Gracias a los libros de Aleksandr Solzhenitsyn (1918-2008), el mundo se enteró de los horrores del régimen soviético; y no solo eso: su obra, sobre todo la monumental Archipiélago Gulag, contribuyó al desmoronamiento de aquel sistema brutal y opresor. Para conmemorar el centenario de este autor imprescindible del siglo XX, el siguiente ensayo recuerda a Los invisibles, un grupo de disidentes que arriesgaron la vida para que el novelista ruso pudiera escribir, en la clandestinidad, su obra maestra.


Uno de los pocos libros que cambiaron la historia es Archipiélago Gulag (1973) de Aleksandr Solzhenitsyn. De esta manera lo asimiló Octavio Paz y otros intelectuales que dieron cuenta de su desencanto por el socialismo de la Unión Soviética.

Chéjov ya había dicho que los grandes escritores deben hablar de política “para defender al pueblo de la política”. Si con Pabellón de cáncer Solzhenitsyn ya había deslumbrado a sus lectores porque se refiere al cáncer como la enfermedad del espíritu que es el Estado totalitario, en sus siguientes títulos continuó con un retrato fiel de la represión que se vivía durante el régimen soviético. No le importó arriesgar su vida, continuó escribiendo en la clandestinidad, a salto de mata, con apoyo de un grupo de amigos que creyeron en él, a quienes llamó Los invisibles. ¿Quiénes eran esos invisibles? ¿Cómo apoyaban al escritor? ¿Cuántas veces corrieron el riesgo de que la KGB diera con ellos? ¿Qué tenían en común?

Desde 1958 —como detalla un documental de Jean Crépu y Nicolas Miletitch sobre las entretelas de Archipiélago Gulag— Solzhenitsyn tenía la idea de escribir un libro que narrara un día en la vida de un preso. No obstante, se dio cuenta que no bastaba con su experiencia personal, sino que debía exponer todo el terror que se vivió a lo largo de 40 años.

Los invisibles eran un grupo de disidentes cuyos padres habían sido asesinados por el régimen o habían estado presos. Se trataba de hombres y mujeres que pertenecían a un selecto círculo de confianza: eran astutos, diestros en los momentos que debían ocultar sus pasos y evitar llamar a las personas con sus nombres verdaderos; también requerían ser discretos y estaban listos para arriesgar su vida con tal de apoyar el trabajo de Solzhenitsyn.

Nadia Levitskaia y Elena Tchukovskaia debían distinguir cuando escuchaban que alguien tocaba la pared una y otra vez, luego un silencio, y lo intentaba de nuevo. Era la señal acordada para abrir la puerta de su departamento y que pudiera entrar el escritor. Él llegaba, se sentaba en la sala y comenzaba a escribir. Si quería comunicarse con ellas, les mostraba una tarjeta y la quemaba en ese instante. Mientras tanto, ellas colaboraban con él buscando citas, leyendo libros, localizando pasajes, toda la información que fuera necesaria.

La palabra gulag se refería a las siglas de la dirección general de campos de trabajo y zek quería decir prisionero del gulag, alguien que ve la vida como “una rara y temporal anomalía”. “Ningún destino en la Tierra podía ser peor. Sin embargo, estaban en paz consigo mismos, eran tan audaces como podían serlo unos hombres que habían perdido todo”, refiere el novelista sobre el trabajo de los esclavos en prisión en Archipiélago Gulag.

Cuando Aleksandr Solzhenitsyn fue un zek conoció a Arnold Susi, un hombre que se convirtió en su amigo y al le gustó mucho la novela Un día en la vida de Ivan Denisovich. Arnold Susi fue asesinado por el régimen soviético y su hija, Heli Susi, en recuerdo de esa amistad que tuvieron el novelista y su padre, quiso ser parte de ese círculo cercano a Solzhenitsyn. Le prestó un lugar para que pudiera sentarse a escribir durante horas sin el temor de ser molestado o vigilado por agentes del gobierno.

De 1965 a 1967, cada invierno, el narrador permaneció oculto en una granja a las afueras de Moscú. Heli Susi casi no lo veía, solo escuchaba el sonido de la máquina de escribir que no paraba durante horas. Ella borraba sus huellas en la nieve de diferentes maneras, con la intención de que nadie siguiera sus pasos hasta la granja.

Elena Tchukovskaia fue la encargada de reunir los textos que el escritor tenía dispersos, que en total acumulaban tres tomos. Por su parte, Nadia Levitskaia fue la encargada de buscar un encuadernador de confianza y, de nueva cuenta, arriesgar su vida. “Yo siempre estaré agradecida con Solzhenitsyn porque nos mostró un camino. Yo sabía que un hombre solo no podía luchar contra todo el régimen, por eso decidí ser parte de su cercano círculo de amigos, de Los invisibles”, apunta Levitskaia en el documental.

Una vez que los tres tomos estuvieron encuadernados, decidieron fotografiar cada página de los volúmenes y hacer un archivo en microfilm, ya que era la única manera de lograr sacar ese libro de Moscú y ponerlo a salvo.

Otro grupo de invisibles colaboró en la nueva misión: en el metro de Moscú hicieron entrega del microfilm. Cuando un periodista de Suecia, cercano a Solzhenitsyn, ya contaba con el documento, les mandó el siguiente telegrama: “El análisis de sangre de tu hermana ha dado positivo”. Tras enterarse de eso, el escritor y su círculo de amigos entraron en una etapa de desasosiego y miedo, pues cavilaron que habían sido descubiertos y que los iban a atormentar durante días en un interrogatorio. Sin embargo, después de unos días se enteraron que en realidad se trataba de buenas noticias, no de un mal augurio.

En 1970 le fue concedido el Premio Nobel de Literatura a Aleksandr Solzhenitsyn. Se sabe que desde 1965 y después de que recibió tal distinción, el régimen puso más vigilancia en las actividades que realizaba el escritor.

Uno de los primeros editores que leyeron Archipiélago Gulag fue Claude Durand, quien se llevó el manuscrito que le hizo llegar el periodista sueco a la Feria del Libro de Frankfurt. En realidad, no había una fecha para que se publicara el libro, pero el precipitado arresto, tortura y asesinato de unas de las mujeres que apoyaron al escritor, quien tenía orden de destruir una copia del manuscrito y nunca lo hizo por admiración y cariño Solzhenitsyn, derivó en la publicación del libro. La muerte de una de Las invisibles le dolió mucho al novelista y, en medio de la pena, tomó la decisión. El 28 de diciembre de 1973, el libro salió al mercado tanto en Alemania como en Francia.

Pronto, Archipiélago Gulag se convirtió en el número uno de la lista de libros prohibidos por el régimen soviético. Era muy peligroso leerlo. En la URSS circulaban algunos ejemplares, pero se los pasaban de casa en casa con extremo cuidado. Se comenzó a formar un círculo de lectores interesados en el libro, quienes leían muy rápido, por la noche, para que no los descubrieran. Lo que hacían era lectura clandestina y se avisaban unos a otros cuando les tocaba el momento de turnarse el libro.

“Por lo visto, la maldad también es una magnitud de umbral. Sí, el hombre vacila y se debate toda la vida entre el bien y el mal, resbala, cae, trepa, se arrepiente, se ciega de nuevo, pero mientras no haya cruzado el umbral de la maldad tiene la posibilidad de echarse atrás, se encuentra aún en el campo de nuestra esperanza. Pero cuando la densidad o el grado de sus malas acciones, o el carácter absoluto de su poder le hacen saltar más allá del umbral, abandona la especie humana. Y tal vez para siempre”, escribe Solzhenitsyn.

