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Presentamos el primer capítulo de Oona y Salinger (Anagrama). Frédéric Beigbeder, fascinado por J. D. Salinger  y Oona O’Neill, narra la historia del romance entre los dos personajes, poco documentada. Rellena los huecos, recrea lugares y ambientes, fabula diálogos. Habla del Nueva York de los años cuarenta, de la Segunda Guerra Mundial, de cine y de literatura. Y da voz a Truman Capote, Ernest Hemingway y Charlie Chaplin, entre otros.


I knew he’d be a writer. I could smell it.
—Oona O’Neill sobre J. D. Salinger

 

En Nueva York, en 1940, todo el mundo fumaba en todas partes, en los bares, en los restaurantes, en los taxis, en los trenes y, sobre todo, en el Stork Club. Al salir, a uno siempre le picaban los ojos y el pelo le olía a tabaco. La gen­te se arruinaba la salud más que hoy en día, ya que nadie les reprochaba que hicieran aumentar el déficit de la Seguridad Social, que ni siquiera se había inventado. Eran casi las once de la noche; a esa hora se hacía difícil distinguir los rostros de los clientes sentados a las mesas en la larga sala del local. El Stork no era un club, era una nube opaca. Bajo una red llena de globos, la orquesta acometía canciones de Cab Ca­lloway. ¿O era Cab Calloway en persona? En la pared había dibujada una cigüeña con sombrero de copa fumando un cigarrillo. Las noches de domingo el restaurante estaba tan abarrotado que los clientes tenían que gritar para pedir la bebida a los camareros, ataviados con chaquetilla y pajarita negra. Bien es verdad que eso no les molestaba en absoluto: los norteamericanos siempre vociferan, sobre todo cuando les sirven bourbon con hielo picado.

Un joven rubiales procedente de Nueva Orleáns y con la voz de pito no podía dejar de sonreír cuando salía con el Trío de las Herederas: Gloria Vanderbilt, Oona O’Neill y Carol Marcus, las primeras it girls de la historia del mun­do occidental, ocultas tras una cortina de humo. Durante el día enviaba textos a periódicos que, de momento, no los publicarían. Y por la noche se limpiaba las gafas redondas con su pañuelo de seda negro antes de volvérselas a colo­car sobre la nariz y hacer lo propio con el pedazo de tela, que se metía en el bolsillo exterior izquierdo de su americana blanca, esmerándose en que sobresalieran cuatro triángulos que apuntaban al techo, como flechas dirigidas a los globos que le colgaban por encima de la cabeza. Creía que vestir bien le hacía a uno inteligente, y en su caso era cierto. Tenía dieciséis años, se llamaba Truman Capote y la escena se desarrollaba en esta dirección: el número 3 de la calle Cincuenta y tres Este.

—Queridas, sois mis cisnes.

—¿Por qué nos tratas de cisnes? —preguntó Gloria, lan­zándole una bocanada de humo a la cara.

—Bueno, para empezar sois blancas —respondió Capo­te, reprimiéndose la tos—, además os movéis con elegancia, tenéis un cuello largo y gracioso…

—Y un pico afilado y naranja, ¿no?

—En efecto, tú, Gloria, tienes el pico muy afilado, nos lo demuestras todas las noches. Aunque más bien pintado de rojo, ya que le extiendes por encima, así como sobre tus incisivos, el contenido de tu tubo de pintalabios.

—¿Y dónde están nuestras alas? —preguntó Oona.

Truman Capote sólo tenía ojos (azules) para el cama­rero, un joven antillano de dientes separados que se pare­cía a Yannick Noah mucho antes de nacer Yannick Noah.

—Joven, sea tan amable de traernos cuatro vodkas con martini, por favor, así me aseguro de volver a verlo pronto.

Truman sonrió a la más guapa de las tres.

—Oona, querida —respondió—, os he cortado las alas mientras dormíais para impedir que voléis lejos de mí. Os secuestro durante un decenio. No os preocupéis, pasará rápido.

—Truman —dijo Gloria—, si nosotras somos tus cisnes…, ¿tú qué eres, un cerdito?

