Vas manejando y llegas a un semáforo, así que te detienes. En automático, buscas tu iPhone para entretenerte durante esos dos minutos, pero entonces en la radio empieza a sonar “Corazón delator”, de Soda Stereo, y por alguna razón que no alcanzas a entender, la música te pega duro. Pero duro. No es la letra ni ningún sonido en particular, no sabes qué es. Sientes crecer una opresión en el pecho que va alcanzando tu garganta. Es un estado raro, incluso nuevo, que parece tristeza pero no es tristeza porque es más profundo, y que parece nostalgia pero tampoco es nostalgia porque no te recuerda a nada. Es una sensación de vacío, una especie de caída en cuenta —pero no te engañes, esto ya lo sabías— de que la vida no tiene sentido y vas a morir solo. Sientes que estás a tiempo de ignorar el asunto y quieres volver a mirar tu teléfono para regresar a tu zona de confort, pero reprimes las ganas. En un momento de valor, lo sueltas. Decides que vas a dejar a esta cosa golpearte. La experiencia es tan intensa que tienes que orillarte porque estás empezando a llorar como un bebé. La canción ya no importa, o en todo caso la escuchas muy al fondo, a kilómetros de distancia, porque lo único que puedes sentir aquí y ahora es esto que no tiene nombre y que no dura mucho tiempo. Cuando termina, estás casi sonriendo. Estás feliz. En la radio ya hay otra cosa, lo que oyes son las intermitentes y tu respiración, que ahora está en calma. Un peatón que va pasando te mira con curiosidad.

belleza

Esta anécdota es del comediante Louis C.K. y está en un video que se hizo viral hace un par de años. Por supuesto, a C.K. no le sucedió con Soda Stereo, pero la contingencia de la canción es parte del punto. A primera vista, el video no tiene mayor interés: básicamente se trata de C.K. hablando de algo que le pasó con una canción de Bruce Springsteen que yo, por ejemplo, nunca había escuchado. Pero el número de visitas en youtube y la cantidad de comentarios que suscitó en medios anglófonos (Slate, the Guardian, Gawker) sugieren que lo que dice C.K. toca una cuerda sensible en todos. Lo que C.K. describe es un tipo de experiencia universal que, sólo por ser humano, podrías —y probablemente deberías— vivir alguna vez en tu vida, escuchando Soda Stereo o frente a una obra de arte o en misa: se trata de la experiencia de lo sublime.

Lo sublime es la experiencia estética que atraviesas cuando un objeto que percibes está más allá de lo bello. Para el filósofo Immanuel Kant, esto sólo puede suceder cuando te enfrentas a un objeto inconmensurable de la naturaleza: el alpinista que ve por primera vez el Mont-Blanc o el pescador cuando lo envuelve una tormenta. Las dimensiones o el poder del objeto son tan grandes, que las facultades mentales no alcanzan a aprehenderlo porque están acostumbradas a objetos de la vida cotidiana, así que te sientes rebasado. Esto provoca primero una sensación de angustia. Pero el alpinista también se da cuenta de que la naturaleza realmente está debajo suyo porque él, mediante la razón, inventó el equipo y trazó la ruta y midió las provisiones de comida que le permitieron llegar a la cima, o sea: dominarla. Saber esto provoca una sensación de placer. Entonces, lo sublime sería una combinación abrumadora de angustia y placer. Pero Kant vivió en el siglo XVIII, y no se imaginó que, trescientos años después, alguien en su coche podría tener una experiencia similar enfrentado a un objeto tan distinto del Mont-Blanc como una canción de Bruce Springsteen. Algo deben tener en común las dos cosas, y también algo debe tener en común Louis C.K. con el alpinista y el pescador, como para que la experiencia sea la misma.