El 13 de febrero de 1974, el escritor fue llevado a Lefortovo, un barrio al sureste de Moscú. Ahí comenzó su interrogatorio y, más tarde, el juicio. Para ese momento, lo descrito en Archipiélago Gulag vino a revelar los horrores del sistema y la decadencia opresora del régimen. Por un lado, el novelista sabía que no podía ser encarcelado porque sería un escándalo internacional y el sistema acabaría por darle la razón a lo descrito en el libro. Tras el juicio, el régimen concluyó que el castigo para Solzhenitsyn consistiría en acabar con la red de amigos de Los invisibles y condenarlo al exilio.

Cuando el escritor fue expulsado de la URSS, fue recibido en Alemania por Heinrich Böll, quien lo apoyó en esos primeros meses de libertad, ante los ojos del mundo y la decadencia de un sistema que prometía ser otra cosa. “El enigma que nosotros, los contemporáneos, nunca podremos descifrar, es el siguiente: ¿Cuál es la razón por la que Alemania puede castigar a sus malvados y Rusia no? ¿Qué camino funesto ha de seguir aún nuestro país si no podemos sacudirnos esta inmundicia que se pudre en nuestro cuerpo? ¿Qué lección va a poder darle Rusia al mundo?”, describe Solzhenitsyn.

Archipiélago Gulag vendió más de treinta millones de ejemplares en más de treinta idiomas. El escritor supo que contar su experiencia y la de otros acabó por enriquecer todo ese entramado en tono autobiográfico que construyó un bildunsroman. Solzhenitsyn, como en otras novelas, volvió a recurrir a la técnica polifónica, y eso también le dio mayor fuerza a lo que narra. Es un coro de confesiones, lamentos y zozobra, que reta al lector a continuar la historia.

Conviene recordar la formación intelectual del autor; toda su vida fue marxista y, de manera repentina, acabó repudiando esa ideología y procurando otras alternativas. Su experiencia zek lo marcó de por vida. Cuando opta por otra visión, el escritor vuelve la mirada hacia los griegos, específicamente a Platón, al referirse a la “extrema injusticia” que ronda en la URSS, “cuando el injusto es considerado justo y el único refugio posible y deseado de los justos es la prisión”, señala el novelista.

En 1974, Ignacio Solares entrevistó a José Revueltas sobre lo que opinaba de lo que escribió Solzhenitsyn, quien en ese entonces era visto por cierto sector de la izquierda como “alguien utilizado por el imperialismo para llevar agua a su molino”. Comenta Revueltas: “Literariamente, Solzhenitsyn era un gran heredero de sus paisanos Tolstói y Dostoievski. No es de este mundo y, por lo mismo, es profundamente actual. Con pocos escritores vivos, como él, se puede tener la plena seguridad de que será un clásico”. Cuando Solares le pregunta sobre el desencanto del socialismo que transmitió el escritor ruso, responde: “La verdad es siempre revolucionaria, no importa de dónde ni cómo surja. Solzhenitsyn tenía que decir su verdad, de una u otra forma, dentro de éste o de cualquier sistema político, nos alimenta a todos.” La entrevista viene citada en Octavio Paz y su siglo, de Christopher Domínguez Michael.

Para Octavio Paz fue importante leer a Solzhenitsyn, aunque no estuviera muy de acuerdo con la moral cristiana que adoptó. Por los libros de Solzhenitsyn el mundo se enteró de los horrores que se venían gestando en la URSS y también contribuyó al desmoronamiento del régimen. La crisis de las ideologías permeó al siglo XX y lo que vivimos en el XXI también es consecuencia de esa experiencia. En esa polifonía de voces que es Archipiélago Gulag, en sus entretelas, se encuentran Los invisibles, los cómplices del escritor que se unieron por una misma causa: revelar la verdadera cara del régimen.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Ensayista, periodista y editora.

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Durante el sexenio que está por concluir, dos cambios mayores repercutieron en el rumbo de la política cultural del país: la creación de la Secretaría de Cultura y la promulgación de la primera Ley General de Cultura y Derechos Culturales. El siguiente reportaje pondera su calado y verdadero alcance, y señala los retos inmediatos a los que se enfrentará el nuevo gobierno.

Antecedentes

Cuando en 1988 Carlos Salinas de Gortari asumió la presidencia, corrió un rumor que con los años se convirtió en parte de la versión no oficial del nacimiento del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Se decía que Salinas propuso a Octavio Paz y a Carlos Fuentes para dirigir la entonces planeada Secretaría de Cultura, pero como ninguno de los escritores aceptó, el presidente dispuso que en su lugar  se creara un Consejo, cuyo presidente fue Víctor Flores Olea y, dos años después, Rafael Tovar y de Teresa, quien estuvo al frente durante toda la administración de Zedillo. Si se rastrean los hechos, es posible encontrar testimonios de una consulta que se hizo entre la comunidad intelectual, en donde se proponía que se instaurara un Fondo Nacional para la Cultura que apoyara la creación y difusión del arte en sus diversas vertientes. Cuando Vicente Fox asumió la presidencia del país, Sari Bermúdez estuvo al frente de CONACULTA; luego, con Felipe Calderón hubo dos periodos: primero el de Sergio Vela y luego el de Consuelo Sáizar. Las administraciones panistas no estuvieron exentas de polémica, y la discusión sobre la necesidad de una Secretaría de Cultura siguió su curso hasta que ésta se materializó durante el sexenio que se va.

La creación de la Secretaría de Cultura

¿Cuál es el ADN de nuestra política cultural? Según refiere Gerardo Ochoa Sandy, periodista y gestor cultural, “desde el punto de vista institucional, la política cultural en México puede interpretarse a partir de dos movimientos. En uno de ellos se crean instituciones y se emiten disposiciones legales heterogéneas. En otro las instituciones son agrupadas bajo esquemas de organización más general y las disposiciones son actualizadas. La Secretaría de Instrucción Pública de Justo Sierra, la de Educación Pública de José Vasconcelos y Jaime Torres Bodet, el INAH, el INBA y el CONACULTA son los episodios más relevantes”.

En la dinámica del primero de estos dos movimientos, el 18 de diciembre de 2015 entró en vigor el decreto del Congreso para que surgiera la Secretaría de Cultura, encargada de todas las atribuciones en materia de promoción y difusión de la cultura y el arte que antes llevaba a cabo la SEP. Designado por el presidente, Rafael Tovar y de Teresa encabezó el surgimiento de esta nueva secretaría de Estado. En un inicio, la comunidad de creadores y promotores culturales vio con buenos ojos su creación. Pareció entonces la vía más eficaz para darle autonomía al sector cultural y liberarlo de un lastre que duraba décadas: la dependencia del CONACULTA a la SEP. Sin embargo, otra versión de los hechos es que esta liberación venía enmascarada por un movimiento político de negociación sindical: Aurelio Nuño acumulaba problemas con los maestros y era necesario que los trabajadores de la cultura se desprendieran del SNTE. A raíz de la creación de la Secretaría de Cultura, muchos de éstos pertenecen ahora al Sindicato Nacional de Trabajadores de la Secretaría de Cultura.

Para Jorge Domínguez Cerdá, coreógrafo ganador del premio nacional de danza José Limón en 2010, el balance es positivo: “a pesar de muchos inconvenientes que tuvo la creación de la Secretaría de Cultura, es indudable que fue un gran logro del sexenio. La presencia de Tovar y de Teresa, quien para muchos no fue santo de su devoción, fue importante como promotor cultural; sus esfuerzos, finalmente, tuvieron este gran resultado. El tiempo pondrá su obra en el sitio que merece. No obstante, contraviniendo a lo logrado con la Secretaría de Cultura, la reducción o mantenimiento en el mismo plano del presupuesto fue el prietito en el arroz”.