La carcajada fue general. Gloria había pronunciado aquella pulla como si zanjara definitivamente la cuestión. Truman se volvió todo rosa; es verdad que a un amante de la charcutería le habría costado resistirse a su encanto. Pero sus ojos claros chispeaban de malicia y todo lo que decía era ligero y divertido, lo que al fin y al cabo lo dife­renciaba de un plato de embutido. En el mismo bar, en la otra punta, un tipo de metro noventa observaba la mesa seis sin decir nada, puesto que nunca decía nada. De to­dos modos, todas las miradas del Stork convergían en la mesa seis, la que estaba situada en el rincón, al final de la sala en forma de ele. En 1940, Jerome David Salinger te­nía veintiún años. Todavía vivía en casa de sus padres, en el 1133 de Park Avenue, en la esquina con la calle Noven­ta y uno. Como era alto, guapo y vestía bien, a veces lo de­jaban entrar solo en el Stork Club, el lugar más cerrado de Nueva York. Su padre era un judío que se había enrique­cido vendiendo queso kosher y carne ahumada. De momen­to, Jerry no tenía ningún motivo para convertirse en el in­ventor de la eterna adolescencia a crédito.

De momento, es un gran tímido que se enciende un cigarrillo con la misma desenvoltura que Humphrey Bo­gart (un gesto impecable que le ha exigido semanas de en­trenamiento frente al espejo del baño). Truman Capote es más esnob que él, pero también más sensible y divertido, aunque pagado de sí mismo. Físicamente es el opuesto de Salinger: tan pequeño como gigante es el otro, con los ojos azules, mientras que el otro los tiene negros y pene­trantes, el pelo rubio frente al moreno tenebroso (un per­fecto rostro de niño de Alabama frente a un grandullón que imita a los intelectuales neoyorquinos). Todos se esfuerzan por fumar cigarrillo tras cigarrillo para parecer mayores; se saben privilegiados por poder beber alcohol en ese lugar tan exclusivo. Es el único momento de su existencia en el que se comportarán como adultos. Capote ya anota todo lo que ve y repite todo lo que oye. Sabe muy bien que nunca habría entrado en ese club sin sus tres cisnes. Ellas son su sésamo: les extienden la alfombra roja en todos lados, posan para Harper’s Bazaar y para Vo­gue. Son posflappers y prefeministas: saliendo, fumando y moviéndose bajo prendas ligeras de seda coronadas por ruidosos collares de perlas, persiguen sin saberlo una lenta emancipación iniciada en los años veinte y que está lejos de haber culminado. Él no hace sino seguir el movimiento y distraer a sus sufragistas de porcelana. Treinta y cinco años más tarde, lo contará todo con crueldad (en Plegarias atendidas), sus amigas le darán la espalda y él morirá de dolor, sumergido en el alcohol, las drogas y los tranquili­zantes. Pero, de momento, Truman luce esa carita cir­cunspecta de los niños abandonados por sus padres que han comprendido muy temprano que tenían que almace­nar recuerdos para ocupar su soledad. La fiesta nunca es gratuita para un artista. Los escritores que salen por la no­che nunca se divierten del todo: trabajan, qué le vamos a hacer; parece que desbarren, pero en realidad están en la oficina, buscando la frase que justificará la resaca del día siguiente. Si la cosecha es buena, unas cuantas frases so­brevivirán a la relectura y quedarán integradas en un pá­rrafo. Si la noche es un desastre, no habrá nada en el tintero, ni siquiera una metáfora, una broma, un juego de palabras o un chismorreo. Por desgracia, cuando no hay nada por recolectar, los escritores no se dan por vencidos: el fracaso les proporciona un pretexto para salir más, para beber más, como buscadores de oro que persisten con obstinación en una mina abandonada.

J. D. Salinger se acercó a su mesa. Siempre andaba algo encorvado para no sobrepasar demasiado a los demás: no era sólo el más alto, sino también el mayor. El pie de Capote se agitaba bajo la silla como la cola de un perro ex­citado. Fue él quien habló primero.

—Señoritas, ¿podrían decirme cómo se llama este pája­ro de negro plumaje? ¿Una garza? ¿Un flamenco?

—Hello, there. Me llamo Salinger. Jerry Salinger, en­cantado. Personalmente, mi pájaro preferido es… —re­flexionó un poco demasiado— la Chica Americana en Pan­talón Corto.

