El modernismo occidental contiene en sí la paradoja de estar basado en la idea de que el progreso de la humanidad reside en el dominio de la naturaleza a través de la cultura y de la ciencia. Exacerbada por la sensibilidad neoliberal, esta creencia también justifica la destrucción de la naturaleza en aras de la mejora, lo que ha llevado a una crisis medioambiental en todos sus sentidos. Pensando en la defensa del Espacio escultórico alojado en Ciudad Universitaria, en este texto Irmgard Emmelhainz se pregunta bajo qué principios se puede defender al patrimonio denominado por Silvia Federici, David Harvey, Michael Hardt y Toni Negri como “los comunes”, si al momento defender a la cultura como bastión universal de emancipación lo que hacemos es reafirmar la idea de dominación de la naturaleza. Según la autora, la defensa del Espacio escultórico se ha hecho desde una postura moral que denuncia la mala gestión del patrimonio por parte del sector público y lo piensa desde la mera superioridad estética. Para Emmelhainz es urgente configurar las luchas contra la “razón técnica” neoliberal y en defensa del bien común como cuestión política.
Uno de los problemas que plantea Jurgen Habermas en su ensayo, “Ciencia y técnica como ‘ideología’”, es que el sistema capitalista se mantiene al reproducir la salvaguardia ficticia de los privilegios de la población, basada en nociones de mejora, plenitud, sustentabilidad y autosuficiencia para los individuos y el colectivo. El Estado se da a la tarea de mantener la promesa de distribución de la riqueza en aras de plenitud para todos, y esa promesa tiene el poder de trascender los intereses particulares, especialmente los intereses de clase.1 En el mismo ensayo, Habermas analiza el término de Herbert Marcuse, “razón técnica”, el cual considera como una forma de ideología y otra de las herramientas que usa el sistema capitalista para mantenerse, a través de lo que describe como la “implantación de la acción racional con respecto a fines”.2 Para Habermas, esta herramienta se impone como una forma invisible de dominio político sustentada en la utilización adecuada de tecnologías para formar sistemas de organización. Implica emplear la técnica para dominar tanto a la naturaleza como a la sociedad, y es la forma de ideología inherente a las sociedades capitalistas avanzadas que, a través de la tecnocracia, racionalizan al dominio para mantener y ampliar al aparato de poder. Bajo este marco, la legitimación del sistema capitalista apela a la creciente productividad a partir de la dominación de la naturaleza y de la sociedad, siempre bajo la promesa de proporcionar a los individuos vidas más cómodas y eficientes.

Fotografía: Eneas de Troya bajo licencia de Creative Commons.
El sistema del capitalismo neoliberal que se funda, mantiene y reproduce con la razón técnica, está basado en un modelo de acumulación por despojo, explotación y extractivismo, desigualdad sistémica, precariedad e individualización de los problemas colectivos. Este sistema ha traído destrucción medioambiental y social, calentamiento global, contaminación por emisiones de combustibles fósiles, deforestación y una división del mundo entre el urbano privilegiado, y lo que Naomi Klein denomina “zonas de sacrificio”3: comunidades cuyos “comunes” son expropiados y explotados, sus formas de sustentabilidad destruidas en nombre de la modernización, bienestar y desarrollo, al tiempo que la destrucción se justifica con la lógica de la razón técnica y resulta en sostener los privilegios de los habitantes de zonas urbanas.
Esta destrucción de las zonas de sacrificio está ligada al problema de la extinción del planeta y de la humanidad. Por eso, los retos políticos y sociales que encaramos hoy en día no implican solamente atacar elementos concretos de fenómenos ecológicos como la deforestación, megaproyectos de infraestructura, extracción de minerales, quema de combustibles fósiles, extracción de gas esquisto o la defensa del patrimonio cultural, sino que se hace imprescindible comenzar a socavar las bases occidentales del modernismo –las lógicas de progreso y emancipación tanto de la tecnología como de la cultura, la promesa de felicidad inherente al consumo, la dominación de la naturaleza y de la sociedad a través de la razón técnica– que subyacen a la producción capitalista y que aparentemente no tienen relación con la ecología pero que, de hecho, son las razones detrás de su devastación y de la normalización de dicha devastación.4 Pero es precisamente el asedio neoliberal a las formas de vida (y de ganarse la vida) la razón por la cual las luchas políticas se bifurcan y desconectan, cristalizándose en batallas medioambientales localizadas vueltas luchas identitarias, étnicas o culturales, y sin mayor potencialidad.
