Cuando terminé de leer Pájaros en la boca (2010), de Samatha Schweblin, lo primero que hice fue googlearla y encontrar que sólo había otro libro suyo editado en México: la novela Distancia de rescate (2015) Cuando terminé ése, la googlé de nuevo y busqué frenéticamente en la red cada extracto posible, por mínimo que fuera, de su otro libro de cuentos, El núcleo del disturbio (2002). Claramente, estaba un poco obsesionado.

Fotografía de Alejandra López.

Fotografía de Alejandra López.

 

Es difícil poner en palabras la fibra que estaba tocando esta chica, pero debía ser una muy fina, para la que hacía falta un instrumento de alcance largo y de mucha precisión. Pongo un ejemplo: el cuento que le da el nombre a la colección Pájaros en la boca se trata, en parte, de una riña entre una pareja de divorciados a causa de una excentricidad de la hija. La mujer está histérica y el tipo es un mandilón al que le da rabia sorprenderse obedeciendo a su exmujer como cuando estaban casados. Una situación perfectamente normal. Lo único peculiar es que la excentricidad de la hija es comer pájaros vivos. ¿Es este un detalle nimio? ¿Deberíamos pensar que Schweblin nos está diciendo: miren, la realidad es más amplia de lo que creen y esto que les cuento es solamente algo que no habían visto, que no por eso es menos real? En ese caso, el padre de la niña que come pájaros podría ser tu vecino. O, por el contrario, ¿es el detalle de los pájaros la llave de otra realidad, efectivamente distinta de la nuestra? En ese caso, el mundo de Schweblin está poblado de gente radicalmente diferente, fantástica, que con el tiempo regresa a la infancia en lugar de crecer, que transmigra almas para vivir eternamente, que se convierte en mariposas. A veces parece que la respuesta es lo primero, como en Raymond Carver, y a veces parece que es lo segundo, como en Juan Rulfo. Pero, claro, realmente no es ninguna de las dos. Por eso la fibra es tan fina.

En mi búsqueda-stalkeo, me enteré de que Schweblin preparaba otro libro, y el título, Siete casas vacías, estaba diseñado para hacer salivar. Era la primera vez que yo esperaba un libro con ansias. Entendí a la gente que hacía filas en la fiebre Harry Potter y a la que acampa para entrar a conciertos. Pero al poco tiempo me mudé de ciudad, de carrera y de vida, y se me olvidó. Terminé comprando y leyendo el libro la semana pasada, ocho meses después de que salió. Llegó por correo muy temprano. Si hubiera tenido trabajo, habría llamado para reportarme enfermo y quedarme a leerlo. Ya la foto de la portada era perfecta.

A la sensación de leer a Schweblin, la fibra que había tocado y me había dejado enganchado, la recordaba como violenta y placentera al mismo tiempo, o para poner una metáfora torpe: como una montaña rusa. Había velocidad y vértigo. Sin embargo, desde el primer cuento, Siete casas vacías demostró ser diferente: elegante todavía, pero no veloz. Si creyera en la madurez, diría que más maduro. En todo caso, menos montaña rusa que carrusel.

Lo anómalo seguía ahí, pero ya no era figura sino fondo. Los protagonistas, todos excepto uno, son mujeres. Dirigen historias escritas para hacerte sentir pero sobre todo para hacerte pensar sobre lo que sientes. Sobre lo que sientes por la gente cercana, en particular: tus padres y tu pareja. Una mujer reflexiona sobre el extraño pasatiempo del que la hace cómplice su madre; otra sobre una revelación de su suegra; un hombre sobre la relación con su exmujer y con sus padres, que están seniles o demasiado cuerdos. Mientras en los tres libros anteriores los personajes miraban hacia el abismo (hacia lo raro o lo espectral), en éste miran hacia sí mismos. El cuento “La respiración cavernaria” –acaso el epítome de lo que digo– es un viaje largo y doloroso hacia la muerte. Por si quedaba duda sobre el posible carácter fantástico de Schweblin, ella responde: ¿de qué podría hablar que sea más real que la muerte? Sin embargo, en este mismo cuento está también el pasaje más espeluznante que he leído en mucho tiempo: a una anciana la despierta en medio de la noche la presencia de un chico al que no se le puede ver la cara, tal vez el hijo muerto. La escena es casi anodina: escuchas los pasos sobre el parquet, lo ves venir, se sienta en tu cama, hace sonar los resortes del colchón. No dice nada ni tú tampoco. Es el recurso de narrar con lo no escrito, la firma de Schweblin, en lo máximo.

Esto me estaba confundiendo. Leer Siete casas vacías se sentía como recibir la visita de un amigo al que no hubiera visto hace mucho tiempo, con quien hubiera fiesteado duro y ahora me encontrara con que prefiere pasar la noche en casa, tomarse una chela o dos y conversar. “Tranqui”, y yo perplejo. Pero puede pasar que, conforme avance la noche y mi amigo abra la tercera chela, yo descubra que es el mismo de antes, no porque finalmente acepte salir a la 1 de la mañana sino porque reconozca yo la misma sensibilidad que se manifestaba en la elección de pésimos afters antes, en su tema de conversación, los chistes que hace, sus nuevos playlists. Y además, porque a las 3 él mismo termine por prenderse y proponer salir, y yo me diga: “¡a huevo!”.

Terminé el penúltimo cuento de Siete casas vacías ya acostumbrado a la nueva atmósfera de Schweblin y su giro introspectivo. Por eso, el último, “Salir”, fue un impacto. Que no se me malinterprete: disfruté del resto del libro, que es tan sofisticado como podría esperarse, pero leyendo “Salir” reí en voz alta varias veces y sentí con claridad un escalofrío de deleite en cada punto de inflexión. Ésta era la Schweblin que yo conocía. Al final, la única reacción posible fue: “a huevo”.

Siete casas vacías es la prueba de que Schweblin, como todo artista, pasa por etapas. Ella es la misma, pero domina cada vez mejor su instrumento y entonces es capaz de tocar fibras distintas a las que había tocado antes, todas vinculadas, sin embargo, con el mismo tema: el abismo en sus distintas presentaciones. Entonces reformulo: no es que antes sus personajes miraran el abismo y ahora se miren a sí mismos, sino que la nueva Schweblin demuestra nítidamente algo que antes, a lo más, intuía: mirar el abismo es mirarse a sí mismo.

Me alegro de no haber leído Siete casas vacías cuando recién salió, eso hará la espera de su siguiente entrega ocho meses más corta. ¡Pero necesito que se apure! Mi estantería ya está vacía de lo que todavía no escribe.

 

 

Un comentario en “Mirar el abismo

  1. Increíble reseña. Me dieron muchas ganas de salir a comprar el libro. Saludos y más artículos así.