Toda una hazaña, conseguir que sonrían las chicas más displicentes de Nueva York. Truman comprendió el mensaje y observó cómo aquel larguirucho inclinaba la nariz para besar la mano al trío: si se trataba de un ave, en­tonces era una cigüeña que se encontraba de pleno dere­cho en ese club (pues stork significa “cigüeña”, got it?). Oona era la más tímida de todas. También la más dulce, a pesar de su vestido negro de hombros desnudos. Su silen­cio, sus sonrojos de pimpinela, estaban surcados por unos ojos negros impenetrables: parecía uno de esos retratos de muchachas ingenuas de Jean-Baptiste Greuze expuestos en la Wallace Collection de Londres. Parecía ignorar que era guapa, a pesar de que todo el mundo se lo repetía des­de su nacimiento, excepto su padre. La desmaña, la falta de confianza en sí misma, los tartamudeos embellecían cada uno de sus gestos; su manera de sostener la copa con­tra su cuerpo, de agitar los cubitos con el dedo índice an­tes de chupárselo como si le sangrara, de excusarse conti­nuamente por su presencia, como si no supiera que el club la necesitaba para seguir estando de moda. El adjetivo clumsy parecía inventado para designar su temible torpeza. A uno le entraban ganas de adoptar a ese gato abandona­do. Gloria era más refinada, Carol más rubia (le copiaba a Jean Harlow el pelo ondulado y las cejas pintadas a mano). Ése era el secreto de su amistad: más que un trío, formaban un panel; había para todos los gustos, ninguna hacía la competencia a las demás. Si te gustaban las muje­res sofisticadas, las vampiresas fatales, tenías a Gloria, la gran multimillonaria. Si preferías a las sensuales o a las histéricas, si temías aburrirte o te gustaba que te gritaran, tu elección era Carol. Y si no te atraían ni el dinero ni la extravagancia…, si buscabas a una autista a la que proteger, a un ángel al que salvar…, tenías muchos números de caer en la trampa de Oona.

Oona imponía respeto por su calma. Era la menos exuberante de la pandilla, pero no la menos fascinante. Cuando sonreía, se le marcaban dos hoyuelos en las meji­llas y uno se decía que, en el fondo, la vida era casi sopor­table a condición de tener siempre los ojos brillantes. Des­de los quince años, su madre apenas se ocupaba de ella; Oona vivía en casa de Carol, en el 420 de Park Avenue. Desde los quince años, el portero de uniforme azul dejaba entrar a Oona O’Neill en el Stork siempre que ella quería, puesto que el jefe estaba loco con el apellido de la mucha­cha. Sherman Billingsley la vigilaba, la llamaba “my most beautiful baby”, la acomodaba en la mejor mesa de la Cub Room (la zona VIP) y la invitaba a copas. El tipo era esnob como un bidet del Waldorf Astoria, y así es como hacía funcionar el negocio: un grupo de chicas guapas, aunque sean menores —sobre todo si son menores—, dan ambiente, en especial si poseen apellidos famosos que atraen a los fotógrafos y a los hombres ricos.

—Echaos a un lado, chicas —dijo Truman—, haced sitio a Jerry, ¡vamos! Jerry, le presento a mis cisnes.

—No creo que esta señorita se parezca a un cisne —dijo Jerry—. Más bien la veo como una paloma herida. ¿Cómo se llama usted, querido pájaro-caído-del-nido?

—Mmm… Se reirá de mí… —vaciló Oona.

—Dígamelo.

—Oona. Es gaélico.

—Qué bonito, Oona. Y significa…

—Única, según dicen.

—Pues claro, qué tonto soy, si se reconoce al oído: Oona = “One”.

Capote soltó una carcajada aguda.

—“Una” es un hada de las leyendas célticas —dijo—. La reina de las hadas.

—Ah… ¿Y tiene usted poderes mágicos? —preguntó Jerry.

El camarero joven trajo las copas. He olvidado men­cionar que, en ese mismo instante, Francia estaba ocupada por Alemania. En París, teniendo en cuenta la diferencia horaria, las tropas alemanas desfilaban por los Campos Elíseos.

—Pues sí, como puede usted ver —intervino Truman—. ¡Oona hace aparecer vodka en las mesas!

—También sé hacer desaparecer ceniceros… —dijo Oona.

—La muy cleptómana colecciona ceniceros robados —dijo Gloria, riendo sarcásticamente.

—Me pregunto para qué está la policía —dijo Carol.

