La Fundación Jumex Arte Contemporáneo atraviesa por una grave crisis que, a mediano o largo plazo, puede llegar a comprometer su existencia. Es significativo que la primera campaña en línea con éxito en este país haya conducido a la cancelación de una expo en el Museo Jumex.

BUENAS INTENCIONES

La Fundación Jumex Arte Contemporáneo es una de las empresas culturales más loables que ha acometido la iniciativa privada en este país. Además de contar con la colección de arte contemporáneo más respetable en México, quizá en Latinoamérica, ha impulsado numerosos servicios en favor de la sociedad: un robusto programa de becas, una editorial especializada en temas de arte mexicano moderno y contemporáneo, talleres en zonas desfavorecidas, como Ecatepec o –más recientemente– Tepito, un programa de investigación, una extraordinaria biblioteca especializada en arte moderno y contemporáneo, por ejemplo. Parecía la coartada perfecta para Grupo Jumex, pues, a cambio de un envidiable posicionamiento de marca, lo mejor del arte contemporáneo podría verse en el Museo Jumex y la fundación goza de estímulos fiscales.

Sin embargo, ser un estupendo coleccionista no basta para presidir exitosamente un gran museo. Eugenio López empezó con el pie izquierdo: Peña Nieto no inauguró el museo, por lo que oficialmente nunca se habló de “inauguración” sino de “apertura de puertas”, un eufemismo poco consolador. En términos de fashion, los únicos válidos aquella primera noche, la figura fue Victoria Alexander, quien –con un look FW13 de Gucci– blogueó para Vogue. Mucho ruido, pocas nueces y un presupuesto que se desbocó porque no se le pusieron límites al “curador” belga de la fiesta, Etienne Russo, un experto en la producción de shows de moda. El museo había devenido en pasarela, y no precisamente con Kate Moss.

Se trataba de un presagio. Las instituciones son tan fuertes como las personas que las componen. Eugenio López no supo armar un equipo fiel a sus intereses.

LAS GALERÍAS DE MAGALÍ

En Alemania, Magalí Arriola es tristemente recordada por la pésima curaduría de la exposición Zebra Crossing, que tuvo lugar en Berlín en 2002. A propósito de su impericia escribió el crítico Heinz Peter Schwerfel en el semanario Die Zeit: “La curadora Magalí Arriola desea presentar en Zebra Crossing la diversidad local en un espacio reducido, pero genera simpleza neoconceptual. Así, no les hace justicia a los artistas”, y procede a explicar por qué no fue capaz de transmitir el lenguaje de los artistas “en ninguna obra”. Lo mismo opinó al respecto la crítica Graciela Schmilchuk, quien incluso calificó el texto del catálogo de “hermético” y de “poco elocuente”. Remata su valoración de la muestra berlinesa con las siguientes palabras: “En su texto, como en la selección de obras, se elude el referente contextual, la megalópolis no se siente, la migración y Tijuana están ausentes, la disonancia […] queda manifiesta”.

Por si esto no fuera poco descrédito, Arriola presentó en 2009 una enclenque tesis de maestría en la universidad de San Diego con el título The Sweet Burnt Smell of History: A self-reflexive analysis on the conception of the 8th Panama Biennial. Se trata de un “análisis autorreflectivo” (sic) de la bienal de la que fue curadora. Una de las metáforas –que no ideas– centrales del trabajo es la relación que guarda el arte contemporáneo panameño con el Canal de Panamá.

Un escrutinio somero del historial de Arriola le habría bastado a Eugenio López para frenar su contratación. Aunque no lo hizo a tiempo, al menos la despidió a finales del año pasado. Con todo, el daño ya estaba hecho.

Arriola está casada con Mario García Torres, artista monclovense que está representado –como era de esperarse– por su propia galería, Proyectos Monclova. En tiempos de Magalí Arriola, el Museo Jumex calendarizó una exposición de Mario García Torres. Ante el despido inopinado de su mujer, quizá decida cancelarla por solidaridad. Como no le conviene en términos económicos, lo más probable es que, a pesar del dolor y la solidaridad, la muestra se lleve a cabo. Ya se verá.

La otra galería que se organiza sus propias exposiciones en el Museo Jumex, con la venia de la dirección, es kurimanzutto, como puede verse en la portada de su sitio web: no es ninguna casualidad que la performance más reciente –“From A to B via C”, de Alexandra Bachzetsis– y que las dos exposiciones que se celebran actualmente –de Abraham Cruzvillegas y de Danh Vo– sean de artistas representados por kurimanzutto.

Da pena ver que el proyecto sin par de la Fundación Jumex haya caído en malas manos y que se tergiverse en favor de intereses particulares de otra escala y registro.