El tema presupuestal

A  pesar de las expectativas, la autonomía de la Secretaría de Cultura no implicó un crecimiento en el presupuesto dedicado a este rubro. Carlos Villaseñor, consultor internacional en políticas culturales para el desarrollo sostenible, basado en el Prepuesto de Egresos de la Federación (PEF) y en los etiquetados y recursos del Anexo 19, elaboró el siguiente cuadro, que agrupa los recursos destinados al sector cultural desde la administración de Felipe Calderón hasta la de Enrique Peña Nieto.

Año de ejercicio

Presupuesto (en pesos)

2007

$7,434,634,853

2008

$9,423,580,630

2009

$11,651,632,294

2010

$11,459,498,804

2011

$12,059,936,240

2012

$16,662,881,229

2013

$18,206,568,555

2014

$18,756,668,833

2015

$19,781,208,031

2016

$17,233,934,175

2017

$16,084,596,208

2018

$16,549,943,454

Como indican las cifras, la administración de Felipe Calderón consignó menos recursos al sector cultural que la de Peña Nieto. Los números dan constancia de que en el sexenio de este último hubo un aumento del PEF que luego disminuyó y después se mantuvo casi igual, sin que el nacimiento de la Secretaría de Cultura afectara en algo, y a pesar de que, por primera vez, en 2017, el presupuesto fue independiente del de la SEP.

Para Francisco Moreno, fundador del sello Editarte Publicaciones, editorial especializada en gestión y política cultural, las consecuencias de que este presupuesto no matuviera su crecimiento de principios del sexenio son claras: “Vemos a una Red de Bibliotecas descuidada, el Sistema de Información Cultural está desactualizado, la infraestructura se encuentra desatendida, así como el trabajo en el exterior relacionado con la cultura. Todo ello sin mencionar la limitada y timorata respuesta a los efectos del sismo del 19 de septiembre pasado, y que los municipios y los estados vieron drásticamente disminuidas su labor y recursos”. Además, según precisa Moreno, los etiquetados fueron eliminados con la creación de la Secretaría de Cultura para darle un uso discrecional al presupuesto: “Parece que quienes ejecutan las políticas públicas tienen su mirada en otra parte, usan el cargo como escalón para otros fines, y son aquellos que ostentan las comisiones de cultura del legislativo y del Congreso, responsables del desaseo de este periodo”.

Es necesario precisar también que hay fondos que se destinan a la cultura provenientes de otras dependencias y cuyo uso es más difícil de calcular. Lucina Jiménez, doctora en antropología y consultora internacional de política cultural, advierte justamente que “no todo el presupuesto lo ejerce ni lo consigue la Secretaría de Cultura. Las comunidades artísticas y culturales, empezando por el cine, han salido a la calle en varias ocasiones para impedir los recortes. La Comisión de Cultura y Cinematografía de la Cámara de Diputados, en acuerdo con la SHCP y los partidos políticos, etiqueta recursos con y sin convocatoria, dada la indefinición de los mecanismos de financiamiento a los estados y la sociedad civil. Los fondos que solían etiquetarse para las entidades federativas, 32 millones de pesos por Estado, se concentraron a partir de 2016 en el Ramo 48 de la recién creada secretaría, reduciendo el financiamiento cultural del país”.

Desde el punto de vista de Carlos Villaseñor, en 2016 hubo una disminución de recursos destinados al sector cultural; las bajas presupuestales y la reducción del petróleo, entre otras cuestiones, podrían justificar una consecuente baja en el PEF: “A mí me parece que lo más grave que ha pasado es la recentralización de la decisión en la erogación de los recursos; es decir, que ya sea una decisión a discreción por parte de la Secretaría de Cultura”.

La discusión sobre la asignación de estos recursos resulta primordial ya que, desde el punto de vista económico, en México la cultura cumple un papel de primera importancia: “El aporte de la cultura al Producto Interno Bruto (PIB) en México es similar al de Canadá, mayor al de Colombia, Argentina, España y Finlandia, aunque menor al de Estados Unidos. En 2016 produjo 1,359,451 empleos y generó un movimiento económico de $617,397,000”, anota Lucina Jiménez. Este último dato lo extrae de la Cuenta Satélite de la Cultura (INEGI, 2016).

La gestación de la LGCDC

Tras la creación de la Secretaría de Cultura y a partir del artículo 4° de la Constitución, tuvo lugar la gestación de la Ley General de Cultura y Derechos Culturales (LGCDC). El 14 de diciembre de 2016, integrantes de la Comisión de Cinematografía de la Cámara de Diputados se presentaron al Consejo Redactor de la Ley de Cultura. Dicho Consejo envió la propuesta de ley y un documento orientador para la Comisión de Cultura de la Cámara de Diputados. Sin embargo, luego se enteraron de que el presidente Peña Nieto recibió un documento de ley muy distinto, proveniente de la Consejería Jurídica del Ejecutivo Federal. “Ignoraron todo lo que nosotros habíamos hecho durante tres meses. Retomaron una iniciativa de ley que Rafael Tovar dejó encauzada cuando fue secretario de Cultura”, relata Eduardo Cruz Vázquez, periodista y promotor cultural.

El 28 de febrero de 2017 fue aprobada la LGCDC. En su momento, Cristina Gaytán, diputada del PRD, acusó al Ejecutivo Federal de “enviar una ley que no respetó las cinco iniciativas enviadas y estudiadas en conferencia por las Cámaras de Diputados y Senadores”. En su defensa, Raúl Ávila Ortiz, especialista en derecho y política cultural, que también participó en el Consejo Redactor del Documento Orientador para la LGCDC, apunta:

En el Senado se encontraron varios enfoques sobre los contenidos de la ley y prevaleció una posición menos garantista y más instrumental; es decir, se priorizó el propósito de construir más un andamiaje legal para la operación de la Secretaría de Cultura, detallando los instrumentos de cooperación y participación, que los mecanismos y técnicas de garantía. Así, por ejemplo, se evitó establecer grandes conceptos y directrices entre sectores del gobierno federal y los gobiernos locales y se prefirió formalizar instrumentos que irán madurando en el futuro, como el Sistema Nacional de Información Cultural y la Reunión Nacional de Cultura, mismos que servirán para ir coordinando y facilitando la participación de diversos sectores y actores en la materia.

Ávila Ortiz considera que en los 42 artículos que componen la LGCDC existen una serie de contenidos valiosos, ya que su objetivo es promover, respetar, proteger y asegurar el ejercicio de los derechos culturales. Sobre este punto, Villaseñor advierte que el foco de la ley no está ya en los bienes sino en los derechos culturales: “La atención ya no está en los objetos sino en las personas, en los derechos humanos culturales que son ejercidos, inherentes a las personas: esto es un cambio radical”.

La LGCDC establece una política cultural de Estado que no se ejerce únicamente a través de la federación, sino por medio de los tres ámbitos de gobierno: federal, estatal y municipal. La ley enlista una serie de derechos culturales y, en concordancia con la Reforma constitucional de 2011, deja abierta a reconocer aquellos derechos culturales que existen en la Constitución o los que sean reconocidos en los tratados internacionales (convenciones y pactos); también instruye bases de coordinación entre la federación, los estados y municipios para el cumplimiento de los objetivos en favor de la cultura, y funda las bases de una legislación para la promoción de la salvaguarda del patrimonio inmaterial.

Deficiencias de la ley

¿Qué le hace falta entonces a la LGCDC? ¿Por qué hay opiniones divididas con relación a su eficacia? Carlos Villaseñor considera que no se desglosaron los derechos culturales con el alcance que ya han definido los instrumentos y los tratados internacionales: “Es bueno que estén, pero pudieron haber sido señalados de una mejor manera”. Otra situación que destaca es que se eliminó toda la parte relacionada con la transversalidad de la cultura: “La propuesta que planteamos trataba de señalar de manera muy clara cuáles eran los ámbitos en los que la Secretaría de Cultura tenía un quehacer conjunto con otras secretarías; por ejemplo, con la de Turismo, la de Economía y la de Desarrollo Social”.

