Libertad entre los escombros

¡Oh, el trópico! Qué lindo para venir de visita una semana y admirar
el crepúsculo desde un lugar distante y silencioso, sin mezclarse demasiado.

—Pedro Juan Gutiérrez

“El cuerpo es el único espacio de libertad de los cubanos”, declaró hace poco más de un año en Bilbao la escritora y poeta Wendy Guerra. A mi juicio, es una frase acertada para adentrarse en el universo de un país considerado uno de los últimos bastiones del socialismo, cuyo carácter totalitario o, si se prefiere, dictatorial, es de sobra conocido. La relación del poder con la vida privada es el tema central de Todos se van, novela que dio a conocer a Guerra entre los lectores españoles y latinoamericanos, incluso antes que entre los cubanos por aquello de la censura, tema del que también se habla en sus páginas. El libro narra la infancia y adolescencia de Nieve, hija de un izquierdista alcohólico, parrandero y golpeador, miembro del Partido Comunista de Cuba —que, sin embargo, a la primera oportunidad huye de la isla—, y una locutora de radio cultural muy cercana a la movida artística local, lectora apasionada y defensora de la libertad y los derechos humanos, hasta donde el régimen y la pobreza se lo permiten. Éstos se han separado, y no en muy buenos términos, por lo que el destino de Nieve queda, desde muy temprana edad, en manos del poder: el de su padre, el de los tribunales, el del internado, el de los militares, el de un gobierno que, por una u otra razón, y sin haber ella hecho nada, le impide estar con sus seres queridos, que poco a poco van desapareciendo para continuar su vida en mundos nuevos —Suiza, Francia, España—, donde las personas al parecer pueden expresar lo que piensan y moverse sin restricciones; es decir, ejercen su libertad.

cuba

Para los que se quedan, como ella y su madre, la libertad se limita al cuerpo, lo cual explica mucho acerca de la forma de ser de los cubanos. Cuando uno camina por las calles de La Habana Vieja o Centro Habana, entre esos edificios semiderruidos por los que se asoman distintas variaciones de la miseria, también es posible ver a personas semidesnudas —hombres, mujeres, niños— con la piel negra, morena o blanca, derrochando sensualidad y alegría con una pieza de salsa o reguetón de fondo, jugando fútbol, béisbol o dominó en corro, o simplemente echando la hueva en alguna mecedora o en la banqueta, solos o acompañados, viendo pasar a la gente, con una cerveza o un trago de ron en la mano, y un cigarro en la boca. Se les ve serenos, relajados, agobiados por el calor quizá, pero no se les nota mucho estrés ni abatimiento, salvo en los viejos, lo que es natural, y en algunos pordioseros —no muchos, por cierto—. Todo eso está a la vista.

*

Lo que pasa detrás de esos muros descoloridos y salitrosos, que parecen a punto de caerse, es posible vislumbrarlo en las historias que Pedro Juan Gutiérrez nos cuenta en su Trilogía sucia de La Habana, publicada a fines de los noventa. Si el cuerpo es lo que queda, hay que ponerlo a gozar, pareciera decirnos con ellas. El sexo desaforado, sucio, oloroso —si no es así, no es sexo, nos dice— es uno de sus temas principales. ¿Por qué? Porque le encanta, desde luego, pero quizá también porque sabe que a través de él, del goce que proporciona, el ser humano es capaz sobrellevar cualquier problema, incluso la penuria más cruda, como la que se ve en las calles de su ciudad, como la que transpiran sus relatos. El mundo que nos presenta está lleno de culos, bollos, tetas, pingas, sudor, semen, deseo y lujuria, gracias a los cuales, para Pedro Juan al menos, es posible seguir vivo en un país como Cuba, en el que las personas como él deben ingeniárselas todos los días para poder sobrevivir ante la escasez de empleo, y los bajos sueldos del existente. Ante el hambre. Bisnes y trapicheo por aquí y por allá, un día sí y otro también, con quien se deje, sean yumas o habaneros, hombres o mujeres, viejos o jóvenes. Mientras dé para comprar ron, cigarros, algo de mariguana, y se tenga a una mujer con quien templar, se puede seguir tirando. Si además alcanza para comer, qué mejor. “Sobrevivir creo que se llama a eso. Uno se deja deslizar y no espera nada más”. Así, sin pensar. A veces es mejor no pensar: “El pobre no puede analizar tanto los alrededores porque se vuelve loco o se cuelga de una viga”, sentencia el escritor.

