Un lugar común es, sin duda, decir que los ingleses llevan en su ADN todo lo que concierne al teatro. Desde quienes escriben las obras, hasta los que las aplauden, o las critican; desde la escenógrafa  hasta el que vende los boletos; desde quien delira, hasta quien llora; del artista al político; del anarquista al súbdito más fiel, el drama los une, los impulsa, cura sus heridas, los explica lo mismo de pie, en el teatro The Globe, por cinco libras, que en una función especial en Stratford, con un invitado de la Corona.

shakespeare

Los Beatles, por ejemplo, derribaron muros que separaban lo popular de lo clásico, transformando la percepción musical de sus contemporáneos; sin embargo, lo que puso a esa gente a sus pies, en el tiempo que duraron juntos, fue el representarse a sí mismos en múltiples y distintos foros. Destaca su actuación espontánea, honesta, improvisando en vivo, en el magnífico documental de Richard Lester, A Hard Day’s Night (La noche de un día difícil, como lo tradujeron aquí). Bastaba una simple sacudida de pelo, una mirada inteligente, la sonrisa cómplice, seductora, o alguna frase ingeniosa, aguda,  para que el público de las salas de cine cantara, se pusiera de pie, bailara, y hasta rompiera en lágrimas, como si los actores estuvieran presentes, recibiendo la ovación. Muchos niños mexicanos escucharon, por primera vez, un parlamento de Shakespeare en I am The Walrus (Yo soy la Morsa). En la parte final de esta pieza memorable de John Lennon, se escucha el fragmento de King Lear (El rey Lear) donde Oswald muere a manos de Edgar, frente a un Gloucester ciego quien pregunta: “¿Está muerto?”. La música agónica se vuelve telón de fondo y es, para algunos, una especie de tatuaje mental que cobra vida cada vez que asistimos a una puesta en escena de Lear o pensamos en Lennon tendido en Nueva York, ante una Yoko horrorizada. “What, is he dead?” (King Lear, acto IV.6.246-254).

Cuando en la cinta Skyfall M muere en brazos de James Bond, los mayores sienten estar presenciando el final de una era entrañable: la suya. Esta escena no sólo representa la desaparición de una agente secreta de película taquillera. La actriz Judy Dench hace creer a sus seguidores que se va  y, por unos segundos, escapa del filme para decirles adiós, en vivo. Los que han disfrutado de su talento aplauden, despacito, como si fuera a salir a agradecer. Reaparece, sin embargo, en Spectre, como merecido encore, y regala, además, una estupenda actuación en la obra The Winter´s Tale (Cuento de invierno) de Shakespeare, ahora como Paulina, quien fuera alguna vez Hermione o la joven Perdita. Y para que nadie se quede sin verla, The Winter’s Tale, donde Dame Dench alterna con Kennet Branagh y Michael Pennington (en mi humilde opinión, el mejor Hamlet de los últimos tiempos), será llevada al cine, grabada directamente de la puesta en escena.

Subiendo la temperatura, cuando la actriz Glenda Jackson regresa al teatro, después de una ausencia de 25 años —representándose a sí misma en el Parlamento británico como política controvertida, feroz antithatcherista, recibiendo lo mismo rechiflas y abucheos que aplausos atronadores en la cámara de los comunes— algo grande está por suceder. En fecha próxima, en el otoño, la Jackson hará el papel del rey Lear en el Old Vick y promete un festín no solo actoral, sino político, uniendo dos de sus pasiones más imperiosas. El discurso final de Lear y su triste marcha llevando en brazos a Cordelia, muerta, tienen a los teatrófilos, no sólo ingleses, con el estómago entumecido. El probable disgusto de la actriz laborista por el referéndum sobre la permanencia del RU en la UE, al cual siempre se opuso (y —según los “remainers”— la manipulación conservadora euroescéptica, las promesas falsas de Nigel Farage y Boris Johnson, así como la tibieza de Jeremy Corbyn) buscará la manera de manifestarse sin demérito de la estética. No sólo Londres va a arder de nuevo cuando Lear se refiera a los políticos “viles… que controlan los asuntos a través de la tranza, que tienen el arte de hacer como que ven lo que en realidad no ven” y que “descubren, por ejemplo, maniobras imaginarias que justifican la represión” (acto IV.6.171-3). Todo esto en una época —la de Shakespeare, por supuesto— bajo “the general curse” o “la gran maldición” de estar divididos hermano contra hermano (acto IV.6.206-7), en medio de luchas dinásticas, conspiraciones y reformas -nada que ver con el Reino actual, en el que todo es felicidad y armonía después de los acontecimientos políticos recientes.

