El mulá Abdul Aziz, de rostro serio, enmarcado por una larga barba blanca, camina en las inmediaciones de la Mezquita Roja en Islamabad, Pakistán, en el año 2009, rodeado por un séquito de guardias con su respectivo kaláshnikov bajo el brazo. Se dirige a predicar. Al llegar a la entrada, los fieles que lo esperan se postran ante él, como si fuera Alá mismo quien estuviera frente a ellos. Es ésta la primera secuencia que se observa en Entre los creyentes, documental dirigido por Hemal Triverdi y Mohamed Navqui, y que forma parte de la propuesta de la gira Ambulante 2016.

¿Cuál es la relación entre la fe y las armas o, en otros términos, entre la religión y el poder, entre lo espiritual y lo temporal? En Autoridad espiritual y poder temporal, René Guénon teoriza sobre la concepción del poder en las sociedades antiguas. En su origen, nos dice, el poder temporal, detentado por los guerreros, estaba subordinado por completo a la autoridad espiritual en manos de los sacerdotes. La razón era muy simple. Eran éstos los que conocían la «ciencia sagrada», los que podían leer los designios de los dioses en el cielo o en la naturaleza y, por tanto, transmitirlos a los gobernantes para el beneficio del reino o la comunidad. El rey tenía algo de ambos poderes, era en parte sacerdote, en parte mago. Aún así, dependía de la autoridad espiritual, la cual, en el caso de Occidente, siguió consagrando su poder hasta el ocaso del absolutismo.
Hay un momento de la historia, continúa Guénon, en que este orden se resquebraja y comienza a invertirse. Los guerreros se rebelan contra los sacerdotes y buscan fundar su poder en sí mismos. Para ello, sin embargo, habrán de apropiarse de los atributos de lo espiritual, vestirse con sus antiguos ropajes, elevarse al estatuto de lo sagrado.
Esta mezcla de lo espiritual y lo temporal es atestiguada por los tres grandes monoteísmos, pero sobre todo por el islam, el más reciente de ellos en términos históricos. Si en el judaísmo vemos ya la alianza directa de Dios con un pueblo terrenal, proclamada a través de sus grandes profetas, es decir, seres de carne y hueso a los que Dios ha decidido revelarles parte de sus designios, el cristianismo cristaliza la mezcla de ambos elementos al tener como centro al Cristo, el Dios que se ha hecho carne, de cuya doble naturaleza, divina y humana —espiritual y temporal—, se desprenderán toda una gama de disputas y ficciones teológicas que caracterizan los primeros siglos de nuestra era y de las que, a la larga, emergerá el Hombre como núcleo de la modernidad occidental.
El islam, por su parte, retomando la tradición profética de las anteriores, tiene como especificidad el Corán, concebido como la palabra de Dios revelada al profeta Mahoma, quien de esta forma confirma y concluye la misión de todos los profetas anteriores. Surge en la primera mitad del siglo VII, en una Arabia desgarrada por continuas disputas y hostilidades políticas entre tribus y clanes, así como fragmentada en lo religioso por la existencia de diferentes dioses paganos. El principal legado de Mahoma a través del islam, que literalmente significa «rendición, sumisión, entrega» a Dios, será —según Hans Kung en El islam. Historia, presente, futuro— la rápida unificación religiosa y política de los árabes, teniendo a la comunidad islámica o umma como centro, con sus prácticas religiosas distintivas: la confesión de fe en el Dios uno y en Mahoma como su profeta; el cumplimiento de la oración ritual, orientada hacia La Meca; la peregrinación anual a esta ciudad sagrada; el tributo social; y el ramadán o mes de ayuno. Y tras la unificación, la expansión de la umma a través de la conquista armada, basada en la vinculación de soberanía religiosa y poder político, y sustentada en el Corán y su precepto del combate a los infieles, sean éstos judíos, cristianos, judeocristianos o paganos: “Combatid a quienes no creen en Dios ni en el último día ni prohíben lo que Dios y su Enviado prohíben, a quienes no practican la religión de la verdad entre aquellos a quienes fue dado el Libro” (9,29-31). Cada triunfo militar, cada sometimiento, cada exterminio, será logrado en nombre de Dios y para salvación de los hombres, y visto como una confirmación de la autenticidad y supremacía de esta nueva religión.
