La Bibliothèque nationale de France y el Musée national Picasso-Paris se asociaron para aclamar la obra de Miquel Barceló con la exposición Sol y sombra. Y Emili Manzano rodó el documental Extraña forma de vida sobre la obra de Enrique Vila-Matas, del que se desprendió El dia de la sípia, artefacto cinematográfico en el que el artista mallorquín retrata al escritor catalán. Para celebrar el vínculo creativo entre ambos, publicamos —con autorización de Sexto Piso— uno de los textos incluidos en El viento ligero en Parma.

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Me encontraba extasiado, un día, contemplando en un museo Autour du Lac Noir (Alrededor del lago negro), un lienzo del pintor mallorquín Miquel Barceló, cuando de pronto alguien me habló de un antiguo anuncio de la casa Ford de automóviles que decía así: “Usted puede escoger el color que quiera, siem­pre que sea el negro”. El caso es que hasta aquel momento yo, sabedor de que uno puede ver lo que quiera en una pintura, había estado viendo en Autour du Lac Noir un plateado paisaje lunar, y seguí viéndolo después de oír aquello, pero no pude evitar ya comenzar a aso­ciarlo con la Ford Motor Company, en una de cuyas sucursales yo trabajo. Y es más, la segunda vez que vi el cuadro, unos dos años después, reencontrarme con aquel lienzo me llevó a ima­ginar que viajaba hacia un paisaje plateado. Pero eso sí, con cuatro ruedas. Directo a la luna en un Ford descapotable.

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Miquel Barceló.
Fotografía: Ramón Pérez Niz. Bajo licencia de Creative Commons.

Reencontré el lienzo, unos meses después, en el lugar me­nos pensado, en un libro que había en el desván de una es­tancia de la Patagonia argentina. Fue algo raro encontrarme con aquella reproducción y rara también fue la conversación que aquella misma noche sostuve con unos extraños alrede­dor de un fogón, en la planta baja de la estancia. Los llamo “extraños”, porque a ellos parecía gustarles que les viera así, parecían muy estimulados ante la posibilidad de convertirse en ese tipo de personas que, desinhibidas una vez al año, conversan en corro y juegan a serotros, junto a un fuego, en una tierra lejana de todo.

Podría hablar de una experiencia de extrañeza en el fin del mundo. Pero en realidad eran —como yo— unos simples clientes de aquella vieja estancia convertida en un confortable albergue de verano, a pocos kilómetros del lago Roca. En cual­quier caso, nunca había escuchado a gente que supiera tanto de lagos. Al calor del mate, les quise hablar de la luna, pero el tema resultó ser poca cosa comparado con su sabiduría sobre lagos del mundo. Y es que si la luna se agotó pronto, los lagos se revelaron tan infinitos como las noches eternas en las que reina mi pobre luna. Me hablaron del Caspio y del Hurón, del Michigan y del Tanganica, del Malawi y del Baikal. Y acaba­ron contándome que el lago al que se refería Autour du Lac Noir estaba en los Alpes suizos. Por lo visto, Barceló había pintado glaciares allí, y su sistema de trabajar había consistido en de­rramar grandes cantidades de pintura y dejar que ésta misma, al concentrarse en determinados lugares, diera forma al pai­saje, los ríos y los lagos que pueden verse en todos su cuadros surgidos en los Alpes. “Por lo cual”, me dijeron, “también puede ser que ese lienzo de tu admirado Barceló no se refiera a ningún lago negro en concreto, sino al que inventó por sí sola la pintura derramada”.

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Mi admirado Barceló. Mi vida es gris y plomiza en mi des­pacho de la compañía de coches y hoy en día sobrevivo en la oficina dirigiendo fugaces miradas al cuadro del lago negro que allí tengo enmarcado. Me gusta de Barceló que, a dife­rencia de tantos artistas gárrulos, posea la afición de la lec­tura y sepa encauzarla hacia su trabajo. Y que tenga el mal de la pintura y se alimente de ella para crear. Me fascinan, por ejemplo, esas sopas pintadas, que son una metáfora del arte y de la pintura como materia nutritiva. Me gusta que le guste encarnar a la pintura.

Fuimos aquella misma noche, precisamente en un Ford descapotable, a ver cómo desaparecía la luna en el lago Roca. Y a orillas de ese lago, me contaron mis ocasionales amigos que diez mil años antes, hacia el final de la última glaciación, el Mar Ne­gro no era un mar, sino un gigantesco lago, el Lago Negro. Y me acuerdo del momento en que en silencio me pregunté si no sería que el negro Ford, la luna y el lago negro constituían la trinidad casual del equilibrio secreto del mundo. Negro, blanco, negro. Todas estas cosas se piensan en silencio, claro. De la muerte parecían tener los tres componentes de esa eterna trinidad, el ser, sin perder la vida. Y parecían congeniar con estos versos de Octavio Paz: “Blanco el palacio, / blanco en el lago negro”.

Me dije que en realidad a veces los contrarios no se anulan, sino que se suscitan sin sucederse. Y que esto explicaría la trian­gular armonía del equilibrio oculto de aquel casual universo. Y observé, por lo demás, que se había hecho allí un ancho pre­sente. Perfección absoluta del instante. Unos días después, regresamos todos a nuestras oficinas y esclavitudes respec­tivas, y yo colgué una reproducción de Autour du Lac Noir en la pared blanca de mi ennegrecido despacho. “Lo miras mucho al lienzo”, me dicen los compañeros de trabajo. Y me pregun­tan qué veo en él. “Los mármoles que brotan, la blancura a la deriva y la geometría sedante de la luna del lago negro de la Ford Motor Company”, quisiera decirles. No saben que de todo me salva el cuadro. Me miran y yo, al mirarles a ellos, observo que cualquier órbita de sus ojos puede ser, en la oficina, un punto abierto, que no se cierra sobre sí mismo ni sobre nada, no se cierra, y más bien al contrario, se revela como un lugar directo, propenso a ver el panorama alrededor del lago. Ellos, a veces, vienen y se burlan. Entran sin llamar y dicen: “Nada, que he­mos venido a ver el cuadrito”.

 

Enrique Vila-Matas
Escritor. Ha publicado: Doctor Pasavento, Exploradores del abismo, Dietario voluble, Dublinesca, Perder teorías, Chet Baker piensa en su arte,Aire de Dylan, Kassel no invita a la lógica y Marienbad eléctrico, entre otros libros.