“La simulación se abre, pues, con la liquidación de todos los referentes, peor aún: con su resurrección artificial en los sistemas de signos, material más dúctil que el sentido (…)”
Jean Baudrillard

Simulacro. Un título ambiguo que intriga. ¿Qué es simular? ¿Es fingir, es ocultar, es mentir? Una simulación aparenta algo que no es y sin embargo, por un momento breve, nos confunde, nos hace dudar y nos muestra algo que parece ser. El simulacro cuestiona y empuja el límite de lo verdadero a lo falso, de lo real a lo imaginario. Y no sólo eso, sino que expone, desborda los límites, agrede y confronta aquellos conceptos establecidos con nuevas nociones y criterios. La realidad se pone en tela de juicio. Ahora tenemos realidades —cada una tan válida como la otra. No hay falsedad, hay verdades. Hay coyunturas, hay retos, hay preguntas. Entramos al mundo de las posibilidades. La Galería Ethra presta sus salas y hasta el 25 de agosto se convierte en ese mundo, en un terreno de juego y de enfrentamientos en donde siete artistas experimentan y cuestionan conceptos filosóficos y artísticos que nos permiten marearnos en un sinfín de propuestas sobre el arte y el quehacer artístico.

Los muros de la galería presentan diversas piezas que abarcan pinturas, collages, instalaciones y fotografías. No hay cédulas que indiquen el título o el autor de las  obras; en la habitación sólo están las piezas y quienes las miramos. Un serrucho, figuras geométricas de madera, contenedores de lámina, tierra, tela, pelusa, recortes, bolsas de papel y de plástico, un banco de madera, un par de zapatos. ¡Cuántas cosas!

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Transiberiano I, Patricia Álvarez. Galería Ethra.

Los objetos son pequeños fragmentos de realidad, pues se encuentran insertos en ella, son referencias que dan cuenta de la cotidianidad. Como los recortes de bolsas de papel con marcas de diversos productos de la serie de Emilia Sandoval Celdillas o los Contenedores de Mario Cervantes que son recipientes de láminas rellenos de tierra, flores, cera y semillas. Los miramos e inmediatamente identificamos su función, su contexto y su utilidad. Pero, ¿qué pasa cuando los sacamos de esa zona lógica y los reinsertamos en otro lugar? ¿Qué ocurre cuando Roberto Turnbull enmarca pelusa y la titula Mapa? ¿O cuando Patricia Álvarez interviene esfuminos, los reacomoda y luego y los titula Transiberiano? Dichos objetos ya no son lo que eran, dejan de representar aquello y adquieren nuevos significados sujetos a distintas miradas e interpretaciones.

Marcel Duchamp (1887-1968), desafió el estatuto de arte y colocó un objeto (La fuente, 1917) sobre un pedestal, dentro de los muros de un lugar consagrado. Este gesto irreverente, aunque humorístico, abrió la puerta a un nuevo arte en donde elementos de la realidad cotidiana, los llamados ready-made, adquirieron un nuevo significado y se introdujeron en el mundo artístico. Man Ray (1890-1976)  y Francis Picabia (1879-1953), contemporáneos de Duchamp, también utilizaron objetos cotidianos como medio artístico; el primero desde los veinte hasta principios de la década de los setenta, y el segundo hasta principios de los cincuenta. Durante las últimas dos décadas del siglo pasado hubo una tendencia hacia recuperar el arte-objeto como un medio de expresión y de experimentación artística. No olvidemos la Caja de zapatos vacía que presentó Gabriel Orozco en la Bienal de Venecia en 1993.