Vamos a empezar con lo segundo. La respuesta de Martin Heidegger es esperanzadora: sí, claro que todos tenemos algo en común: que vamos a morir. Para Heidegger, la mortalidad no es sólo el final de la vida humana sino su esencia. El ser humano es un “ser-para-la-muerte”. La muerte es nuestro destino, de manera que vivimos el viaje en función de ella. Pero esto no es algo de lo que estemos naturalmente conscientes; de hecho, lo normal es ignorarlo. La idea de que somos seres para la muerte está escondida detrás de la superficie de la rutina, de los placeres inmediatos de la comida y la bebida, de la seguridad del trabajo. En otras palabras, está detrás de la existencia inauténtica, que consiste en vivir en conformidad con lo que hace todo el mundo. Mientras tengas algo a la mano (por ejemplo, tu iPhone), no te vas a dar cuenta de que eres un ser-para-la-muerte; hace falta que no tengas nada que te distraiga para verlo, y para eso hace falta algo que se lo lleve todo. Ese algo podría ser el objeto sublime. Cuando te encuentres con él, la experiencia será una ola que va a arrastrar consigo tu teléfono, tus amigos, tus vacaciones y tu trabajo y te va a dejar desnudo frente a lo que ya intuías que había debajo de todo eso. ¿Y qué hay debajo de lo que haces, con quien vives y lo que te gusta? Exactamente: nada. Debajo de la vida cotidiana no hay más que La Nada. Puedes intentar correr, alcanzar la ola y recuperar tus cosas, o puedes tener el valor que tuvo C.K. y dejarlas ir. Lo que vas a sentir se llama Angst, y va a ser a ser intenso y breve. Se va a parecer mucho al terror, pero va a diferir en dos aspectos cruciales: primero, en que el terror es terror de algo y el Angst no es Angst de nada en específico (y por eso Heidegger deja claro que no es una emoción sino una especie de mood); y segundo, que el terror sólo apunta al hecho contingente del peligro y el Angst apunta al hecho existencial de que estás en el mundo para morir. El Angst se te va a meter por el estómago y te va a apretar la garganta en un nudo, te va a impedir respirar, se te va a salir por los ojos, y si también te agarra escuchando una canción en el coche, te vas a tener que orillar en pleno Periférico. Pero va a terminar pronto. Cuando pase, no sólo vas a recuperar tus cosas, que la ola habrá traído de vuelta, sino que vas a ser otro. Tener consciencia de tu propia mortalidad es liberador y es el inicio de lo que Heidegger llama una existencia “auténtica”. Vas a volver a encender el auto y responder los mensajes que se te acumularon, esa noche vas a ir al cine, comerás palomitas y todo regresará a la normalidad. Excepto tú. “Todo será como ahora, sólo un poco diferente.”

Suena interesante, pero parece un poco arriesgado de parte de C.K. decir que una canción de Bruce Springsteen desencadenó una experiencia única que le cambió la vida. La majestad del pico más alto de Europa o el poder de una tormenta en mar abierto parecían más apropiados. En otras palabras: ¿hay objetos con mayor potencial que otros para enfrentarte con la Nada y con tu ser-para-la-muerte? La respuesta de Slavoj Žižek es que no: cada quien podemos atravesar la experiencia sublime a partir de disparadores distintos, dependiendo de nuestra ideología . Ésta, según Žižek, no consiste sólo en cosas como pensarse de izquierda o de derecha, sino en elegir un cierto sabor de helado, preferir coca-cola o pepsi, ser una persona más de perros que de gatos o darle importancia a la pregunta de si eres más de perros que de gatos. La ideología es lo que hacemos aunque no lo sepamos. (Y si lo sabemos, como probablemente es nuestro caso, entonces se trata, dice Peter Sloterdijk, de una ideología cínica. Para el caso da lo mismo.)

Por supuesto, la ideología tiene mucho que ver con el contexto en el que crecimos, pero no es uniforme. No a todos los alemanes del siglo XVIII los estremecía el Mont-Blanc como a Kant, igual que no a todos los estadounidenses los estremece Springsteen como a C.K. ni a todos los latinos Soda Stereo. Pero a todos nos estremece algo. En todos hay alguna serie de mecanismos, como en un cerrojo, para los cuales hay una llave que los presiona en los puntos exactos. Y el problema (o la virtud) de la experiencia sublime es que, por definición, es repentina, así que puedes pasarte la vida en la existencia inauténtica, interactuando con llaves que entran en el cerrojo pero no abren la puerta —el mundo de las habladurías y el hábito—, y puede ser que mueras así. Pero puede ser que tu ideología sea tal que seas más sensible, y entonces un día te pase.

A mí, francamente, no sé si me ha pasado. Creo que he estado cerca. Pero aunque vivir esta experiencia no está bajo tu control, sin duda tienes más probabilidades si exploras el mundo (literalmente, viajando, o de otras maneras: leyendo, yendo a conciertos, hablando con gente distinta) que si te quedas sentado en tu zona de confort. Louis C.K. tuvo suerte: es un flojo al que le tocó literalmente sentado en su coche, en un semáforo, con el iPhone a la mano. Pero míralo así: es marzo y hace el mejor tiempo del año en este país en el que hay mil lugares naturales más impresionantes que el Mont-Blanc, así que vete de fin a alguno y pon a Soda Stereo cuando estés ahí. A ver qué pasa.