En 2010, cinco jovenes titanes del teatro mexicano decidieron que harían juntos el teatro que verdaderamente deseaban, así fuera en un espacio tan reducido como Ocho metros cúbicos, o tuvieran que cargar esa misma cantidad de arena para lograrlo. Fundaron la compañía homónima y se dispusieron a crear “un mundo más portentoso”. A partir de ese momento, David Gaitán, David Jiménez, Antón Araiza, Raúl Villegas y Aldo González, se acompañarían en la sísifica tarea de hacer teatro en México.

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Antes de que se pusieran nombre conjunto, ya era evidente que había denominadores comunes que los unían: la apuesta por el uso de recursos teatrales nuevos, actuaciones en otro tono que el melodrama, ánimo crítico, montajes de textos originales, espíritu lúdico constante, y, sobre todo, la pasión por proponer nuevas formas de entender la escena. Seis años después, me reencuentro con su trabajo durante su residencia en el Museo Universitario del Chopo y me deleito con el recuento de sus hazañas pasadas. Todo como preludio a su más reciente creación: Esto no es Dinamarca, una obra de Edgar Chías con la que Ocho metros cúbicos pretendía condensar el lenguaje escénico desarrollado hasta ahora. Desafortunadamente, el resultado decepciona; se queda en un experimento encomiable pero insuficiente que no le hace honor a los trabajos previos de la compañía.

Esto no es dinamarca toma el Hamlet de Shakespeare como pretexto para explorar una retahíla de temas que aquejan a nuestro país: corrupción, machismo, persecución, cinismo y distracción. La urgencia que empuja esta revisión de la situación actual se justifica pero hace caso omiso de una de las principales lecciones de Hamlet: para que una obra pueda ser interpretada desde tantos ángulos, debe depurar su anécdota lo más posible hasta dejar sólo los rasgos indispensables para ser recibida y, que en esa recepción se acojan todos los significados depositados. Así, Hamlet es una obra que trata, simultáneamente, discusiones filosóficas, políticas, teatrales y personales en una misma anécdota, mientras que Esto no es Dinamarca se pierde en un collage de manifestaciones teatrales sólo conducidas por la presencia de los mismos actores en torno a una estructura física de metal en el escenario, una intención subyacente y la repetición de la frase del título.

Esto no es Dinamarca, hay que decirlo, es un ejercicio valiente. No sólo por que se atreve a retrabajar un clásico que es inagotable, sino porque intenta lógicas escénicas que rara vez se ven en estas latitudes. La última obra de este grupo de jóvenes teatreros mexicanos bien podría ser tomada por Hans Thies Lehmann como un ejemplo para su libro sobre teatro post dramático: usa la anécdota como excusa, traza cruces intertextuales, apuesta por la performatividad sobre de la actuación y desconoce la asignación fija de un personaje para un solo actor, entre otras osadas características. Sin embargo, el ejercicio se queda en la experimentación con nuevas formas de ensamblar una historia clásica de manera no lineal, mezcladas con reflexiones sobre la labor de hacer teatro —inspiradas, probablemente, en la escena metanarrativa de un asesinato al interior de Hamlet. Los integrantes de Ocho metros cúbicos no logran hilar los hallazgos de su experimentación en una trama que se relacione con nosotros como audiencia más allá de la frustración producida por un contexto caótico y decadente.

Una crítica a Esto no es Dinamarca sorprenderá, muy probablemente, a cualquier seguidor de Ocho metros cúbicos. Este grupo y sus miembros se distinguen, dirán, por un manejo de los recursos escénicos innovador, inteligente y poco pretencioso. Y tendrán razón. Me gustaría, pues, en honor a esos trabajos previos, tomar tres obras que admiro de este colectivo —montadas bajo el nombre de Ocho metros cúbicos o a título de sus integrantes por separado— para señalar cómo la cura para las dolencias de Esto no es dinamarca está en la poética de la misma compañía que la produjo.

En Escurrimientos y anticoagulantes (2011), David Gaitán demostró que tenía la capacidad suficiente como para meterle mano a un clásico. Acercó con virtuosismo Crimen y castigo de Dostoyevsky a la problemática del narcotráfico, y dejó suficiente espacio para que lógicas nuevas cupieran en la anécdota. En cambio, ahora Raskólnikov —el antihéroe de Dostoyevsky— se integra a Esto no es Dinamarca como conciencia pragmática de Hamlet. Se ha vuelto un cínico irreconocible que pretende haber leído a Nietzsche pero sólo repite lugares comunes sobre el superhombre que al príncipe de Dinamarca (en este caso, un no-príncipe) nada le dicen.