Fue entonces cuando Oona sonrió por segunda vez en aquella velada. Cuando Oona sonreía, con los párpados entornados, uno dejaba de oír el griterío. Era como si al­guien hubiera bajado el volumen del resto del mundo. Al menos eso le parecía a Jerry: la boca de Oona, el contraste entre sus labios rojos y sus dientes blancos, sus pómulos respingones, su esmalte de uñas burdeos a juego con su boca color cereza, esa perfección de niña de la alta socie­dad, lo volvían completamente sordo. ¿Qué significaba esa morena? ¿Por qué aquella chica, que conocía desde hacía cinco minutos, le provocaba dolor de barriga? ¿Podía prohibirle alguien poner esa cara de niña pillada en falta? A él también le daban ganas de llamar a la policía. El Estado debería impedir que las mujeres se sirvieran tan bien de sus párpados. Jerry murmuró para sus adentros:

—Una ley anti-Oona…

—Perdone, ¿qué ha dicho?

—¡Está refunfuñando!

—¡Ja, ja, ja! ¡Otra víctima de Oona! —dijo Truman—. ¡Puede usted fundar un club con Orson!

Truman se volvió hacia la mesa que estaba al otro ex­tremo de la ele, desde donde Orson Welles les observaba de reojo por encima del hombro de una chica que se pare­cía a Dolores del Río, pero que era la mujer de Errol Flynn, la actriz francesa Lili Damita, cuyo marido se encontraba de rodaje. (Nadie que no fuera famoso podía sentarse a la mesa del otro extremo de la ele.) Orson Welles no paraba de lanzar miradas misteriosas a las chicas, sobre todo a Oona, hasta que apartaba la vista cuando percibía que su amante estaba a punto de sorprenderlo. A sus veinticinco años, el famoso locutor de radio probaba el método del bello indiferente. Este método no funciona con las chicas tímidas, a las que, muy al contrario, hay que atosigar. Si ignoras a una arribista, seguro que se da cuenta. En cam­bio, si menosprecias a una tímida, le haces un favor y nunca la conocerás. Sobre todo si eres famoso, es decir, el doble de aterrador que un hombre normal. Orson Welles se volvió hacia Lili Damita, que engullía una crêpe Suzette frente a él. Jerry Salinger adoptaba otra estrategia: hablaba muy bajito, con un tono monocorde, confiando en que el resto de la mesa no le oyera. Se dirigía a Oona como si estuvieran solos en el mundo, por lo que, aquella noche, lo estuvieron un poco.

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—Oona O’Neill… Vaya, su nombre es una aliteración… Creo —prosiguió Jerry— que su padre escogió este nombre de pila porque se parecía a su apellido. Fue una elección narcisista.

—No lo sé, no me habla desde que en una revista me describí como una “irlandesa destartalada”. Cree que voy a terminar mal. Pero mientras tanto es él quien va de mal en peor desde que ha dejado de beber. La última vez que lo vi le temblaban las manos.

Sin embargo, el resto de la mesa tenía el oído muy fino.

—Oona terminará bien porque ha empezado mal —dijo Gloria—. ¡Como nosotras!

—Yo no conocí a mi padre, y el suyo murió cuando ella tenía dieciocho meses —dijo Carol, señalando a Gloria.

—Pues a mí —dijo Truman— mi madre me abandonó a los dos años.

—En mi caso —dijo Oona— fue mi padre quien se mar­chó cuando yo tenía dos años.

—¡Un brindis por el Club de los Huérfanos Dorados! —añadió Gloria levantando la copa.

Las tres chicas bebieron con Truman y Jerry, que casi se avergonzaba de que sus padres continuaran casados. Al chocar, las copas produjeron exactamente el mismo tinti­neo que el triángulo del tercer movimiento del concierto para piano en fa de George Gershwin.

—Un poco de respeto —dijo Truman—. ¿Ya sabe que está hablando con la futura Glamour Girl del Stork?

—Oh, no, por favor — se irritó Oona—. No volváis con eso…

—¡Levantemos la copa por la nueva Zelda!

Oona volvió a sonrojarse, esta vez de rabia. La sacaba de quicio ruborizarse cada vez que hablaban de esa estúpi­da historia. Cada año, los clientes del Stork Club escogían una “Glamour Girl”, y ella estaba en la lista de finalistas. Ella no lo había pedido, y también era por esa tontería por lo que su padre no le dirigía la palabra. ¿Había que consi­derar un honor ser “Miss Discoteca de Moda”? No. ¿Ha­bía que rechazar la distinción como si tuviera la más míni­ma importancia? Tampoco. He aquí la clase de dilemas a los que se enfrentaba la juventud dorada de Nueva York en 1940, mientras una bandera roja y blanca con la cruz gamada ondulaba en lo alto de la Torre Eiffel.