Al caminar por esas calles, cuesta trabajo pensar que alguna vez fueron esplendorosas, es difícil entender cómo llegaron a su estado actual, y cómo la gente puede conservar el espíritu alegre viviendo de esa manera, en medio de tanta pobreza. “Todo fue pasando lentamente”, escribe Gutiérrez en “Visión sobre los escombros”.

“El barrio dejó de ser lo que fue. Se llenó de gente vulgar, venida de provincias, de negros incultos, de gente mal vestida, sucia, mal educada. Los edificios se arruinaron por falta de cuidado y poco a poco se convirtieron en cuarterías con miles de personas hacinadas como cucarachas. Personas delgadas, mal alimentadas, sucias, sin empleo, tomando ron a todas horas, fumando mariguana, tocando el tambor, reproduciéndose como conejos. Gente sin perspectiva, con un horizonte demasiado corto. Y riéndose de todo. ¿De qué se ríen? De todo. Nadie anda triste o quiere el suicidio o se aterra porque piense que los escombros pueden precipitarse abajo y enterrarlos en vida. No. Todo lo contrario. En medio de la debacle la gente ríe, sobrevive, intenta pasarlo lo mejor posible y aguza su sentido y su olfato, como hacen los animales más débiles y diminutos, que aprenden a concentrar energía y desarrollan diversas habilidades, porque saben que nunca serán grandes, fuertes y vencedores”.

*

Esta misma filosofía de la pobreza, si le podemos llamar así, se refleja en algunas salsas de moda. Al igual que Pedro Juan nos cuenta del marinero que al regresar de un viaje de tres años a casa de Carmita, su amante, se quema en una farra de tres días el dinero con el que ella y su familia podrían haber vivido durante tres años, muchas canciones alientan lo mismo. Wil Campa, por ejemplo, cuando canta: “Si mañana me voy pa’l otro lado / que me quiten lo bailao / Si todo el dinero me lo he gastao / que me quiten lo bailao […] Por eso yo voy a estar gozando / hasta quedar desmayao”. Para continuar diciendo: “Ya está bueno de tanto trabajar / vamo a darle fiesta al cuerpo / que es lo que se va a llevar”. O Boni, otro cantante, que minimiza al máximo los dramas existenciales del mundo burgués, diciendo: “Si la suerte se acabó / si en los bolsillos no te queda un peso / ay no te tire a llorar / que el mundo no se acaba por eso”; para luego, en una tropicalización del carpe diem, agregar: “Y es por eso que la fiesta me llama / Y es por eso que yo / voy a hacer lo que me venga en gana / por si me muero mañana”.

