Nota al pie de un deshielo
(José Martí, Charles Dana y Karl Marx)

Carlos A. Dana, maestro de escuela un día, y comunista práctico otro, y ahijado luego del gran Greeley, y viajero después por toda Europa sin más pesos que unos cuantos seiscientos en la bolsa y ahora amigo de jóvenes, justiciero hasta parecer vengativo, candidato probable y meritorio a la presidencia de la República, y hombre sabio de letras y pinturas y floretista maravilloso de lengua inglesa.
—José Martí, Cartas de Estados Unidos de América.

 

Ante la llegada de “San” Obama a la isla de Cuba la semana pasada bajo un diluvio tropical, los periódicos y medios se inflamaron de aleluyas al celebrar el “deshielo” histórico con bombos y platillos. Algunos opinan que Washington demandará hasta el final una mejora en los derechos humanos de su isla vecina y ésta le exigirá otro tanto de la misma medicina al antiguo “imperialista”, y a ver quién avienta más fuerte la pelotita de ping-pong retórico para romper el hielo. Los más oscuros y pesimistas, los que vaticinan que ya no queda nadie para recoger los pedacitos rotos del cristal del mundo, pensarán que acaso Cuba se convierta otra vez en el burdel, casino y paraíso artificial de los gringos –retratado por Cabrera Infante en retazos de magnífico cubanglish– que construyeron las épocas de Battista.

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Tormenta de nieve en Nueva York, 1888.

Cualquier parque de fuegos artificiales noticiosos es bueno en nuestro mundo hyper-conectado y también hyper-veloz, a imagen de las conexiones prometidas para subir de una vez a Cuba al hyper-espacio al cual llega siempre tarde (de no ser por el empujoncito del visionario Chávez que brindó amplia conexión de internet a la isla con un cable submarino desde su República Bolivariana). Pero en otro mundo más lento y menos conectado, menos hyper-lo que sea, el creciente imperio de la doctrina Monroe había ayudado a su vecino tropical a deshacerse de otro imperio incómodo, hoy deshecho, oxidado y en vías de extinción (de no ser por los tentáculos de Anagrama, El País o Movistar y las flores de buenavida que va dejando la cultura de tapas y cañas itinerantes por el mundo). En aquel mundo –ése que desde ahora parece la prehistoria de los tiempos modernos– fue Nueva York y no La Habana uno de los puntos de encuentro y confluencia que marcarían el rumbo de buena parte de la historia del siglo del pasado. La ciudad era ya un hervidero cosmopolita que sólo podía competir con París, la “capital del siglo XIX” y, si nos dejan decirlo, aún del XX.

Para volver al héroe-monotema

Antes de la afluencia masiva de emigrantes en Florida, antes de la fundación misma de la base de Guantánamo (1903) y de la “verdadera” independencia de Cuba (un año antes), José Martí se instala en Nueva York hacia 1880, proveniente de otros exilios. Allí contribuye, a través de sus crónicas periodísticas, a la fundación del modernismo y le da el aliento necesario a todo lo que escribieron después los hispano-americanos, desde Darío hasta García Márquez. Allí también organiza su agenda revolucionaria y reúne fuerzas políticas y fondos para el movimiento independentista en el que perdería la vida en 1895. Lo aprendido por Martí en los periódicos de México junto a Gutiérrez Nájera, el otro verdadero iniciador del modernismo, es uno de los detonantes creativos de su prosa. El lector recordará el guiño de Diego Rivera a este encuentro más que fortuito entre los dos poetas-periodistas que, en reconocimiento mutuo, levantan sus sombreros de bombín en mitad del “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central”.

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José Martí junto a su hijo José Francisco en Nueva York, 1880.

