su individualismo. Marxitania Ortega contradice la idea que reza que adquirir un compromiso social disuelve al individuo en la masa manipulable. Ya que —como muestra la autora— sucede lo contrario, la gente de izquierda sabe en qué consiste esta postura: en una inclusión del otro en su perspectiva; pues tiene consciencia que aquí no se salva nadie solo, sino que todos formamos una unidad. La lucha política está íntimamente relacionada con la vida y los deseos personales de estos protagonistas. La autora subraya la profundidad de esta subjetividad, pues su novela resuelve un conflicto de la literatura que se pregunta si debe retratar las situaciones del individuo únicamente o mostrar la problemática de las sociedades. Marxitania Ortega logra en esta historia disolver la disyuntiva creando personajes complejos, de un bagaje cultural amplio, a la vez que describe la manera en que éstos están insertados en un contexto social, histórico. Además, lo hace con un gran sentido del humor, lo cual le permite representar a un grupo de revolucionarios latinoamericanos en una correría nocturna igual que a Sara, la protagonista, en el encuentro con el erotismo:

Sara aprendió a vivir la sexualidad a la manera cubana. Después, de vuelta en México, descubrió que el placer femenino tenía un aura mórbida. Entonces empezó a fantasear con un mundo alterno, una metarrealidad a la que accediese una vez que se hubo forjado el deseo entre dos posibles amantes. En el momento en que el roce del cuñado te hiciese temblar las piernas y murieras de ganas por que sus dedos se deslizasen por tu rostro y no tuviesen reparos en explorar tu cuello y tu torso, serías, junto con tu hipotético amante, introyectada en un espacio paralelo a través de una discreta teletransportación cuántica, para dar vida al sexo más desesperado, sin obsesiones, sin expectativas, sin escándalo.

Sin concesiones con el buen gusto, la narradora nos muestra la sensibilidad de Sara al descubrir el amor en París, igual que a Antonio ilusionándose con Mado, una francesa solidaria con la insurgencia latinoamericana. Guerra de guerrillas —título peculiar cuya razón de ser intrigará (no sin recompensa) al lector una buena parte del libro— es una novela que logra lo que otros autores han intentado: retratar un París que sea una fiesta, pero que en ocasiones no llegan a concretar. Ortega logra dar una nueva cara a esa ciudad, la actualiza y nos la entrega como es ahora, pluricultural, donde árabes, africanos, italianos y la hija de cierto presidente mexicano puedan concurrir.

No tengo duda de que esta obra tiene mucho que decirle a nuestra generación y, a la vez, a generaciones mayores de un proceso que está aún vigente en México, ya que amalgama el pasado con el presente haciendo que Sara y Antonio, paralelamente, convoquen al lector a un viaje exterior y a uno interior, íntimo. Es un hecho —haciendo gala del lugar común— que quien entre a Guerra de guerrillas no será la misma persona al terminar el viaje. Queda claro que Ortega se dio el tiempo, varios años, para escribir y trabajar la obra, lo cual le permitió entregar un libro de madurez que la convierte en una de las escritoras imprescindibles de la nueva literatura mexicana.

 

Héctor Iván González
Autor de Menos constante que el viento.

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Publicado en: Ciudad de libros