[Los últimos cristeros, de Matías Meyer, se estrena este próximo viernes 21 de septiembre. Habrá 15 copias exhibiéndose en distintos cines. Este artículo se publicó previamente en la edición impresa de Nexos. ]
Un momento antes de ver Los últimos cristeros (2011), tercer largometraje de Matías Meyer (Perpignan, Francia, 1979), leí lo siguiente en el prólogo a Bajo el sol jaguar, de Italo Calvino: “Hay una función fundamental, tanto en arte como en literatura, que es la del marco. Marco es aquello que señala el límite entre el cuadro y lo que está fuera de él: permite al cuadro existir, aislándolo del resto, pero recordando a la vez —y en todo caso representando— todo aquello que del cuadro permanece fuera de él”. Cerré el libro y procedí a ver el film, con la idea anterior como fondo mental.
Todo es negro al principio. Y desde la profundidad del negro, una voz en off titubea antes de hablar y responder a lo que se le pregunta. Es una voz venida de otro tiempo y de otra vida, una voz que, cuando finalmente se pronuncia y habla sin tregua, elocuente, nos recuerda la promulgación de la Ley Calles en 1926, reglamentación del artículo 130 de la Constitución de 1917, detonador del sanguinario conflicto religioso cuyo último estertor atiende Meyer.
Después, cuando la voz calla, el negro cede: todo es paisaje y luz. Uno piensa, entonces, en un par de palabras: limpidez y contemplación. La última es recurrente en el aún breve corpus fílmico de Meyer, director que en vez de al grito contundente de “¡Acción!” parece recurrir al prolongado susurro de “Contemplación…” cada vez que llama a la liberación del carrete de película de la cámara. La primera, por su parte, es la presea alcanzada en Los últimos cristeros, adaptación muy personal y desgranada de Rescoldo(1961), novela de Antonio Estrada que merecería más de un baño de luz y la atención de una legión de lectores. Pero volvamos con el límpido film, que es lo que en estas líneas nos ocupa.
De pronto, un hombre entra en paisaje —traspone el marco de la obra, pues— y la escena se anima, los pasos humanos se suman al canto de la naturaleza, personaje omnipresente en toda la obra de Meyer. A continuación, vemos la espalda de cuatro o cinco personajes, las cabezas protegidas por sombreros, sarapes colgados de los hombros a manera de armadura contra los elementos, más que contra las balas.
El último hombre de la fila se vuelve a mirarnos y, tras un instante, continúa con su andar. Ya luego se escuchan balazos y entendemos que se lidian los estertores de una guerra, el segundo y último cabo de un conflicto armado: la Cristiada. Uno de los hombres es alcanzado por un misil. El par que lo antecede regresa a rescatar arma y municiones, y ver si el cuerpo aún vive o es ya mera alma.
En Los últimos cristeros toda la acción ya ocurrió: estamos ante un colofón, en el que un grupo de hombres, acorralados, llevan sus convicciones al extremo, detentores del último rescoldo de una viva brasa, encendida en 1926 y preservada hasta el presente, una década después. Sin más palabras salvo las necesarias para contar balas, dar alguna orden, hacer alguna pregunta fundamental, confesarse, despedirse o expresar una idea llana y decisiva, el jefe cristero Florencio Estrada y sus hombres deambulan por la serranía y su paisaje perseguidos no tanto por el ejército sino por su propia voluntad, como aquella pantera del poema de Rainer Maria Rilke: “Sólo a veces se aparta, sin ruido, la cortina/de la pupila… Entonces una imagen penetra,/atraviesa la calma en tensión de los miembros…/y deja de existir dentro del corazón”.
Bucólicos, ensimismados, confrontados por su fe y luego guiados por ella, Estrada y sus hombres decidirán permanecer allí, en el vasto escondite que han domeñado, en vez de recular o fugarse del momento que la historia eligió para ellos: ser, a la vez, los últimos y los primeros cristeros, fieles al Alfa y Omega de su creencia última.
Cuando termino de ver Los últimos cristeros y todo regresa al negro originario, el resto de las palabras de Calvino, escritas poco antes de su muerte en 1985 y rescatadas por Esther, su mujer, cobran sentido y mi memoria las enuncia, iluminadas por lo recién contemplado: “Podría arriesgar una definición: decimos que es poética una producción en la que cualquier experiencia singular adquiere evidencia destacándose de la continuidad del todo pero conservando como un reflejo de aquella vastedad ilimitada”.
Pienso entonces en lo conseguido ahora por Matías Meyer, cuyo cine de búsqueda es, hoy, un hallazgo, además del encuentro depurado de la quintaesencia de su arte, la domesticación de una poética. –David Miklos (@dmiklos).
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