De los muchos problemas que nos agobian, uno de los que resultan menos aburridos es el relativo a la relación con nuestros cuerpos. Aunque solemos olvidarlo, cualquier enfermedad basta para recordarnos cuán determinante es: una minúscula bacteria, un microscópico virus, un hueso roto o una herida cualquiera son suficientes para ponernos en jaque y constreñir nuestro movimiento o forzarnos a ignorar todo lo que no sea aliviar el dolor. Nuestra piel es la primera frontera para una libertad que gusta asumirse como poderosa pero que en realidad está bastante maniatada.
La esclavitud es la forma más vil, tosca, espantosa y simplona de recordarnos el imperio de los cuerpos, reducidos éstos a un anodino fin instrumental. 12 años esclavo (2013), la más reciente y ya multipremiada cinta de Steve McQueen, retoma la verídica historia de Solomon Northup, un neoyorquino negro que es secuestrado y vendido como esclavo en las plantaciones del sur norteamericano en el siglo XIX. Hombre de familia, próspero y artista, su educada y civilizada vida ha de reducirse al primitivo objetivo de sobrevivir (los angustiosos segundos en que presenciamos las puntas de sus pies luchando en pleno lodazal por alcanzar el piso y evitar su ahorcamiento nos parecen, aun desde la comodidad de la butaca, horas asfixiantes). El descenso a los infiernos creados por el hombre alcanza su clímax cuando, tras ser obligado a azotar a otra esclava, destruye su violín, último resquicio de humanidad para una persona cuyo cuerpo no solo es ultrajado y castigado, sino que es a la vez herramienta de mayores ultrajes y castigos, cuerpo atormentado y atormentador.
El cuerpo como escenario de batalla ocupa también el centro de su segundo film, Shame (2011). En un contexto citadino contemporáneo, el protagonista Brandon (interpretado por su actor fetiche Michael Fassbender) se encuentra también sojuzgado, aunque en su caso no por otros hombres, sino por sus propios impulsos sexuales. Ajeno al compromiso (en su único conato de relación confiesa a su acompañante haber tenido una relación de 4 meses, periodo risible para un hombre ya cercano a los 40), su libido lo lleva a frecuentar todo tipo de experiencias: con mujeres, con hombres, tríos, on line, con revistas, conquistas de una noche, prostitutas, etc. En donde Solomon se ve reducido a la materialidad merced a un sistema de explotación, Brandon es presa de su propia carne. Su cuerpo es verdugo y victimario, animalidad pura que es incapaz de vincularse con otros seres humanos como no sea en términos sexuales. Durante un fornicio con un par de mujeres, los gestos de Brandon combinan la exaltación del orgasmo con un dolor que se adivina más hondo que la tiranía de sus instintos.
El cuerpo vuelve a ser instrumento en la primera cinta de McQueen, Hunger (2008), y lo es en una vía doble y de sentido contrario. Por un lado, presenciamos el calvario de algunos presos irlandeses miembros del ERI encarcelados como consecuencia de sus acciones políticas independentistas de la Corona británica. El encierro en una celda cuyas paredes están retacadas de sus propias heces y las continuas golpizas son el marco en el cual se humilla a los disidentes. Éstos, sin embargo, contraatacan enarbolando como arma lo único que les queda: el cuerpo degradado se convierte en la trinchera de una disputa por el reconocimiento del estatus de prisioneros políticos mediante una huelga de hambre cuya lacerante conclusión hemos de atestiguar en el progresivo deterioro del personaje principal. Los huesos embarrados de tejidos de sus postreros minutos dan fe de una pírrica victoria: un espíritu que no se quebranta y no teme anteponer sus aspiraciones políticas y libertarias a su propia destrucción. Cuerpo aplastado por el thatcherismo pero desaparecido por el ideal, objeto de sanción y herramienta de liberación.
De las tres películas, la recién ganadora del Globo de Oro es la menos arriesgada: su estructura narrativa es la misma de un cuento de hadas (héroe en desgracia, sobreposición a las penurias y triunfo final) y por ello acaso sea la más digerible y familiar, aunque por ello mismo menos satisfactoria estéticamente. Eso sí, en ninguna de las tres cintas hay asomo de timidez a la hora de mostrar el castigo: los latigazos a las espaldas de los esclavizados, coitos que hermanan placeres y pesares en grado superlativo y semicadáveres llagados desprovistos de carne nos enfrentan con la contundencia de nuestra materialidad.
A lo largo de su breve filmografía, McQueen se muestra lúcido e inclemente: nuestros cuerpos no son solo depositarios o destinatarios de modelos hegemónicos de belleza, organismos empecinados en su propia preservación o vehículos del goce como lo asumen los discursos imperantes; son, todavía, origen y sede de algunos de nuestros más grandes conflictos.