—Zelda Fitzgerald no es ningún insulto —dijo Oona—, aunque hay que decir que lo que tiene de más interesante son los libros de su marido.

—¡Alzo mi copa por Francis “Scotch” Fitzgerald! — dijo Truman.

—¿Usted escribe, Jerry? —dijo Carol—. Tiene pinta de es­critor. Los reconozco a diez kilómetros a la redonda. Son todos unos malditos egocéntricos, espantosamente inteligentes, de los que hay que huir como de la peste.

—¿Os parece que tiene aspecto de intelectual? —pregun­tó Gloria—. No habla mucho, ¿no?

Jerry pensaba que nunca había oído un nombre como ése. Oona. Sonaba como un gemido de placer. Ooo… segui­do de un grito de liberación: ¡aaa! Y entre las dos vocales, la consonante que evoca la luna: (m)oona… Aquel nombre era tan hipnótico como la persona que lo poseía. Jerry se decía que los hombres se podían partir la cara por toda la eterni­dad mientras hubiera mujeres como aquélla para levantarlos.

—No…, no he visto ninguna obra de su padre —dijo—. Pero sé que es nuestro mejor dramaturgo.

—No es el mejor —dijo Truman—, ¡es el único! El pri­mero que sacó a los pobres a escena. No sé si fue muy bue­na idea, todos esos marineros lúgubres, esas prostitutas de buen corazón, esos marginales suicidas… ¡Qué deprimente!

—Desde el Premio Nobel es un tesoro nacional —lo co­rrigió Jerry.

No tenía ni idea, pero quería agradar a la hija defen­diendo al padre. Además, no le gustaba la agresividad gra­tuita, mundana. Le parecía más estimulante ser gracioso sin hablar mal de la gente; por lo que no resultaba gracio­so muy a menudo…

—Un mal padre es lo que es —concluyó Oona escu­piendo el humo del cigarrillo hacia el techo, como si estu­viera echada en el diván de un psicoanalista.

—Todos los irlandeses son unos alcohólicos —dijo Tru­man—. ¡A ver quién es capaz de encontrar a un irlandés que no beba!

—Para escribir, uno tiene derecho a beber —dijo Ca­rol—. Pero para educar a los hijos está contraindicado.

—No conozco su obra —prosiguió Jerry, confundido—. Mi problema, señorita O’Neill, es que en el teatro no me siento cómodo: me vienen ganas de toser en el peor mo­mento, y siempre tengo la sensación de estar sentado en la butaca que más cruje de la sala… No sé por qué, pero nunca consigo olvidar que estoy sentado frente a personas a las que pagan para recitar diálogos, y los actores me transmiten su nerviosismo. Es una estupidez…, sufro en su lugar por si se olvidan del texto.

—Y también están los escupitajos —dijo Truman—. En el teatro vale más no sentarse en las primeras filas si no se lleva un buen paraguas.

—Disculpe —dijo Jerry—. Supongo que… debe de estar harta de que le hablen de su padre.

—Es difícil llevar su apellido —dijo Oona—. Me considero más una huérfana que la “hija de”. Es extraño ser la huérfa­na de una persona viva y famosa. Todo el mundo me habla de él como si estuviéramos muy unidos, cuando en realidad sólo lo he visto tres veces en los diez últimos años.

Luego Oona calló, irritada por haber confiado algo tan íntimo a un desconocido. Gloria notó la incomodidad de su amiga y acudió al rescate cantando “Hi-de-hi-de-hi-de-ho”. La orquesta tocaba Minnie the Moocher un poco demasiado fuerte en los agudos. Las vibraciones del con­trabajo hacían temblar las paredes cubiertas de caoba. La canción cuenta la historia de una prostituta que sale con un cocainómano. Un auténtico argumento para una obra del señor O’Neill padre. Siempre resulta divertido ver a burgueses repitiendo en coro palabras violentas. En las ce­nas de las buenas familias, en presencia de niños peque­ños, no puedo evitar sonreír cuando todo el mundo tara­rea Walk on the Wild Side y los too too doo too doo too too doo doo de Lou Reed (la historia de un travesti que se prostituye).

