La ficción sirve bien para entender al otro. Por ello la literatura funciona como una escuela centrada en la educación sentimental. Más allá de los lugares comunes en torno al enamoramiento, cuando nos cuentan una historia que nos cautiva, conseguimos acercarnos al sentir de los personajes. De ahí que podamos asegurar que con la lectura se suman experiencias a nuestras vidas. No es asunto de volvernos más sensibles, sino de ampliar nuestro campo de la comprensión de lo humano.

Tal vez por esta razón es que la Segunda Guerra Mundial sigue siendo un tema tan presente en la novelística contemporánea. No es que se agoten o no los puntos de vista, los argumentos e, incluso, las historias pendientes de contar. Al contrario, siempre habrá qué decir, como lo hay de muchos otros acontecimientos históricos y las novelas se siguen acumulando. La razón puede ser más simple de lo que parece: seguimos sin poder comprender todo el horror que ahí se produjo.
Martin Amis (Swansea, 1949) lo sabe bien. De ahí que él mismo confiese que su novela no bastará para dar una mayor comprensión del mundo. Pese a ello, plantea personajes que parecen salidos de lo más turbio de la condición humana. Personajes que pronto dejarán al lector postrado en su propia incomodidad.
El primero de ellos es Paul Doll, el comandante de un campo de concentración. Es un hombre que sabe lo que está haciendo, conoce los alcances del exterminio. Y es capaz de sentirse bueno o, al menos, eficiente. Decir que está enajenado es una salida fácil. Descubrir que sus problemas cotidianos lo abruman más que el sufrimiento de los millares de condenados que desfilan frente a él, es una revelación complicada. Sobre todo porque pronto nos daremos cuenta de que nos ocupan más esos pequeños conflictos domésticos, que todo el dolor integrado en una interminable peregrinación a nuestras espaldas. Sabemos lo que sucede, lo sabemos tanto como Doll, pero preferimos ignorarlo para atestiguar un encuentro sexual furtivo o para ver cómo su mujer coquetea con otro oficial nazi.
Ese oficial es Golo Thomsen. Ha llegado con una tarea específica: volver más eficiente al campo. Por eso supervisa la construcción de Auschwitz III, un apartado en donde se fabrica caucho. Él sabe que sus actos, los del partido, los propios, son atroces. No hace nada para remediarlo porque sabe que no hay salida posible. De no ser él, sería cualquier otro. Poco a poco la indiferencia se va apoderando de sus acciones. A ella se suma el enamoramiento. Hannah, la esposa de Doll, es el motivo de su entusiasmo. Tanto, que pronto al lector se le olvidan los objetivos militares de Thomsen para centrarse en su proceso de conquista. Algo que, de nuevo, volverá incómodos los placeres obtenidos a partir de la lectura.
El tercer personaje es Szmul, el Sonderkommando, la degradación máxima. Eran judíos encargados de dar la bienvenida a los nuevos, a mostrarles que no todo estaba mal, a conducirlos a las cámaras de gas, a explorar sus cavidades, a arrastrar sus cuerpos… Todo, a cambio de un par de semanas más de vida. Si es que a eso se le podía llamar vida. Es la narración más cruda de todas. La que parte de un vaciamiento moral. El mismo que lo aleja de todo lo humano. No se puede caer más bajo.
La novela de Amis no es sencilla. Exige al lector en múltiples niveles. En el del lenguaje, por ejemplo, lo pone contra las cuerdas gracias a una enorme cantidad de referentes, de giros lingüísticos, de términos en otras lenguas y de otros tiempos. En el de la trama, le exige disciplina, una buena condición lectora, pues no utiliza una estrategia narrativa simple para contar las cosas sino una suerte de rompecabezas al que le faltan algunas piezas. En el de la empatía, porque lo enfrenta a personajes con los que nunca se podrá entender, que son una suerte de monstruos sin apenas visos de humanidad. Y, justo por eso, es que de pronto La Zona de Interés se convierte en una novela tan incómoda. Porque el lector puede desenfocar la toma, permitir que el exterminio y el sufrimiento se vuelvan borrosos para centrarse en lo doméstico, en ese respiro que también le permitirá algunas sonrisas.
Tal vez la novela de Amis no nos diga nada de la guerra que no hubiéramos sabido antes. Sin embargo, consigue demostrar su argumento: es imposible entender tal nivel de horror. Por eso seguirán escribiéndose novelas sobre ese momento histórico: porque no se puede generar la empatía necesaria para llegar a su comprensión. Y eso resulta evidente en La Zona de Interés: preferimos voltear la mirada que involucrarnos con esos personajes. Con ellos no existe la posibilidad del diálogo, de la experiencia sumada, del entendimiento del otro. Con ellos sentimos cómo se diluye la empatía al tiempo que nos preguntamos qué habría sido de nosotros mismos en sus circunstancias. Ninguna respuesta posible es grata.