Sing Street y la nostalgia por los ochenta

Nací en los ochenta, tengo dos hermanos mayores y varios tíos entrados en los 30 años, así que gran parte de mi niñez discurrió entre música –hasta cierto punto– ajena a mi generación: Queen, Pink Floyd, Depeche Mode, Duran Duran, The Cure, Nirvana y demás grupos. Mis tíos, por ejemplo, me entretenían con videos musicales que grababan en su videocasetera Beta. En casa había una colección de varios videocassettes que yo ponía con entera libertad según el estado de ánimo en curso. Así le agarré un gusto a muchas bandas hoy consideradas clásicas. Crecí con su música, pasé horas viendo sus videos (que desgraciadamente no han envejecido con gracia) y muchas canciones pasaron a ser parte de la banda sonora de mi vida. Asocié todos esos ritmos con diferentes etapas, con diferentes chicas, con diferentes amigos.

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Claro, los ochenta no sólo es una época importante para mí. Dentro del fenómeno actual que atesora lo vintage y lo retro, esta década se ha vuelto de culto para la cultura pop: aún era posible avistar la utopía a través de la escena musical, sobre todo en el rock, el pop y la electrónica. Una fantasía colectiva era devanear con tener una banda. Los jóvenes adoptaban las tendencias impuestas por los rockstars que dominaban la escena. La música era ideología que brindaba alojo a la rebeldía, a la juventud, a la libertad. El rock simbolizaba el antiestablishment. Era la celebración de la diversidad, de la apertura del género y también del liberalismo. Fue una gran década no sólo para la música sino también para el cine, la televisión y la literatura. Pero sin duda la acompañante de la música fue la televisión. En 1981 MTV (ese MTV que hoy parece desierto de videos) comenzó a operar con el videoclip de The Buggles que buscaba profetizar el fin de la radio: Video Killed the Radio Star. La música encontró un aliado que ayudó a todas estas bandas a posicionarse en el colectivo. Los jóvenes pasaban horas viendo vídeos, descubriendo un nuevo lenguaje visual. La música ya no sólo se oía (recuerdo que en la ciudad donde crecí, existía un café videoteca al cual asistías, pedías un café y seleccionabas de una larga lista qué video musical reproducir en las televisiones). No es casual que esa época que se caracterizó entre otras cosas por lo experimental, esté cobrando vida nuevamente, ni que la cinematografía retro se esté poniendo de moda. Como mencioné respecto a Stranger Things: la nostalgia se ha capitalizado y la industria se ha sabido aprovechar de esto.

Bajo este contexto es que nace Sing Street, séptima cinta del irlandés John Carney, que es un vistazo (¿nostálgico?) a los ochenta desde la visión de unos jóvenes dublineses de clase media baja, que entre crisis económica y fuertes dogmas impuestos por la tradición católica, encuentran la vitalidad en una banda de rock pop.  La historia es, en términos generales, simple: un chico llega a una nueva escuela, conoce a una chica, se enamora de ella, ésta se muestra indiferente y él decide crear una banda para llamar su atención. A pesar de esto, Sing Street es en su totalidad una happy movie muy sólida que evidencia la experiencia del director al narrar historias de amor bajo un contexto musical, pues recordemos que en su currículum ya cuenta con dos del género: Once y Begin Again.

La historia termina por reconstruir una época anterior al despliegue económico del llamado tigre celta. Los problemas expuestos son honestos y el sueño al que aspiran muchos de los personajes de salir de la marginalidad, aunque rosa, logra generar empatía, pues la idea general que atraviesa el drama es la premisa romántica de que la música lo puede cambiar todo: es esfuerzo ante la vida. Ayuda mucho que el protagonista, Cosmo (Ferdia Walsh-Peelo) y los otros chicos de la banda son antes que actores, músicos que debutan en este proyecto. El amor con que se muestra la música en este largometraje es honesto.

De esta forma, aunque el director repite la fórmula ya empleada en otras cintas y parece casi repetir escenas (por ejemplo, el vocalista en pleno concierto volteando a ver la puerta esperando a que la musa llegue) el trabajo a nivel emotivo es correcto. Sing Street es una película completamente pasional que apela al recuerdo de lo que fue habitar esa época: de lo que significó asistir al colegio, estar enamorado de la chica inalcanzable, vivir con una familia disfuncional, tener un hermano mayor capaz de guiarte, acompañarte e impulsarte a perseguir los sueños, pero sobre todo, de lo que significaba fantasear con tener una banda musical. Cualquiera que haya transitado esa década y/o que guste de bandas de aquel entonces se sentirá identificado.

Este último trabajo de Carney es pulcro en la elaboración y más en la planeación. No es sólo un homenaje a la época en términos abstractos sino a nivel particular. Son los recuerdos que el director tiene de cuando era adolescente. Es un universo donde el bien, los sueños son realizables, donde todos pueden cambiar, una mentira que sabe mejor que la realidad: una fantasía.

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Publicado en: Cine