El arte-objeto ha tenido una trayectoria casi ininterrumpida desde Marcel Duchamp hasta la actualidad. El rompimiento de los límites categóricos sigue siendo una preocupación en el ámbito artístico-intelectual. Todavía el objeto como tema tiene que desdibujar los límites de la representación y se introduce en un terreno de juego y de posibilidades, y es así como entra en la esfera del simulacro. En la galería nos enfrentamos a un serrucho que no corta árboles sino que dibuja paredes; una bolsa que no contiene objetos sino que ilustra colmenas; una silla que no sirve para sentarse sino para mirar. Un objeto que aparenta pero que no es. Éste es despojado de todo su uso y se convierte en la imagen del objeto —y eso habla sobre otra realidad, otra existencia y materialidad. Las imágenes y los objetos son identificados como signos de lo real, y al presentarse dentro de los muros de una galería se re-significan, pues no sólo adquieren una jerarquía de arte-objeto, sino que retan al público a ser mirados de formas interminables. Invitan a una experiencia a veces divertida, otras veces provocadora, pero siempre reflexiva, en donde el limite ya no existe. Si no hay límite, tampoco hay condiciones. Entonces ¿qué hay? Hay juego, hay desplazamientos, hay riesgos, hay interpretaciones.

La propuesta curatorial de Ethra ofrece un campo de reflexión. El humor y el sarcasmo son elementos que se presentan en el aparente sinsentido de la exposición. Aparente, pues el desorden, la falta de articulación entre una pieza y otra, las obras de los artistas regadas por doquier y el contaste entre ellas, no es una falta de curaduría, sino la intención de la misma. Si el concepto de simulacro pretende desdibujar los límites del quehacer artístico, ¿qué mejor papel puede desempeñar un curador que el de empujar las fronteras curatoriales? Si bien los curadores suelen ordenar, guiar y construir el discurso de una exposición, Ethra busca hacer lo contrario. Lejos de encaminarnos por la exhibición, los curadores nos pierden y nos confunden. Ellos nos presentan el no-camino, el no-método, la no-lógica y los no-grupos. El recorrido acertado es el que cada espectador decide transitar. Los muros de Ethra sirven, simplemente, para sostener algunos los objetos, pues otros cuantos hasta se escapan de las salas. La instalación de Mauricio Cervantes al fondo del patio, o el Fósil de Adán Paredes a la orilla de la sala; La nube de Magallanes de Patricia Álvarez sobre la ventana; Mondrian nevado con figuritas de Brueghel aislado en la escalera. Es un hermoso caos en un espacio dislocado en donde los materiales utilizados en las obras son tan variados y exóticos como los lugares en donde se aprecian.

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Edificio, Roberto Turnbull. Galería Ethra.

Si Simulacro busca expandir las posibilidades, ¿por qué limitarse a una sola mente creadora? Ethra propone una imposibilidad de limites conceptuales y curatoriales, y también en términos de quién es el artista y qué puede hacer. Los artistas seleccionados por la galería son variados tanto en su formación académica como en sus trayectorias como artistas. Diseño textil, fotografías, procesos físicos y químicos se convierten en metáforas y éstas en lenguaje artístico. A partir de esa libertad vemos las diferentes percepciones y argumentos que surgen de una sola palabra —simulacro— y de siete mentes. La creatividad, la rebeldía y el descaro de los artistas se complementan cuando nosotros interactuamos con las obras y generamos diálogos, burlas y preguntas, pero sobre todo cuando interpretamos con atrevimiento.

Galería Ethra comenzó en 2008 y se ha mantenido como una de las galerías más importantes sobre arte contemporáneo en México. Ethra posibilita la comercialización de piezas artísticas y se ha colocado como un espacio de exhibición para  posicionamiento de artistas. Ethra busca ser innovadora y experimental, y presenta propuestas sólidas. Sin duda, quien visite Simulacro se llevará consigo una experiencia confusa: enriquecedora y novedosa en el recorrido caótico. Encontrará que el arte no tiene límites y que, si los tiene, habrá que empujarlos hasta un nuevo horizonte. Hallará que la miradas son diversas, que las realidades son muchas. Se dará cuenta de que las mentiras y el descaro se convirtieron en posibilidades. Descubrirá  que el desorden y el sin-sentido también significan. Simulacro es una exhibición cargada de sarcasmo, humor y reflexiones.