En sólo tres años (2013-2015) el uso de las redes sociodigitales ha pasado de 59.2 millones a 65 millones.1 Este hecho no se puede menospreciar, al menos no en los espacios donde se practica el análisis y el escrutinio social; de la misma manera, es importante verlo desde le contexto de nuestro país.

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Siguiendo estas directrices, la Colección Biblioteca Mexicana, dirigida por el historiador Enrique Florescano, invitó a dos especialistas en este campo a convocar a varios académicos a reflexionar a propósito de las redes sociales. Coordinado por Rosalía Winocur Iparraguirre y José Alberto Sánchez Martínez, el libro colectivo Redes sociodigitales en México (CNCA-FCE, 2015) profundiza en varios aspectos de este espacio común que, aprovechando los avances antes referidos y la necesidad de ampliar el espacio de comunicación, se ha arraigado en nuestras formas de comunicación. Sin llegar a las mismas conclusiones y partiendo desde perspectivas muy diferentes los siete artículos aluzan sobre numerosas aristas de esta implementación digital.

Desde la elección de denominar “Introducción”y no “Prólogo”, los dos coordinadores dejan claro que los trabajos no fueron concebidos con alguna línea formal, temática, conceptual o ideológica; por el contrario, los académicos convocantes establecen en la introducción que habrá un cúmulo disímil de opiniones en el libro que trate de las redes sociodigitales. Incluso, el nombre surge de la noción de que las redes aludidas se diferencian de las numerosas redes sociales que acostumbramos frecuentar, debido a que se desarrollan y “sustentan en un medio de datos digitales”. No obstante, hay autores que no mantienen el término “sociodigital” y lo dejan llanamente como “red social”.

El libro abre los análisis con un artículo del académico y colaborador de la revista Nexos, Raúl Trejo Delarbre, quien logra hacer una aproximación a las prácticas en Twitter, la lógica que rige a esta red y la forma en que los políticos se han posicionado en ésta para hacer públicos sus pronunciamientos, campañas y actividades. Salta a la vista el estudio que emprende de la cantidad de seguidores que tuvieron los tres candidatos de las pasadas elecciones presidenciales de 2012; asimismo, Trejo Delarbre sugiere que algunos políticos tienen grandes cantidades de seguidores, sin que esto represente votos inmediatos en las urnas. Del mismo modo, el académico hace una enumeración estadística de la popularidad en Twitter de distintos personajes y deja en claro que esta red también funge como medio de comunicación masiva, pues hay un público que mantiene su cuenta, más que para dar o difundir sus opiniones, para “seguir” canales de información o a distintos políticos, y así mantenerse al tanto del acontecer. Es aquí donde concluye, entre varios aspectos, que al público le parece que la red es un canal alternativo a medios como la radio o la televisión. Respecto a esto, en su artículo, Winocur Iparraguirre parece tolerar esta práctica más que celebrarla, con lo cual podemos ver alguno de los disensos del libro: “La mayor parte de los ciudadanos conectados se limita a colocar ‘me gusta’ para expresar su parecer acerca de lo que unos pocos comentan o critican sobre los más variados temas, y a copiar los links en sus listas de contactos. Se trata de una opinión no comprometida y complaciente, donde ‘el elogio’ constituye la mediación principal en los procesos de reconocimiento y pertenencia a los grupos y comunidades de opinión que se forman en las redes sociales”. Paralelamente, la autora enfatiza la forma en que las redes sociodigitales han ido disolviendo la frontera entre lo público y lo privado, ya que en las redes pueden convivir recuerdos de festejos personales, lo mismo que notas de acontecimientos políticos en el ámbito nacional o internacional. Es un acierto mencionar esta circunstancia que se suscita en las redes, ya que se ha pasado de una situación donde los medios de comunicación, como la radio o la TV, sólo surtían al público de opiniones, sin permitir el comentario subjetivo o personal del público, lo cual se modificó por medio de las redes sociales. Producto de esto, lo señala Delarbre, también hay un carácter poco explorado en las redes, el cual radica en que a los seguidores (Twitter) o adeptos (Facebook) se les puede identificar por medio de sus intereses específicos, pero que no ha sido usado por parte de los políticos para dirigirse a ellos informando o promoviendo situaciones específicas. Del mismo modo, las redes sociodigitales presentan la oportunidad de tener algún tipo de interacción con el gobernante o candidato político, debido a su carácter horizontal, el cual tampoco ha sido comprendido por los gobernantes, negándose así a explorar esta facultad.

Por su parte, César Augusto Rodríguez Cano aporta a esta cuestión un prontuario detallado de algunas noticas o “trending topics” que fueron abordadas con bastante atención en el periodo de 2009 a 2014. Ya sea el suceso trágico en la guardería ABC y la negligencia de los funcionarios para impartir justicia a los responsables; el movimiento 132, iniciado como una protesta estudiantil al recibir el calificativo de “vándalos” por parte del presidente del PRI; así como el asesinato en Puebla del niño Gregorio “Goyito” con una bala de goma en una protesta popular, entre otras; los tópicos que se revisaron en Twitter son retomados y analizados desde una perspectiva que muestra las diferentes opiniones, respuestas o tipos de apoyo que provocó en miles de usuarios.