Villaseñor también destaca la falta de políticas de fomento a la economía cultural, así como la falta de seguridad jurídica para los creadores y trabajadores de la cultura, derechos de autor y seguridad social para los creadores.

Raúl Ávila Ortiz comparte la visión de Villaseñor respecto a la ley de cultura y añade: “Desde luego que la ley es perfectible y debe ser objeto de nuevas reflexiones y adecuaciones para sincronizarla mejor con el nuevo paradigma constitucional de los derechos. Eso significa que se le imprima a la ley un énfasis proderechos y que se precise de la dimensión individual, colectiva y transversal de la cultura y los derechos y políticas culturales, a efecto de que cobre más peso en la administración pública federal y se vaya integrando un sector cultural que sigue fragmentado y poco articulado. Pienso que todavía hay mucho que estudiar, proponer y cambiar, como tanto que preservar, gozar y crear para contribuir a esos procesos.”

El futuro inmediato

¿Qué momento vive la política cultural en nuestro país? ¿Qué nueva ruta se debe seguir en el sector cultural? Los especialistas coinciden en que las bases ya están dadas tanto en las funciones de la Secretaría de Cultura como en lo que establece la LGCDC. “Se pasó de una visión vasconcelista, vertical, centrada en el patrimonio y en las artes, a una política cultural orientada en garantizar el derecho humano y los derechos culturales, una política cultural que se instrumenta en los tres ámbitos de gobierno. Eso, indudablemente, es el comienzo una reforma cultural”, puntualiza Carlos Villaseñor.

A partir del 1º de diciembre, la administración lopezobradorista tendrá 6 meses para presentar el Plan Nacional de Desarrollo 2018-2024. Por primera vez en el sector cultural se realizará un programa independiente que corresponda a las necesidades de la Secretaría de Cultura y no a un programa especial de cultura y arte, como se incorporaba anteriormente a la SEP, cuando la cultura era vista como un apéndice. “Si existe congruencia en la siguiente administración, el programa que van a diseñar se debería de llamar Programa de Cultura y Derechos Culturales. Y tendrá que estar apegado a la LGCDC”, indica Carlos Villaseñor.

Por su parte, Alejandra Frausto ha dejado claro que el proyecto cultural que promoverá la nueva administración, llamado “El poder de la cultura”, pondrá la cultura al alcance de todos, quitándole su presunto carácter elitista. En ese sentido, los sectores más favorecidos serán los Estados con más índices de pobreza y en donde los jóvenes carecen de una oferta cultural; el enfoque también es, por lo tanto, reconstruir el tejido social.

Lo cierto es que al gobierno de AMLO le tocará continuar y afianzar la reforma cultural que inició el gobierno de Peña Nieto, tomando en cuenta los cimientos —y la estructura legal— que se acaban de poner. ¿Se apostará por la continuidad institucional o por una ruptura transformadora?

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Ensayista, editora y periodista cultural.

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El pasado 14 de octubre falleció el artista y escritor español Eduardo Arroyo. Como lo muestran las siguientes líneas, parte de su obra es un homenaje al boxeo, un arte en el que integró por igual a pugilistas, poetas y pintores.

Creaba historias en sus cuadros y también sabía narrarlas. Eduardo Arroyo (Madrid, 1937–2018) era artista plástico, escenógrafo y escritor. “La mano, el ojo, el arrojo… Hay ciertas analogías entre el combate del cuadrilátero y el cuadro que por fuerza tenían que incitar a Arroyo”, reflexiona Julián Ríos en La vida sexual de las palabras.

Es memorable la serie de retratos que hizo de boxeadores, entre quienes destacan: Kid Chocolate, Arthur Cravan, All Brown, Marcel Cerdan, Willie Pep, Raymond Famechon, Oddone Piazza, Eugène Criqui y Sugar Ray Robinson, a este último lo consideraba un grande en el ring, aunque solía reconocer que la presencia de Mohamed Alí vino a cambiar la concepción del arte del boxeo, porque “no es un deporte brutal o salvaje. Es una actividad heroica por excelencia”.

Primer round. El cuadro que hizo de Kid Chocolate está fechado en 1972. Es posible distinguir un juego de luces y sombras muy definido, casi un homenaje a la geometría y a la perspectiva al estilo de Giorgio de Chirico. Arroyo pone la luz en donde lo requiere, exhibe la fuerza y enfatiza en el gesto adusto de uno de los grandes peleadores que ha dado el boxeo cubano. Parece que cuenta con puños de acero, sus guantes brillan al igual que su cabello envaselinado para que ninguno de sus rizos desafíe al sudor y caiga sobre la frente del joven peso pluma.

Eduardo Arroyo, Retrato de Kid Chocolate, 1972

Eligio Sardiñas Montalvo, mejor conocido como Kid Chocolate, una leyenda del boxeo en Cuba, se retiró en 1938 con un récord de 135 victorias, 9 derrotas y 6 decisiones nulas. Le decían Yiyí, Chócolo, Chocolate o, simplemente, El Rey. Aprendió de los grandes boxeadores, era muy rápido, sabía imponerse con un certero juego de piernas y, sobretodo, contaba con un eficaz golpe de izquierda. Curiosamente, esta última cualidad era un defecto físico que supo operar a su favor: tenía un brazo izquierdo más corto que el derecho, “por eso mis contrincantes nunca supieron medirme”, le confesó a Eliseo Alberto en una entrevista para un documental. Unos cuantos estaban enterados de esa peculiar situación de sus extremidades, por supuesto su manager Pincho Gutiérrez, su entrenador Jess Losada, un comentarista deportivo y el sastre que le confeccionaba los trajes, a quien le hicieron jurar que nunca divulgaría esa característica de Chócolo.

Segundo round. Arroyo creó una serie de seis dibujos con el rostro de Arthur Cravan después del combate con Jack Johnson, Arthur Cravan après son combat contre Jack Johnson. El enfrentamiento se llevó a cabo el 23 de abril de 1916 en la Monumental de Barcelona. Cravan era un boxeador suizo que supo combinar sus dos pasiones: el pugilismo y la poesía. El poeta, precursor del dadaísmo, era un hombre corpulento, medía casi dos metros y pesaba 120 kilos. El día del combate se presentó borracho y, de los veinte asaltos anunciados, aguantó seis antes de caer sobre la lona. Johnson prolongó el encuentro más por obligación, porque sabía que estaban filmando la pelea.

La serie gráfica de Arroyo resulta ser un ejercicio puntual de cómo se van engendrando los cambios en el rostro de Cravan. De nuevo es la geometría la que impone las reglas en el trazo firme y certero, como cada golpe. Las líneas sutiles ceden paso a la imaginación del espectador para que reconstruya cuál fue la trayectoria de los golpes rectos, curvos y mixtos que impactaron a Cravan. Cada pliegue, cada cicatriz, derivan en un efecto similar a cuando alguien arroja una piedra en un estanque de agua apacible y se forman ondas. Esa secuela o despliegue de puños es delineada cuidadosamente por el artista plástico.

La secuencia de Arroyo recuerda que un puñetazo eficaz es el último eslabón de la cadena cinética. Los pugilistas no pegan sólo con el brazo sino que se trata de un movimiento completo y sincronizado, de forma ascendente, que inicia en los pies y termina en los nudillos.

