Sin importar que Minnesota reciba menos sol al año que un martes cualquiera en Caletilla, parece que cuando los estadounidenses vienen a México lo hacen para morirse, y cuando los mexicanos van a Estados Unidos, lo hacen para encontrar una mejor vida.
Si los primeros españoles llegaron aquí para reinventarse, dejar de ser presidiarios y criminales y convertirse en virreyes y nombres de calles, y algunos de la oleada republicana desembarcaron para legarnos tremendos emporios panaderos y una riqueza cultural impagable, los gringos nunca han concebido a México como la tierra de la oportunidad, sino como un moridero con buenas playas. A final de cuentas: ¿por qué –sino porque no le vieron futuro–, abandonaron la Ciudad de México después de que ya habían plantado la bandera estrellada en el Palacio de Chapultepec?

Para cierto imaginario gringo, explotado en la literatura y el cine, México es la última carta bajo el brazo, el recurso final, el exilio casi obligado al que tienen que acudir algunos. Una especie de purgatorio terrenal, de pausa surrealista o de cielo ecuménico a donde sólo se puede llegar con un boleto de ida.
“Zihuatanejo”, le susurra como un mantra Andy Dufresne a Red, el personaje de Morgan Freeman en Shawshank Redemption. “Un pequeño lugar en el Pacífico. ¿Sabes lo que dicen los mexicanos del Pacífico? Dicen que no tiene memoria. Ahí es donde quiero que termine mi vida, Red. Un lugar cálido sin memoria”, cuenta desde el patio de la cárcel. Red primero cree que es una broma. Entonces mira la determinación de Dufresne, y se asusta. “¡Maldita sea, Andy, detente! ¡No te hagas esto a ti mismo!”, le implora, consciente de que, más que planes de viaje, su amigo le está haciendo una confesión suicida.
En A sangre fría, los dos asesinos de la familia Clutter llegan a la Ciudad de México huyendo de la justicia estadounidense. El hotelucho en el que se hospedan los recibe con un mensaje fúnebre en la recepción. “Su día termina a las 2:00 pm”, reza un cartel ominoso más ad hoc con el lobby del Hades. La atmósfera mexicana se vuelve tan opresiva (pese a que no les pasa nada), que los asesinos regresan a Estados Unidos aún a sabiendas de que allá les espera, sin duda, la horca.
Años después, Ken Kesey, el autor de One Flew Over the Cuckoo’s Nest, también escaparía a México (a Mazatlán, otro pueblo en el Pacífico) para evitar pisar la cárcel por sus malaventuras californianas con el LSD. Según cuenta Tom Wolfe en The Electric Kool-Aid Acid Test, México era, para el clan Kesey: “(…) no-tiempo; sólo un ahora inmóvil, muerto, que se alarga hacia atrás eternamente y hacia delante eternamente”. En otras palabras, el limbo.
Pero no hay mejor ejemplo del venir a México a morir que el de Ambrose Bierce, el escritor y periodista estadounidense que, en 1913, a los setenta años de edad, empezó a escribir cartas a sus amigos para despedirse de este mundo. Bierce, soldado bronco en la Guerra de Secesión, no iba a suicidarse —o al menos no de una manera convencional. “Ah”, escribió el autor de El puente sobre el río del Búho en su última carta conocida, “ser un gringo en México; eso es eutanasia”. Entró al país en noviembre de ese año, y nunca se volvió a saber de él.
Más de cien años después, otro Ambrose tomaría el mismo camino. A diferencia del bigotudo escritor que lo precedió, Ambrose Eubanks no vino a México acompañado de una reputación literaria, sino de un cerdo purasangre. Porcicultor californiano, Ambrose es el Mr. Pig que da título a la nueva película de Diego Luna, su cuarto largometraje como director. El actor Danny Glover trepa al puerco a una camioneta y cruza la frontera sur de su país para escapar de las deudas crediticias, sentir el efecto del tequila jalisciense en las venas y toser hasta la muerte.
Eubanks tiene una enfermedad crónica indeterminada pero suficientemente manifiesta como para que él mismo sepa que le queda poco tiempo y se anime así a comer garnachas mexicanas en la carretera. El de la película es su segundo viaje a México. El primero había ocurrido décadas atrás, en una feria porcina a la que se le colocó el título de “internacional” sólo porque venía de invitado el gringo. Ahí trabó amistad con un empresario mexicano y con una mujer a la que todavía recuerda. Ahora, Eubanks regresa al país con la intención de venderle un cerdo de pedigrí al hijo de su amigo y de volver a pasar un rato con esa señora que alguna vez lo quiso. Al final, ninguna de las misiones las cumple cabalmente. Más que nada, porque no venía a eso.
“El gringo viejo se murió en México. Nomás porque cruzó la frontera. ¿No era ésa razón de sobra?”, reflexiona uno de los personajes en Gringo viejo, la novela de Carlos Fuentes que imagina lo que pudo haber sucedido con el primer Ambrose que vino al país a morirse.
En Mr. Pig, la cosa es menos metafísica. La película es una road-movie sobre México a través de los ojos de un extranjero: manantial inagotable de recursos cómicos. Tiene momentos estelares, como el intercambio entre Eubanks y su hija en la carretera rumbo a la costa jalisciense del Pacífico (de nuevo), una vez que ella se entera de la enfermedad del padre y acude a México a su imposible rescate. Tiene también secuencias de una química inesperada entre el cerdo y Glover, dos criaturas que nunca se habían visto en la vida pero que, en pantalla, parecen íntimos confidentes de siempre. “Si la máxima cinematográfica es no hacer películas con niños ni con animales, ya rompí la regla dos veces”, dijo recientemente Luna, para referirse también a Abel (2010), su ópera prima de ficción, donde el protagonista es un niño de 11 años que nunca se había puesto delante de una cámara. En ambos casos, el director charolastra sale bien parado.
Pese al tema sórdido que subyace en el filme (Eubanks es un viejo desahuciado, perseguido por sus acreedores, alienado de su familia), Mr. Pig se mantiene a flote gracias a su ligereza —que no trivialización—, que la convierte en una comedia sensible que cumple con el propósito.
La pregunta de por qué vino Ambrose Eubanks a México a pasar sus últimos días tiene un montón de respuestas en pantalla —aquí le es más fácil sobornar a los policías, aquí no lo ven raro por cargar cinco tarjetas de crédito, aquí nadie le dice que no puede meter un cerdo a un hotel—, pero ninguna tan reveladora como una escena en la casa del hijo de su amigo. Ésa es la primera vez, en toda la película, en que vemos a Ambrose sonreír, lanzar una carcajada, hablar de verdad con alguien que no tenga pezuñas. El hijo de su amigo recuerda las historias que le contaba el padre, ambos miran el estudio intacto que dejó el socio mexicano de Eubanks, se hace un brindis en honor al gringo.
“Desde que llegó dio a entender que se sentía fatigado; las cosas ya no marchaban como antes, y nosotros los respetábamos porque aquí nunca pareció cansado y se mostró valiente como el que más”, lanza, como réquiem, otro personaje del Gringo viejo de Fuentes. Ése, y no otro, es el epitafio mexicano soñado por el señor Pig.
Mr. Pig, escrita por Augusto Mendoza y Diego Luna, dirigida por éste último y protagonizada por Danny Glover, Maya Rudolph y José María Yazpik, se estrena en cines este 22 de julio.