En febrero de 2003, a poco más de un año de los ataques terroristas, ya se sabía lo que reemplazaría las Torres Gemelas en Manhattan. La legitimidad del plan maestro ganador residía en el hecho de que su artífice, Daniel Libeskind, hubiera integrado los acuerdos a los que llegaron los familiares de las víctimas, los residentes del área y los dueños privados y públicos del World Trade Center tras meses de discusiones. Anunció que el espacio de oficinas perdido sería restituido, construiría un centro de conectividad para las distintas formas de transporte subterráneo y, por supuesto, incluiría un memorial y varios edificios culturales. Entre ellos un museo subterráneo, que sirviera para “la memoria y la esperanza”, explicaba el arquitecto.
La rapidez con la que se tomó la decisión de reconstruir el espacio fue criticada por algunos familiares y otros miembros de la sociedad civil, quienes insistían en que el espacio era un cementerio y por eso había que mantenerlo intacto, sólo construyendo un memorial. A su vez, esta idealización de la memoria también era cuestionada. Marita Sturken, estudiosa del tema y su relación con la identidad y la cultura, se preguntaba entonces: “¿Nos imaginamos a la gente hablando de memorialización después de la destrucción del Ghetto de Varsovia o del bombardeo en Hiroshima? O, en todo caso, ¿que la gente en Ruanda hablara de memorialización tras las masacres de cientos de miles? La memoria colectiva y pública suele tener lugar después de una cierta distancia temporal”.

El memorial a los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 se inauguró en 2011 y el museo hasta mayo de 2014, pero definitivamente no porque se creyera en la perspectiva crítica que da el tiempo. Ambos espacios fueron sometidos a sus respectivos concursos internacionales para concretar los diseños, y la construcción tomó tiempo. Las dimensiones eran enormes: el museo por sí solo tiene más de 30 mil metros cuadrados de espacio de exhibición, concebidos por el despacho Davis Brody Bond. Por su parte, el pabellón de entrada y la estructura que le sirve de techo, que no es menos impresionante, estuvo a manos del despacho noruego SNØHETTA.
Cuando el Museo Memorial del 9/11 finalmente abrió sus puertas, los visitantes se encontraron con un espacio que combina la exhibición de cientos de objetos personales de los fallecidos, un camión de bomberos y piezas de las antiguas torres (el motor de un elevador y la antena de comunicación de la Torre norte), entre salas que narran las impresiones de los testigos, reconstruyen los acontecimientos de ese 11 de septiembre con los famosos mensajes de celular de las víctimas y explican el “ascenso de Al Qaeda” en un video que ha sido muy criticado. Para entrar, uno tiene que someterse a todo tipo de escaneos, los cuales, como cuenta Adam Gopnik sobre su primera visita, en realidad sólo continúan con la excesiva vigilancia que existe en lo que se supone que es un espacio público. Aunque uno muy desalentador, a falta de bancas y sombra.
En su defensa, el museo nunca se propuso ser crítico ni experimentar con las distintas narraciones alrededor de los ataques de ese día (y mucho menos con las consecuencias de la “guerra contra el terrorismo” de Bush), sin importar que éstas estuvieran en el aire desde entonces. Las críticas se han normalizado aparentemente, y la reciente inauguración de una exhibición en el museo del 9/11 sugería que habían llegado hasta las entrañas de Ground Zero. “Rendering the unthinkable: Artists respond to 9/11” (“Representando lo impensable: artistas responden al 9/11”) es la primera exposición de arte en este lugar y reúne las obras de trece artistas inspirados por los ataques a quince años de los mismos.
Entre las obras, hay un par que son muy potentes. Tumbling woman es una escultura de Eric Fischl que representa a una mujer cayendo, aunque en una postura que delata que se mantendrá con vida. Ésta fue presentada por primera vez en el Rockefeller Center a un año de los ataques, pero removida poco tiempo después por la cantidad de críticas que recibió. Fischl se explicó: “La escultura no fue concebida para lastimar a nadie. Era una muestra sincera de mi más profunda simpatía por la vulnerabilidad de las víctimas del 11 de septiembre y de la humanidad en general”. Es la única pieza con la que se percibe el transcurrir del tiempo, testimonio de las múltiples reflexiones por las que ha pasado este acontecimiento. Como explica el artista en un video que acompaña a la escultura: el lenguaje del duelo se convirtió muy pronto en la pérdida arquitectónica, por lo que para él era fundamental volver a la figura. Esta sigue siendo una declaración vigente para el visitante que tuvo que atravesar por vallas, grúas y albañiles para llegar al museo: 15 años después el sitio sigue en construcción, la última de las torres planeadas no se abrirá sino hasta el 2018.
No es casualidad que las otras dos obras más interesantes también busquen hablar de los cuerpos perdidos ese día. Manju Shandler hizo una pequeña pintura por cada víctima combinando creaciones suyas con copias de lo que veía en los medios. A pesar de su sencillez, que sólo se altera por los cambios en la paleta, el conjunto reporta lo sucedido ese día de otro modo. Por su parte, Coleen Mulrenan piensa en las vidas mediante un video en el que se ven sus manos lavando la camisa que su padre, un jefe del departamento de bomberos de la ciudad, usó durante el par de días consecutivos que estuvo en las misiones de rescate. “La playera tenía el polvo, la tierra y las cenizas que alguna vez fueron parte de aquellos que estaban en el World Trade Center. Sentí tantas cosas mientras la lavaba: miedo, culpa, tristeza y una sensación de alivio de saber que estaba en casa y bien”. La acompañan los sonidos de esos días: camiones, transmisiones de radio e incluso un coro afuera de la estación de bomberos. Ambas piezas buscan estar contextualizadas en el momento.
