
El tiempo es algo que el cine hollywoodense y sus espectadores –me incluyo- estandarizan de tres maneras (y cada vez más seguido):
- La duración de una película oscila entre los 90 y 120 minutos. Al menos que sea una épica que prometa entretenimiento y efectos especiales a gran escala (Avatar, Salvando al Soldado Ryan), es poca la gente que se aventura a experimentos fuera del rango. Hace unos meses, en la función a la que asistí de The Master, por ejemplo, varias butacas de una sala que de inicio estaba a media capacidad fueron abandonadas mucho antes de que cumpliera sus 144 minutos. Aunque lo más probable es que la dificultad de poder articular de qué trata influya en la decisión colectiva.
- En un circuito en el que hay cada vez más secuelas (el próximo año se estrenará Rápido y furioso 7), hay un choque entre distribución y espera. La gente está cada vez menos dispuesta a aguardar la nueva parte de la franquicia (producto), mientras que los estudios buscan obtener el mayor lucro posible. Por eso tenemos películas partidas en dos (la última de Harry Potter y la última de Crepúsculo, por ejemplo), y protestas en línea de fanáticos ante la decisión mercadotécnica de retrasar lanzamientos (Harry Potter y el príncipe mestizo por casi un año o El Gran Gatsby). Incluso los estudios producen pequeños cortos web (más mercadotecnia), para intentar atizar la emoción (los minions de Mi villano favorito) y llenar sus bolsillos. Lo que en términos de droga sería un fix.
- Por último, el transcurso del tiempo mismo dentro de una cinta es más y más rápido. Gran parte del público va al cine a entretenerse y los productores lo saben. Por ello, ante una capacidad de atención/retención cada vez menor (hay estudios que relacionan la duración de un video con su viralidad, a menor duración mayor número de visitas), la edición es cada vez más violenta y más corta; se enfoca en no perder al cliente. Hacer vomitar al público es mejor a que abandone la sala. Son pocas las películas del circuito comercial que tienen el permiso de los productores (el dinero manda) y la audacia para salirse del molde de galletas. Explosión al minuto 35. Mujer con exceso de flacura desnuda al ’53. Giro inesperado al ’78. (Hay personas que hacen análisis estadístico de qué quieren ver los espectadores y en qué momento; los análisis se venden por mucho dinero a las grandes productoras).
Por eso es que la trilogía de los Antes (Antes del amanecer, Antes del atardecer, Antes del anochecer) es una anomalía positiva. Richard Linklater (también inexplicable director de La escuela del rock), Ethan Hawke y Julie Delpy (actores en las tres, guionistas en la segunda y tercera) rompen con estos dogmas y nos recuerdan a aquellos que fuimos criados por Hollywood que las estructuras que ahora vemos tan estables no son de piedra.
La trilogía de los Antes transcurre durante 18 años. Antes del amanecer, una modesta producción de dos millones y medio de dólares y un guión escrito en 11 días (según IMDB), llega en 1995, cuando los protagonistas (y actores) han pasado la línea de los 20. Jesse, un estadounidense que viaja a Europa para recuperar a su (ex)novia, se encuentra con Celine, una estudiante francesa, en el tren de Budapest a París. Por una conversación que no les concierne, pero que los involucra (una pareja que se pelea a voces por algo que desconocemos; Linklater omite los subtítulos a propósito) es que inicia el diálogo entre ambos. Él le pregunta sobre qué discuten, ella le dice que no sabe. Una charla titubeante los lleva al vagón restaurante y a la propuesta aventurera de una de esas fantasías (descabelladas pero realizables) que uno sólo puede tener a esa edad (sirva un recurso muy triste para explicarlo, pero esos anuncios de “el ‘no’ ya lo tienes” definen bien el concepto).
Ella accede a la propuesta –bajarse del tren con él a pesar de que no es su “destino”, aunque tal vez sí–, y ambos pasan medio día y una noche caminando por las calles de Viena, antes de que Jesse tome su avión de regreso a Estados Unidos a la mañana siguiente. Ella se subirá al tren entonces, al terminar la pausa del continuo temporal de sus vidas.
Lo que sigue es una serie de conversaciones largas con pocos cortes (fílmicos). La duración (105 minutos) es estándar, pero el tiempo adentro no. He ahí la primera ruptura del dogma reciente: la impresión del transcurso del tiempo real. Jesse y Celine discurren por la tarde/noche, preguntándose, conociéndose, inventando una primera imagen que quieren transmitir al otro, Jesse en particular (quiere parecer un poco más listo, un poco más versado en la vida, un poco más cool para impresionarla). Tienen un límite –el vuelo– pero por lo menos, en el lapso hasta esa hora, el tiempo es suyo y por ende ellos le asignan la duración.
Al amanecer, su espacio temporal, distinto al del resto del mundo, se vuelve a cerrar. Jesse lo dice: “estamos en tiempo real otra vez”. El día anterior queda como una cápsula. Ante el ambiguo final cuando Celine se sube al tren (¿se volverán a ver? ¿Cuándo? ¿Nunca?), la cápsula queda sellada. En el supuesto de que se reencuentren, tendrá que ser en otras condiciones, y nunca como ocurrió en esa ocasión (por más de que las circunstancias de base se repitan). Como dice un personaje en otra película de Linklater, Waking Life, si nuestras células se renuevan por completo cada siete años, entonces somos otras personas.
La segunda ruptura temporal ocurre en Antes del atardecer (2004). Nueve años después, la cinta sorprende al momento de ser anunciada, se le acusa al director (y actores) de un ataque de nostalgia y se pontifica la verdad fílmica casi universal: salvo el Padrino II, las segundas partes nunca pueden acercarse a los talones de la original.
(Esta película también es responsable de la tercera ruptura de la estandarización: dura un poquito menos de 80 minutos).
