En mi niñez, allá por los ochenta, la primera vez que oí hablar de Detroit fue gracias a su equipo de basquetbol, los Pistones, entonces comandados por Isiah Thomas, hoy miembro del Salón de la Fama. Nunca me pregunté el porqué del mote. Años después comprendí que el apelativo obedecía a una de las piezas esenciales de los automotores y que por ello hacía las veces de sinécdoque de la industria automotriz, pilar del desarrollo económico de esa ciudad.
También pistones y demás engranajes son protagonistas de las primeras imágenes que apreciamos en la película Metrópolis (1926) de Fritz Lang, una distopía aún perteneciente al cine mudo.
En ella, el cineasta austriaco erige ante nosotros una no tan fantasiosa ciudad dividida verticalmente: abajo, en el subsuelo, la ciudad de los trabajadores, gente absorbida por sus interminables fatigas y cuya única función es alentar el funcionamiento de la maquinaria que permite el bienestar de los habitantes de la Metrópolis, ellos sí dedicados al goce de la vida en los llamados “jardines eternos” o en las festividades inagotables alimentadas por el ocio, habitantes de un paraíso artificial en cuyas entrañas se cocina la revuelta de los explotados. Con este marco es inevitable recordar a los eloi y morlocks imaginados por H. G. Wells en su novela de 1895 La máquina del tiempo, dos razas que representan las antípodas de una humanidad futura: mientras los segundos habitan las profundidades y han involucionado aproximándose más a las bestias, los primeros son sujetos delicados y frágiles bastante alejados de la materialidad de la vida. En ambos casos, la novela y el film hacen las veces de parábola de nuestra ya inquietante inequidad social: la aparente belleza y tranquilidad de la superficie oculta el horrible sacrificio que los desafortunados deben hacer para mantener una ilusa prosperidad.
Luis Buñuel[1] encontraba la historia contada en Metrópolis “trivial, pretenciosa, pedante y de un romanticismo trillado”. Su admiración se fincaba, en cambio, en los recursos técnicos desplegados por Lang: pensemos en la iluminación como herramienta narrativa, el uso de las perspectivas y en general el respeto a la imagen y su composición como esencia del lenguaje cinematográfico. Sin embargo, no todos poseemos la penetrante mirada del español y para muchos espectadores es la anécdota de la película la que resulta aún subyugante y vigorosa. En el caso de la ciudad de Detroit, parece resultar incluso profética.
El pasado julio, la ciudad se declaró en bancarrota, incapaz de hacer frente a unos pasivos que rondan los 20 mil millones de dólares. A diferencia de otros gobiernos nacionales o estatales o de decenas de instituciones bancarias o financieras en todo el mundo, la municipalidad no fue rescatada por las autoridades estatales o federales; ninguna institución tendió la mano a una ciudad en progresivo declive. El debilitamiento de su otrora poderosa industria automotriz no parece ser la única explicación al problema. En su sitio de internet, el ex secretario del trabajo en la administración Clinton Robert Reich subraya que la segregación económica, cada vez más patente en la sociedad estadounidense, ha contribuido en gran medida a la derrota de la ciudad: mientras Detroit se anega en deudas, los suburbios y zonas aledañas se encuentran entre las mas ricas del país. El vecino ha dejado morir al prójimo. Las pesadillas de Wells y de Lang se imponen así al sueño americano y terminan por configurar una advertencia que a juzgar por nuestra realidad parece mas un lamento ante lo inevitable: la solidaridad luce débil frente al embate de la explotación, cada día mas refinada.
Aún admirada a casi noventa años de su estreno, Metrópolis goza de una estima no menor entre cinéfilos de todas las edades. Como toda obra de valía, su permanencia en el gusto de generaciones obedece a que a pesar de su antigüedad tiene aun muchas cosas qué contar a los espectadores, como muchas pueden ser las lecturas que es capaz de admitir. Cierto, su mas directo mensaje (“el mediador entre la cabeza y las manos debe ser el corazón”) puede resultar pueril. Sin embargo, la madurez del libre mercado no ha hecho sino ahondar las diferencias entre unos pocos y los millones. Unas cuantas cabezas que sin mediador alguno han destinado a unas manos inacabables al abismo de la invisibilidad. Sin demasiados corazones a la vista, ¿cuántos Detroits nos esperan?
Erick López Serrano
[1] Luis Buñuel, “Metropolis,” Great Film Directors: A Critical Anthology, ed. Morris Dickstein Leo Braudy. Nueva York: Oxford University Press, 1978, p. 590.