El resto de las obras, sin embargo, usan motivos y medios repetidos incansablemente. Los papeles que volaron desde las torres, que se pueden ver en la exposición permanente, son uno de ellos. La dupla de Doug y Mike Starn los integró a las obras con hojas de árboles que estaban trabajando entonces, les pareció que tenían que hacerlo dado que éstos volaron hasta su estudio en Brooklyn. Por su parte, el Blue Man Group hizo un video con el mismo motivo, resaltando los distintos idiomas que encontraron para hacer notar que las vidas se trataban de “una pérdida mundial”. Incluso Gustavo Bonevardi, que es coautor de una de las obras más emblemáticas sobre el 9/11, juega con la idea de las hojas cayendo. A diferencia de su famoso Tribute in Light, una instalación que todos los 11 de septiembre ilumina el cielo de Manhattan con dos luces que simulan las Torres gemelas y que en algún momento se sugirió que fuera el único existente memorial Ground Zero, esta obra no es evocativa en lo absoluto.
También la idea de incorporar cenizas a los materiales de trabajo se repite en varias piezas. Conmueve la búsqueda de hacer algo con todo lo quemado esa mañana, pero los resultados en el caso Ejey Wesh y Todd Stone no van más allá de la idea de usarla como un material más. El primero insinúa el hueco que dejaron las torres en el piso con tres lienzos parecidos, mientras que el segundo representa a las torres en el momento de ser atacadas y al escenario infernal en el que quedó convertido Lower Manhattan durante varias horas. Para Michael Mulhem, la ceniza del sitio llegó a su paleta a través de la ventana de su estudio en la calle de Cedar, a una cuadra del WTC. Con ella completó dos lienzos que había empezado a trabajar antes del ataque y que, después de éste, recuerdan inevitablemente a alguna estructura de metal sometida al calor.
Otra simulación es la de Tobi Kohn, quien construye unas maquetas enormes que recuerdan a las vistas que se tenían de la ciudad desde el restaurante Windows of the World, ubicado en la Torre norte. Similar a éste son las imágenes que presenta Monika Bravo de lo que grabó el 10 de septiembre de 2001 desde los pisos 91 y 92 también de la Torre norte, en los cuales había un espacio de estudios para artistas, provisto por el Consejo de Cultura de Lower Manhattan. Con esta obra honra a su amigo Michael Richards, escultor que se quedó atrapado al día siguiente en la torre. Junto esta obra se pueden agrupar las tres pinturas de Christopher Saucedo, que representan al WTC con materiales muy distintos a los que acostumbraba usar, y lo hace en recuerdo de su hermano muerto ese día.
El último motivo que es deliberadamente recurrente es que todos los artistas son neoyorkinos. Esta decisión curatorial busca que la exposición juegue con la noción de los testigos y la idea de explorar cómo, “frente a lo inimaginable”, esta condición “puede proveer formas para superarlo”. Pero lo que se comprueba es que la condición del testigo no está exenta de traumas, y la fijación de estos artistas con las torres, sus residuos y las víctimas habla de todo lo contrario a o que se pretende. Es la no-superación del acontecimiento, no sólo porque no se piensa desde aristas que no sean literales, sino porque todas las obras ven el 9/11 como un acontecimiento desligado de cualquier narración más amplia y explicativa. Es tal la estrechez de miras, que ninguna de las obras considera a los otros dos blancos de ataque de ese día: el Pentágono y el avión que se derrumbó a la mitad del campo en Pensilvania.
Como ya se adelantaba, el museo no fue el único edifico cultural pensado para el sitio del antiguo WTC. En 2004 se propuso la construcción de un centro de exposiciones y reflexión, ideado por Tom Bernstein y Peter Kurnhardt. Nunca se construyó porque despertó una serie de polémicas que no se sobrepasaron. Algunos de sus críticos pensaban que el espacio corría el riesgo de ser ultranacionalista (¿qué dirán hoy del Museo Memorial?), otros creían que sería demasiado duro con la política social y la política exterior estadounidense y, finalmente, los familiares de las víctimas encontraron indignante que el centro no fuera a hablar sólo de ese evento concreto, sino que se propusiera discutir “las bases y fundamentos de las sociedades libres y abiertas” con la revisión del racismo estadounidense y el genocidio de los indios americanos, entre otras cosas. Que causara tanta polémica era un buen augurio si de lo que se trataba era de ampliar las narraciones del 11 de septiembre más allá de la propuesta por el gobierno y los medios de comunicación. Sin embargo, a finales de septiembre de 2005, George Pataki anunció que el centro no sería construido. Como lo ve Rosalyn Deutsche, el mensaje que esto dio fue que “para honrar correctamente a los muertos, habríamos de negar nuestro derecho democrático a la libertad de expresión crítica, y subyugarnos a los discursos oficiales de la verdad”.
Pese a los esfuerzos, “Rendering the unthinkable…” parecería ser prueba de que aún no se revisa con suficiente distancia al 9/11 —o que no se premia a quien lo ha hecho— aunque sobre todo hace pensar en la estructura que contiene a la exposición. Los artistas mantienen la obsesión con las Torres Gemelas, la recolección de los objetos que sobrevivieron, la reflexión sobre la tragedia se estanca en los ataques de ese día y son partícipes de que Nueva York ha de considerarse el centro de la tragedia. Es difícil separar esto del espacio oscuro que cobija a la exposición. Quizás si el ejercicio se hubiera hecho en el censurado International Freedom Center el resultado hubiera sido otro.