El público se conmoverá cuando Glenda Jackson pronuncie, con su aún espléndida voz y magnífica dicción,  sus flores en la mano, sus más de ochenta años y todos los premios ganados —excepto el de primera ministra: “I will die bravely” (“moriré con bravura”, en el sentido tanto de valor, como de buenos ropajes). Y de seguro habrá risas ahogadas cuando Goneril y Regan —las hijas malas de Lear— intercambien cartas y recados, cual modernos mails, asociándolas con la señora Vine, esposa del ministro del mismo apellido, ambos implicados en asuntos de deslealtades incómodas. Las traiciones y las intrigas de El rey Lear no pueden estar más de moda y la Jackson se encargará, este próximo octubre, de recordárselo a brexits, regrexits y ciertos remainers encumbrados que no supieron defender, con la enjundia debida, el permanecer dentro de la UE, y ahora se lamentan y emprenden —o no— la graciosa huída. (Si Ud. no indentifica en forma física a estos actores o políticos británicos le puedo decir que Boris Johnson —ex alcalde de Londres y ex aspirante a primer ministro— se parece a Donald Trump; Jeremy Corbyn —líder incómodo del partido laborista— se parece al actor Michael Pennington interpretando a Lear este verano; o que Glenda Jackson —ex parlamentaria por Hampstead— es, guardando toda proporción y distancia, una especie de versión inglesa de nuestra inefable Tigresa y su mirada expresiva. Nigel Farage —ex líder del partido independentista del RU [UKIP]— le da un aire a Mr. Bean cuando, banderita en mano, exclama en Bruselas unas horas después del triunfo del Brexit: “Ahora ya no se ríen, ¿verdad?”).

La reina Isabel II, dotada también de grandes habilidades histriónicas, ha nombrado Damas y Caballeros del Imperio Británico a estos artistas excepcionales, respaldando el teatro como elemento de cohesión y salud del pueblo que celebra, este 2016, los cuatrocientos años de la muerte de Shakespeare. Su hijo, el príncipe Carlos, apareció en Stratford-Upon-Avon (justo antes del referéndum), en un encuentro de la Royal Shakespeare Company, con varios de los principales intérpretes de Hamlet —entre ellos ¡Judy Dench!— diciendo al sorprendido público: “To be or not to be, that is the quéstion (“Ser o no ser, ésa es la preg(ú)nta”) y arrancándole una ovación que quizás lo lleve al trono como Charles The Third (Carlos III). (Ver Youtube, prince Charles Hamlet). El énfasis en la palabra question —y el acento marcado en la é— fue mucho más que una ocurrencia, o una broma sobre su actual situación monárquica. Representaba, tal vez, un exhorto —muy al estilo desparpajado del príncipe— a la reflexión cuidadosa antes del referéndum, con respeto de la voluntad popular. Hasta ahora no se sabe si le hicieron caso o no. O si en realidad quería que le hicieran caso o no. To leave or not to leave, that was the question (Salir o no salir, ése era el dilema).

Menos carismáticos que todos los personajes anteriores, los críticos y académicos de las letras inglesas han decidido dejar un poco el claustro, el aula y las publicaciones tradicionales, para ver la manera de hacerse escuchar por un público más extenso del que por lo general los sigue. Fieles al espíritu teatral que inunda su entorno y en medio de la agitación política que vive la Commonwealth, han dado en organizar ruidosos sainetes en las redes sociales. Es el turno ahora de una discusión sobre King Lear, entre aquellos que solían preferir las espinas de la investigación siempre dudosa de los textos shakespeareanos, a las delicias de la representación dramática. Vayamos por partes.

Las obras de Shakespeare se agrupan en documentos denominados cuartos y folios. En el caso de El rey Lear, ha sido muy difícil establecer cuál es el texto original. Sin embargo, un cierto consenso se ha establecido a lo largo de unos 250 años, a la fecha, para considerar como definitivas dos ediciones independientes de esta obra. La primera, de 1608, que consiste en un cuarto (o formato breve) y la de 1623, que aparece en el primer folio. Los textos modernos suelen basarse en el folio, pero continuamente abrevan en el cuarto en busca de variaciones al gusto de cada nuevo editor.

Un maestro de literatura inglesa de la Universidad de Ontario, Canadá, ha topado con un libro que sostiene, entre otras cosas, que el King Lear del Cuarto (1608) y el King Lear del Folio (1623) constituyen, en realidad, una sola obra; es decir,  ambos textos se tienen que abordar en conjunto y no en forma separada, como se ha venido haciendo por más de dos siglos, a partir de que comenzaron los estudios serios sobre la obra del bardo de Stratford. King Lear —como se conoce en la actualidad— se localiza en dos versiones diferentes, que derivan de un primer manuscrito, el cual, como casi todo lo que concierne a Shakespeare, se ha perdido.

Relata el profesor canadiense, de nombre Holger Syme, que en sus manos cayó un texto denominado The One King Lear (El único rey Lear), el cual leyó con una mezcla de “espanto y placer”. Pronto se dio cuenta que el texto tenía muchas fallas y decidió comentarlo en Twitter. Para ello se avocó a la tarea de tuitear, en forma ininterrumpida, por más de tres semanas, sus opiniones y comentarios sobre el libro. Se dedicó a hacerle una especie de bullying académico al autor: un profesor de nombre Brian Vickers, conocido por ser, según Syme, “un tipo arbitrario y crítico implacable de todo lo que se publica en los distintos departamentos de lengua inglesa”.