Certeramente, en “Conflicto y religiosidad en línea. Enfrentamientos en usuarios de Facebook, en torno al culto a la Santa Muerte”, en coautoría, Gervasi y Pérez Salazar mencionan que las redes son espacios donde el público se reúne debido a afinidades, simpatías, ideas afines y acuerdos en perfiles ideológicos. Inclusive, retoman uno de los temas más delicados, las religiones y el respeto o la falta de éste en las redes sociales. En este aspecto, por su parte, Carmen Gómez Mont recalca la forma en que estas redes pueden reforzar rasgos identitarios, culturales o ideológicos. Trejo Delarbre enfatiza que la red permite que haya un “individualismo en la red”, con lo cual se puede colegir que “no hay un solo perfil en las redes que sea totalmente idéntico a otro”, ya que las afinidades de cada usuario con un grupo, con un gremio, con un hobbie, canal de información o con una política presenta una cantidad de posibilidades infinitas (aunque suene a eslogan).

Debido a cuestiones como éstas, podemos entender el optimismo que María Elena Meneses Rocha ostenta respecto a las redes sociales. Ya que en su interesantísimo artículo, “Redes sociales virtuales”, la autora señala que “las diferentes plataformas participativas pueden favorecer la creación de nuevas élites, agendas y contradiscursos que sirvan de contrapeso al poder tradicional”, lo cual coincide con la opinión de Carmen Gómez Mont, quien refiere: “Finalmente se reconoce así que internet es un protocolo de información altamente flexible, lo cual quiere decir que los usuarios son capaces de crear usos diferentes de los originalmente asignados por empresa y gobiernos”. De tal manera, de acuerdo a Meneses Rocha, las redes pueden fungir como una herramienta para consolidar una democracia fuerte, a la cual contrapone a una democracia débil basada en numerosos individualismos y que se distingue de la anterior en que no ostenta una prioridad del bienestar común, la propiedad colectiva o la propagación de los derechos para todoslos miembros de la comunidad.

En algún momento, en Redes sociodigitales en México se refieren casos como los de Kiev, en Ucrania, el del Cairo, en Egipto, donde las redes antes mencionadas, lo mismo que YouTube, dieron la oportunidad para que los ciudadanos compartieran información, dieran a conocer los abusos de la autoridad y se pudieran documentar las tropelías de los respectivos gobernantes, Mohamed Morsi, y del presidente prorruso Víctor Yanukóvich.

Sin embargo, tal como señala Meneses Rocha, las redes no están pensadas de manera altruista o desentendidas de una ganancia económica, pues, bajo ese perfil afable, las redes también recolectan nuestros gustos, intereses o posturas políticas, lo cual se vuelve un contenido negociable para las empresas o servicios que estén dispuestos a adquirirlos. Producto de nuestra actividad, del material que subimos o de las páginas a las que nos vinculamos, los usuarios de las redes sociodigitales pueden ser monitoreados de diversas formas. De tal suerte, esta disolución de la frontera de lo público con lo privado o personal, también permite ser identificados como clientes, futuros consumidores, probables electores o “elementos peligrosos”. De esta manera, las redes sociodigitales se vuelven una herramienta importante, fundamental, pero, del mismo modo, digna de observación directa para los usuarios respecto a qué tipo y cuánta información debemos verter y compartir en éstas.

Debido al espacio, es imposible comentar ampliamente cada uno de los siete artículos, sin embargo, en textos como “Cultura visual digital y campos de acción en redes sociales”, de José Alberto Sánchez Martínez, y “Redes indígenas y lógicas de construcción del capital social en internet”, de Carmen Gómez Mont, se puede encontrar reflexiones dotadas que lindan con temas que ponen en la mesa dos situaciones fundamentales, la conjugación de situaciones como el culto a la imagen y la trascendencia en nuestras dinámicas comunicativas, así como la forma en que algunas comunidades indígenas han visto la forma de adaptar estos recursos para integrarse cada vez con mayor fortaleza como comunidad identitaria.

Es evidente que Redes sociodigitales en México, coordinado por Rosalía Winocur Iparraguirre y José Alberto Sánchez Martínez, presenta un conjunto sugerente de artículos que resultará interesante a profesores de comunicación, docentes o mentores, de la misma manera que para todo aquel lector que conciba las redes sociodigitales como el ingrediente de un paradigma que está revolucionando nuestra forma de concebir la comunicación de manera irreversible.

 

Héctor Iván González
Autor de Menos constante que el viento.


1 Dato extraído de la “Introducción” en Redes sociodigitales en México, coordinadores Rosalía Winocur Iparraguirre y José Alberto Sánchez Martínez et al., CNCA-FCE, col. Biblioteca Mexicana, 2015, p. 10.