36 horas, la dosis que mantiene el engaño

Fui adicto al cable.

Soy un consumidor mesurado, casi tímido. Sólo me lo permito durante las horas libres entre cenar y dormir, en los hoteles donde me hospedan cuando voy a dar mi taller de novela, a algún evento o una feria del libro. La literatura, de alguna forma extraña, se ha puesto al servicio de mi antiguo vicio; uno que, sin embargo, creo ya dominado y a raya.

Ahora me alegro mucho cuando sé que tendré un viaje. Veré cable, me digo, claro, aunque en dosis limitadas. Sé que controlo mi vicio porque en ningún caso he dejado de ir a cenar con mis anfitriones o he cancelado la sesión de la mañana siguiente para quedarme en el hotel.

El “cable-mundo”, entonces, se me presenta abundante y utópico: se aleja de la queja constante de las personas a mi alrededor que rentan ese servicio. He vencido la trampa añeja de la televisión y el cable: ante la promesa de 365 canales (uno para cada día del año), de la transmisión continua de deportes, series, películas, documentales, el usuario promedio se da cuenta de que “todo es lo mismo”, de que a demás de los cada vez más largos comerciales, la frecuencia de las repeticiones es casi neurótica. El servicio de cable, desde lejos, parece un mar insondable. Pero, de cerca, es acaso un riachuelo con cuatro estrenos al mes. Y quien se ha dejado dominar por los placeres de la televisión sabe que cuatro estrenos al mes son nada. Cuántas veces hemos oído el repudio ante el tedio que representan finalmente 356 canales con 5 mil programas. Yo, desde este estado rústico de mi televisión con cuatro canales que uso cotidianamente, me declaro vencedor del sistema.

Si mi viaje es de un día (una simple presentación de un libro) mi noche de cable inicia a las diez y termina a las cuatro de la mañana. Seis horas que me permiten aprovechar unos cuatro o cinco bocados suculentos. Si el motivo de mi salida es un encuentro literario o una feria (de tres a seis días) habrá unas 36 horas libres de curso, libros y gente para disfrutar mi vicio tímido.

Como tengo poco tiempo, mi interés rechaza las películas (para eso está Blockbuster) y se centra en tres áreas importantísimas, los pilares (menos uno, que son las series) de la televisión de paga, los programas de comida, de casos extremos y de violencia.

De entre los primeros, el del enfrentamiento de un héroe con hamburguesas de medio metro o costillas de cerdo de 5 kilos son mis preferidos. Cómo hace un hombre para desafiar su dignidad y dejar que lo graben mientras engulle con dolor cantidades monstruosas de alimento. Me perturba y me hace pensar que más que el diagnóstico tardío de los mayas, el mundo ya ha llegado a su fin.

El otro programa que me enloquece es del semi-dios de las fuerzas especiales que es abandonado en un lugar inhóspito y debe salir de ahí con sus propios medios. Cuando un día en mi sesión acostumbrada de cable, creo que en un hotel de Zamora, Michoacán, lo vi exprimir bosta de elefante para hidratarse y comer un pedazo de una cebra podrida, supe que la humanidad asistía, no a su fin, sino a una regresión sana para solicitar una nueva oportunidad a la selección natural.

Así, el otro segmento de mi interés, el de la violencia, expresada de una manera elegante en un programa que enfrenta armas de distintas épocas guerreras, es casi un ejercicio infantil y lúdico que nos recuerda sanamente nuestra capacidad de experimentar.

Estas tres zonas que exhiben fragmentos alterados de nuestra condición humana consumen mis noches solitarias en que ningún libro es mejor compañía. Alejado de casa, de la zona de confort donde me siento bien leyendo, estos tres manjares de comida chatarra representan 36 horas (si me va bien) de un sorpresivo y saludable estado de la televisión por cable. Me prometen un eterno y original proceso, como una fotografía que no termina y que sólo se posterga hasta mi próxima salida. 36 horas de cable cada dos meses me parece una dosis precisa y justa de programación de paga. Una dosis que mantiene el engaño del Aleph. Gracias a los encuentros literarios y a la sabiduría de las gerencias de los hoteles por permitirlo. –Jaime Mesa (@jmesa77)