Presentamos un fragmento de la novela Esa otra orfandad (Ediciones Cal y arena) de Gabriela Couturier. Roberto Pliego escribió sobre la autora: “Gabriela Couturier saca a flote las contradicciones de una generación que supo plantarle cara al machismo y a los conservadurismos sociales pero no a sus propios demonios. Su voz es dolorosamente femenina, es decir, rabiosamente antidoméstica: recoge briznas, señales diminutas de un mundo interior que se enriquece cuanto más reconoce sus miedos”.

Había apagado y prendido luces y se había movido de un lado a otro, hasta encontrar el lugar preciso en el que la luz la mostraba como se quería ver; como podía aún verse, si se paraba así, un poco de perfil, con la cabeza erguida, cuidando que el reflejo resaltara lo que le gustaba y sombreara lo demás. Seguía estando ahí, eso que la hacía ser ella, su belleza; y sin embargo, lo que ahora veía frente al espejo, lo que ya no podía dejar de ver, se acercaba más a la nostalgia que a la satisfacción.
Un cambio de época, pensó a su pesar porque la expresión le sonaba cursi. La Era de las Decisiones, a modo de novela decimonónica. En cualquier caso, era un momento en que las cosas adquirían una intensidad y una importancia que hasta entonces no habían tenido. Como las arrugas, que antes se arreglaban con una buena noche o con una buena crema. Ahora, las cosas parecían tener un peso mayor, como si en un descuido fueran a volverse permanentes.
Exageró una sonrisa y se acercó al espejo: vio las líneas alrededor de sus ojos, las marcas del entrecejo. Se pasó un dedo por los inevitables pliegues de la sonrisa. “Éstas no eran arrugas sino hoyuelos”, recordó que decía su abuela con lágrimas en los ojos. Renata intuyó que le estaba revelando algo muy importante; pero no entendió la urgencia del sentimiento con que lo decía esa mujer para quien dejar de ser bellísima había sido tan doloroso. Pensó que no sabemos envejecer porque, cuando empezamos, la juventud es lo único que hemos conocido. Ahora, a los treinta y ocho, sabía que tendría que acostumbrarse a ese lento deterioro que tanto les había costado digerir a las mujeres de su familia.
Y sin embargo, no; el asunto no era la edad. O no sólo la edad: se encontraba en ese momento en que las situaciones atrapan a quienes se descuidan, a quienes se sienten cómodos en una vida muy distinta de la que pensaban vivir. Se tambaleaba, en efecto, frente a la posibilidad de que todo aquello por lo que en algún momento habría dado la vida, todo lo que siempre quiso, lo que creyó que la definiría, como tener una vida fuera de lo común, que todo eso ya no le importara.
Porque el miedo a la edad era, en el fondo, miedo a que fuera demasiado tarde. Y esa sensación de estar atrapada, esas ganas de hacer algo muy distinto de lo que estaba haciendo o de ser alguien muy distinto de aquella en quien se había convertido, surgían de saber que el camino por el que iba llevaba a una pared contra la que quedaría prendida como mariposa, con todo y sus brillantes colores y singularidad desaprovechada.
En el límite, todo es una trampa. Pero sólo nos sentimos atrapados cuando estamos contra la esquina equivocada: cuando tenemos lo que no queremos o cuando se nos niega lo que estamos buscando. Entonces reconocemos la trampa y culpamos a la suerte, al destino, a nuestro cuerpo o a los demás de encerrarnos en ella.
A veces, parada frente a ese mismo espejo, había sentido que el ingreso —o el declive, según el tamaño de las ojeras— hacia la edad madura debía ser como los instantes de pánico de alguien que sabe que va a ahogarse: negación, instinto de sobrevivencia, lucha con cremas o ejercicio o un cambio de trabajo. Pero que, en cuanto se instalara de plano la vejez, vendría la resignación de quien sabe que el rescate no llegará a tiempo.
Como algas desde el fondo, su vida se le había enredado en el cuerpo y en la voluntad, y la jalaba lenta, sutil, inexorablemente: la casa que planeaban construir, el trabajo, las decisiones que había tomado y las que no se había atrevido a tomar, el hijo que no podía tener. No había vivido algo extraordinario que compensara esa vida que se volvía desesperadamente normal. Todavía no se resignaba a no haberlo hecho cuando tuvo la libertad y el tiempo de hacerlo, y se le estaban acabando los dos.
Porque estaba tratando de tener un hijo. Contra su propio cuerpo que no se lo había dado por las buenas, había enlistado la costosísima ayuda de la ciencia para conseguir algo que durante mucho tiempo no supo si quería: la maternidad. La situación más inescapable, la trampa más perfecta. Una prisión cuyas puertas tocaba con la mitad de su entusiasmo, mientras la otra mitad quería salir corriendo hacia la libertad.
* * *
Había que presentarse en el hospital todos los días más o menos a la misma hora, así que durante los tratamientos salía de su casa unos cuarenta minutos más temprano para que la inyectaran en el hospital antes de llegar a la oficina. Podría haber ido a cualquier lugar, aprender a hacerlo sola; pero durante la primera inseminación artificial se acostumbró a que la inyectaran donde atendía su ginecólogo, y después ya no quiso desprenderse de la costumbre.
