Para Erika Mastrorosa

El 29 de julio pasado murió Marianne Ihlen, la mujer que inspiró la canción “So Long, Marianne” de Leonard Cohen. Las últimas palabras de Cohen para Marianne llegaron a ella dos días antes de la muerte, y decían: “sabes que siempre te he amado por tu belleza y tu sabiduría, pero no necesito hablar más de eso porque ya sabes todo al respecto”. Y: “estoy tan cerca atrás de ti que si estiras tu mano, creo que alcanzas la mía” (en ese punto Marianne estiró una mano, cuenta quien le leyó esto). Y: “adiós, vieja amiga. Amor sin fin.”

manos

Dos párrafos. Menos: básicamente dos frases. “Te vas a morir. Te amo. Adiós.”

¿Se puede decir más?

Varios han aplaudido las palabras de Cohen. Suzanne Moore escribió en The Guardian, por ejemplo: “Leonard Cohen consiguió lo poco común: hablar con claridad de la muerte”. Poco común, en efecto; si es que es, de entrada, posible. Pero ¿lo es? Marianne y Cohen fueron amantes intermitentes por décadas. Imagínatelo: la conociste en Grecia, un hombre que le invita una bebida a una mujer un día de mucho calor. Tú no sabías que ella y el bebé que traía consigo acababan de quedarse sin marido y padre. Viajaron juntos de vuelta a Oslo; después, la invitaste a vivir contigo en Montreal; le ayudaste a criar a su hijo; le dedicaste un libro de poemas. Después se separaron. Y hoy te enteras de que está por morir. ¿Qué podrías decir sobre lo que esto significa para ti, que equivalga a “hablar con claridad”?

La pregunta entonces no es si se puede decir más, sino: sobre la muerte de un ser amado, ¿se puede decir algo, lo que sea?

Una respuesta intuitiva es que no. “Ante la muerte lo único que se tiene es la cabeza rota, las manos vacías, ante la muerte el poema no existe”, escribió Jaime Sabines tras la muerte de su madre. La experiencia de la muerte de alguien cercano, dice Sabines, es tal que no hay palabras que puedan capturarla. Entonces lo mejor es no intentarlo. Lo que queda, pues, es ignorar a la muerte, ningunearla, y eso se puede hacer riéndonos abiertamente de ella, como dicen que hacemos los mexicanos, o mirándola con una sonrisita desdeñosa, como hace Wislawa Szymborska. “La muerte siempre llega un instante más tarde”, escribe Szymborska, y ese instante es lo que dura nuestra inmortalidad. Ese instante, que es la vida, es nuestro único campo de acción, pero también nuestro único campo de palabra: sólo durante ella podemos actuar y sólo de ella podemos hablar. Fuera de ella, nada.

Szymborska, por supuesto, no resuelve el problema. Lo que hace es desviar nuestra atención, y tal vez hace bien: ¿tiene caso pensar en algo si no podemos usar palabras para hablar de eso? Pero como cambiar de tema es dar la razón, Szymborska está concediendo el pesimismo de Sabines.

Sobre el asunto, a los dos poetas parece respaldarlos la filosofía. “De lo que no se puede hablar hay que callar”, escribió Wittgenstein en el Tractatus. La idea es que, cuando hablamos, sólo podemos decir cosas que tengan sentido si las frases que produzcamos se refieren a lo que hay en el mundo: básicamente, lo que podemos ver y tocar. Entonces podemos hablar de las noticias, del trabajo, de nuestros viajes, pero no de cosas como el bien y del mal o la belleza. Decir “las fresas son rojas” es una frase con sentido porque las fresas y el color rojo existen manifiestamente, pero decir “comer fresas sin compartir está mal” o “las fresas son hermosas” son frases sin sentido, porque el mal y la belleza, ¿dónde están? ¿Cómo probar su existencia?