—Mirad —dijo Gloria Vanderbilt—, tal como yo lo veo, mejor para mí si he heredado una fortuna familiar, pero lo demás os lo regalo: las fotos, los chismorreos, los gigolós, los estafadores… What a mess! Truman, amor mío, pide otra ronda de vodka con martini, por piedad.

La familia de Gloria había construido la mitad de Nueva York y le había arruinado la infancia. Tras hacer una señal al jefe de camareros, Truman cambió de tema. Cada vez que se avecinaba algo doloroso, Capote lo evita­ba. Cuestión de supervivencia. Eso es lo que hacía de él el adolescente más seductor de Nueva York.

—Todas estas chicas sin padre —le dijo a Jerry—, alguien tiene que ocuparse de ellas… Se han escapado de Park Avenue para estudiar arte dramático. Todas las mucha­chas del Upper East Side hacen teatro porque quieren ser amadas, y todas las personas que tendrían que amarlas se han ido de fin de semana a los Hamptons.

—Mi padre está en París y mi madre en Los Ángeles —dijo Oona.

—Mirad a Orson, ahí abajo —dijo Carol—. ¡Qué sinies­tro es, por Dios! ¿Nunca ha interpretado ningún O’Neill? ¡Pues debería! Me lo puedo imaginar perfectamente ati­zando a su mujer con una botella vacía.

—Pues a mí me parece casi guapo —dijo Gloria—. Me encantó cuando hizo creer por la radio que los marcianos atacaban Broadway.

—No veo qué tiene eso de sensacional —dijo Truman—. Los marcianos atacan Broadway todas las noches.

Desde las ocho de la tarde, Gloria Vanderbilt iba lan­zando sus “hello” a todos los tipos guapos que pasaban. Si le respondían con una sonrisa, se levantaba de la mesa para acercarse a la barra y volvía con tarjetas de visita que hacía circular de butaca en butaca antes de olvidarlas en el cenicero blanco. Era un gran honor que la rica heredera se quedase sentada con su pandilla de ruidosos amigos. Carol se levantó para bailar con Truman. Los dos tenían el pelo extremadamente rubio. Para localizarlos entre los bailari­nes, bastaba con seguir las dos llamas en medio de la pista de baile, como dos fuegos fatuos en un pantano.

Para seducir a una chica muy codiciada tienes que ha­cerle creer que tienes tiempo… cuando no lo tienes. No tienes que precipitarte sobre ella como los demás, sino mostrar tu interés. Es un juego sutil y contradictorio. Sólo tienes dos minutos para transmitir estos dos mensajes: me da igual pero no me da igual. En realidad, si se queda con­tigo más de dos minutos es que te ha escogido, o sea que cállate.

Oona lanzó una mirada discreta a Jerry, que se mordía las uñas; comprendió que también él se preguntaba qué hacía ahí. Se calibraban sin pronunciar palabra. El espejo de debajo de la barra servía para dos cosas: para espiar a los demás y para comprobar el propio peinado. De vez en cuando, uno de los dos abría la boca para empezar una frase, pero no la pronunciaba. El otro también lo intenta­ba, pero no salía nada, salvo algunas volutas de Chester­field. Buscaban algo que decirse que no fuera una banali­dad. Sentían que necesitaban ser dignos el uno del otro. Que charlar tenía que merecerse. O bien intercambiaban algunos borborigmos, pero la mayor parte del tiempo que duró su primer encuentro (una media hora larga) lo pasa­ron bebiendo minúsculos sorbos de vodkatini e inspeccio­nando con atención el fondo de la copa como si buscaran un tesoro, una aceituna o una actitud que adoptar.

—…

—Ejem…

—Yo…

—…

—Esto…

—Hace calor…

—Sí…

—…

—Esta canción…

—¿Smoke Gets in Your Eyes?

—A lo mejor…

—Mmm…

—…

—…

—Bonito título…

—Ya lo creo…

—En este sitio se te mete todo el rato el humo en los ojos…

—La mejor versión es la de Fred Astaire… Cuando bai­la parece que se deslice…

—Como un patinador con zapatos de talón…

—Mmm… ¿Sabe que se le parece un poco?

—¿Ah, sí?

—…

—Lo dice por mi cara alargada.

Sonrisa incómoda.

Suspiro desconcertado.

—Acérqueme el cenicero, por favor…

—Tenga…

—Es verdad, tengo la cara en forma de cacahuete.

—Nada de eso, Fred Astaire es muy guapo.