En Pato Schnauzer (2010) —obra que detonó el nacimiento de Ocho metros cúbicos— David Jiménez nos sorprendió con la posibilidad de llevar el teatro a lugares insospechados. Nos sentó con cascos de construcción en medio de grava, cemento y cal, en el sótano de un edificio en construcción en la colonia Nápoles de la Ciudad de México. Antón Araiza convertía los montículos de cascajo en montañas o parques de infancia. En esta obra, Ocho metros cúbicos comprobaba que para subvertir el teatro mexicano lo que más se necesita es una gran capacidad imaginativa. Sin pretensiones y mucha decisión, produjeron una obra que conmovía, tanto por su actuación como por su texto; que sorprendía, tanto en su locación subversiva, como con una ejecución de la que Jerzy Grotowski se hubiera enorgullecido. En Esto no es Dinamarca, la dirección de David Jiménez recuerda que es muy hábil al organizar elementos escénicos en composiciones atractivas; muestra también que su formación ingenieril le posibilita activar el escenario como una máquina que se mueve a placer, pero olvida lanzarnos el cable que nos permita conectar con su historia.

El texto de Édgar Chías es, en gran medida, el culpable de que Esto no es Dinamarca se meta en problemas. Con éxitos previos bajo el brazo y un amor a la crítica teatral que informa sus creaciones, es posible que haya sobreintelectualizado su acercamiento a Hamlet y eso lo haya llevado a perder el piso que, en otras obras, ha hecho a Ocho metros cúbicos a conectar con la audiencia de maneras entrañables.

Algunos podrían argullir que es necesario, si no urgente, denunciar los males que nos aquejan como país o como mundo. Otros podrán defender que la vida cotidiana se da en tonos tan variados como los que en esta obra se despliegan: todos los días oscilamos entre farsa, comedia musical y tragedia. Sin embargo, es justo en la ficción en donde podemos encontrar una maquinaria que no reproduzca sino que reordene la realidad. Esto no es Dinamarca no elige lo que quiere diseccionar. Opta por la negación y la doble negación, aunque esto sea aún peor que afirmar algo equivocado. Así, Esto no es Dinamarca no es otra versión más de Hamlet, ni es una historia completamente distinta; no es una crítica a la clase política mexicana, ni es un trabajo sobre los problemas de género que debemos subsanar; no es una pieza sobre la libertad sexual, ni una disertación sobre la dicotomía madre-puta; no muestra una historia, pero tampoco desarrolla una metanarrativa; no es un musical pero tampoco es una tragedia isabelina. Es decir que, ante el dilema hamletiano de ser o no ser, esta puesta opta por lo segundo: por no ser nada.

Cuando los actores cantan a capella una canción del grupo pop de los noventa OV7 —que intenta sonar fársica pero, a falta de un contexto claro sólo confunde—, dan el golpe de gracia a la obra entera.

Para salvar a esta obra de sí misma  basta tomar como contrapunto la penúltima obra presentada por la compañía en el Museo Universitario del Chopo: Venimos a ver a nuestros amigos ganar, dirigida y escrita por David Jiménez. En esta puesta, Ocho metros cúbicos despliega todo su arsenal de recursos escénicos: hilan múltiples historias fragmentadas a favor de contar una historia mayor, la del racismo, primero contra los negros y luego como un patrón que se repite contra diferentes víctimas sustentado en lógicas pseudocientíficas. En la obra del también director de Esto no es Dinamarca, aparecían ya números musicales, pero con un tino que aprovechaba la ironía de cada letra hasta darnos una versión de La negrita cucurumbé cantada por miembros del Ku Klux Klan, que era digna de la risa horrorizada de cualquiera. En esa obra, Ocho metros cúbicos probó que se puede apostar por narrativas múltiples, con referencias intertextuales, entretejidas de manera sólida. También que se puede abordar un tema serio con ligereza e ironía y, al mismo tiempo, dejar clara una postura; que es posible que los actores se deslicen entre personajes y funciones narrativas sin confundir a la audiencia; que el espíritu lúdico de su teatro no los exime de un análisis histórico serio. Todo esto queda claro en esta pieza.

¿Qué pasó en Esto no es Dinamarca? Me atrevo a decir que cometieron los mismos errores que el personaje de Hamlet. Se preguntaron si debían cambiar y cuando lo hicieron, sus decisiones y el ritmo elegido, desembocaron en tragedia. Como en Hamlet, su capacidad reflexiva, que dilucida entre el“ser o no ser”, es celebrable; sin embargo, su capacidad de ejecución requiere ajustes. Requiere mantener pero metaforizar la misma capacidad de juego que en Pato Schnauzer, lograr una menor manipulación y mayor aprovechamiento de los textos, como en Anticoagulantes y escurrimientos.

Afortunadamente, a diferencia del pobre de Hamlet, los integrantes de Ocho metros cúbicos, tienen la oportunidad de corregir. Esta caída fue producida por las razones correctas, que son la capacidad de riesgo y el deseo de exploración. En la danza, una caída bien llevada es sólo un impulso hacia el siguiente movimiento y no tiene que ser distinto para el teatro. La trayectoria de Ocho metros cúbicos justifica la fe que en ellos muchos tenemos. Han llegado con gran impulso hasta esta residencia y revisión. Confío en que este trabajo experimental dará frutos y sabrán sorprendernos de nuevo.

 


Hace poco, la compañía Los Colochos interpretó una adaptación de otro clásico skakespearano, Macbeth. Aquí se puede leer la reseña.