Bajo la sombra de las palabras en flor

Este fragmento forma parte de Biblioterapia. Leer es sanar (Océano México, 2016), obra en la que el filósofo y rabino Marc-Alain Ouaknin desgrana la esencia de la lectura: ¿qué sucede cuando leemos en solitario o colectivamente? ¿Qué sucede cuando interpretamos un texto? El autor asegura que la interpretación de un libro es en sí misma una terapia.

biblioterapia

 


En un magnífico libro titulado Sur la lecture [Sobre la lectura], Marcel Proust nos introduce, a su manera, a su biblioterapia. Habría que citarlo prácticamente en su totalidad, ya que cada frase nos hace comprender mejor el universo de los libros y la lectura. No obstante, sólo consignaremos una larga cita en la que Proust expone explícitamente ciertas modalidades de la relación entre lectura y terapia:

Hay sin embargo ciertos casos patológicos, por así llamarlos, de depresión espiritual, en los que la lectura puede convertirse en una especie de disciplina curativa y encargarse, mediante incitaciones repetidas, de devolver permanentemente a un espíritu perezoso a la vida del espíritu. Los libros desempeñan entonces para él un papel análogo al de los psicoterapeutas para ciertos neurasténicos. Se sabe que, en ciertas dolencias del sistema nervioso, el enfermo, sin que ninguno de sus órganos esté afectado en sí mismo, se encuentra varado en una especie de imposibilidad de tener voluntad, como en una zanja profunda de la que no puede salir solo, y en la que acabaría por marchitarse, si no le tendieran una mano potente y caritativa. Su cerebro, sus piernas, sus pulmones, su estómago están intactos, no tiene ninguna incapacidad real para trabajar, para caminar, para exponerse al frío, para comer. Pero esas acciones diferentes, que sería muy capaz de realizar, es incapaz de quererlas. Y una decadencia orgánica que acabaría por ser el equivalente de las enfermedades que no tiene sería la consecuencia irremediable de la inercia de su voluntad, si no le viniera el impulso que no puede encontrar dentro de sí del exterior, de un médico que ejercerá la voluntad en su lugar, hasta el día en que sus diversos poderes orgánicos sean reeducados. Ahora bien, existen ciertos espíritus a los que se podría comparar con estos enfermos, y a los que una especie de pereza o de frivolidad impide descender espontáneamente a las regiones profundas de sí mismos en las que comienza la verdadera vida del espíritu. No es sino cuando se les ha llevado hasta allí que pueden descubrir y explorar en ellas verdaderas riquezas, pero, de no ser por esa intervención extraña, viven en la superficie en un perpetuo olvido de sí mismos, en una especie de pasividad que los convierte en juguetes de todos los placeres, los disminuye a la altura de quienes los rodean y los agitan y, tal como aquel caballero que, tras haber compartido, desde su infancia, la vida de los bandoleros de caminos, no recordaba su nombre por haber dejado por tanto tiempo de usarlo, acabarían por abolir en ellos cualquier sentimiento y cualquier recuerdo de su vida espiritual, si no viniera un impulso externo a reintroducirlos, en cierta manera, por la fuerza en la vida del espíritu, donde recuperan de pronto la fuerza para pensar y crear. Y bien, este impulso que el espíritu perezoso no puede encontrar en sí mismo y que debe venirle de alguien más, está claro que debe recibirlo en el seno de la soledad, fuera de la cual, lo hemos visto, no puede producirse esta actividad creadora que se trata justamente de resucitar en él. De la pura soledad no podría sacar nada el espíritu perezoso, puesto que es incapaz por sí mismo de poner en acción su actividad creadora. Pero ni la conversación más elevada, ni los consejos más urgentes le servirán de nada, puesto que no pueden producir directamente esa actividad original. Lo que hace falta pues, es una intervención que, al tiempo que proviene de otra persona, se produce en nuestro propio fondo, es efectivamente el impulse de otro espíritu, pero recibido en el seno de la soledad. Y vimos que eso era precisamente la definición de la lectura, y que no convenía más que a la lectura. Por tanto, la única disciplina que puede ejercer una influencia favorable en semejantes espíritus es la lectura: lo que estaba por demostrar, como dicen los geómetras. Pero ahí, una vez más, la lectura no actúa más que a modo de una incitación que en nada puede sustituir a nuestra actividad personal: se conforma con devolvernos el acceso a ella, del mismo modo en que, en las afecciones nerviosas de las que hablamos hace un momento, el psicoterapeuta no hace más que restituirle al enfermo la voluntad de hacer uso de su estómago, de sus piernas, de su cerebro, que permanecen intactos. Ya sea que todos los espíritus tomen parte en mayor o menor grado en esta pereza, en este estancamiento en los niveles inferiores, aun sin serle necesaria, la exaltación que se deriva de ciertas lecturas puede tener una influencia propicia en el trabajo personal. Se cuenta que más de un escritor gustaba de leer una buena página antes de ponerse a trabajar. Rara vez Emerson empezaba a escribir sin haber leído una página de Platón. Y Dante no es el único poeta al que haya conducido Virgilio hasta la entrada del paraíso.1