Tras el enfrentamiento, ambos lograron su cometido: Cravan pudo viajar a Nueva York en el trasatlántico Montserrat y el triunfo de Johnson subió las expectativas de sus seguidores, quienes no tardaron en ser testigos de que el boxeador se convertiría en el primer campeón de los pesos pesados de raza negra.

En Nueva York, Cravan conoció a la poeta Mina Loy, con quien contrajo nupcias. La pareja se casó en México y ella, al poco tiempo, quedó embarazada. Loy le pidió que la alcanzara en Argentina. Él se encontraba en Salina Cruz, Oaxaca, no en la costa de Veracruz como se ha mencionado en otros textos. Existen dos versiones sobre su muerte que no se han comprobado: una, que murió en el mar; otra, que por error fue asesinado en la revuelta revolucionaria de aquellos años en nuestro país.

Tráiler de Cravan vs. Cravan

El director español Isaki Lacuesta realizó en 2002 un documental sobre la vida de Arthur Cravan. En Cravan vs. Cravan, aparecen Enrique Vila-Matas y Eduardo Arroyo, entre otros intelectuales que dan cuenta de lo eficaz y ágil que era el autor suizo en el cuadrilátero.

Tercer round. Otro poeta y boxeador que llamó la atención de Arroyo fue Byron, a quien le dedica un extenso ensayo, la tercera parte de su libro El Trio Calavera (Goya, Benjamin y Byron —boxeador—). George Gordon Byron fue el poeta europeo más popular del romanticismo, considerado un seductor, un hedonista y un admirador de Napoleón. Arroyo cuenta que Lord Byron llegó a practicar el boxeo, pero que tenía los brazos cortos para su altura.

Cuando Byron frecuentaba el arte del pugilismo, los rivales peleaban con el puño descubierto, era un deporte de caballeros y no existían reglas establecidas. Los guantes se implementaron con el reglamento del Marqués de Queensbury, publicado en 1867, el suegro de Oscar Wilde, padre de Bosie. Esta medida se impuso porque gracias a los guantes los boxeadores acababan con menos heridas faciales y, esencialmente, disminuían los daños al cerebro; se ha comprobado que reducen un 70% la fuerza de los golpes.

“Golpea a la derecha, golpea a la izquierda, quien no está contigo está contra ti”, era una frase que Byron escuchaba de su maestro, el campeón británico John Jackson, con quien entrenaba cada semana. El escritor daba una ejemplar muestra de compromiso, constancia y esfuerzo físico. Había un par de limitantes que supo sobrellevar de la mejor manera posible: su tendencia a subir de peso y su cojera. Para Byron, citado por Arroyo, sus sesiones de ejercicio derivaban en un óptimo desarrollo de su escritura:

Ayer por la mañana boxeé de nuevo con Jackson y mañana voy a repetir la sesión […] Mis hombros y mis brazos están cansados, pero después del ejercicio estoy mejor dispuesto para el trabajo intelectual. Cuando el esfuerzo es frecuente, más fresco está mi espíritu el resto del día. No soy mal boxeador cuando puedo controlar mi sangre fría, y la práctica del pugilato me permite resaltar la parte etérea de mi persona.

Eduardo Arroyo descubre en Byron a un hombre que forjó su carácter a base de golpes dados y recibidos. Reconoce: “El púgil en general es hombre pacífico, pero blanco preferido de grandulones inconscientes, idiotas y perversos a veces armados de navaja que le desafían e insultan, esperando ufanarse de haber corregido a un campeón”. Y aquí evoca como si se tratara de una piedra en el zapato de Byron, a un locutor que se burló de la obesidad del pugilista y el poeta lamenta no haberlo derribado de un zurdazo. No obstante, son conocidos los episodios en donde Byron frecuentemente se veía inmerso en peleas callejeras.

Otra aportación de Arroyo al mundo del boxeo es la biografía Panamá Al Brown, que escribió sobre el púgil panameño, el primer hispano campeón del mundo del peso Bantam o peso gallo (de 51 a 54 kilos). Y es autor de la pieza dramática, Bantam, estrenada, en 1986, en el Residenztheater de Múnich, en donde narra la vida y muerte de algunos pugilistas como Battling Siki, Milou, Gato Montés o Eugène Mandíbula Metálica.

En Arroyo. Boxeo y literatura, una antología gráfica de su obra dedicada a celebrar el pugilismo, se cuenta que el pintor español tenía 13 años cuando descubrió su fascinación por todo lo que ocurriera arriba del cuadrilátero.

Con seguridad y destreza, acaso como el escritor que se enfrenta a la hoja en blanco, Arroyo se sitúa frente al lienzo que está a punto de transformar: de su brazo salen jabs, uppercuts y una serie de movimientos rápidos. Es hábil con los puños, con las manos que van a lograr contundentes trazos.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Ensayista y editora.

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Aunque su mayor campo de batalla fue el periodismo, María Luisa Mendoza (1930-2018) ejerció la literatura y la política con la misma pasión. Generosa, aguda e incansable, su muerte deja un espacio que difícilmente se llenará en nuestra cultura. El siguiente abecedario resume la visión de una de nuestras plumas más agudas.

Alzheimer. Le temo más que a la muerte, es muy agresivo y lastimoso. Cuántas veces uno quiere recordar tal o cual palabra y uno, mentalmente, deja un espacio en blanco en el texto hasta que la duda se despeja: es terrible.

Balthus. Soy muy abierta al hablar de erotismo, lo hago de manera natural. Escribo de erotismo con una gran eficacia, pero no soy grosera ni tampoco llego a la pornografía. No me gusta la pornografía, me aburre moralmente a un grado más allá de lo insoportable, y no es mochería, simplemente me aburre. Me gusta el erotismo que muestra Balthus en sus pinturas: las niñas a pesar de su candor son eróticas perfectas; son maravillosas esas mujeres que acostadas contemplan no sé qué paisaje por un balcón parisino. Balthus estaba casado con una japonesa y eso va muy de acuerdo con la forma misteriosa, esa sutileza hermética que prevalece en sus obras.

Crítica. Cómo es posible que cuando un mexicano publica un buen libro no se le haga una crítica, no se le tome en cuenta, menos se le aplaude; en cambio, se le ignora: es como una muerte civil muy dolorosa, sobre todo cuando uno sabe que no la merece.

Diputada. Como si fuera una adolescente, siempre he tenido la necesidad de pertenecer a algo. Creo que por eso sigo en el PRI, para horror de mis amigos. Además, tengo una inclinación natural como militante del Partido Revolucionario Institucional, como ex diputada federal en representación de mi estado, Guanajuato. Yo sí puedo decirlo, estuve dentro de la mera mata del gobierno, hice leyes de la LIV Legislatura, fue una etapa de mucho trabajo y acciones. Yo volvería a vivir mi etapa en la Cámara de Diputados; fue excitante recorrer el país, escuchar al pueblo, constatar la habilidad y dignidad de los campesinos, la obstinación de los obreros y la clase media. La política me encantó, es como respirar, imprescindible en la vida. Jamás podré dejar de darle gracias a mi partido que me lanzó y me hizo fuerte.

Escribir. Es una tortura, una maldición que se genera en la soledad y la pobreza, porque nadie gana dinero en nuestro país bien amado, solamente tres o cuatro personas se mantienen con lo que ganan de sus libros. Pero claro, son los únicos que ganan premios, los únicos que viajan, los que son aplaudidos, son como el non plus ultra de las damas y de los elogios. Nuestros dolores son precisamente que sabemos que somos buenos escritores, que lo hacemos muy bien, no se trata de ser mujer ni hombre sino de ser un escritor de veras magnífico y tener conciencia de que un libro con buena prosa, de atreverse uno mismo a calificarlo así, no tenga la menor trascendencia en México.