MUCHO PEOR AÚN

Por si todo esto fuera poco, las cosas empeoraron significativamente este fin de semana. En la página y el Twitter de la Fundación Jumex se informó –demasiado escuetamente– que se cancelaba la exposición de la obra del artista austriaco Hermann Nitsch, y se retiró la página que la había anunciaba, con fecha del 27 de febrero al 14 de junio (puede verse en caché aquí).

La Fundación no ha dado razones al respecto, lo cual habla del pésimo manejo de la crisis y da lugar a especulaciones. Habría sido deseable que se explicaran los motivos, en lugar de las cuatro o cinco líneas que quisieron pasar desapercibidas la noche del viernes.

Quizá se trate de una estrategia de grilla interna para deshacerse del responsable de la muestra, el curador francés Michel Blancsubé, quien pasó los últimos dos años trabajando en el proyecto. A saber…

Lo que ha sido evidente los últimos días ha sido la campaña en change.org que lanzó Carlos Silva Ronzón –un activista en favor de los derechos animales que se ha propuesto acabar con la tauromaquia– para que “no se lleve a cabo la exposición de la persona Hermann Nitsch por mutilar, degollar, asesinar y al final exhibir los cadáveres de animales sintientes”. La petición pública se lanzó el 22 de enero y se impuso como meta cinco mil firmantes. El viernes a las siete en punto, cuando se habían rebasado ya las cuatro mil firmas, la Fundación Jumex dio a conocer la cancelación de la expo.

http://www.saatchigallery.com/artists/artpages/nitsch_Six_Day_Play.htm

http://www.saatchigallery.com/artists/artpages/nitsch_Six_Day_Play.htm

Se está discutiendo mucho acerca de la conveniencia o del error de cancelar la muestra de Nitsch a escasas cuatro semanas de su inauguración. En términos económicos, la suma de las pérdidas debe ser muy alta.

Para algunos se trataba de arte duro, como contraposición a la plaga de selfies que propiciaron las instalaciones de Yayoi Kusama en el Museo Tamayo: nada de colorcitos, sino sangre y violencia de verdad, pues si vivimos en una sociedad infestada de violencia, lo único que falta es verla en el recinto de un museo. Para otros, precisamente esta era la razón más obvia por la que no debería efectuarse la exposición: hastiados de violencia como estamos en México, qué más podría agregar Nitsch al público, como no sea mayor tirantez, justo cuando la sociedad civil intenta que no se disipe el movimiento por los estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa.

Al margen de las preferencias estéticas, lo más probable es que Grupo Jumex haya cavilado en torno a los pros y contras de la exposición, en los términos que más les importa: de imagen para la empresa pues, en definitiva, se trata de la Fundación Jumex, no de la Fundación Eugenio López. Tras el paso sin pena ni gloria de Cy Twombly y tras el furor que causó Yayoi Kusama, con un presupuesto que se antoja menor, ¿para qué una exposición polémica cuando hay miles de artistas con mejor ángel? ¿No sería más rentable traer a Roy Lichtenstein, a Jean-Michel Basquiat o a Olafur Eliasson? ¿Jumex, que se precia de ser una empresa ecológica, permitiría una exposición en la que se sacrificarían –real o simbólicamente, lo cual da igual– animales? ¿No sería un riesgo político darle tribuna a un artista neopagano en un país de guadalupanos? Detrás de la fundación hay, en definitiva, hombres de negocios.

Sea cual haya sido la razón o el cúmulo de razones, la exposición se canceló de mala gana y con un pésimo manejo de medios y de relaciones públicas. El impulsor y los firmantes de la petición en change.org tienen algo que celebrar: es la primera campaña en línea que consigue algo concreto en este país, lo que significa que las redes sociales funcionan. También se alegra kurimanzutto, pues en lugar de Nitsch “se presentará Colección Abierta 02, una muestra que reunirá diversas piezas destacadas de la Colección Jumex con obras de Wilfredo Prieto…”. Prieto es un artista de kurimanzutto.

 

Coyoacán. Enero, 2015.

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A setenta años de la liberación de Auschwitz quiero evocar una faceta desconocida de la vida de los campos de concentración nazis y, en particular, la historia del músico Simon Laks.

La alemana es una cultura melómana y la afición por la buena música no fue una excepción entre las huestes nazis. La película de Roman Polanski, The Pianist, ha difundido esta peculiar imagen: nazis despiadados pero conmovidos hasta el éxtasis estético ante una sonata.

El aparato del Reich dispuso que todos los campos de concentración que se “preciaran” de serlo debían contar con una capella o pequeña orquesta. Las orquestas tocaban música por la mañana, cuando los prisioneros salían del campo de concentración a los trabajos forzados, y por la tarde, cuando volvían después de la extenuante jornada; además, amenizaban los eventos festivos de los nazis, como reuniones dominicales, cumpleaños, visitas de funcionarios importantes, por ejemplo. Estas capellas empezaron en los campos masculinos pero más tarde se instauraron también en los femeninos o en los de gitanos.