—Perdone que se lo pregunte, pero… ¿cuántos años tiene?

—Quince. ¿Por qué?

—…

—…

—Por nada…

—¿Y usted?

—Veintiuno…

—…

—…

—Una cosa…

—¿Qué?

—Estoy callada, pero… no me aburro.

—Yo tampoco.

—Me gusta estar callada con usted.

—…

—…

Paro de transcribir este diálogo de besugos porque el lector va a pensar que me dedico a llenar páginas porque sí (lo cual es cierto) o que no le doy suficiente por lo que paga (lo cual es falso). Aun así, se trata de la transcripción exacta de la primera no-conversación entre Oona O’Neill y Jerome David Salinger. Estos dos grandes paralíticos no osaban ni siquiera mirarse, sentados como estaban uno junto al otro, de cara a la sala. Contemplaban el ballet de los camareros y escuchaban cómo la orquesta se desgañita­ba bajo la red de globos. Oona arañaba la servilleta, Jerry olía la copa como si entendiera algo de martinis, con la otra mano aferrada al reposabrazos de la butaca, como un fóbico durante el despegue de un avión. De vez en cuando levantaba una ceja, o las dos. Ya se conocía la existencia del small talk;esa noche, Oona y Jerry inventaron el silent talk. Un silencio locuaz, un vacío preñado de sobrentendi­dos. El resto de la mesa hacía ruido de la nada, ellos tenían una curiosidad muda. Era irritante ver de pronto tanta profundidad en medio de la ligereza neoyorquina. Quizá aquellas dos personas incómodas consigo mismas se sen­tían aliviadas de poder al fin callar al unísono. Los demás volvieron a sentarse, agotados por el flirteo y el baile. Tru­man observaba a Jerry con ternura y decía cosas del tipo:

—Dicen que Orson ha rodado una película sobre la fa­milia Hearst. ¡Ningún periódico va a hablar de ella!

—Pare de devorarla con los ojos, darling. Es irritante, trate al menos de cerrar la boca.

—¿Habéis visto El gran dictador?Chaplin está hilaran­te, pero se me hizo raro oírle la voz. Me la imaginaba más grave.

—Me encanta cuando imita al alemán —dijo Carol—: “Und Destretz Hedeflüten sagt den Flüten und destrutz Zett und sagt der Gefuhten!!”.

—¿Y qué significa?

—Es falso alemán. Cuando bebes eres un auténtico bi­lingüe, ¿eh?

—Es posible que el verdadero Hitler también pronun­cie sus discursos en un alemán macarrónico, por eso nadie se ha tragado lo que decía.

La rubia Carol reía demasiado fuerte de sus bromas a fin de realzarlas. No le gustaba que Oona tuviera éxito. No quería compartirla, la quería para ella sola, como la herma­na menor que nunca había tenido. Era evidente que estaba molesta, pues no paraba de sacar la polvera con gesto ner­vioso para empolvarse la cara con la borla. Gloria estaba contenta de no ser la única “hija de” de la mesa. Ésa es la maldición de las hijas de los famosos: en lugar de aprove­charse de su apellido sin complejos (al fin y al cabo, ellas no han escogido a sus padres), siempre se sienten desfigu­radas por su patronímico, como un bolso afeado por un enorme logotipo dorado. Sin embargo, las tres amigas sa­bían a qué atenerse: lo primero que atraía en ellas a los hombres era su físico. La celebridad y la fortuna de sus pa­dres no eran más que guindas (envenenadas) sobre el pastel de sus cuerpos menudos. Mientras continuaban bromean­do, Jerry fruncía el ceño. No hace falta ser mago para adi­vinar qué pensaba: “Pero ¿qué tiene ella que no tengan las demás? ¿Por qué me inspira tanto su cabeza de ratón? ¿Por qué adoro al instante sus cejas y su tristeza? ¿Por qué me siento tan estúpido y tan bien a su lado? ¿A qué espero para cogerle la mano y llevármela lejos de aquí?”.

—A mí, lo que más me gusta de Chaplin es Paulette Goddard —dijo Gloria—. ¡Es tan elegante!

—Siempre ha tenido buen gusto con las mujeres: las es­coge muy jóvenes —murmuró Truman entre sus labios inexis­tentes.

—A mí El gran dictador no me hizo gracia. Hitler no hace reír a las masas de Europa —soltó Jerry Salinger antes de lamentar su incapacidad para ser frívolo—. Me pregun­to si Chaplin lo ha visto alguna vez.

