Progenitura en disputa: la necesidad extraterrestre

Al plantarnos frente a un puesto de periódicos, ver las publicaciones de un Sanborns o curiosear en sitios de internet, aparecen temas recurrentes: mujeres sugerentes, la farándula divirtiéndose o metiéndose en problemas, una mediavalada con templarios, algún “descubrimiento científico” inesperado, consejos alimenticios, autos veloces y eventualmente, algo sobre extraterrestres.

Con frecuencia, lo útimo es alguna especulación sobre cómo estamos vinculados a estos seres. Hay formulaciones que descansan en buscar una suerte de empatía con ellos y otras, las más populares, que establecen una ascendencia figurada. Es decir que no únicamente existen, sino que de cierta manera, a ellos nos debemos. La idea es conocida: nuestro mundo entero, la humanidad misma, proviene de alguna potencialidad extraterrestre. No la conocemos con certeza, porque no teníamos la capacidad de entenderla, pero el avance reciente de la humanidad nos ha permitido ahora conocer la verdad.

Son muchos los elementos que favorecen la aparición y relativo éxito de la alienogénesis. Se trata de un relato con tintes metafísicos un tanto popular, es también un recurso narrativo de la ciencia ficción mejor o peor ejecutada, un bien de consumo editorial cotidiano. Sin duda, es una idea defendida por no demasiada gente, que se presenta principalmente en aquellas sociedades prosperas. Quien la sostiene no es precisamente alguien versado en arqueología o botánica, desde luego no tiene ninguna respetabilidad académica. Pero la idea se encuentra una y otra vez. ¿Qué hay detrás de su difusión? ¿Por qué, además, en los tiempos en que existe tal vastedad de información fidedigna y de más fácil alcance que nunca antes?

espacio

La alienogénesis es ya toda una teoría, que tiene al menos dos variaciones dominantes. En la primera, los extraterrestres iniciaron la vida en su conjunto: todos los reinos naturales. De entonces a la fecha, la evolución se encargó de lo demás. La segunda variación es más concisa, pues aquí los extraterrestres específicamente iniciaron la “vida inteligente”, por lo que la civilización apareció por su intervención. Detrás de ambas variaciones lo más destacado es que, en la vieja disyuntiva entre artificio y naturaleza, ésta se resuelve por la primera, en un nivel primigenio. Es la negación de la naturaleza como esfera autónoma de la existencia. Es decir que la vida no es algo superior a la voluntad; en su origen, ésta deviene de la acción deliberada.

Para mucha gente sólo se trata de una fantasía conspiratoria más, una ocurrencia molesta. Pero su examen revela varias cosas del espacio de creencias de quienes sostienen la alienogénesis, y más interesantemente, de las sociedades de las cuales forman parte. Lo más evidente es la paranoia sistemática: la verdad del mundo no es como nos han dicho. Pero tal disposición es una tendencia personal y sólo indirectamente una faceta de la cultura de nuestro tiempo, que es lo principal para este texto.

Influjos en la teoría

Hay un aire de familia indudable entre la alienogénesis y fenómenos como el ocultismo, lo paranormal y lo esotérico. Todos se pretenden formulaciones que subvierten el sentido de lo ordinario, que descubren un saber secreto, pero genuino. Quienes suscriben estas fórmulas se tienen por rebeldes, por injustamente desairados por los conformistas, por quienes se dejan engañar y no se atreven a ver. De la perseverancia de estas minorías sabedoras de lo oculto, salta el primer elemento del examen propuesto y sobresale la jactancia en su superioridad, pues su validez descansa más allá de las pruebas usuales.

La alienogénesis tiene una segunda posible interpretación. Quizás sea la versión más reciente, pero igual de fantasiosa, de aquellas narraciones surgidas ante el pasmo causado en el hombre occidental por las civilizaciones del oriente y del nuevo mundo. Abundo: la imposibilidad de dar cuenta de Egipto, de Persia y más recientemente de las ciudades nahuas y quechuas dio lugar a relatos ficticios. Eran incomprensibles su talla, ubicación y riqueza. Pertenecían a otro orden histórico, humano. El orbe helénico decidió que en verdad las civilizaciones orientales fueron, a final de cuentas, fundadas por otros griegos, por héroes, y dioses. Pero griegos al fin. En América se concluyó que la instigación del maligno jugó su parte, o que uno de los apóstoles se perdió, y entre gentiles, transmitió la grandeza. La alienogénesis parece retomar el instinto novelístico de tales interpretaciones, actualizando su ejecutor, con todo y la ignorancia y credulidad necesarias.