Hay que evitar la tristeza, derrotarla con todo el poder de la música, el baile y la fiesta: “Dondequiera que exista un corazón / le llevaré una dosis de alegría […] Dondequiera que exista la tristeza / atacaré con toda mi energía”, nos dicen Alexander Abreu y Luis Enrique mientras dan la vuelta al mundo tocando salsa. Y qué mejor que acompañar todas esas frases con sonidos armoniosos producidos a la vez por trompetas, trombones, tumbadoras, bongós, timbales, campanas, tambora, güira, bajo y piano, batería incluso, que, como por arte de magia, infunden alegría al espíritu y hacen que el cuerpo se mueva libremente al ritmo de la música. Si el sexo es un ejercicio irreductible de nuestra voluntad, el baile, que muchas veces lo precede y le da origen, es la otra gran forma en la que los cubanos —y muchos latinos— hacen uso libre de su cuerpo. De ahí que muchas canciones hablen sobre el amor y el desamor, sobre la gozadera y la ricura del sexo, sobre la seducción, sobre lo enloquecedoras que resultan algunas mujeres por su belleza, por su manera de bailar, de moverse, de comportarse. El baile está presente no sólo en los salones o en las discotecas, sino también en las calles, en el Malecón, donde los espontáneos, acompañados de cerveza, cigarros y ron, de tambores y guitarra, o simplemente de sus teléfonos celulares, bailan al ritmo de salsa. “La salsa la llevamos en la sangre”, me dice Nico. “Desde chiquitos nos enseñan a mover el culito”.

*

Sexo y rumba es justamente lo que le recetaron a Nico los médicos que lo trataron por lo que pareciera ser un trastorno de estrés postraumático, derivado de su participación, con tan sólo diecisiete años, en la guerra civil de Angola como miembro del ejército cubano, el cual brindó su apoyo al Movimiento Popular de Liberación de aquél país en los años ochenta.
—Ahora ya puedo hablar de eso sin problema —me dice—. Antes no. Apenas recordaba, comenzaba a llorar y gritar.
—¿Y cómo te curaste? —le pregunto.
—Ah, me mandaron con un médico y luego me hicieron pasar una temporada de tres meses en un hotel en la playa, rodeado de alcohol y mujeres. Y así, ¿cómo no me iba a curar? —ríe desaforadamente.

Nico es originario de un pueblo cercano a Cienfuegos y descendiente de militares. Sus hermanos estuvieron también en el ejército y en Angola. Hoy le renta un Passat modelo 1991  a un amigo suyo que vive en Alemania para usarlo como taxi. Dejó su trabajo anterior de conductor de camiones de carga al servicio del gobierno porque la paga era muy baja y le va mucho mejor transportando todos los días a turistas como A. y yo, que nos dirigimos de La Habana a Trinidad, al sur de la Isla. Es un tipo macizo, derecho y de ideas firmes. Fiel al comandante Castro:
—Fidel nos enseñó a pensar, a resolver problemas —nos dice cuando miramos con curiosidad a un almendrón, uno de esos coches viejos que son la fascinación de los turistas, convertido en camioneta de carga y circulando en el sentido inverso al nuestro de la carretera.
—¿Y estuviste alguna vez con Fidel? —le pregunto.
—Lo vi de cerca un par de veces. Es impresionante —responde con entusiasmo.

Es 26 de julio del año 58 de la Revolución. Se conmemora el aniversario 63 del asalto a los cuarteles Moncada y Calos Manuel de Céspedes. Este año, la celebración del Día de la Rebeldía Nacional se hace en Sancti Spíritus, provincia por cuyos caminos vamos circulando quizás en el mismo momento en que, “con la inspiradora presencia física de Raúl y la espiritual de Fidel”, José Ramón Monteagudo Ruíz, Primer Secretario del Comité Provincial del Partido en Sancti Spíritus –tras denunciar la persistencia del bloqueo económico de Estados Unidos a pesar de los “acercamientos” recientes–, señala en su discurso:

“El Moncada, como expresó Fidel, nos mostró que la fuerza de las ideas, la perseverancia y el tesón, serán siempre fuente de motivación para enfrentar las adversidades y no dejarnos aplastar por ninguna dificultad. La mejor forma de defender la Revolución y el socialismo es fortalecer la unidad y nuestros valores, elevando la combatividad en el enfrentamiento a las indisciplinas, las ilegalidades, el delito y todo lo que nos afecta. Nuestro pueblo y sus nuevas generaciones nunca se dejarán confundir por las acciones de subversión ideológica y los que tratan de desvirtuar la inmensa obra construida en estos años de trabajo, de lucha y de victoria” (Juventud rebelde, 27 de julio de 2016).