Al cabo de un segundo se levantó de la mesa y dio me­dia vuelta hacia la puerta para volverse luego con rabia ha­cia Oona, como un actor de la Royal Shakespeare Com­pany preparando su salida de escena.

—It was nice not-talking with you, Miss O’Neill.

—¡Eh! —exclamó Truman—. ¡Pero si la noche es joven!

—NECESITO una crêpe Suzette AHORA MISMO bajo pena de DECESO —dijo Carol.

—Nice not-to-meet-you too, Jerry —dijo Oona en voz baja. Luego, para disimular su sonrojo, se volvió hacia sus amigas mientras el larguirucho se encaminaba hacia el guardarropía masticando un trozo de piel de su pulgar iz­quierdo—. Un tipo raro, ese grandullón… ¿Qué hora es?

—Demasiado temprano para irse a la cama —dijo Capote.

—Tenemos que esperar a que suelten los globos —dijo Carol.

—There’s a great day coming mañana —entonó la or­questa.

En el Stork Club, el domingo era “la noche de los glo­bos”: al sonar la duodécima campanada de medianoche, las chicas se peleaban por hacer explotar todos los globos que les caían en la cabeza. En algunos se escondían bonos a canjear por sorpresas, joyas, regalos, un vestido y un fu­lar… Las ganadoras chillaban entonces aún más fuerte, al límite del orgasmo, y las perdedoras gritaban también, de rabia y de celos, y luego todo el mundo ahogaba las emo­ciones en un mar de whisky. Tendríamos que recuperar esa moda de los “globos sorpresa”: hoy en día nos faltan noches petardeantes. Al explotar, el centenar de globos producía un ruido como de ráfaga de metralleta MP 38 que hacía enmudecer momentáneamente las rumbas. Ca­rol era la más loca del trío. De pie sobre la mesa, estaba dispuesta a arañar o a morder a cualquiera que se interpu­siera en su camino hacia el Globo Supremo, que hacía es­tallar con sus uñas, afiladas como navajas.[i]

J. D. Salinger volvió a pie a casa de sus padres, no muy lejos de donde yo mismo viví, cuarenta y cuatro pri­maveras más tarde, en casa de mi tío George Harben, en Riverside Drive. La sonrisa triste de Oona se había que­dado grabada en su memoria y en los edificios de Park Avenue. Contemplaba su rostro alargado en los aparado­res. Fucking Fred Astaire. Tenía frío en la cabeza, pues había olvidado el sombrero en el Stork, pero le daba de­masiada vergüenza volver a buscarlo delante de toda la tropa. Pasó las semanas siguientes desmenuzando cada se­gundo de aquella velada. ¿Por qué se había quedado Oona con él tanto tiempo? ¿Por qué él no había sido capaz de pro­nunciar más que onomatopeyas? ¿Qué habría debido de­cir para hacerse inolvidable? Cuando, al llegar a casa, hur­gó en el bolsillo del abrigo en busca de las llaves, notó un objeto pesado. Alguien le había metido en el bolsillo el ce­nicero blanco del Stork Club. Aunque fuera inanimada, la visión de la cigüeña fumadora con sombrero de copa le devolvió la sonrisa.

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Frédéric Beigbeder (Neuilly-sur-Seine, 1965)
Escritor. Ha publicado: Socorro, perdón, Windows on the World, El amor dura tres años y 13,99 euros, entre otros libros.

Traducción de Francesc Rovira.


[i] Más tarde, Carol adquiriría fama de mujer insoportable. Su úl­timo marido (el actor Walter Matthau) fue el único capaz de meterla en cintura. Una anécdota célebre: en los años sesenta, durante un via­je glacial a Polonia en el que visitaron, entre otras cosas, el monumento conmemorativo de un famoso campo de exterminio, Carol se quejaba constantemente del frío y Walter Matthau terminó soltándo­le: “You ruined my trip to Auschwitz!” Gloria Vanderbilt era la más juerguista de la pandilla. Huérfana a los dieciocho meses, se casó cua­tro veces, publicó poemas y novelas eróticas y lanzó al mercado los primeros designer jeans. Más tarde inventaría el concepto de cougar y a uno de sus jóvenes amantes lo apodaría “el Nijinski del cunnilin­gus”. (Nota del autor risueño.)