Es así que, en tan sólo veinte años transcurridos desde la hégira, el islam como amalgama entre lo espiritual y lo temporal, desborda la península arábiga hasta dominar territorios tan importantes como Damasco, Jerusalén, Egipto, Persia y Cirenaica. La antigua comunidad se ha convertido en un Imperio. “Si no hubiera recurrido a la violencia —señala Kung—, Mahoma no habría podido desarrollar una política tan exitosa a largo plazo […] tenía que luchar con los mismos medios que el resto de tribus y grupos por una posición propia”. Para Mahoma —continúa—“religión y política se implicaban mutuamente, pues la esfera secular ha de ser configurada según objetivos fundamentales de carácter religioso”. Sólo en el siglo X, con el surgimiento de ulemas y sufíes como vías espirituales alternas del islam, y más tarde, con las reformas de Atatürk tras la Primera Guerra Mundial y el fin del Imperio Otomano, se pondrá en tela de juicio este modelo de Estado teocrático, cuyas instituciones políticas coinciden en esencia con las religiosas. Con el califa, en tanto representante de Dios, como cabeza.
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Como buen religioso, lo que hace Aziz es repetir el modelo del Profeta. Lucha por implantar la ley islámica en la esfera secular, pues ésta ha sido hecha por Dios y no por los hombres. El argumento del mulá no deja se ser interesante. “Las instituciones seculares han fracasado”, señala mientras se mete al bolsillo una parte del dinero recaudado entre los fieles. “Ello ha generado un vacío que tiene que ser llenado por alguien”, y ese alguien es la organización que él encabeza, que lleva el nombre de su sede, la Mezquita Roja, de la cual depende una amplia red de madrasas: escuelas en las que alrededor de diez mil niños de diferentes edades, unidos todos por su condición precaria, se dedican de sol a sol a memorizar el Corán, sin importar si entienden o no su significado, pues la gran mayoría no habla árabe. A cambio, la madrasa les ofrece alimento —una rebanada de pan al día, declara uno de los alumnos—, un sitio donde dormir, ropa y servicios médicos. Todo, según se observa en la película, de pésima calidad. Los niños, además, son sometidos a un régimen muy estricto, ante cuya mínima infracción son severamente castigados, golpeados incluso. “La forma en que los moldees ahora los forjará para toda la vida. Una vez que hayamos entrenado sus mentes, nunca cambiarán. Serán así hasta que mueran”, dice uno de los responsables de su educación. Lo que ahí les enseñan, sin embargo, es a odiar al otro, a aquel que no piensa como sus maestros o que no tiene las mismas creencias que les están inculcando a ellos. Al menos eso afirma Pervez Hoodbhoy, físico nuclear y matemático pakistaní que lleva ya algunos años haciendo activismo en contra del fundamentalismo religioso en su país, y que ve en las madrasas uno de los mayores peligros.
Resulta sobrecogedor y muy triste ver a todos esos niños sometidos a una dinámica tal. “Todo este esfuerzo valdrá la pena cuando muramos. Vamos a ir al cielo y vamos a usar una corona especial”, dice Talha, de unos ocho años de edad, quien tras un par de años en la madrasa se niega a regresar a casa, ante la insistencia de su padre. Y es peor aún ver que buena parte de estos niños están ahí porque sus familias no pueden mantenerlos, mucho menos mandarlos a la escuela. Dos dólares al día es el sueldo promedio de un jornalero en el pueblo de Zarina, una niña que escapó de la madrasa local y que ahora estudia en una escuela regular, que tendrá que cerrar sus puertas debido a las amenazas de los extremistas. A sus doce años deberá contraer matrimonio con un perfecto desconocido porque sus padres no pueden mantenerla a ella y a sus ocho hermanos. Aterra ver cómo estos hijos de la desolación no tienen opción, pues viven en un Estado incapaz de hacerse cargo de ellos y de su educación.
Las madrasas son, ciertamente, un semillero de “terroristas”, como los llamamos hoy, que a la larga alimentan las filas de los talibanes, del Ejército Islámico o de cualquier otra agrupación del mismo corte. El odio por el otro que les inculcan allí florece en todos estos niños porque en el fondo conecta con un odio hacia la vida, una vida llena de dificultades. ¿Quién no preferiría ir al cielo a seguir viviendo en un infierno como el que viven estos pequeños? ¿Cómo no abrazar aquello que nos puede dar consuelo en un mundo tan necesitado de esperanza como el nuestro? Lo que muestra la película de Triverdi y Navqui, así como otros trabajos periodísticos y de investigación que han abordado el tema —“Exporting jihad”, de George Packer, es un buen ejemplo—, es que en la base del terrorismo no está tanto la religión como la pobreza. Y que mientras ésta se siga agudizando, la llamada lucha contra el terrorismo seguirá siendo vana. “Una red terrorista no puede ser vencida con medios militares, sino sólo privándola de su suelo nutricio: la miseria social y la opresión de grandes capas de la población”, señala Kung. Lo mismo podríamos decir a propósito de la lucha contra el narcotráfico, que nos es tan familiar.