*

A medio camino, con un sol abrazador y apenas unas cuantas nubes pintando el azul del cielo, flanqueados por plantaciones de caña de azúcar que parecen interminables, pasamos por una refinería, al lado de la cual hay un anuncio espectacular —uno de los cuatro que vimos en todo el viaje— con la imagen sonriente de Hugo Chávez y la leyenda: “El mejor amigo de Cuba”. Según las notas de Pablo de Llano publicadas por El País el 11 y el 14 de julio del presente, la crisis política por la que atraviesa Venezuela ha derivado en una contracción del 20% en el envío diario de barriles de crudo desde este país, lo cual, sumado a la caída en los precios de las materias primas, níquel y azúcar principalmente, ha afectado fuertemente a la economía cubana, cuyo crecimiento en el primer semestre de este año es de apenas 1%. Se teme que esta situación pueda llevar al país a un nuevo Periodo Especial, como el que se vivió en los noventa tras la caída de la URSS, posibilidad que Raúl Castro ha rechazado ante la Asamblea, sin dejar de reconocer las dificultades que enfrenta el país.  
—¿Y cómo está la cosa ahora que Venezuela está en crisis? —le pregunto a Nico—. Se ha puesto más complicado, ¿no?
Como respuesta, se inclina hacia la guantera y saca su Libreta de racionamiento.
—Mira eso —me dice—. ¿Entiendes tú lo que es? Eso no lo tiene nadie más en el mundo.
Reviso la libreta. Unas cuantas hojas engrapadas, con una tabla impresa en la que va quedando registro con pluma de todas las raciones diarias, semanales o mensuales recibidas por Nico y su familia de distintos productos: leche, huevo, arroz, frijol, pan, miel, carne, etcétera.
—En Cuba hay pobreza, pero de hambre no se muere nadie —agrega—. ¿Viste a los niños jugando en las calles? Eso significa que están bien alimentados. Además, todos tienen educación y servicio de salud. Gratis y de buena calidad. En Cuba se vive bien. Aquí no se ven cosas como en México. La gente vive tranquila. Con algunas carencias, pero tranquila. Pasan penuria los que no quieren trabajar —remata.

Antes de llegar a Trinidad, Nico se detiene en casa de unos conocidos para saludarlos y de paso refrescarse con agua de una toma que llega hasta un manantial en el subsuelo. Para una vez más para saludar a su hermano adoptivo, cuya esposa fue operada recientemente. Nico es el menor de seis hermanos, tiene un hijo que está por hacer el servicio militar y está separado desde hace varios años de la madre de éste. Hace una última parada en una casa particular para llenar el tanque de gasolina, pues nunca se arriesga a que en las gasolineras no haya combustible o se vaya la luz o algo le arruine el trabajo. Al retomar el camino, continuamos la conversación.
—¿Tienes pareja? —le pregunto.
—Sí, vivo en La Habana con una mujer de Santiago, pero ella sabe que si yo conozco a alguien que me saque de aquí, me voy. Y yo también sé que ella se irá si encuentra a alguien que se la lleve. Por cierto, ¿conoces a algunas mexicanas que quieran gozar con un cubano como yo? —pregunta en medio de una carcajada.
—A. tiene unas primas solteras. En una de esas se animan —respondo entre risas.
—Oye asere. ¿No me estás tú mintiendo? Mándame una foto primero.
Así que incluso Nico, que tiene buen empleo, buen ingreso, familia, está contento y sigue creyendo fielmente en la Revolución está esperando el momento de irse, como muchos de sus compatriotas en mejores o peores condiciones que la suya. Todos se van. Los que pueden. Y los que no, mantienen la esperanza de hacerlo algún día.

