Conocí a un hombre que tras leer la historia del naufragio de un barco ballenero deseó haber sido grumete. Desde niño nunca coincidió con las costumbres de su época y siempre caminó con la espalda encorvada. Por ese amor a los muelles, las bodegas y los lastres, resultó ser bastante hábil para las tareas propias de los marineros. Más notable aún fue que su deseo incluía un segundo elemento, no menos radical: el joven quería ser un grumete de raza negra. ¿Por qué? Los caucásicos se mueven distinto, gesticulan diferente y hasta las huellas que deja el tiempo en su rostro no son iguales. La complexión, la estatura, el esqueleto y la postura de los negros son otras; sus dientes y otras partes del cuerpo, el cabello y las uñas de los dedos. Aquel hombre tenía la mirada fija en los poros de la piel oscura que cubren las venas realzadas.

Los balleneros llevan a la práctica el secreto de un equilibrista: pasan sin ver las dos pendientes del abismo. El camino no se inventa, se gana. Dios es el eterno bromista que decide cuando alguien de la tripulación queda mutilado de un brazo o de una pierna. La meta no tiene mesura: resopla en el horizonte. Antes de la publicación de Moby Dick1 en 1850, no se había escrito mucho sobre cetáceos; aunque existen narraciones de los vikingos, celtas y japoneses de cómo se llevaban a cabo la cacería de ballenas y, por supuesto, están las referencias bíblicas en el antiguo testamento. En la Biblia nunca se menciona a la palabra ballena, de origen francés, sino pez gigante.
“Call me Ishmael”, me dijo el hombre de la espalda curva, una noche de plenilunio. Se había puesto una gorra de lana que le cubría hasta las orejas y su barba, crecida de muchos meses, le perdía los ojos. Sabía que Ishmael no era exactamente un grumete, aunque sí un sujeto caucásico. Pero lo suyo —como la novela— eran cuestiones de tono, de sonidos. Me miró como suelen hacerlo los hombres a punto de hacerse a la mar. Los balleneros llevan en la frente enigmas de un guerrero que tal vez nunca volverá. A quien viene de lejos sólo le queda atrapar el instante, recorrer con la mirada el horizonte que lo enfrenta a un incierto paraíso, al cielo provisional que se antoja protector, como dice una novela de Paul Bowles.
Como un cordero
En el mar se tiene la impresión de que los relojes dan la hora a destiempo. Y que nuestro tiempo, si es que nos pertenece, está en otra parte. Quizá por ello Herman Melville sintió atracción por el mar, y su vida estuvo llena de aventuras que difícilmente otro muchacho de su edad hubiera experimentado. Fue marinero en un barco que se dirigía a Londres, se enroló en varios balleneros: fue testigo de la azarosa vida de los marineros en barcos muy similares al Pequod. Después de recorrer los mares se dedicó a escribir. Y, por supuesto, no toda su prosa fue notable, entre uno y otro borrador alumbró irregulares novelas, otras muy logradas como Benito Cereno y Billy Budd, el marinero, en la cual rindió un homenaje al gaviero Jack Chase. En 1850, cuando estaba terminando de escribir la novela de su vida, Moby Dick, conoció al narrador Nathaniel Hawthorne y a él le dedicó ese impresionante fresco de la literatura del mar que retrata la lucha del capitán Ahab contra el cetáceo. En una carta dirigida a Hawthorne, en junio de 1851, Melville confiesa: “He escrito un libro perverso, y me siento tan puro como un cordero”.
Melville aspiraba a reducir el universo a una novela. Para lograr su propósito se nutrió de diversas fuentes que van desde la Biblia, las teorías de Darwin —muy en boga en aquel tiempo—, la filosofía greco-latina, el Leviatán de Hobbes, los Viajes del capitán Cook, los Ensayos de Montaigne, el Paraíso perdido de Milton, además de tratados naturalistas sobre las comunidades pequeñas de Nantucket, ubicada en la costa de Massachusetts. El libro es, en realidad, el resultado de un titánico rapto de inspiración —lo escribió de un tirón entre el invierno de 1850 y la primavera de 1851— que lo llevaría a exclamar: “Denme una pluma de cóndor y el cráter del Vesubio como tintero”.
Nantucket es una isla considerada la capital norteamericana de los balleneros, un extraño rincón del mundo y de los sueños. Sus antiguos habitantes escuchaban el paso de las ballenas como algo cotidiano. Un codo de arena, sólo playa, una loma; lejos de la tierra, separada del mar: un paso, un suspiro. Eso es Nantucket. Polvo y arena. “Polvo eres y en polvo te convertirás”. Desde un mapa, Nantucket se puede ver como si fuera la cabeza de una ballena. En el muelle, en una línea apenas dibujada, zarpan los barcos en pos de su enorme presa. Allí se preparaba a los catchers para que surcaran los mares, eran pequeñas embarcaciones que aguardaban lo insólito: clavar un arpón en el lomo de una ballena y ser arrastrados por el animal mítico, mitad cachalote mitad isla.

Ilustración: Gabriel Pacheco
Avistamiento
En el mar se vislumbra un pedazo de tierra sobre el horizonte. Los navegantes creen ver una isla, imaginan olerla; el manto salado y los intensos rayos del sol los hacen ver cosas que en realidad no existen. Pero la visión reaparece, clara, nítida; es un fragmento de tierra firme que muchos de ellos anhelan pisar y explorar. ¿Alguna vez alguien imaginó a San Brandán —santo o aventurero y sin devotos— posado en la giba de una ballena? Tanto los marineros como los balleneros saben que el mundo está compuesto de instantes privilegiados: momentos de plenitud, de asombro, de sorpresa. Lo que ocurre en medio del mar podría compararse con “El Aleph”, ¿acaso los hombres de mar no creen ver un punto desde el cual se pude contemplar literalmente todo el mundo?