Por otro lado, hay que insistir en que la promesa de que la cultura, la tecnología y la ciencia emanciparán a la humanidad, está en juego. De acuerdo con Bruno Latour, el modernismo “lleva consigo mismo la idea de emancipación de un pasado arcaico, estancado y sofocante, por lo tanto, lo “moderno” es una forma de orientar la acción de acuerdo a una flecha de tiempo que distingue al pasado del futuro e implica una ruptura radical con el pasado.5 La ciencia y la cultura son las herramientas que se usan para paliar los efectos de esta ruptura con el pasado y de la destrucción que habilita al progreso.
Otro de los elementos de la mejora y el progreso es la crítica, en el sentido de crear nuevos híbridos y paradojas, proponiendo ir a otros lugares, encontrar otras formas de mirar al mundo y maneras alternas de comprender nuestra relación con el pasado.6 Con ella es que siguen persistiendo la serie de oposiciones que subyacen al modernismo: naturaleza/cultura, desarrollo/subdesarrollo, descercimiento/aceleracionismo, luchas de los pueblos originarios por el medio ambiente/capitalismo de extracción.
Mirando el panorama de las luchas políticas actuales, no dejo de preguntarme, ¿cuál sería un horizonte en común entre la lucha del pequeño ejido de Tenochtitlan en Ocampo, Coahuila, los indígenas de la isla de Lelu en British Columbia, el movimiento Gulf Labor que denuncia las condiciones de trabajo de los constructores de museos como el Guggenheim en Abu Dhabi, la Defensa del Espacio escultórico en Ciudad Universitaria?
Con esta última se pueden desgranar algunas de las contradicciones que permean en estas luchas. Como todos los mencionados arriba, es un ejemplo de confrontación con la ideología de la razón técnica, pero en el caso específico del Espacio escultórico, se confronta ésta con la afirmación de la iluminación estética y cultural.
Se considera al Espacio escultórico como la intervención de tipo land art más importante de América Latina. Fue construido en 1979 por seis artistas (Federico Silva, Manuel Felguérez, Helen Escobedo, Herúsa, Sebastián, Mathias Goeritz y Roberto Acuña). Para el evento de la inauguración del Espacio, los artistas escribieron un manifiesto en el que declaraban querer hermanar lo prehispánico con lo moderno. La idea detrás del enorme círculo hecho con 64 pirámides rodeando un mar de lava de 2000 años de edad es ser una representación del espacio cósmico del mundo prehispánico que apela también a la sensibilidad estética que supuestamente comparten todos los pueblos y las etnias. En el contexto de replantearse la relación del hombre con la ciudad, y de una concepción del arte como “instrumento cultural transformador por vía de la sensibilidad”, en un lugar que no se define por su valor utilitario sino por ser uno de mera contemplación, el Espacio escultórico encarna una parte fundamental de los valores modernistas. A su centro, se colocó una placa de metal con el siguiente poema de José Vasconcelos:
Al crear el hombre un jardín, de
hecho separa lo bello de lo útil, en
el tránsito del grano a la rosa hay
el mismo salto que de la marcha a
la danza y de la representación
imaginada al dibujo que la plasma
El poema alude justamente a la transformación de la naturaleza en cultura en manos del hombre, el desinterés en el que se basa la experiencia estética y al aspecto mimético del arte moderno.
