Buscar tender puentes entre, y dentro, de nuestras comunidades segregadas no es tarea fácil. Todavía menos hacerlo mediante el cuerpo vulnerable y olvidado. Por eso hay que acercarse a la búsqueda que empezó en Xalapa el Festival Internacional Cuatro X Cuatro de Arte escénico contemporáneo hace años, y que se sostiene pese a las dificultades que ha implicado inscribir a este esfuerzo en territorios que son hostiles para las preguntas, los afectos comunitarios y los cuerpos.

La octava edición del 4×4 tendrá lugar en la Ciudad de México esta semana, del 5 al 12 de junio, después de varios días en un entorno tan radicalmente distinto como es San Cristóbal de las Casas. Este festival busca pensar a la coreografía, más que solamente exponerla, y lo hace incitando a los creadores y artistas a pensar en su práctica y en los contextos que la producen, como explica Shantí Vera, el director del festival. Por eso, la pregunta sobre la experiencia en Chiapas es inminente. Tenían miedo de que las piezas más experimentales fueran mal recibidas pero lo cierto es que se han acogido de manera más directa, dice Vera. Los espectadores “se relacionan de forma más corporal y menos crítica”, como quizás vaya a ser el caso de la Ciudad de México, tan llena de “etiquetas a priori” y con la latente impresión de que ya lo ha visto todo. En San Cristobal los asistentes tenían la disposición de verse reflejados.
El festival empezó con ganas de abrir un espacio en donde no lo había, para exponer lo que sucedía en el mundo de las artes escénicas. Esta labor auténticamente creativa se reconoce en gran parte de la carrera de Nadia Vera, hermana de Shantí y un eslabón fundamental en un grupo reconocible por el carácter que le han dado al festival y a otros espacios circundantes. El primer eje de reflexión de esta edición del festival es justamente la memoria, en honor a Nadia y a una vida dedicada a la promoción de la cultura y las artes.“Mi hermana creía firmemente en que las artes escénicas tienen un poder de transformación política, con este festival queremos recordar todo lo que conversamos con ella y gracias a ella. Rescatar su inteligencia, exponer ese deseo de difusión a las artes escénicas”. Los involucrados en el festival, tanto en la producción como en el escenario, están por Nadia y participan del homenaje que este año les hace éste, y todo lo que sea capaz de generar, a ella, a Ruben Espinosa y a las ideas y prácticas de ambos.
A la memoria, como tantas veces, la acompañan inevitablemente los conceptos de migración, exilio y refugio. Éstos también están presentes en este festival, y Vera los explica diciendo que el refugio se debe a su necesidad de buscar un espacio que los cobijara en estos tiempos difíciles, el exilio porque no quieren regresar a Xalapa –a la cual “si bien siempre habíamos percibido como hostil a las ideas nuevas, ahora con la violencia se ha vuelto auténticamente hostil.” La migración quizás sea menos eludible, “constantemente migramos” recuerda. “Nos estamos desplazando desde muchos lugares, y nos hacemos auténticamente la pregunta de ‘¿en dónde queremos habitar?’”. No es tan evidente imaginar las respuestas que puede dar la danza a las inquietudes que detonan estos conceptos. Es inevitable recurrir a otros y “habitarlos desde su ambigüedad”, dice el director. Esas cuatro palabras soportan una búsqueda más grande: con las propuestas de los participantes, de los talleres y laboratorios colectivos como el de “Ilegal” de Esthel Vogrig y Shantí Vera, en donde se reflexiona sobre cuerpos, definiciones y funciones y que tuvo lugar en el Cerro de Huitepec con el apoyo del Centro Cultural José López Arévolo. Lo que pase en las funciones por supuesto también es fundamental.
En esta edición participan diversos artistas nacionales e internacionales, “coreógrafos inquietos, arrebatados, capaces de pararse de cabeza”, a los que los unen las ganas de pensar sobre lo que hacen y de tender puentes. Están Alma Quintana y Lutz Bauman que piensan al cuerpo humano como elemento material e inmaterial, Rodrigo Angoitia de la Facultad de Danza de la Universidad Veracruzana que presenta “Frágil”, Daniel García que trabaja en la construcción de “pedagogías para el desarrollo de laboratorios performáticos y coreográficos” desde San Cristóbal de las Casas, así como el proyecto escénico Quiatora Monorriel de Sonora que presenta doce obras coreográficas a modo de maqueta sonora. Por otro lado, los artistas internacionales son: la investigadora, creadora y bailarina Lucía Naser de Uruguay, Vladimir Rodríguez de Colombia que presenta “Yo, profero”, Paz Rojo y Emilio Tomé de España tienen una pieza que piensa al movimiento como gesto interruptor y Nicolás Poggi, de Argentina, presenta “al monstruo que tenemos dentro a veces”, todos. Se trata de creadores que les parecieron interesantes a los organizadores “con sus certezas y dudas”, y que en su mayoría crearon piezas explícitamente para el festival, para México y para Nadia. Creaciones para el contexto del contexto, de alguna manera.
El resultado ha sido un espacio emergente y vital, cuenta Vera. No hay tensiones entre los creadores más experimentados y los menos, sino que todos están en el ánimo de dialogar a partir de sus experiencia individuales. “El colectivo que se está generando quizás sea fugaz, pero logra hablar de manera transversal”. Y efectivamente, el 4×4 y sus muchos excedentes no pretenden colonizar nada, sino simplemente plantarse frente a su gremio y hacerse las preguntas más cotidianas. Como siempre, las más incisivas también. Frente a la pregunta sobre qué es lo más urgente dentro del mundo de la danza nacional hoy, y entre la comunidad artística en general, Vera dice que debe dejar de estar ensimismada. “Tocar tierra, desplazarnos de nuestros lugares para reconfigurar espacios”. ¿Sensibilizarse y sensibilizar? “No sé si sensibilizar. Ser más bien coherentes, desplazarnos no como campaña, sino más bien como punto de encuentro”, asumiendo la multidirección que ello implica.
Los organizadores del Festival 4×4 creen que es urgentes crear espacios, y no sólo pelear por los que ya existen. De acuerdo con la impresión de que las artes tienen como función primordial la de transformar, el 4×4 reinventa su formato cada año. Los participantes se preguntan qué están haciendo y cada año piensan en cómo difundir lo que atraviesa a los cuerpos y sus mentes. El espectador puede participar lo mismo en la acción de “dislocarse y abrirse”, aunque tal vez tome asomarse a la orilla.