Las rutas para llegar a Moby Dick están poseídas por la pasión del orfebre que pule de mil maneras su pieza hasta lograr la forma depurada. “¿Hay ballena que nade más/ por los siete mares del tiempo,/ por los otros siete del idioma,/ que la ballena blanca de Melville?”, escribe Antonio Deltoro.
La ballena blanca es un cuerpo extendido, un desierto poblado de alucinaciones. A la propia creación de Melville se le mira como un espejismo, un reflejo de partes luminosas. Melville le otorga señas de identidad que van desde la fortaleza, la invisibilidad hasta la ubicuidad y la inmortalidad.
Ismael está frente a una hoja en blanco. Tal vez tiene la irrefrenable necesidad de querer contarlo todo; al mismo tiempo, no desea quedarse vacío como si se tratara de la primera vez en muchos meses que acude a confesarse. Hace trazos con el lenguaje, trastoca el tiempo y el espacio. El blanco está entre nosotros y de nosotros depende que permanezca en el mismo sitio. ¿Alguien ama signos que cambian siempre, que se disuelven de pronto, inadvertidos? El blanco es el color de la verdad, sólo el blanco refleja los rayos luminosos, es la unidad de la que emanan los diversos tonos de la naturaleza. Si realmente Moby Dick es el símbolo del mal, ¿por qué Ahab no la llamó ballena negra, si la oscuridad es algo que en última instancia nadie puede poseer y es el tono de lo maligno? El blanco es la saturación de la nada, el miedo a los espacios, al vacío. Melville enfatiza que no hay seres más temibles que aquellos de color blanco: los elefantes blancos de los reyes de Siam, los caballos de batalla que simbolizan el estandarte de Hannover, los osos polares del Ártico, el tiburón blanco que circunda los océanos. La luminosidad domina el paisaje. La palidez marmórea de una figura, la pureza conferida a los dioses: Zeus representado como un toro blanco, el Espíritu Santo convertido en paloma de la paz, la túnica blanca de Cristo que lo acompaña hasta la muerte. Blanco sobre blanco como un cuadro de Malévich que quiere romper con lo establecido, con el color: “es la nada, es el silencio”, comenta el pintor. ¿Quién puede decirnos que tal vez las últimas palabras de Goethe, “luz, más luz”, no fueron sino una exclamación de horror ante el resplandor del vacío? En el prólogo a las Enseñanzas de Don Juan, de Carlos Castaneda, señala Octavio Paz: “La mucha luz es como la mucha sombra: no deja ver”.
La ballena albina se sumerge en el horizonte, desaparece. De pronto nadie puede verla ni adivinar su paradero. Es imposible abarcar el mar con la mirada y también es difícil fijar a Moby Dick: aparece y desaparece, sólo el mar puede ocultar aquel voluminoso vientre. Una peculiaridad del ciclo de buceo en los cachalotes es que con frecuencia vuelven a la superficie, a un punto situado a pocos metros del lugar donde comenzó su inmersión. Esto no quiere decir que su actividad en el agua se limite a ascender y descender, esta clase de mamíferos marinos puede bajar a unos cuatro nudos —ciento veinte por minuto— y ascienden a una velocidad de cinco nudos; de modo que el viaje de ida y vuelta, a una profundidad de mil metros, no dura más de quince minutos. Como apunta Melville, lo invisible confunde, desconcierta y, por lo tanto, genera más temor.
Por sus dimensiones, Noé no pudo albergar a la ballena. Y Job tuvo tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes, quinientos asnos, siete mil ovejas y ninguna ballena. Sin embargo, su carne se aprovecha como la grasa de carnero: Dios dispuso castigar a la ballena llenándola de esperma, depositó el líquido en una mina para que la codicia de los marineros los condujera a enfrentarse con ella. Gracias a los estudios marinos que Malcom R. Clake y otros científicos han emprendido, es posible saber que la función principal del órgano productor de esperma consiste en que el cachalote conserve una flotabilidad neutra cuando está sumergido, como si trajera puesto un traje de buzo a su medida.
Otra característica que acompaña a Moby Dick es la ubicuidad. Tomando en cuenta la capacidad que tienen los cachalotes para desplazarse de un lugar a otro, no pocos marineros han imaginado ver a la ballena albina en distintas partes a la vez. En este punto interviene el lado mítico, la leyenda, lo rumores de que alguien creyó divisarla en los mares del norte y del sur.
La inmortalidad se distingue como otra cualidad del Leviatán. Ningún marinero ha podido matar a la ballena blanca y los innumerables intentos de cazarla han derivado en múltiples accidentes. Todos aseguran haberla visto con varios arpones clavados en su lomo, pero nadie ha podido acabar con ella ni siquiera el colérico capitán Ahab. ¿Es lícito mirar el mar desde las orillas de un libro?, como se cuestiona Margo Glantz en Doscientas ballenas azules.
Supe de aquel hombre, Ismael, que tras leer el relato de Jack Chase, tuvo el extraño deseo de haber sido grumete. El joven de piel blanca puso fin a toda esa monotonía que llevaba a cuestas, vendió todas sus pertenencias y se embarcó en una fragata: se quiso llenar los ojos de mar. El relator de Moby Dick, acaso al igual que Paul Valéry en su Cementerio marino, espera al final de la travesía ser recompensado y mirar por fin la calma de los dioses.
Mary Carmen Sánchez Ambriz
Periodista cultural, ensayista y editora freelance.
1 Una de las mejores ediciones de Moby Dick que se pueden conseguir actualmente, es la de Sexto piso, la traducción es de Andrés Barba y las ilustraciones de Gabriel Pacheco.