¿El resultado? Más de quinientos tuits que van desde comentarios en tono burlesco hasta descalificaciones muy serias en contra del trabajo del escritor. El asunto hubiera perdido interés pronto, de no ser porque a Vickers se le ocurre caer en la tentación más inútil, absurda y contraproducente que se puede cometer en las redes: contestar una agresión. “No les hagas caso” era el sabio consejo de las madres contra el “no te dejes” de los papás, el cual siempre acababa mal. Para colmo, Sir Vickers no conoce las redes sociales, no las sabe manejar, e introduce, en una queja contra Syme que manda al “Times Higher Education Supplement”, un término cotidiano de la jerga tuitera ¡mal empleado! (“trol”). Es decir, intenta insultar a Syme usando mal un arma de éste último. El “trol” es un ente disruptivo en el circuito de la comunicación en redes, y no corresponde a las intenciones crítico-académicas de Syme, a quien le asiste la razón en muchas de sus quejas.

Pleitos aparte, la importancia de este ejercicio de golpes cabreros es que nos ha obligado a los curiosos a sacar  nuestros ejemplares de Lear y las notas de estudio, para poder entender los argumentos de ambos profesores y, en el momento oportuno, aventurar una opinión que apoye a uno o a otro. Syme está “revolucionado” —a decir de sus seguidores— la crítica literaria al introducirla en trozos de 140 caracteres como máximo, expuestos al público para su revisión,  opinión, y en su caso, objeción, acuerdo o hasta chacoteo. Párrafo a párrafo, Syme va diseccionando el libro de Vickers mediante todo tipo de ocurrencias, chistes y, a veces, hay que reconocerlo, aseveraciones bien sostenidas, fundamentadas en lecturas y años de estudio y docencia. Crea una especie de contratexto —muy cómodo— basándose en todo el andamiaje y penares del industrioso Vickers.  (Live-Tweeting The One King Lear I disposition o en #1Lear 02 Jun 2016 o en http://bit.ly/2aKrhA1)

Pese a la habitual ligereza del medio (hay quien bombardea sin piedad las redes con sus frases favoritas sacadas de algún texto clásico), un trabajo minucioso ha tenido lugar, en esta ocasión,  sobre una obra polémica. La invitación está abierta para que otros tuiteros confronten o apoyen, tuit a tuit, las objeciones de Syme, con lo que tendríamos ya tres textos en disputa para deleite de los filólogos y los chismosos. Vickers está obligado a defender sus puntos de vista y Syme a sostener sus aseveraciones. Ambos deberían estar satisfechos de que tanta gente se haya involucrado en un problema de tal complejidad y aridez.

En este 2016 habrá que sumergirnos en los folios y en los cuartos, para sacar nuestras propias conclusiones sobre si aceptamos un nuevo Lear, o nos quedamos con el que conocemos, ya de sí tan complicado que Keats recomendaba leerlo mejor en casa. Habrá que acudir a los distintos foros, teatros, redes, palacios, salas de cine, parques y demás sitios que nos ofrezcan viejas o nuevas propuestas de bardolatría. Tendremos que aceptar la incursión impensada —en tiempos de Shakespeare— de las mujeres en escena, en la dirección, en las cámaras, y hasta en los papeles masculinos por tradición. No se preocupe si no puede ir a Londres a ver a Glenda Jackson: de seguro ya no hay boletos; —y eso que los ensayos para King Lear empezarán hasta agosto, para estrenar en octubre. Las faldas andan revoloteando por todos lados, incluida la escocesa del príncipe heredero. Habrá que deducir si la Jackson está contenta o no con el Brexit. Su hijo, Dan Hodges, ex laborista tirándole a conservador, está furioso contra Corbyn; pero dado que madre e hijo siempre se han llevado la  contraria, es presumible que Jackson no comparta ese rencor y lo reserve para los tories y su nueva dama de hierro en el poder (Go, girls!).

Mejor es no tratar de entender por qué es posible revolver a los Beatles con Lear, o a James Bond con una actriz clásica. Lo pop con lo posh, la Pompa y Circunstancia de Elgar con la Maggie Mae de Liverpool. Es parte del humor y el carácter inglés: popular, real;  tenso, conflictivo y relajado; cómico, trágico; mordaz, ingenuo; incomprensible, hilarante; vanguardista y tradicional; solemne, irreverente, súbdito y anárquico, agudo e ingenioso… Y si Ud. es de los que piensa —como yo— que Shakespeare vive entre nosotros y puede contactársele en cualquier momento, le doy su  contraseña, a condición de que no la divulgue: Sweet Marjoram  (King Lear, Acto IV, escena 6, línea 93).