En esa Nueva York que años más tarde conocería también el muralista mexicano, Martí halla un asidero vital y una tribuna continental para difundir sus ideas de libertad y su producción literaria. Con él se inaugura la figura del corresponsal extranjero en el ámbito del periodismo hispánico. Raro fue el país latinoamericano al que no llegaran, entre 1880 y 1891, las crónicas martianas que envió desde los Estados Unidos a periódicos de gran tiraje como La Opinión Nacional de Caracas o, el más conocido, La Nación de Buenos Aires –también albergue y surtidor de Rubén Darío años después. En la “Sección constante” y en las “Cartas desde Nueva York”, el escritor condensa la actualidad, el reportaje, la reseña y la crítica con un aluvión de imágenes poéticas. Crea un estilo personal, oratorio y sentencioso en el mejor sentido, que toma préstamos a las artes plásticas y a la música. La “imaginación colonizada” parece haberse liberado entonces del yugo y la apatía metropolitanas al punto de que Sarmiento, lleno de orgullo panamericano, escribe en una carta a Paul Groussac de 1887: “En español nada hay que se parezca a la salida de bramidos de Martí, y después de Víctor Hugo nada presenta la Francia de esta resonancia de metal.” Para dar un ejemplo de este brillo mineral bastarían estas líneas del “apóstol” cubano, publicadas el mismo año, sobre su impresión de Walt Whitman tras asistir a una tertulia literaria: “Todo lo culto de Nueva York asistió en silencio religioso a aquella plática resplandeciente, que por sus súbitos quiebros, tonos vibrantes, hímnica fuga, olímpica familiaridad, parecía a veces como un cuchicheo de astros. Los criados a leche latina, académica o francesa, no podrían, acaso, entender aquella gracia heroica. La vida libre y decorosa en un continente nuevo ha creado una filosofía sana y robusta que está saliendo al mundo en epodos atléticos. A la mayor suma de hombres libres y trabajadores que vio jamás la Tierra, corresponde una poesía de conjunto y de fe, tranquilizadora y solemne, que se levanta, como el Sol del mar, incendiando las nubes; bordeando de fuego las crestas de las olas; despertando en las selvas fecundas de la orilla las flores fatigadas y los nidos”. La rareza de nuestras modas es súbdita de los caprichos de la historia (y del mercado). Ningún periodista se atrevería hoy a practicar semejante estilo. Sin embargo, éste ensanchó las fronteras de nuestra lengua y después se decantó en versos que siguen a la orden del día. Nadie ignora que Martí es más conocido fuera de su tierra natal por los Versos sencillos inmortalizados en “Guantanamera” (y de paso absorbidos y anonimizados por la tradición popular) que por su periodismo continental decimonónico. Nadie ignora tampoco que habrá más turistas buscando en Cuba las huellas del héroe de la independencia que en su casa de Brooklyn donde en verdad empezaron a girar las manecillas de la rebelión.

Diálogo entre dos orillas

Las crónicas de Martí se desbordaron, además, fuera del cauce de su propia lengua. Bilingüe obligado, todo un “alien, legal alien” (seguro más alienado que el “Englishman in New York” de Sting y un poco menos que el “Africain à Paris” de Tiken Jah Fakoly), escribe crónicas en inglés para la revista The Hour y para el periódico The Sun (luego llamado The New York Sun) al que es invitado por su director, otro defensor del periodismo y editor infatigable: Charles A. Dana (1819–1897). En la vida y la obra del que fuera “secretario asistente de Guerra” durante dos años en plena Guerra de Secesión, confluyen algunas de las biografías centrales del siglo XIX. Maldición de los grandes autores y los cánones que nos llevan a pensar que “nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar de la Historia” y fuera de ella parece no haber más que desagües al aire libre. Aún así, la vida de Dana sigue casi en la sombra a pesar de ser un vaso comunicante esencial.

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Equipo editorial del Tribune. Charles A. Dana al centro, circa 1850.

Proveniente de una familia de comerciantes venidos a menos, pasa su infancia y adolescencia entre estudios y trabajando como dependiente en la tienda de su tío en Buffalo. Según su biógrafo y amigo James Wilson, aprende griego y latín y llega a manejar con fluidez la lengua de los indios Seneca con los que de joven estuvo en contacto cerca del lago Erie. Su curiosidad y sus lecturas omnívoras lo llevan a dejar un manuscrito adolescente sobre la “Early English Poetry” y a lograr un ingreso a Harvard que abandona después por una lesión ocular debido a las lámparas de aceite. Impedido a estudiar más, se adhiere a la Brook Farm Association cerca de Boston, de la que también es miembro Nathaniel Hawthorne. Una suerte de granja-escuela idealista y cooperativista donde se promulga la liberación y la auto-suficiencia individual contra el puritanismo imperante. Ahí Dana enseña y se enseña alemán y español, se familiariza con Kant, Emerson, Swedenborg y Alcott. También a partir de ahí empieza su gran carrera como periodista y editor. En un inicio publica poemas de influencia romántica y reseñas en los periódicos de la asociación. En 1847, se convierte en segundo de a bordo de Horace Greeley, director del Tribune (luego rebautizado The New York Tribune), del que pronto será gerente editorial. Liberal reformador, anti-esclavista, cada vez más pragmático, Greeley quiere expandir su periódico y recluir plumas que cubran el debate político y económico nacional e internacional.