La lucha para salvar al Espacio escultórico reside en el hecho que hace pocos años, bajo la administración del rector José Narro Robles, se aprobó el proyecto de construcción del edificio “H” de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM: ocho pisos para albergar posgrados de Antropología y Sociología. A pesar de la manifiesta oposición de alumnos y maestros de la universidad, el edificio se construyó alterando irremediablemente el paisaje del Espacio escultórico. Para muchos arquitectos, estudiantes, artistas y productores culturales, el edificio “H” viola la belleza y el silencio que brinda el Espacio escultórico. Ya que la obra incorpora al paisaje, el horizonte es crucial en su apreciación y por eso, la aparición del edificio “H” fue un error de las autoridades de la UNAM, ya que demuestra su falta de compromiso con la intención original y por lo tanto, con el valor estético de la obra. Sin embargo, los detractores plantean que el error se puede corregir fácilmente: la estructura metálica y paredes prefabricadas del edificio hacen que sea fácil y barato de desmontar y de reubicar la estructura. Artistas internacionales y locales incluso han manifestado estar dispuestos a asumir los gastos de la solución subastando obra propia –entre ellos Anish Kapoor, quien acaba de inaugurar una retrospectiva en el MUAC.
Por su parte, las autoridades universitarias han aceptado el “error” de haber dañado al paisaje. Sin embargo, rechazaron la propuesta de los detractores ya que buscan remediar el problema analizando otras opciones, no desmantelando y reubicando los cuatro pisos superiores, sino buscando camuflar la construcción ya que, según ellos, el edificio “H” no rompe con ninguna regulación. Sin embargo, cubrir la construcción sería una solución cosmética que no respeta la intención de la obra, y lo que busca “Salvemos al Espacio escultórico”, es precisamente la recuperación el espíritu poético del Espacio, su cualidad de ser un LUGAR de paz, silencio y contemplación. Por eso, los detractores acusan a las autoridades de no haber “pensado en el impacto de sus decisiones”, planteando al error como un problema moral de descuido del patrimonio (que se considera ser una de las tareas fundamentales de la universidad pública), una violación a la integridad estética de la obra, y una amenaza a la democracia: “Tal vez éste sea el último espacio público y gratuito para la contemplación y la introspección” [democrático], dice Poniatowska en un artículo al respecto.
Evidentemente las acusaciones de los detractores son válidas; sin embargo, para mí lo que en realidad está en juego es la neoliberalización de la universidad pública, una tendencia global que en el caso de la UNAM se revela en el descuido sistemático del bien común en aras de hacerlo más eficiente y utilitario – con la construcción del edificio “H” y otros desarrollos recientes en la UNAM que indican su incipiente neoliberalización: el recorte de plazas de investigación, la contratación de profesores de tiempo parcial a sueldos irrisorios, la falta de inversión en cubrir necesidades básicas de la población estudiantil y en darse abasto con la demanda de plazas de los estudiantes, etc. Al mismo tiempo, el movimiento “Salvemos al Espacio escultórico” confronta dos puntos de vista: el de defensa de la cultura como bastión de la emancipación y de la democracia, contra el de la tecnocracia neoliberal.
Si para la élite cultivada y globalizada, productora de arte y cultura, el edificio “H” destruye el aspecto sagrado, la pureza de la contemplación del paisaje que brinda la escultura, es fácil imaginar la lógica detrás la construcción del edificio: el pragmatismo detrás de explotar y hacer eficientes y útiles los recursos espaciales de la universidad. En este caso, albergar nuevos posgrados y dar cabida a más estudiantes. En cierto sentido, la desfiguración del Espacio escultórico es como una metáfora de la destrucción de las humanidades en la academia en universidades alrededor del mundo: los departamentos de humanidades están siendo o desmantelados, incorporados a otros departamentos o se les está cortando el presupuesto, bajo la lógica de que dicha disciplina no tiene una vocación productiva, ya que las habilidades críticas que inculcan en realidad no son inútiles. Desde el punto de vista tecnocrático, el Espacio escultórico es un desperdicio. No está de más aquí recordar un caso similar: la construcción de la sede de su corporativo de Carlos Slim, la Torre Inbursa, en la zona arqueológica de Cuicuilco –irónicamente a escasos kilómetros del Espacio escultórico. Hace casi 20 años, antropólogos, arqueólogos y vecinos se unieron para defender el patrimonio cultural que representaba la pirámide y para exigir la suspensión del proyecto de Teodoro de González de León. Además de enfatizar el tema de la corrupción – en el cambio del uso de suelo, la concesión del gobierno de terrenos patrimonio cultural vendido a un particular que facilitó la construcción, se planteó el problema fundamental de la destrucción del núcleo ceremonial de la zona arqueológica. La solución que planteó el corporativo fue reducir la torre; al final, Slim “cedió” y construyó 7 de los 22 pisos originalmente proyectados. Supuestamente en diálogo con los detractores que denunciaban este caso también de contaminación visual, Slim materializó la “mejor solución estética pero no la económica”. Ambos casos son instancias de confrontación de la razón técnica, a partir a la acusación moral de ciudadanos consternados por salvaguardar al bien común.