Fuimos es mucha gente. Es una novela de enorme tristeza, una remembranza. Los personajes que están allí, claro, son producto de la imaginación, mas no obstante son también muchos de los personajes de mi vida. Toda mi gente y yo estamos viviendo una etapa muy difícil de soportar, no me gusta que le llamen tercera edad, eso es vergonzoso, deberían decirle la verdadera edad o, en todo caso, la edad de oro, de plata o de titanio. Yo no entiendo cómo pasa el tiempo por mi cuerpo, de repente me siento como una muchacha de treinta años. Por ejemplo, Gastón García Cantú decía que él no se sentía viejo y eso lo entiendo perfectamente.

Guanajuato. Guardo recuerdos buenos y no tan gratos. Cuando Vicente Fox fue gobernador le fue muy mal a Guanajuato, se trabajó poco, aunque la propaganda decía lo contrario. Cesaron muchas oportunidades de generar empleos, se pretendió hacer un corredor virtual y tuvo poco éxito. Pero en fin, se sembró la esperanza, eso sí fue evidente. Luego le tocó a mi sobrino, Juan Carlos Romero Hicks, ser gobernador. Mi opinión no cambia porque sea mi sobrino, también puedo tener una visión crítica de problemas que tuvo que enfrentar como el agua, la educación y la salud.

Honor. El ejercicio mental, la gimnasia verbal, resolver tu vida inteligentemente, conducirse con honor, lógica, honradez y plenitud, te da una hermosa madurez joven.

Instituciones. Estoy convencida de que gracias al PRI se hicieron nuestras instituciones: el IMSS, el ISSSTE, primarias, secundarias, la Universidad, ferrocarriles, carreteras, etcétera. No podemos decir que durante setenta años nada pasó, cuando en realidad le sucedieron muchas cosas a México. Si existe un partido de veras es el PRI.

Joven. De joven pertenecí a un grupo que nos dio por la literatura, por la música, la pintura y la cultura en general. En ese grupo estaba Ernesto de la Peña, también acudía a veces Carlos Fuentes. Sin duda éramos jóvenes pretenciosos que nos reuníamos para ir a clases, tomar café, ir a bailar a unos lugares horripilantes donde éramos felices bailando mambo y brincoteando como locos: éramos muy buenos bailarines.

Luis Echeverría. Yo no era su amiga. Como era muy buena reportera de diferentes diarios, el jefe de prensa del presidente Echeverría, Fausto Zapata, un hombre magnífico, me invitó a acompañarlos en la gira presidencial; por eso tuve oportunidad de ir a Chile. Luego el periódico para el que trabajaba me envió a hacer unos reportajes a la Unión Soviética y después estuve en Londres; ahí me sentía Mrs. Dalloway.

Marcel Proust. Yo vivo arrodillada a Marcel Proust, me parece el más grande escritor del siglo pasado.

Ojos de papel volando. En 1985 publiqué mi primer libro de cuentos, Ojos de papel volando. Pero en 2011 me fue robado ese título por una señora de nombre Patricia Aridjis. Cuando Mortiz y yo nos preparábamos para salir a la luz, en España a un fulano se le ocurrió publicar a su vez un tomo con dicho título, pero Joaquín, que era un hombre dignísimo, se levantó como el impecable editor que fue y demandó al atrevido por muy peninsular que fuera. Recularon en la madre patria: nosotros teníamos el título registrado en Derechos de Autor, como aún aparece a mi nombre, con tu venia. Y después de tantísimos años, me roban el título con un libro publicado por el Conaculta, bajo la tutela de Consuelo Sáizar, quien reparte becas de creadores eméritos entre sus amigos que ya se van a morir.

Periodismo. Llegué al periodismo por necesidad y, claro está, por vocación, y no me arrepiento. Fui niña pobre, necesitaba ganarme el pan, pero no soportaba estar en las oficinas de gobierno, pasar todo el día encerrada en una fría oficina era superior a mis fuerzas. El periodismo me dio esa libertad, siempre digo una frase que parece lugar común pero que me define muy bien mi relación con esta profesión: de mi periodismo vengo y a mi periodismo voy. Nunca me he avergonzado de hacer periodismo, lo expreso con franqueza: soy una escritora que no abandona el periodismo. Es mi desahogo, mi psicoanálisis, mi repaso de materias, mi constancia de vida.

Quejumbrosa. Jamás he sido una feminista desbocada ni una quejumbrosa ni una quejetas, soy una escritora que ve lúcidamente, con ojos desorbitados, cómo las mujeres escritoras de otros países tienen un éxito insólito en México y las que lo logran llegan a conocer muy bien a escritores laureados y grandiosos. A ellas, por ejemplo, las escogen para hacerle un homenaje en Jalapa a Sergio Pitol y, en ocasiones, la misma autora presenta al novelista en Chile, Argentina y Colombia, como si no hubiera escritoras mexicanas talentosas que podrían ubicar quién es Pitol y cómo ha sido su desarrollo en la literatura de nuestro país.

Rosario Castellanos. Entré a la literatura por la puerta grande, quizá mucho más fuerte de lo que se imaginaba, estoy citando a Rosario Castellanos refiriéndose a mí. Quizá en ese momento mis amigos escritores recularon, me hicieron a un lado, se estremecieron de horror porque yo no era una escritora sino una periodista que tuvo el atrevimiento de salir de su amado oficio.

Saudade. A veces pienso que yo, como los personajes de mis libros, siento una enorme saudade de lo que ya no puede ser: la creación, el apetito, el amor, los viajes, todo lo que siempre había estado allí. Y, en medio de esa nostalgia, sigo luchando: todos somos viajeros de un barco, algunos ya nos asomamos a la borda porque ya vemos le tierra firme, el lugar a donde todos hemos de encaminarnos.

Todos. Todos los perros son para mí ángeles mudos de Dios, los adoro.

Vida. En muchos aspectos de mi vida hice lo que yo quise, amé a quien se me dio la gana, fui fiel y leal a ese amor, a ese trabajo, a ese periódico, a ese credo político y también al religioso. Siempre he sido católica, es mi derecho a expresarlo.

Woolf, Virginia. No es posible que en México nada más figuren cinco escritores, es idiota creer eso. Pero bueno, así es. Los suplementos literarios están llenos de personajes extranjeros, no porque yo esté en contra de autores extranjeros, no porque yo esté en contra de autores de fuera, cómo voy a estar en contra de Nabokov o de la Virginia Woolf, pero lo que predomina en nuestro país son los autores extranjeros y no se les hace caso a los escritores nacionales. Me he dado cuenta de esa tendencia.

Zabludowsky, Jacobo. El primer escritor que saltó a la televisión fue Salvador Novo, en un programa de Jacobo Zabludowsky. A los tres años de que Novo hacía esas cápsulas, me hablaron a mí. Creo que fui la primera mujer, en México, que salía hablando de literatura en la televisión. Luego Ethel Krauze empezó a comentar libros. Poco a poco las mujeres hemos entrado a la televisión y creo que lo hemos hecho muy bien. En ese sentido, fui pionera.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Editora y ensayista.

 

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Ayer, 14 de mayo, tuvo lugar el Diálogo por la Reforma Cultural, evento que reunió a los asesores culturales de los candidatos a la presidencia de la república. En el evento se tocaron algunos puntos clave de lo que podemos esperar para el próximo sexenio en este rubro.


Por primera vez, antes de una elección presidencial, tuvo lugar un diálogo sobre las propuestas culturales de los candidatos. “Los tiempos son propicios. Hoy tenemos una nueva pero incipiente Secretaría de Cultura, una Ley General de Cultura y Derechos Culturales, y una comunidad ávida de cambios”, escribe Francisco Moreno en ¡Es la reforma cultural, Presidente!, libro coordinado por Eduardo Cruz Vázquez (Editarte. México, 2018).