¡Qué felicidad encontrar un texto tan sencillo y pertinente como éste! No es casualidad que ese texto emane del autor de En busca del tiempo perdido, puesto que la dimensión fundamental que subyace en todas sus reflexiones es el tiempo. El tiempo o —término más filosófico, que deja sentir mejor el proceso dinámico del despliegue del tiempo— la temporalidad es el núcleo de la biblioterapia. Toda la obra de Proust puede considerarse como “una pequeña fábrica de tiempo” por medio de la narración, la escritura y la lectura.

Advenimiento del tiempo, fabricación del tiempo, encuentro entre el ser humano y el tiempo gracias al relato. He ahí la hipótesis de base de toda la reflexión biblioterapéutica, hipótesis que fue admirablemente formulada, comentada y desarrollada en la obra de Paul Ricoeur, y en particular en su trilogía Temps et Récit2 [Tiempo y relato]. Ahí replantea de forma sistemática la cuestión que se encuentra textualmente en Aristóteles, san Agustín, Kant, Husserl y Heidegger: ¿qué es el tiempo?3 A resultas del fracasode la filosofía o de la fenomenología, desde san Agustín hasta Heidegger, para conceptualizar el tiempo en forma satisfactoria, Ricoeur propone una nueva vía para intentar resolver esa cuestión. “El título —Tiempo y relato—, por su sencillez y su estructura, está demasiado emparentado con el título El ser y el tiempo de Heidegger, como para no aparecer como su continuación o su réplica”.4

La respuesta de Ricoeur puede formularse de la siguiente manera: el fracaso de una filosofía del tiempo es inherente a la naturaleza misma del tiempo. El tiempo no se deja conceptualizar. El tiempo inapresable es un reto para el pensamiento. “Ahora bien, ese reto, ya no es la filosofía, que parece haber agotado sus posibilidades, sino el relato, el que responderá a él”.5 Tesis fundamental: “El tiempo se convierte en tiempo humano en la medida en que está articulado en forma narrativa. A cambio de ello, el relato es significativo en la medida en que dibuje los rasgos de la experiencia temporal”.6

Así pues, existe una circularidad entre la narratividad y la temporalidad, que no es un círculo vicioso, sino un círculo “sano”, que va a hacer posible una forma de “comportarse” mejor. Gracias al relato, el tiempo sale de la filosofía para entrar en la vida… “El relato alcanza su pleno significado cuando se vuelve una condición de la escritura temporal”.7

Es importante distinguir entre tres modalidades de relación del hombre con el tiempo:

• pensar el tiempo: tiempo conceptualizado;

• ser consciente del tiempo: tiempo experimentado;

• vivir el tiempo: tiempo vivido.

Estas tres modalidades de relación con el tiempo no son tres tipos de actitud distintos respecto al mismo tiempo único, sino tres acontecimientos enteramente diferentes en sus estructuras ontológicas. Se trata, en efecto, de realidades netamente diferenciadas aun cuando tienen como único nombre común “el tiempo”.8

Aun cuando Tiempo y relato es una reflexión teórica sobre el tiempo y por ello pertenece ante todo a “pensar el tiempo” y a “ser consciente del tiempo”, la biblioterapia, cimentada en los efectos del relato, pertenece sin duda alguna al ámbito del tiempo vivido:

El tiempo vivido se distingue del tiempo experimentado en el sentido de que en el tiempo vivido el tiempo mismo no se convierte necesariamente en el contenido de la experiencia de la conciencia. Dicho de otra forma, en este último caso el tiempo no está necesariamente constituido noemáticamente en cuanto objeto de la intencionalidad. En el tiempo vivido, son todos los elementos que constituyen la vida los que entran en el campo de la conciencia, sin que necesariamente la temporalidad aparezca en ellos como tal.

***

Volvamos a Proust.

En el texto que citamos antes, la palabra “tiempo” no aparece ni una sola vez, tiempo desaparecido al mismo tiempo que la voluntad, “en que el hombre se encuentra varado en una especie de imposibilidad de tener voluntad, como en una zanjaprofunda”.9 El cuerpo está intacto: “ninguna incapacidad real para trabajar, para caminar, para exponerse al frío, para comer. Pero esas acciones diferentes, que sería muy capaz de realizar, es incapaz de quererlas”.10 Tenemos aquí una descripción de “ese malestar extraño al que se llama depresión”.11

En el centro de la sintomatología: fatiga, impotencia, hastío, pero sobre todo rarefacción, y luego desaparición del deseo… De lo que se trata aquí es de una atrofia central de la capacidad de desear. Todo es afectado, la libido, claro está, el apetito, la curiosidad intelectual, la misma voluntad de querer. También desaparece la capacidad de sentir el placer: el anhedonismo. De todo ello resulta una verdadera anestesia en relación con todo lo existente, la cual puede llevar a una extrema dificultad, incluso a la imposibilidad del hacer.