Se hacía perezosamente a la idea de no ir al gimnasio, y aprovechaba para desayunar con Mark, que por lo general salía al trabajo más tarde que ella. Ya vestida y lista regresabaa la cocina, donde el refrigerador era el primer guardián del ritual. Lo abría con un sentimiento borroso, que vestía de esperanza, y sacaba las dos cajas con las ampolletas de hormonas. Cogía del congelador la placa enfriadora y lo metía todo en una bolsa térmica. En el tercer piso del hospital cruzaba el vestíbulo y se acercaba lentamente al mostrador de enfermeras. Alguna levantaba la vista y le hacía señal de que se acercara, o le daba un codazo discreto a otra para que la atendiera. A veces le sonreían; otras veces, extendían una mano lejana mientras Renata sacaba las cajas de la bolsa térmica.
—Las dos ampolletas en la misma jeringa, con el líquido del Pergonal, por favor —ellas nunca dieron señales de acordarse del procedimiento, por lo que Renata lo repetía cada vez—. Sólo hace falta una ampolleta de líquido, así que la otra puede desecharla.
La enfermera sacaba de cada caja un par de ampolletas de vidrio pegadas a un molde plástico y las formaba en el mostrador frente a ella. Cogía un pequeño basurero rojo etiquetado como de desechos peligrosos, envolvía lentamente cada ampolleta en una gasa, presionaba el vidrio para desprender la parte superior y la arrojaba al basurero. Repetía los mismos movimientos tres veces y al acabar tiraba también, con los desechos peligrosos, el líquido que sobraba. Luego seleccionaba una jeringa de una alacena angosta empotrada sobre el escritorio a su espalda, mezclaba y combinaba las ampolletas, le quitaba la aguja a la jeringa, la desechaba y la sustituía por una mucho más larga.
—Para que penetre bien el músculo —le había explicado la enfermera la primera vez, cuando le mostró que la aguja era nueva— porque estas hormonas son intramusculares y si no llegan a donde tienen que llegar, acaba siendo un desperdicio.
A Renata nunca le gustó el tamaño de la aguja, pero tampoco se atrevió a quejarse. A veces hacía alguna broma tímida sobre el proceso; la enfermera rara vez se reía.
—Acompáñeme por favor —le decía con una voz amable que nunca dejó de sonar profundamente cansada, harta de pacientes y de interrupciones a su lectura, a sus llamadas por teléfono o a su desayuno—. ¿Parada o acostada? —le preguntaba al entrar al cubículo.
Al principio, Renata experimentaba cierto alivio al recostarse para que la inyectaran; pero pronto aprendió que quedarse parada era, de algún modo, menos humillante. Se descubría con lentitud, un día de un lado y otro del otro, dejando ver las manchitas moradas de las inyecciones anteriores.
—Es por su mala circulación —le decía la enfermera mientras buscaba dónde inyectarla. Su expresión era de compasión, de lástima. Pobre tipa estéril.
Mi mala circulación, pensaba Renata mientras la inyectaban. Mi circulación, por cierto, no era nada mala antes de empezar con todo esto. Y ahora me duelen las piernas, me hincho y me lleno de moretones. Y lloro, yo, que no lloro.
La enfermera a veces le deseaba suerte al despedirse.
—Ésta va a ser la buena, ya verá. No se desanime.
Renata le daba las gracias, empacaba su placa congelada en la bolsa térmica y se iba para regresar en veinticuatro horas. Un ritual de tragedia griega en el que se encaminaba a una derrota que intuía, pero seguía diciéndose que era muy importante ser optimista: se guardaba el miedo y la angustia detrás del paladar, y seguía recibiendo sus inyecciones hasta que el ginecólogo le daba la noticia de que sus folículos ya estaban de buen tamaño.
—Cuatro del lado izquierdo, dos del derecho. Muy bien, seis es buen número. 1.8 centímetros; 2.1, bien, muy bien; 1.4, no, éste no va a estar listo a tiempo. 1.8 otra vez. Y del otro lado, a ver… —el aparato de ultrasonido se movía dolorosamente buscando el otro ovario— 1.3, ni modo, éste tampoco; y 1.9. Perfecto. Tienes buenas probabilidades. No has tenido relaciones en los últimos cuatro días, ¿correcto? Acuérdate que la abstinencia es importante en estos días para que Mark tenga suficiente volumen de semen. Mañana, como a estas horas, ven a que te inyecten el Profasi para que se rompan los folículos, y pasado mañana llegas con Mark alrededor de las ocho. Ah, sí, cierto, él no viene en la mañana. Bueno, entonces me traes el semen antes de las ocho y media para que la laboratorista lo prepare. Necesita unas dos horas, así que la inseminación la hacemos, como la última vez, antes de las once. Mark te puede recoger a partir de las doce y media, pero te regresas a tu casa a recostar, por lo menos hasta después de la comida.
En el consultorio a las ocho y media. Eso quiere decir que tienen que empezar a seducir al semen a partir de las 7:45 y salir volando a llevarlo al hospital, con el recipiente arropado contra su cuerpo para que no pierda la temperatura ideal, rezando para que no haya embotellamientos porque el semen no puede permanecer afuera por mucho rato o ya no sirve para lo que tiene que servir.
Gabriela Couturier