Simon Laks era un polaco que se había instalado en París para trabajar como músico. Era violinista, compositor y director de orquesta. Fue hecho prisionero y deportado a Auschwitz-Birkenau a los 42 años de edad. En el campo de concentración comunicó a los nazis sus aptitudes musicales y se le destinó a la Lagerkapelle, la capella del campo.

Por aquel entonces esta orquesta era dirigida por Franz Kopka, un preso político, un alemán, que no tenía la menor idea de música pero que había salvado su pellejo en la –relativa– comodidad de la barraca para los músicos. Era un pillo que abusaba de sus compañeros y de quien se despistara. Los músicos, por ejemplo, ofrecían clases a los nazis o conciertos privados, y se les retribuía con la moneda corriente del campo, que eran cigarrillos, que después podían cambiarse por sopa, pan, salchicha o papas. Pero Kopka cobraba su porcentaje a cambio de no delatarlos ante las autoridades del campo. La orquesta entera lo detestaba por abusivo pero se había labrado su puesto, que parecía inamovible, ante los nazis.

Uno de los factores que gozaba de más ascendencia en el cosmos de Auschwitz era el número tatuado en el brazo. Kopka era de la serie 11,000 –uno de los más antiguos–, mientras que Laks era de la serie 130,000, por haber llegado ciento veinte mil prisioneros más tarde. En el sistema trastocado de Auschwitz, ser “millonario”, es decir, contar con muchos ceros en la numeración de registro, equivalía al derecho a ser pisoteado y abusado por los presos más antiguos.

Kopka fue relevado del cargo cuando apremiaban los refuerzos en el frente pero murió antes, enfermo y deprimido. Laks pasó a ser el nuevo director de orquesta de prisioneros de Auschwitz-Birkenau. Su trabajo consistía en reconstituir a diario la orquesta, pues los integrantes fallecían sin cesar, en revisar los instrumentos que llegaban todos los días junto con los nuevos deportados, y en enviarlos a restaurar si hacía falta, en hacer arreglos musicales de las piezas que los nazis prefirieran de acuerdo a las posibilidades humanas y técnicas de la orquesta, a dirigir los ensayos y, en fin, a preparar los repertorios. Más adelante se estableció incluso un rico intercambio artístico entre la orquesta masculina y la gitana.

Algunos de los nombres más aterrorizantes de Auschwitz –señaladamente Johann Schwarzhuber– abandonaban temporalmente su condición de monstruos y la música los humanizaba, los volvía personas aunque fuese efímeramente. Como contraparte, la música ejercía en algunos de los presos una opresión indecible, que los empujaba a la desesperación, la nostalgia o la villanía. ¿Cómo explicar que la música tuviera efectos positivos en algunos nazis y negativos en algunos presos?

Hace setenta años, los últimos en abandonar Auschwitz –a unas horas del arribo de las fuerzas soviéticas– fueron los integrantes de la orquesta de prisioneros. Al verlos, el agradecido director del campo se despidió de ellos con palabras “impregnadas de dolor y de tristeza”, según recordó Laks hasta su último día:

Meine schöne Kapelle! ¡Mi preciosa orquesta!

Luego, la marcha de la muerte para unos y el combate y la muerte para los otros.

En 1947, Laks publicó en París y en francés sus memorias, que escribió al alimón con un compañero de desgracia, Musique d’un autre monde. Treinta años más tarde, Laks reescribió aquel libro –esta vez en polaco– y la perspectiva histórica le imprimió un cariz filosófico. Sus reflexiones sobre la música y la condición humana en aquel contexto límite son una cantera aún por descubrir. Se topó con la censura del aparato polaco que no aceptaba que la música fuera capaz de suavizar a algunos nazis y de enardecer a algunos prisioneros.

Existe una mala traducción al español del segundo libro de Laks, que se titula Melodías de Auschwitz. La editorial Herder México planea para este año la publicación de sendos libros en un solo volumen y durante la presentación del libro se interpretarán –por primera vez en México– obras de Laks. Ideal sería que participaran los violins of hope, aquellos instrumentos musicales rescatados de los campos de concentración y restaurados y que hoy, por ejemplo, se tocaron en un concierto conmemorativo en la Philharmonie de Berlín.

Ciudad de México. Enero, 2015.

Black white picture of a violin and a bow in the grass

Recurso en línea: holocaustmusic.ort.org

Entrevista con André Laks, hijo de Simon Laks: www.youtube.com/watch?v=JTcokTpMOC4

El libro más completo sobre el tema es Music in the Holocaust Confronting Life in the Nazi Ghettos and Camps, de Shirli Gilbert: https://global.oup.com/academic/product/music-in-

the-holocaust-9780199277971?cc=mx&lang=en&

 

 

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