Al próximo presidente de México le corresponderá poner en marcha una reforma cultural como parte del Plan Nacional de Desarrollo y del Programa Sectorial de Cultura, ambos proyectos tendrán que contar con recursos suficientes para operar de manera continua y mejorar la infraestructura.

La convocatoria para que asistieran los representantes en materia cultural de los candidatos a la presidencia estuvo a cargo de Editarte Publicaciones y del Grupo de Reflexión sobre Economía y Cultura (GRECU) de la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Xochimilco.

Al Centro Cultural Roberto Cantoral llegaron Alejandra Frausto, en representación de Andrés Manuel López Obrador; Raúl Padilla, por parte del equipo de Ricardo Anaya; Consuelo Sáizar, quien encabeza los asuntos culturales y educativos que propone la candidata independiente Margarita Zavala; y Beatriz Paredes del equipo de José Antonio Meade.

En un primer momento se dijo que como representante de la coalición Todos por México iba a asistir Javier Lozano Alarcón, luego se dio el nombre de otra persona y finalmente se ratificó a Beatriz Paredes como representante de Meade. Los otros candidatos no hicieron cambios en sus enviados en favor de la cultura y se propició, más que un debate, un diálogo de convergencias. Nadie se presentó por parte del candidato independiente Jaime Rodríguez Calderón, El Bronco.

La conversación en torno a lo que el país requiere en materia cultural se desarrolló en cinco bloques, con el tiempo suficiente para que cada representante abordara su propuesta. Eduardo Cruz Vázquez y Alejandro Moreno, autores de ¡Es la reforma cultural, Presidente!, fueron los encargados de fungir como moderadores.

Por una Secretaría de las Culturas

Hubo más coincidencias que discrepancias. Todos los representantes de los candidatos estuvieron de acuerdo en una iniciativa de Raúl Padilla, quien propuso que dada la diversidad cultural que hay en el país, la Secretaría de Cultura debería transformarse en una Secretaría de las Culturas. “Las culturas alternativas no están siendo identificadas como parte del sector cultural”, señaló Padilla. Con los programas transversales y la descentralización a la cultura, el representante de Ricardo Anaya recordó que en el INBA hay 105 espacios registrados, de los cuales 82 se encuentran en la ciudad. “Por eso nosotros planteamos un gran programa para dotar de estructura cultural todos los rincones del país. Es lamentable que en uno de los países con más tradición cultural, con más riqueza, destinemos apenas 0.3 por ciento del presupuesto de la federación; es decir, apenas 17 mil millones de pesos. En materia cultural, seguimos siendo un país centralizado”, indicó el fundador y presidente de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

Precisamente a la importancia de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara se refirió Beatriz Paredes. Para ella, la FIL es una muestra clara de prestigio y proyección de un evento internacional propio de México. “El ejemplo de la FIL me sirve para recordar que la política de los gobiernos debe ser una política de Estado, con matices a la orientación, pero que debe consolidar instituciones, retos, procesos y alentar la participación de la sociedad civil. No creemos que las políticas que obtienen grandes frutos, puedan estar sujetas a los vaivenes sexenales, hay eventos, instituciones, consensos por encima de los algoritmos electorales”. Resaltó que la visión de Meade consiste en desarrollar “una política cultural incluyente, participativa que reafirme la pluralidad cultural, para así garantizar el ejercicio de los derechos culturales”.

Hacia la reinserción social

Los representantes de los candidatos estuvieron de acuerdo en que la política cultural debe ser transversal. Dos de las participantes, Alejandra Frausto y Beatriz Paredes, fueron las únicas que reconocieron que “solo la cultura es la que nos permitirá rescatar un tejido social tan lastimado.”

En este último punto, Alejandra Frausto enfatizó que el país ha vivido en los últimos años “una degradación, tristemente nos hemos acostumbrado a normalizar la violencia”. Desde la perspectiva de Frausto, este escenario horroroso ha sido visto por la política cultural desde un palco. “Para nosotros, la cultura ocupa un papel fundamental en la transformación del país. La cultura es un detonador de desarrollo colectivo social y también una herramienta de reinserción social”.

Frausto aprovechó la oportunidad para compartir un programa que trabajó en dos de las ciudades más violentas del país, Ciudad Renacimiento y Acapulco. Con “México Cultura para la Armonía”, Frausto apoyó a que niños de 12 a 18 años tomaran clases de iniciación artística y así formaron la Orquesta y el Coro Infantil y Juvenil Renacimiento, que ha sido dirigido por Plácido Domingo y por Alondra de la Parra. “Por 500 pesos o un Nextel los chicos se enrolaban en el crimen organizado. La cultura entró ahí como una solución cotidiana, pero también como un lugar en donde se recuperó la confianza, en donde se privilegió el trabajo comunitario y aprendieron a tener otro sentido de pertenencia”, detalló la ex directora general de Culturas Populares del entonces Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.

“La cultura no es un lujo, tampoco es un adorno. Es el camino más certero a la libertad, es lo que somos, lo que nos define, ya que es un derecho como lo marca ya la Constitución”, puntualizó Alejandra Frausto.

Aumento del presupuesto

Luego tocó el turno de Consuelo Sáizar, ex titular del Fondo de Cultura Económica (FCE) y del entonces Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta). Habló de la necesidad democratizar y descentralizar la cultura, en donde no se pierdan de vista los principios culturales de libertad de pensamiento y creación. Sáizar postuló varios puntos, entre ellos, aumentar el financiamiento a la producción y promoción de la cultura. Sugiere que se destine el 1 por ciento del gasto del gobierno, con lo cual se pasaría de los 13 mil millones que este año se le otorgó a la Secretaría de Cultura, a 53 mil millones. Fue enfática al decirle a Beatriz Paredes que este sexenio de Enrique Peña Nieto, en especial este 2018, ha sido un año muy castigado en el sector cultural, pues prácticamente no hay presupuesto que alcance y son muchas las necesidades.

Son varias las propuestas de Sáizar, como por ejemplo, la creación de una Cineteca en cada estado de la república, para que se contribuya al cine mexicano; la creación de becas para estudios en el extranjero; la fundación de una escuela de guionismo; establecer un programa de bibliotecas incluyentes en todos los estados del país, en donde se copie el modelo que se implementó en la llamada Ciudad de los Libros, cuando Sáizar era titular del Conaculta. También manifestó la necesidad de establecer estímulos fiscales para la cultura y que el Archivo General de la Nacional sea parte de la Secretaría de Cultura para que prevalezca el carácter de memoria.

Cuando se le intentó preguntar a Beatriz Paredes por lo que ha vivido el país en materia cultural durante el sexenio del presidente Enrique Peña Nieto, fue enfática y evitó la crítica: “Uno de los errores de los debates es eso, parece que se tiene que juzgar a partir de lo que no se hizo en el pasado. Yo no quiero caer en el juego de si se hizo tal cosa en la administración de Felipe Calderón o en el gobierno del Distrito Federal. Quiero compartir con ustedes la viabilidad de una reforma cultural ante el nuevo escenario, a futuro. Comparto la visión de Alejandra Frausto, la necesidad de que las instituciones culturales respondan a una nueva realidad social: a una sociedad vida, con presencia de migrantes mexicanos”.

A favor de la Ley de Derechos Culturales

Sáizar reconoció la labor ejemplar de la diputada del PRD, Cristina Gaitán, presente entre el público, quien trabajó por impulsar la Ley de Derechos Culturales. Aunque, como en su momento lo denunció Gaitán, fue aprobada por el senado y “rasurada” por el presidente Peña.

