Una isla imaginaria

Una voz dice que la vida no tiene sentido,
pero su timbre profundo es el eco de ese sentido.
—Claudio Magris

En una carta del 5 de mayo de 1852 dirigida a Joseph Weydemeyer —citada por Norberto Bobbio en su Diccionario de política—, Carl Marx acepta no haber sido el primero en hablar de las clases sociales, reconociéndose en cambio el único mérito de haber demostrado: “Primero, que la existencia de las clases sólo va unida a determinadas fases del desarrollo histórico de la producción; segundo, que la lucha de las clases conduce necesariamente a la dictadura del proletariado; tercero, que esta misma dictadura no constituye de por sí más que el tránsito hacia la abolición de todas las clases y hacia una sociedad sin clases”. El primer punto sigue siendo una realidad histórica verificable. El segundo, al menos para Engels, fue encarnado por la Comuna de París, y para muchos otros —sus líderes sobre todo— cobró vida en los regímenes de inspiración comunista registrados a lo largo del siglo XX. Éstos que a la postre confirmaron sólo su carácter dictatorial, no así su componente proletario y mucho menos su papel transicional a la sociedad sin clases que, aunque escarnecida por propios y extraños, sigue ocupando un lugar importante en esa isla imaginaria llamada Utopía.

isla

Aunque a nivel micro —y con los matices que se quiera—, un ejemplo contemporáneo de esa lucha de clases es la ocupación por parte de sus trabajadores de la fábrica de pegamentos para baldosas Viome, radicada en Tesalónica, Grecia, tras salarios caídos por varios meses y la posterior quiebra de la empresa, siendo una más del veinticinco por ciento de las compañías que han tenido que cerrar en dicha ciudad como consecuencia de la crisis económica que lleva ya varios años azotando a aquel país y a sus ciudadanos. El origen y desarrollo de lo sucedido con Viome se narra en el documental Próxima estación: Utopía,  dirigido por Apostolos Karakasis, el cual forma parte de la selección de DocsMx para este 2016.

La película tiene como centro la iniciativa de un grupo de personas que, sin sustento y sin ninguna expectativa de empleo, decide organizarse y tomar formalmente las instalaciones de la fábrica, para producir y comercializar artículos de limpieza, guiados simplemente por las instrucciones que encuentran en distintos sitios de internet. Juntos empezarán a afrontar los retos de la autogestión y el autogobierno colectivos, en medio de un clima ideológico de individualismo, culto al dinero y descrédito del sindicalismo, que desde un inicio siembra desconfianza, envidia, incredulidad y apatía en algunos de los trabajadores. Para otros, en cambio, este giro implicará una verdadera transformación interna, tras pasar de recibir órdenes y estar en la línea de producción a jugar un papel completamente creativo, que va desde la concepción de los productos hasta su distribución, pasando por la administración de los escasos recursos con que cuentan, la búsqueda de reconocimiento jurídico por parte del Estado, los múltiples intentos por preservar los suministros de luz y agua, o la resolución de los conflictos internos en las asambleas, espacios sagrados de deliberación donde se gana y se pierde. “Participar en esto es como estar enamorado. Estás lleno de energía. Es como volar”, dice Makis Anagnostou, uno de los líderes electos del colectivo.

Lo que está haciendo este grupo de personas es, pues, actuar como clase: “La clase —señala E. P. Thompson en La formación de la clase obrera en Inglaterra— cobra existencia cuando algunos hombres, de resultas de sus experiencias comunes, heredadas o compartidas, sienten y articulan la identidad de sus intereses a la vez comunes a ellos mismos y frente a otros hombres cuyos intereses son distintos —y habitualmente opuestos— a los suyos”. Es la conciencia de esa identidad la que los lleva, en un acto de “violencia divina”, a arrebatarle al patrón la propiedad de los medios de producción, como si con ese gesto nos recordaran que, al igual que la tierra, las instalaciones y las máquinas son de quien las trabaja.

No todos los trabajadores piensan igual. Imbuidos por las ideas de una clase dominante a la que nunca pertenecerán, atraídos en extremo por su pomposo y consumista estilo de vida, identificados más con estos seres lejanos que con aquellos con quienes han compartido trabajo y penas, algunos prefieren esperar la decisión de los tribunales respecto a los salarios caídos. Otros optan por las vías ofrecidas por el capital, que los llevará a emigrar y trabajar en países extranjeros por sueldos irrisorios. Unos más terminarán demandando incluso a sus antiguos compañeros por el uso de instalaciones “colectivas”.