Una confluencia más de la alienogénesis es la resistencia básica a la aceptación que el hombre es un animal más. Un animal bastante peculiar, sin duda, que hace cosas extrañas como jugar al cricket o maquillarse. Y por extensión, que la humanidad misma es finalmente una colección de animales bastante amplia, con infinidad de logros, diversidad y rarezas. Imaginar alternativamente el diseño inteligente no es nuevo, pero sí tranquilizador. Devuelve la confianza en la primaria superioridad humana, en su distinción única. La alienogénesis permite afirmar lo anterior y salvar cara de ingenuo, de crédulo y simplón. No es la resistencia religiosa típica del siglo XIX que despertara la teoría evolutiva de los homínidos en favor de las escrituras sagradas, pero en muchas versiones sí retoma la tesis en que el hombre es creado a imagen y semejanza de su autor sobrenatural. La consecuencia lógica es obvia: hay humanos, o humanoides, allá arriba en el espacio. Una reedición más del antropocentrismo, otra negación de la selección natural de las especies.

Otra semejanza entre la alienogénesis y las explicaciones sobrenaturales abrahámicas es que, tal como hacían los ángeles, los extraterrestres descienden, literalmente bajan a nuestra mundanidad transmitiendo señas superiores. Antes, la asociación básica del vuelo eran las aves, y por ello los ángeles son alados. Hoy la asociación con el vuelo necesita de un armatoste de hierro. Y por eso los extraterrestres tienen un modelo levitante, y más grande, de un portaviones.

Una diferencia interesante entre las dos explicaciones sobrenaturales del origen del mundo, es que contrariamente a la divinidad tradicional, a los extraterrestres de esta teoría se les construye como fuerzas materialmente existentes, con entidad física. No viven en un firmamento más o menos alegórico como es el paraíso celestial. Realmente existen y tienen planetas, naves espaciales y rayos láser. Muy alineado con el pragmatismo de la época, los nuevos seres sobrenaturales calcularon la utilidad de iniciar nuestro mundo, sólo que no estamos de acuerdo sobre sus razones. Ninguna divinidad tradicional plantea algo parecido.

El punto anterior permite hablar de otro factor decisivo en la alienogénesis: el prestigio irrecusable de la ciencia, la fe en la ciencia, en su evidente supremacía. Es una idea por la cual la ciencia básicamente sirve para desarrollar tecnología extraordinaria, espectacular, de alcances tales que transforma el medio material definitivamente. Es al mismo tiempo el ninguneo y el culto de la ciencia. Ninguneo de su método y culto de una imagen distorsionada de ésta. Desde luego opuesta a entenderla recurso de construcción colectiva y confiable del saber. La tecnología “alienígena” imaginada en la alienogénesis es un elemento central de la teoría y no es más que la sublimación de esta idea de la ciencia, entregándole un enorme poder; una potencia realmente sobrenatural.

Es tan importante esta idea dentro de las otras confluencias para la teoría, que merece detenerse un poco en ella. La imagen sobrenatural de la ciencia proviene de cómo se resignificó recientemente la capacidad de la tecnología, gracias a sucesos como la revolución de la informática y sus muchas aplicaciones productivas y cotidianas. Quien vivió antes de esto, y atestigua los cambios, pero sin saber con real claridad cómo funcionan los logaritmos programáticos, las ondas, los circuitos y otros implementos que sostienen estas innovaciones –que es el caso de una parte muy considerable de la población– naturalmente imaginan cuánto queda aún por cambiar. La promesa del progreso gana entonces una densidad distinta, identificable y más creíble gracias a acostumbrarnos con lo inexplicablemente útil.

Otra fuente inesperada de la alienogénesis es la globalización. El hecho que el misterio haya desaparecido de los viajes distantes es clave. Hoy día los distintos pueblos, ciudades, lenguas y tradiciones están medianamente integrados a la matriz cultural de la diferencia, pero como algo relativamente conocido. Un ejemplo: no leemos amárico, tailandés o bengalí, pero sabemos cómo se ve. Desde luego no sólo la migración, la vinculación comercial, financiera y logística de las últimas décadas son los responsables, pero sí afectan enormemente.