*

Así es la miseria. Todos quieren huir de ella. Pero, como dicen los psicólogos, hay que tener cuidado con lo que uno desea, no vaya a ser que se cumpla. Fuera de la Isla no existe el paraíso que están esperando, ese mundo de libertad y felicidad que tal vez tengan en la cabeza. Se trata más bien de un mundo un poco aterrador. Con más riqueza, tal vez, pero también con más pobreza, no sólo económica sino también moral y espiritual. Es un mundo corrupto en términos sociales y personales, en donde la ambición y el culto al dinero han terminado por borrar de muchos hombres hasta el último rastro de humanidad. Un mundo en el que el hombre es cada vez menos libre porque se explota cada vez más a sí mismo. En donde, gracias a los avances tecnológicos, se ha vuelto objeto de nuevas formas de control por parte del poder político y económico, que se nutren de la información que él mismo proporciona. En el que, bajo el argumento de la seguridad y el combate al terrorismo, se violan diariamente los derechos de muchos ciudadanos. En el que la censura ha pasado de usar el acoso y el encarcelamiento como medios al asesinato directo, y la prostitución se ha convertido en esclavitud, lo mismo que el trabajo, al que el hombre “libre”, sin importar su clase, se encadena con fervor, pues sólo éste le permite la redención en el consumo, en la compra frenética de productos para satisfacer “necesidades” creadas por el capital mismo e inoculadas en nuestras mentes por la maquinaria mediática y publicitaria que le es propia.

Un mundo “libre” donde la gente, sin embargo, no tiene tiempo para el esparcimiento, la reflexión, el descanso, para la familia, los amigos, la pareja. Que exige siempre hacer algo “productivo”. Un mundo “libre” donde se vive con miedo, donde ya no se puede caminar tranquilo por las calles. Lleno de gente muy dañada que, harta de su miseria, o bien se hace explotar en lugares públicos, o arrolla personas con un camión de carga, o las balacea mientras están en una fiesta, en la escuela tomando clases, viendo una película en el cine, en un retiro espiritual o en medio de una protesta pacífica. Donde para conseguir dinero, algunos hombres cortan dedos, orejas y garganta a otras personas. Y otros simplemente las explotan a cambio de sueldos miserables o las desfalcan por medio de estrategias financieras o políticas que nunca tienen consecuencias legales. Ése es también el mundo “libre”.

Un mundo, por último, en el que el hombre ha abandonado su cuerpo. No tiene tiempo para nimiedades. Tan ocupado como está, tan temeroso, ni siquiera el hombre joven, por naturaleza más activo sexualmente, goza de sí mismo. Más preocupado por verse bien que por sentirse bien, opta por el sucedáneo tecnológico que a través de videojuegos, redes sociales, películas en línea y pornografía lo ayuda a calmar el miedo y la ansiedad provocados por su imagen corporal. Al menos eso es lo que arroja un estudio reciente publicado en el Archives of Sexual Behavior y recogido por The Guardian, que concluye que los millenials en Estados Unidos, jóvenes nacidos en la década de los noventa, son doblemente más inactivos sexualmente que los nacidos en los sesenta, dato impactante en la época del Tinder.

Desconozco si existen estudios similares acerca del comportamiento sexual de los cubanos, pero por la lectura de los relatos de Pedro Juan Gutiérrez y la novela de Wendy Guerra, y por lo que pude ver durante el tiempo que estuve en Cuba, intuyo que los resultados serían muy distintos. Que no habría miedo, ansiedad y depresión sino lujuria, deseo, pasión, alegría y goce, aspectos que en el mundo “libre” ya no importan porque no son productivos.

Así que no es menor que, a pesar de todo, los cubanos conserven el cuerpo como espacio de libertad, pues incluso éste ha terminado por perderse en aquellas sociedades en las que lo único que importa es el dinero, el trabajo, el consumo y la apariencia, y no el goce de uno mismo. Por lo menos ellos, pobres y jodidos —entre los escombros—, siguen templando, bailando, riendo y disfrutando de la vida. Y eso es algo que hay que aprenderles.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Ensayo literario