Los que continúan y fundan la cooperativa, en cambio, siguen impulsados por la fuerza que les da un trabajo digno, un proyecto que, a pesar de todos los obstáculos que enfrenta —o quizá precisamente por eso—, se ha convertido en referencia para algunos pensadores y movimientos sociales. Tal vez porque muchas personas encuentran en él la misma esperanza de transformación que observan entre los que lo conforman. Porque en los limpiadores y jabones que producen y venden de manera “ilegal” dentro y fuera de su país descubren que es posible que los hombres forjen relaciones económicas y políticas —humanas al fin y al cabo—, distintas a las imperantes: bajo criterios colectivos de igualdad, respeto y justicia.

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En Utopía. Historia de una idea, el historiador británico Gregory Claeys encuentra en los diversos planteamientos utópicos modernos el común denominador de una preocupación por combatir los efectos nocivos de la propiedad privada y la desigualdad social. El libro de Tomás Moro, publicado en latín en 1516 y en inglés en 1555, tiene como trasfondo lo que Marx llama la “acumulación originaria”, que implicó el desplazamiento de miles de campesinos ingleses ante el cercamiento de tierras, con la consecuencia de un desempleo creciente y un incremento en el precio de los alimentos, que produjeron, además de un gran “ejército de reserva”, mendigos y ladrones como nunca antes en esa sociedad. La isla de Utopía, por tanto, se erige como un ideal social en el que estos problemas son evitados con prácticas igualitarias: desde el diseño y el aspecto de las ciudades hasta la vestimenta de los individuos, pasando por el intercambio de casas por sorteo, el impedimento a las familias de acumular riqueza, la atención médica pública y gratuita, las comidas comunitarias, la subordinación del comercio a fines sociales, la inexistencia de abogados, el servicio de los gobernantes al pueblo, entre muchas otras que, a quinientos años de distancia, siguen teniendo eco en nuestras sociedades.

La utopía, pues, está ligada al desencanto que nos produce la realidad. Son indisolubles y complementarias. Se sostienen y al mismo tiempo se corrigen. “La esperanza no nace de una visión tranquilizadora y optimista” —señala Claudio Magris en “Utopía y desencanto”—, “sino de la laceración de la existencia vivida y padecida sin velos, que crea una irreprimible necesidad de rescate. El mal radical —la radical insensatez con la que se presenta al mundo— exige que lo escrutemos hasta el fondo, para poderlo afrontar con la esperanza de superarlo”. Utopía, continúa el escritor italiano, significa no rendirse ante las cosas tal y como son y luchar por las cosas tal y como deberían ser; significa no olvidar a las víctimas anónimas, a los millones de personas que perecieron a lo largo de los siglos a causa de violencias indecibles —ejercidas muchas veces en nombre de esos mismos proyectos utópicos—, y que han sido sepultadas en el olvido.

El fracaso de dichas utopías —tanto en su vertiente liberal-capitalista como en la igualitaria-socialista—, y su transformación en distopías, como la que vivimos actualmente bajo el neoliberalismo, nos obliga a buscar nuevos caminos con mayor paciencia y humildad. No poseemos una receta única. Y sabemos que no conseguiremos la salvación, la emancipación o la redención definitivas. Aún así, se vale soñar, siempre que sepamos que se sueña. No importa si, como a los trabajadores de Viome, se nos tacha de delirantes trasnochados. Con sus acciones construyen cada día su propia utopía —como dice Anagnostou—, y así demuestran que ésta no es un mero sueño, sino un momento de la existencia humana detrás del cual se esconde la potencialidad de una realidad distinta. Promesa milenaria que, como la prodigiosa antorcha de Ewald que transfigura la realidad a la que alude Magris al final de su texto, “ilumina la grisura del presente, da a entender que la realidad no es sólo mísera y roma”, y nos impulsa, por tanto, a mantener el amor a la vida.

Aquí la cartelera del festival: http://docsmx.org/

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Publicado en: Ensayo literario