Con una importancia al menos igual de amplia que lo mencionado arriba, en el efecto transformador de la imaginería colectiva sobre cómo es el mundo más allá de la experiencia inmediata, están las décadas y hasta siglos de trabajo de disciplinas como la medicina, geografía, antropología y sociología. El caso es que ya nadie viaja a la Amazonía, al África negra o a Especiería con la impresión de poder encontrarse con seres extraños, fabulosamente distintos: con otra civilización. Y quien se queda en casa, no supone que las sirenas se esconden en alguno de los mares más allá del horizonte. Incluso en los sitios más recónditos del planeta los habitantes tienen, hoy lo sabemos, un aspecto más o menos humano. Y hasta toman coca cola y juegan futbol. Puesto que aquí no hay humanoides de ningún tipo, habrá que encontrarlos en algún sitio que desconozcamos. El antropomorfismo necesita de lo ignoto, y por ello la idea del extraterrestre supone su transposición, de la selva, al espacio exterior.

Al considerar que la humanidad nunca ha contactado a ningún extraterrestre, que jamás se ha constatado la vida fuera de nuestro planeta, todo el edificio de la alienogénesis descansa en un supuesto estrictamente especulativo. Pero es un supuesto que gana cierta pátina de posibilidad ante la estimación probabilística que viene de la inmensidad y antigüedad del universo, cuando menos entre quienes entretienen la teoría. El hecho de que haya miles de millones de planetas, con soles, estrellas y satélites, desde hace billones de años, hace imaginable que sí existan, en algún sitio de alguna galaxia, condiciones de habitabilidad; y por lo tanto, que en el alguno haya extraterrestres. Y donde existan, serán tan variados como sus respectivos planetas. Por lo tanto, habrá alguna civilización extraterrestre, y al menos una de ellas inició la vida en aquí en la tierra.

El último punto de la cadena lógica es en donde la argumentación pierde cualquier sentido. Sentido que se inventa al acudir a los paralelismos en las narraciones míticas antiguas (la creación, el desastre), a la figura del héroe primordial, a la aparición regular de arquetipos divinizados y aún a los remotos parecidos arquitectónicos entre las pirámides y los zigurat. También se echa mano de narraciones pintorescas como la Atlántida. Tales las pruebas. Por lo anterior, aquél que se convence de la alienogénesis requiere un cierto acceso a la información, una mínima cultura referencial. Y esto exige un nivel específico de educación: no es de una precariedad rotunda, que imposibilita la disquisición, ni es tampoco algo de cuantía, que invite a cuestionar, a profundizar. La variedad alusiva convive con la superficialidad, la información con la ignorancia.

No es demasiado rara una veta amigable a la alienogénesis, en que se pretende otorgarle seriedad, y que depende de la tolerancia a la falta de indicios sólidos, pues se la presenta tan sólo como una teoría entre muchas. Tan posible como puede serlo cualquier otra explicación, incluidas las habituales. Lo contrariante es que en realidad no hay espacio de comparación.

Ánimo extraterrestre

En sus raíces, la alienogénesis parte de una incredulidad en la grandeza ínsita del hombre, del hombre no europeo al menos. Otros elementos que mencioné como fuentes de la teoría son la mezcla de información y fantasía, o la transposición de ésta gracias a fenómenos como la globalización y el fin del misterio, el culto a la idea espectacular de la ciencia, la inmensidad del espacio, o el desinterés por la naturaleza. Pero para pasar de una curiosidad a algo tan popular, hay que mencionar no de dónde surge, pero porqué se mantiene. Me refiero al ánimo social posmoderno, propio de la ansiedad contemporánea de los países centrales, resultado parcial del capitalismo avanzado. Misma que se repite sin duda entre sus émulos privilegiados en las sociedades de países menos ricos. Tal como la fijación por el estilo personal y la moda, o cualquier otra de las manifestaciones contemporáneas de preocupaciones relativas a la identidad y lo auténtico, la teoría de la alienogénesis necesita de esta suave angustia existencial. Es su condición de posibilidad. La angustia no es algo novedoso, pero que haya encontrado nuevos cauces de solución con nuevos referentes, tan imaginarios como los antiguos mitos, es el punto.