Si la ética y la estética quedan fuera de los límites del lenguaje, entonces ni hablar (literalmente) de la muerte. Sobre tu admiración por las fresas al menos puedes decir el sinsentido: “las fresas son hermosas” y eso tal vez capture tu gusto, pero sobre lo que sientes cuando muere alguien que quieres, ¿qué puedes decir que se acerque remotamente a capturar tu experiencia? Nada. No puedes decir nada. Sólo puedes llorar. “Lo que se puede mostrar no se puede decir”, escribió Wittgenstein también. O sea: como no se puede hablar de lo que queda fuera de los límites de la palabra, lo único que se puede hacer es demostrarlo. Entonces las lágrimas demuestran lo que ningún poema puede describir.

Muy bien. Pero no me satisface. Seguramente tú, como yo, has sentido la necesidad de decir algo –no sólo llorar– ante la muerte de alguien. Y a falta de palabras, tal vez lo que salió de tu boca fue un grito y, entonces, de tus puños, un golpe. Y de tus nudillos, sangre. Probablemente en esto nos parecemos a Cohen y a Sabines (aunque quién sabe a la irónica, la “yo no pierdo el estilo” Szymborska).

Ahora imagina buscar las palabras adecuadas cuando eres el que está por morir. Esto le sucedió al filósofo Richard Rorty. Poco después de ser diagnosticado con un cáncer inoperable, un primo de Rorty le preguntó si la cercanía de la muerte le había inspirado pensamientos religiosos. Rorty respondió que no. “¿Y qué tal filosóficos?”, preguntó su hijo. La respuesta, de nuevo, fue que no. Sorprendentemente, nada de la filosofía que Rorty había escrito o leído parecía relevante en su situación, y eso que Rorty es de los pocos filósofos anglófonos que realmente leyeron de todo: desde filosofía analítica, que tiende al cientifismo, hasta lo que los analíticos menosprecian por producir “sinsentidos”, en términos de Wittgenstein. Entre ellos, uno de los favoritos de Rorty: Martin Heidegger. Heidegger habló notoriamente sobre la esencia mortal del ser humano. Si eso no le pareció relevante a Rorty al borde de su propia muerte, ¿entonces qué podría parecérselo?

“¿No te ha servido nada de todo lo que has leído?”, insistió su hijo. “Sí”, respondió él, literalmente espetándolo, sin pensar: “la poesía”.

No es que la poesía pudiera capturar, contra la opinión de Sabines y Wittgenstein, algo que la filosofía no. “No hay nada sobre la muerte que Swinburne y Landor supieran y que Epicuro y Heidegger no hayan podido comprender”, explica Rorty, sino que “las mujeres y los hombres son más plenamente humanos si sus memorias están cargadas de poesía”.

La idea de Rorty no implica que Wittgenstein se haya equivocado al pensar que la palabra no puede capturar experiencias como la de la muerte, sino que se equivocó al pensar que la palabra sólo puede decir cosas mientras que las lágrimas, por ejemplo, pueden demostrarlas. Hay que hacer una distinción, diría Rorty, entre las palabras de la filosofía y las palabras de la poesía. Tal vez sea verdad que en la filosofía el alcance las palabras se reduzca al mundo tangible pero, en la poesía, las palabras alcanzan lo que Wittgenstein creía que está más allá de ellas. En la poesía, pues, la palabra no habla sino demuestra. En la poesía, la palabra tiene el poder de las lágrimas.

“¿Qué poemas?”, quiso saber el hijo. Y Rorty citó “Cumpleaños Seteintaycinco”, de W.S. Landor:

Amé la Naturaleza, y junto a la Naturaleza, el Arte;
Me calenté las manos junto al fuego de la vida,
Se apaga, y yo estoy listo para partir.

Rorty partió a los 75 años. Marianne Ihlen a los 80. Las palabras de Cohen le calentaron las manos a Marianne (estiró una mano para sentir el fuego) como las de Landor a Rorty.

Entonces es falso que sobre la muerte no podamos decir nada. Frente a la muerte (discúlpanos, Sabines) existe el poema. Tal vez sea, de hecho, lo único que existe. La poesía no va a reparar nuestra “cabeza rota” ni a llenarnos de nuevo “las manos vacías” con las manos de nuestros muertos, que las han soltado. Para eso no sirve. La poesía sirve para hacernos, como dice Rorty, más plenamente humanos. O como dice Landor: para calentarnos las manos.