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Es justamente eso lo que intenta otro de los personajes del documental, Tariq, quien ha fundado una escuela secular para los niños de su pueblo e insiste a sus padres para que los lleven allí, de modo que cuando crezcan tengan otras formas de valerse por sí mismos. Tal es su forma de practicar la yihad, entendida como “esfuerzo” por perfeccionarse uno mismo ante Dios, como lucha contra los demonios propios. Lo que para los sufistas era la “gran misión”, en contraste con la “pequeña misión”, consistente en el combate a los infieles.
Por desgracia, en conexión perpetua con sus orígenes, al islam se le conoce más por esta segunda misión, la pequeña. Tras la caída del Imperio Otomano, el último gran bastión político-religioso del islam, se abrieron dos vías a éste. Por un lado la secular, impulsada por Atatürk en Turquía e inspirada en el modelo occidental de separación entre Iglesia y Estado, y que, por tanto, implicó el abandono de las prácticas e instituciones religiosas en el ámbito normativo y público en pro de las instituciones políticas —modelo, por cierto, que el presidente Erdogan está poniendo hoy en entredicho—. Y por el otro la vía islamista, que pone el acento en la ortodoxia religiosa y las prácticas cotidianas derivadas de ella, incluida la yihad en su vertiente violenta, cuyos ejemplos van desde el wahabismo árabe, vinculado con el nacimiento de Arabia Saudita como Estado, hasta el Estado Islámico, pasando por los Hermanos Musulmanes, Hamás, Al Qaeda, los talibanes y por supuesto la revolución islámica de Jomeini en Irán, que pueden ser concebidos como reacciones ante la perdida del asidero imperial, pero también ante lo que Kung llama “creaciones artificiales del imperialismo”, es decir, la división del vasto territorio musulmán en diversos Estados, zonas de influencia y territorios autónomos —Israel es la mejor muestra de ello—, bajo la lógica de sus intereses económicos y políticos, el petróleo por encima de todos, cuyos resultados han sido múltiples guerras, millones de muertos y desplazados, pobreza extrema para muchos habitantes de la zona.
La Mezquita Roja es, como la mayoría de estos grupos radicales, consecuencia de la política occidental. Si durante los ochenta Estados Unidos y Arabia Saudita, su gran aliado, le canalizan recursos, armas y entrenamiento para el combate a los “infieles” rusos, y el mismo Ronald Reagan, con su inolvidable sonrisa, saluda a sus miembros como héroes “luchadores por la libertad”, en los noventa le da la espalda, de modo que éstos comienzan a aliarse con Al Qaeda o los talibanes, creciendo en su radicalismo y violencia hasta enfrentarse directamente con el Estado, en el año 2007 cuando la mezquita es sitiada, dejando como saldo cientos de personas muertas, la mayoría estudiantes, incluidos el hijo, la madre y el hermano de Aziz, quien, ante estos hechos, señala: “Sacrificaría a cientos de mis hijos por Alá”. A sus hijos, pero no a él mismo. Él prefiere intentar huir de la mezquita debajo de una burka.
Entre los creyentes, en suma, nos sumerge en las turbulentas aguas del fundamentalismo islámico que, como tal, no está dispuesto a aceptar otra salida que la implantación de la sharía como fundamento de la vida social. Como en los orígenes, los nuevos fieles están dispuestos a hacer la guerra en nombre de Dios, a cometer asesinatos a pesar de que, como dice Tariq, “Alá dice que matar a una persona es como matar a toda la humanidad”. El Corán, en efecto, es también un impulso hacia la paz —“Si se inclinan a la paz, inclínate ante ella” (8,61)—, y exhorta a devolver bien por mal, de modo que el enemigo se convierta en amigo (41,33-35). No podemos esperar, sin embargo, que un buen día los extremistas den un milagroso giro al pacifismo. Eso no va a ocurrir porque, como hemos visto, el problema no es sólo religioso, es también político y económico. Va más allá de los creyentes. Algo se lograría si, como señala Kung, al menos se invirtieran “en reformas sociales las astronómicas sumas que se gastan en armas tanto en Occidente como en los países islámicos”. Llegar a este punto requiere de un cambio de mentalidad que hoy resulta más urgente que nunca. A esta transformación, que debe partir de una crítica profunda y bien planteada, responden, a mi juicio, tanto el documental comentado como la gira de la que forma parte.