La alienogénesis probablemente persista como un caso más de disonancia cognitiva, por la que reafirma la creencia en su idea quien recibe información contraria. Opera el probado mecanismo psicológico por el que la incompatibilidad se salda, por medio de sugestiones, a favor de lo ya se creía. Pero sospecho que más bien se trata de una desconexión radical. Quien de buena fe piensa que el mundo surgió por acción de extraterrestres no se toma la molestia de revisar siquiera qué dicen y cómo se argumentan las explicaciones habituales. Sólo atiende lo confirmatorio.

Una razón más profunda de la vigencia de la teoría es la ignorancia común sobre el funcionamiento de los procesos específicos de todos los implementos tecnológicos más avanzados. Su uso cotidiano nos deja frente a una sensación hermanada por principio al de la ritualidad y la magia. No sabemos realmente cómo funciona una impresora inalámbrica de alta calidad o siquiera una video llamada, tan solo presionamos unos cuantos botones en un cierto orden y aparecen como invocados los rostros y las voces de nuestros parientes. Buscamos respuestas de todo tipo en buscadores en línea que no sabemos cómo funcionan, pero de alguna u otra forma, calmamos una ansiedad. Algo funcionalmente similar hacían las comunidades tradicionales por conducto de sus brujos y todo el riquísimo catálogo de prácticas y suertes adivinatorias. Ambos recursos producen conocimiento, que es válido conforme al medio social dominante. Es entendible que la vaga noción de potencia, de confiabilidad, propio del instrumental del conocimiento, se traslade de los implementos de una cultura material, hoy residual, a la otra más reciente.

Otra línea detrás de la persistencia de la alienogénesis también remite al etnocentrismo, pero de una manera menos cándida, menos anecdótica. Es una reedición indirecta de uno de los más arraigados vicios intelectuales del occidente poscolonial: la certidumbre racial. La certeza de que sólo los blancos piensan y que los salvajes, son eso, salvajes. Y siempre lo han sido. El giro racista de la teoría que discuto es este: los no-europeos, dado que son incapaces de entender, confundieron a los extraterrestres con dioses, y les adoraban en consecuencia. Y hoy los blancos, que sí piensan, se dieron cuenta de lo que realmente eran. Se trata, a final de cuentas, de una manera encubierta de negar capacidad creadora a las poblaciones no-europeas. Una explicación cuyo resultado imposibilita el genio de las poblaciones originarias de Asia, de África, de América. La alienogénesis niega toda originalidad a las civilizaciones antiguas, por lo que su sofisticación y poderío no serían un resultado histórico; serían, realmente, un mero reflejo del inescrutable alcance de extraterrestres. Es espectacularmente similar a la fantasía decimonónica de los arios.

Otro elemento necesario es la crisis de la religión organizada. Esta última no ha supuesto sino la erosión de patrones de la vida ritual establecida, de las formas tradicionales de recogimiento. Pero otros hábitos han surgido o se han adoptado, nuevas interpretaciones y escuelas tienen éxito: no se trata de ninguna manera del fin de la espiritualidad. Por ello sugiero esta conexión, pues la idea del origen extraterrestre del mundo en sí misma requiere los transuntos de ciertos rasgos definitorios de la divinidad; se trata de una metonimia bastante obvia. Es decir que a pesar de la secularización ambiente, de la mofa autosuficiente ante las personas religiosas, la alienogénesis necesita de seres tan potentes como dioses.

Pero los extraterrestres son seres sobrenaturales no sólo como mera sustitución de la divinidad en sociedades secularizadas. Son una inesperada solución popular que resume la fe en el progreso, mismo que toma hoy una densidad creíble ante los avances técnicos recientes. Los extraterrestres condensan la promesa de un futuro maravilloso precisamente porque están medianamente socializados los requisitos materiales para el viaje espacial, gracias a que se entiende la magnitud hoy insalvable para la aventura galáctica. Y también se imagina cuánto puede conquistarse en el futuro. Así pues, quienes puedan viajar en el espacio, desde ahora o hace siglos, capturan todas las fantasías y deseos del progreso humano. También justifican todos nuestros prejuicios.