¿El deprimido está estancado en la inacción? En los estados graves, se observa un estupor total. Esas situaciones van acompañadas de baja autoestima, de acumulación de pensamientos desvalorizantes respecto a la salud, las cualidades humanas y profesionales…12 Pero el síntoma primordial de la depresión es una perturbación de la percepción del tiempo, de la facultad de anticipar.13

Estancamiento temporal, callejón sin salida temporal y cerrazón espacial. El mundo se encierra en sí mismo en un universo estanco, sin horizonte alguno. “En relación con el tiempo, el deprimido es un hombre maniatado, condenado a la repetición de los mismos pensamientos dolorosos y desvalorizantes”.14 “La anticipación es el movimiento mediante el cual elhombre se transporta con todo su ser más allá del presente, a un porvenir, próximo o lejano, que es esencialmente su futuro”. La depresión es, en cierta forma, una “amputación del futuro”.15

Es interesante e importante observar que no hay futuro sin pasado, ni esperanza sin memoria. Esta observación nos permitirá entender mejor el papel de ciertas lecturas. Las enfermedades del alma son enfermedades del tiempo, cronopatologías a las que debe responder una cronoterapia.

Para Proust, es en estos casos de depresión espiritual donde “la lectura puede convertirse en una especie de disciplina curativa…”.16 No se trata de un fenómeno milagroso, sino “de un estímulo que no puede en absoluto sustituir a nuestra actividad personal; tiene que contentarse con devolvernos su uso […] restituir al enfermo la voluntad de servirse de su estómago, de sus piernas o de su cerebro que estaban sanos…”.17

La lectura no sólo hace que uno salga de la depresión, sino que podrá, en diferentes modalidades, hacer posible una reinserción en una temporalidad armónica en la que el futuro extrae su fuerza del pasado y en que la memoria le da alas a la esperanza.


1 M. Proust, Sur la lecture, Actes Sud, 1985, pp. 34-37. Las cursivas son mías.

2 Paul Ricoeur, Temps et récit, op. cit. Tres tomos: I: Temps et Récit, 1983; II: La configuration du temps dans le récit de la fiction, 1984; III: Le temps raconté, 1985.Citamos a partir de ahora: TR I, TR II, TR III. Dos libros complementan estareflexión: Du texte à l’action. Essais d’herméneutique II, Seuil, 1986; Soi-même comme un autre, Seuil, 1990. Algunos artículos respecto a esta problemáticade Tiempo y relato se encuentran en Lectures II. La contrée des philosophes, Seuil,1992. Hay cuatro volúmenes dedicados a ese tema de Tiempo y relato, con artículosimportantes del propio Ricoeur. Un número de la revista Esprit, “Paul Ricoeur”, 1988; “Temps et Récitsde Paul Ricoeur en débat, Cerf, col. Procope, 1990; el núm. 11 de la revista Études phénoménologiques, “Paul Ricoeur: temporalité et narrativité”, Ousia, 1990; el coloquio de Cerisyde 1988, publicado bajo el título, Paul Ricoeur, les métaphores de la raison heméneutique, Cerf, 1991.

3 TR III, p. 144.

4 Jean Grondin, “L’herméneutique positive de P. Ricoeur”, en “Temps et Récit” en débat, op. cit., p. 127.

5 Ibid., p. 130.

6 TR I, p. 17.

7 Ibid., p. 85.

8 En Écrits de psychopathologie phénoménologique, PUF, 1992, Kimura Bin insiste en la distinción entre tiempo vivido (vivir el tiempo) y tiempo experimentado (ser consciente del tiempo), pp. 47 y ss. Agregaremos a esa distinción el tiempo conceptualizado y filosófico (pensar el tiempo).

9 Ibid., p. 48.

10 M. Proust, Sur la lecture, op. cit., p. 34.

11 Ibid., p. 35.

12 Idem.

13 Título de un artículo de Y. Pélicier, L’Anticipation, clé du temps du déprimé, Euthérapie, 1991, pp. 6 y ss.

14 Ibid., p. 12.

15 J. Sutter, “L’anticipation dans l’impasse dépressive”, art. cit., pp. 22 y ss.

16 M. Proust, Sur la lecture, op. cit., p. 34.

17 Ibid., p. 37.

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Publicado en: Ciudad de libros, Fragmentos