El tiempo vuelve a transcurrir a otra velocidad en el universo de los Antes. (En una pista temporal paralela, uno puede ver la película de inmediato, en internet o en disco, y 9 años se vuelven la pausa entre el stop y el play).
Ahora en París, Jesse y Celine están en otra década (nuevo siglo, sus 30). En el físico, a él le ha pegado más duro (más líneas, más ángulos, mayor vejez implícita). En lo mental son personas más formadas (ya tienen profesiones estables, señal convencional de la madurez) y con opiniones más claras (lo cual no implica que sean mejores). El ritmo y el on/off de las conversaciones se mantienen, pero la necesidad de impresionar (de él) ya no parece estar ahí. Hay cierto ánimo de competencia y curiosidad en el fondo. Es inevitable, uno siempre quiere saber qué ocurre en el otro después de que uno ya no figura en su vida: ¿lo ha sobrellevado? ¿Lo ha olvidado? Pero en la relación de Celine y Jesse esto no es lo primordial. El motor, como en la primera película, es el boquete temporal que vuelven a crear. No es el mismo (tiempo, espacio, ellos como personas), pero igual ocurre como pausa de lo cotidiano. Hacen el recuento de sus vidas, pero esto es periférico. Lo central es 1995. Sus días juntos son oasis de la cotidianidad en pareja: esas pláticas profundas y superficiales, las anécdotas que tal vez no tienen punto específico. El simple hecho de estar. Pero, como toda pausa, es temporal.
En la segunda mitad de la película –una vez más hay un avión que tomar– existe otro juego con el espacio: la postergación. Jesse debe subirse al avión, pero insiste en que siempre hay tiempo para algo más, un recorrido por el Sena, una canción, un té en casa de ella, hasta que la pantalla en negro nos vuelve a dejar en la ambigüedad. La cápsula vuelve a quedar sellada, tal vez para siempre, como pensamos en la película previa. ¿Habrá una más?
No hay ningún anuncio durante los siguientes nueve años. De repente, en 2013, hay pósters en un festival, mensajes en la red: se filmó una tercera parte. Si fuera trilogía convencional hablaríamos de la conclusión necesaria. Aunque lo probable es que aquí sea el tercer puente en una serie que durará sus vidas.
Pero Antes del anochecer (en el caso de una hipotética cuarta película sonaría fatal decir “Antes del nuevo amanecer”, parecería ficción de vampiros adolescentes) es una película cuya convencionalidad estructural es inevitable; aunque no por ello es mala, al contrario. Si Jesse y Celine están al fin juntos, la estructura de familia modifica, con necesidad, la estructura de la película. Hay más actores, más escenas. Ellos ya no son los que pasan horas hablando de la nada –hay conversaciones largas, pero con un objetivo práctico: horarios, recordatorios, rutina– y el amor creado por dos encuentros con temporalidad marcada parece no poder estirarse al diario. El tiempo es mucho más aletargado. Los chistes que antes se escuchaban frescos ahora se repiten y cansan, y la imagen que buscan proyectar el uno al otro ya no es algo entre ellos, sino algo que que en pareja muestran al exterior (se convierte en una especie de fachada). Una duda que me atacó durante toda la película, y cuya respuesta me elude hasta ahora es si se puede decir que Jesse y Celine son felices.
La temporalidad del mundo los ha envuelto, y sus cápsulas son minúsculas –flashazos–. ¿Cuándo es la última vez en la que han tenido tiempo “to bullshit”?, se pregunta Jesse. A ambos les cuesta recordar. Sucedió en un momento de esos nueve años en los que los dejamos de ver.
Al final –sin revelar detalles, lo mínimo que puedo hacer en este punto– hay una última pregunta abierta. Ya no es el si se volverán a encontrar en el tiempo y en el espacio, sino si volverán a encontrar lo que vieron el uno en el otro al mirarse en ese tren.
Esteban Illades es periodista y editor.
Es curioso. El tratamiento del tiempo en Before… que a mí me parece interesante no es el que transcurre dentro de cada película. Hemos visto ya el tiempo comprimido o ralentizado en otras historias (desde In Treatment, que seguramente debe ser una rama del ‘género’ de conversaciones en tiempo real que conforman el núcleo de la historia, o con Carnage más recientemente, que es más apegada al ‘tiempo real’ que aquella a la que le debe todo, Who’s afraid of Virginia Woolf?). En cada una hay un tiempo distinto, como dices: en la primera es una noche, en la segunda es un par de horas, en ésta es un día completo.
Pero el tiempo que me parece muy cabrón en estas películas es el que transcurre ‘fuera’ de ellas. Son historias en tiempo real ‘verdadero’. Trato de pensar si ya se ha hecho este experimento. Tal vez en las series, pero es más consecuencia de su estructura. El hecho de que se reencuentren cada 9 años, que podamos asistir a sus historias cada 9 años, y en el transcurso tanto ellos como el espectador envejezcan verdaderamente, es lo que las hace tan extraordinarias. Son secuelas reales. Pasa el tiempo. El mundo sigue. No son saltos forzados por la narrativa. No se necesita caracterización. Sus cuerpos han cambiado, de verdad. Eso es tan hermoso. Y me parece más hermoso que Ethan y Julie escriban también el guión, que muchas anécdotas y sentimientos abreven realmente de sus vidas. Es un ejercicio metatextual enorme (la película comenta sobre sí misma en la forma de los libros de Jesse, hasta nos deja saber a través del comentario de un personaje externo que después de París se la pasaron haciendo el amor como locos, rellenando una porción de la historia que el espectador moría por saber). Y toda esta maravilla técnica no es nada con el comentario final, con el discurso bellísimo de la historia respecto al amor. Ahí no acabamos.