La insistencia en la alienogénesis debe también mucho al interés comercial del relato, pues sin duda habrá quién consuma los artículos o contenidos que hagan eco de ella. Lo que me permite llegar al último punto: la imaginación e influencia narrativa de la ciencia ficción. Desde mucho tiempo el occidente viene imaginando seres bastante humanos viviendo en la Luna o en Marte. Pero lo que a fines del siglo XIX era una publicación entre miles, un mero panfleto irrelevante, o cuento infantil completamente fantástico, poco a poco ganó presencia en los medios culturales del occidente, especialmente en los Estados Unidos. Su popularidad coincide con la sociedad de masas, con su entretenimiento sempiterno y con los espectaculares progresos técnicos de las últimas décadas. Era imposible contener esos relatos en los cómics o en el cine, luego de la generalización del entretenimiento actual.

Hoy sabemos que el Preste Juan no vendrá a salvarnos, que los patagones se nos parecen bastante, que los chimpancés hacen herramientas para comer termitas. También sabemos que hay infinidad de planetas en el espacio exterior e imaginamos las posibilidades infinitas de la electrónica. Ya no estamos tan seguros que el Dios de Abraham creó al mundo en seis días, y al séptimo descansó. La alienogénesis, todo lo divertida o lo aberrante que se quiera, supone entonces una respuesta en este escenario que une preocupaciones muy variadas, zanja angustias y ofrece una alternativa verídica, oculta, a la creación y devenir del mundo.

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Publicado en: Ensayo literario

Un comentario en “Progenitura en disputa: la necesidad extraterrestre

  1. Me parece muy interesante, si me permite y hablando de suposiciones del origen del hombre, en mi origen como químico y después de llevar una vida de muchas lecturas, en mi loco ateísmo y apasionado de Ray Bradbury e Isaac Asimov, quiero compartirle un extracto de mi idea del origen del hombre, espero no causar hilaridad, es solo una forma de pensar: ¿Qué tal si pensamos que ese dios que presenta cada religión en sus libros sagrados no se trata de una persona si no de una especie? Sí, una especie superior que conoce a profundidad la molécula de DNA.

    Les recuerdo que la molécula de DNA está formada por una inmensidad de ácidos nucléicos o aminoácidos, la cual contiene toda la información para crear cualquier un ser vivo. Los aminoácidos del DNA, pueden activarse o desactivarse como botones de un tablero y con base en los que están activos y su relación energética entre ellos, se puede crear un pasto, un árbol una ballena o un ser humano.

    Estos dioses o seres superiores, como dicen esos libros sagrados como la biblia, crearon a los seres humanos a imagen y semejanza. Hoy ya creamos nanorobots que son moléculas genética y sintéticamente elaboradas con base en la manipulación del DNA para un fin concreto.

    Imaginemos que hace tres mil millones de años el sol era mas caliente que hoy, que la temperatura superficial de la tierra era de 180oC pero la de marte era como la de la tierra actual.

    Esta especie superior que conoce a fondo el manejo del DNA tiene una hipercomputadora orgánica con una hiperecuación para sembrar vida en el universo en los planetas que tienen las condiciones para ello, esto es, pueden generar vida autosustentable, robots biológicos autoevolutivos, autoreparables y autoreproducibles, todos dependientes de sí mismos y su entorno.

    Supongamos que hace tres mil millones de años esta especie superior encontró a marte como un planeta con las condiciones ideales para sembrar vida a imagen y semejanza y que con su gran dominio del DNA generó vida autoevolutiva, autoreparable, autoreproducible y autosustentable, haciendo de marte el primer planeta con vida en el sistema solar.

    Esto nos lleva a pensar que todas las especies solo han evolucionado como especies pero ninguna ha dado un salto genético generando otra especie, el perro siempre ha sido perro y ha evolucionado en muchas razas, el caballo siempre ha sido caballo y así el hombre siempre ha sido hombre el cual ha evolucionado en muchas razas, por eso jamás se encontrarán eslabones perdidos.

    De esta suerte de Creacionismo Científico, que desde luego pueden verses señales de que el hombre quiere jugar a ser dios con sus ensayos de nanorobots, podemos pensar que esos libros sagrados en conjunto y con el avance de la ciencia actual, Oparin y Darwin hicieron apenas un esbozo de esto con lo que tenían a la mano, sin descalificarlos. Hasta aquí mi extracto. Me parece que su artículo puede ser mas profundo e intenso.

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