Como Martí en el periodismo hispánico, Dana fue de los primeros corresponsales extranjeros en enviar artículos directamente contratados por la prensa estadounidense. Testigo de las revoluciones europeas fallidas de 1848, escribe reportajes sobre las insurrecciones populares que presencia en Francia y Alemania. A su paso por Colonia, el poeta Freiligrath le presenta al joven Marx quien, tan sólo un año mayor que Dana, ya es el líder revolucionario co-autor del Manifiesto del Partido Comunista. La impresión del periodista es indeleble. A su regreso se escribe cartas con el brillante radical y lo contrata como su principal columnista londinense (y europeo) en el Tribune y de paso a Engels como ghostwriter sobre asuntos militares. Marx analiza en cientos de artículos las revoluciones de Europa, la política imperial y la opinión pública británicas, el comercio del opio con China, la monarquía prusiana, el auge de un mercado mundial, las guerras en México, Oriente próximo y Asia: “una rica y bien documentada imagen sobre su visión del desarrollo del capitalismo en el mundo”, según H. D Kurz. Los once años de entregas al periódico de Dana le dieron al “padre del socialismo moderno” no sólo una divulgación global a sus ideas sino una fuente muy necesitada aunque magra de ingresos (no más de una libra esterlina por artículo). Marx llega a quejarse amargamente con Engels de los Yankees que administraban el Tribune, “unos miserables tacaños” (“a true penny paper”), a lo cuál éste le contesta “te han exprimido hasta dejarte seco como a un limón”. Debemos a Morton Borden el haber exhumado casi cien años después la compleja relación entre el editor de Nueva York y el revolucionario alemán. Los años de Marx en el Tribune corresponden al auge de un público lector y el imperio del diario se mide en un tiraje de 190 mil ejemplares (para 1855). Al abandonar Charles Dana la gestión a principios de 1862, los dueños del periódico también pierden la pluma del que fuera, según el obituario que él mismo publicó en The Sun, “un enérgico y fructífero pensador – el más potente, mejor armado y completo intelecto que se haya acercado desde el punto de vista obrero al problema del trabajo…en ningún modo banal o auto-complaciente”.

Encrucijadas del tiempo

Sin saber que estaba en un cruce de caminos del tiempo, Dana fundó un diálogo trasatlántico con el autor de todas las grandes sacudidas revolucionarias del siglo siguiente. A su vez, encauzó y propició el periodismo de otro de estos co-autores tan telúricos y re-visitados que hoy exceden, como ha notado Foucault, su propia obra y son “fundadores de discursividad”, esto es, instauradores de una tradición y de una diferencia fundamental en la historia. El obituario de Charles Dana al enterarse de la muerte de Martí en mayo de 1895 recuerda extrañamente al de Marx. Recuerda también a ese “ser en estado radiante”, en palabras de Alfonso Reyes. “Nos hemos enterado con punzante tristeza de la muerte en combate de José Martí, el reconocido líder de la revolución cubana. Lo conocíamos bien y hace tiempo y lo estimábamos profundamente. Por un periodo reducido, hace casi veinte años, fue colaborador en The Sun, escribiendo sobre temas de las bellas artes. En este aspecto, sus enseñanzas eran sólidas y extensas y sus ideas y conclusiones brillantes y originales. Fue hombre de genio y de valor, de imaginación y esperanza, uno de esos descendientes de la raza española cuyo nacimiento Americano y cuyos instintos parecen haberse sumado al tinte revolucionario de la herencia moderna de todos los españoles. Su corazón fue cálido y afectivo, sus opiniones ardientes y elevadas y murió como hubiera querido, luchando por la libertad y la democracia.”

Fallecido meses antes del hundimiento del Maine y del inicio de la guerra hispano-americana, naturalmente, Dana no podía imaginarse ni por asomo que, durante gran parte del siglo XX, su propio país opondría todo su poderío militar y evangelizador (“destino manifiesto” mediante) a ese “tinte revolucionario” de la “raza española” nacida en América. Tampoco hubiera podido ni siquiera intuir que las re-apropiaciones y llamaradas de la tradición ideológica de ese joven que conoció en Colonia sellarían un universo de utopías siempre latentes, el mundo bipolar y la Guerra fría más bien tibia que no termina de acabarse. Pero esa es otra historia y sus caminos, como de costumbre, también son inescrutables. Por lo pronto, nos queda imaginar qué hubiera pasado si, en otras encrucijadas de la historia (y de no haber enfermado de pleuresía), acaso Marx se encontraba con Martí en las oficinas de algún periódicode Dana en Nueva York, tal vez un apretón de manos y nada más. Y todo esto, claro, para romper el hielo de tantos otros relatos dignos de deseo.

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Publicado en: Noticias de Cipango