En ambos casos lo que se plantea es la violación del patrimonio como un problema moral de gestión del bien común, pero no político. Esta discrepancia contiene implícita la aprobación tácita del esquema neoliberal de gobierno público-privado, que implica la ampliación de los sistemas de acción racional con respecto a fines, considerando al patrimonio como un recurso a ser administrado, en vez de ser una instancia de gestión democrática y autónoma de los comunes. Podría concluir con que la nuestras formas de saber y de ver – lo que llamo sentido común neoliberal –, parecen haberse vuelto cómplices de la materialización de la potencial extinción del planeta (que aquí se manifiesta en la impune destrucción del patrimonio). El modernismo, al tiempo que contiene las semillas para la emancipación universal a través de herramientas como la crítica negativa, la universalidad, la auto-reflexividad, la ciencia, la cultura y el conocimiento, contiene también los elementos para su propia destrucción, basado en la relación de instrumentalización, destrucción y dominio de la naturaleza y de las sociedades que he descrito arriba.
Pensando en la manera tecnocrática de la UNAM de ‘gestionar’ el descontento ante la desfiguración del Espacio escultórico, se hace evidente la urgencia de organizar luchas política en conjunto contra el sentido común derivado de la ideología de la razón técnica, del conocimiento aplicado que define, ordena y calcula al mundo en nombre de la eficiencia y progreso. De otra manera, y a menos de que se descolonicen e incorporen conciencia de sus contradicciones, las luchas basadas en la moralidad seguirán legitimando el dominio neoliberal y disociándose unas de otras, reflejando el agotamiento de la izquierda (masculina) occidental. En esta época de guerra permanente, de asesinato de varias especies, de genocidios, de urgencia ante el cambio climático y del planeta sufriendo transformaciones sistémicas, se necesita construir un mundo más vivible en aras de la gestión autónoma del bien común, a través de un proyecto colectivo hecho de conexiones parciales y lleno de contradicciones, teniendo en cuenta la urgencia de reducir al consumo y proponer soluciones a la injusticia social, basado en la idea del “buen vivir” para todos. Para organizar luchas duraderas, se requiere un cambio de consciencia radical del colectivo que tal vez tarde varias generaciones en lograrse, sobre todo desde la perspectiva de la descolonización y la revalorización de las epistemologías no-occidentales ––aunque ante la irreversibilidad de los efectos del cambio climático sea urgentísimo imaginar otras formas de vivir y existir en el planeta.
1 Una versión de este ensayo fue presentada en la Galería SBC el 7 de abril de 2016 en Montreal, Canadá. Agradezco a Pip Day y a su equipo de la galería junto con Claudine Hubert y la gente de Oboro, quienes facilitaron mi investigación dentro del marco de una residencia de investigación. Agradezco también las discusiones con mis alumnos de La Esmeralda del curso de primavera 2016: “Antropoceno, Descolonización y Comunalidad”.
Jurgen Habermas, Ciencia y técnica como “ideología” (Madrid: Editorial Tecnos, 1984/2013), p. 94.
2 Ibíd., p. 54.
3 Ver: Naomi Klein, Esto lo cambia todo: el capitalismo contra el clima (Madrid: Paidós Ibérica, 2015).
4 Daniel Hartley, “Against the Anthropocene” disponible en red: http://www.versobooks.com/blogs/2364-against-the-anthropocene
5 In Fifty Shades of Green
6 Jacob Wren, Polyamorous Love Song (Toronto: BookThug, 2014), p. 43.