La representante de la candidata independiente Margarita Zavala se dirigió a la comunidad cultural ahí presente y externó que ella siempre luchó por los sueldos de los creadores. “La cultura requiere de trabajadores profesionales bien pagados y que en ocasiones reciben tarde su salario. Eso me apenaba profundamente y trabajaba porque lo recibieran, me tocó trabajar con secretarios de Hacienda sensibles, como José Antonio Meade, quien por cierto me apoyó”.

Para que no quedara duda de la participación de Sáizar en el sector cultural, señaló que cuando ella estuvo al frente de Conaculta, de 2009 a 20012, tuvo ciertas limitaciones porque el entonces titular de la Secretaría de Educación Pública, Alonso Lujambio, cayó enfermó.

Como no hubo espacio para preguntas, nadie pudo saber si Consuelo Sáizar volvería a tener asesores tan bien pagados, como ocurrió durante la administración de Felipe Calderón.

Salgamos del tercer mundo…

El término reingeniería fue usado por Raúl Padilla, quien comunicó su preocupación dado que el 75 por ciento del gasto que se realiza en el sector cultural es administrativo, y solo el 25 por ciento va a los creadores. “Nuestra propuesta es que los números se reviertan y que el 75 por ciento sea para los creadores y que el 25 por ciento restante sea destinado al gasto administrativo”.

La mayoría de los representantes estuvieron de acuerdo en que la cultura requiere mayor inversión, que ha sido un sector desprotegido —con excepción de Beatriz Paredes— y que se debe trabajar en favor de la descentralización y redistribución de la cultura.

Padilla precisó en la necesidad de crear “productos culturales en corresponsabilidad del Estado, créditos a la palabra para creadores, rescatar artesanías, instrumentos para el turismo cultural”. Y, en una de sus intervenciones, citó a Carlos Fuentes: “Salgamos del tercer mundo con nuestra cultura del primer mundo.”

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Ensayista, editora y periodista cultural.

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Los dos tomos de Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes es uno de esos bestsellers que se agradecen. En una nuez, esta colección de historias narra en clave de cuento la vida de una legión de mujeres excepcionales de todas las épocas y ámbitos. En la lista aparecen cuatro mexicanas, todas con una historia que merece ser contada y leída.

Parece sencillo, pero no lo es. La mayoría de las veces resulta complicado fomentar el hábito de la lectura. Lograr que los niños y adolescentes lean libros fuera de los que impone la escuela se ha vuelto un reto. Por ejemplo, si se toma en cuenta que hay que librar una carrera de obstáculos que incluye videos en el iPad y el teléfono celular, películas y series en Netflix, además de chats entre amigos sobre lo que hacen dentro y fuera de la vida académica, son menos las oportunidades para que un libro capture la atención de las nuevas generaciones. Los actuales ritmos de vida exigen argumentos que atraigan a las nuevas generaciones y que sean cercanos a lo que viven.

Como lectores, en algún momento de nuestra vida germinó en nosotros esa conciencia autónoma que es la lectura. Quizá no sabemos cómo o cuándo precisamente ocurrió, pero sucedió que estábamos “tocados” por ese interés de seguir asomando la nariz en más y más páginas. Habrá quienes hayan empezado en este camino inicial por leer a los clásicos, luego siguieron con los no tan clásicos y otros, como los millennials, tuvieron la motivación de leer gracias a J. K. Rowling, autora de la saga de Harry Potter.

Hoy las niñas y adolescentes, principalmente, se están dejando contagiar por el hábito de la lectura gracias a un libro que las empodera como mujeres de un futuro promisorio, en donde ellas impondrán sus propios límites —no la sociedad ni las costumbres machistas—. A Elena Favilli y Francesca Cavallo se les ocurrió la idea de narrar, como si se trata de un cuento, la vida de mujeres que han destacado en su profesión y que, en su mayoría, han tenido que abrir brecha en un ámbito laboral.

Las protagonistas de este libro tienen en común que se salieron de lo establecido. Para las autoras, ser una niña rebelde significa “soñar en grande, aspirar a más, luchar con fuerza y, ante la duda, recordar que tienen razón”. La lista está encabezada por Ada Lovelace (matemática), Alex Wek (supermodelo), Alfonsina Strada (ciclista), Alicia Alonso (bailarina), Las hermanas Bronté (escritoras), Cleopatra (faraona), Coco Chanel (diseñadora), Evita Perón (política), Helen Keller (activista), Julia Child (chef), Malala Yousafzai (activista), Nina Simone (cantante), María Callas (cantante de ópera), Serena y Venus Williams (tenistas), Margaret Thatcher (primera ministra), Tamara de Lempicka (pintora), Las mambas negras (vigilantes), Agatha Christie (escritora), Angela Merker (canciller), Beyoncé (cantante), Celia Cruz (cantante), Maddona (cantante y empresaria), Nefertiti (reina), Rachel Carson (ambientalista), Safo (poeta), Sophia Loren (actriz) y Wistawa Szymborska (poeta), entre otras.

Estos Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes está dividido en dos tomos, lleva más de un millón de lectores en el mundo y ha sido traducido a más 30 idiomas. ¿Por qué puede ser interesante asomarse a un bestseller de esta naturaleza?

Las niñas y jóvenes están adquiriendo este libro y, al mismo tiempo, el hábito de la lectura. En su momento, J. K. Rowling fue muy criticada por sus historias de magia y mundos de fantasía por ser una imitación de C. S. Lewis o de universos similares a los de Ursula K. LeGuin. Sin embargo, la vida de este mago no tan inteligente, pero sí hábil para salir de las dificultades en las que se mete, se ha vuelto entrañable para cientos de lectores que crecieron con él.
A través de estas páginas, las lectoras reciben un claro mensaje: nada es imposible. Las cuatro mexicanas que figuran en estas historias de niñas rebeldes son: Eufrosina Cruz (activista y política), Matilde Montoya (doctora), Frida Kahlo (pintora) y Lorena Ochoa (golfista).

Eufrosina Cruz Mendoza, notable indígena zapoteca, licenciada en contaduría pública, ha puesto en alto la lucha de las mujeres indígenas que reclaman el derecho a participar en la vida política. Fue electa diputada local plurinominal en el Congreso de Oaxaca para el periodo 2010-2013. Como presidenta de la mesa directiva realizó su mayor esfuerzo para que las mujeres no fueran discriminadas por su sexo, sino apreciadas como fuerza económica, política y social. Eufrosina Cruz vivió una injusticia. En 2007 contendió para presidenta municipal de Santa María Quiegolani, Oaxaca. Pero con el argumento de que era “mujer” y “profesionista”, los caciques anularon la elección; más tarde, el Instituto Estatal Electoral de Oaxaca y el Congreso del Estado le respondieron que como en el catálogo de usos y costumbres no existía la palabra “mujer”, no tenía derecho de apelación. El caso de Eufrosina Cruz recuerda que la pobreza y las barreras de información constituyen obstáculos para que las mujeres indígenas ejerzan sus derechos electorales.

Matilde Montoya nació en 1859. Desde niña mostró que tenía una inteligencia privilegiada. A los once años terminó de estudiar el bachillerato y quería ser doctora. Pero mientras la medicina llegaba a su vida, siguió preparándose para ser partera. No obstante, ella quería ser médico. Fue la primera mujer en inscribirse en la Escuela Nacional de Medicina. Muchas veces intentaron que no siguiera estudiando e, incluso, le impedían continuar con su preparación académica. Ella siempre tuvo el valor de luchar por sus ideales y así se convirtió en la primera doctora mexicana.
Rocío Sagaón, bailarina y esposa de Miguel Covarrubias, recordaba que conoció a Frida un año antes de que partiera hacia el Mictlán —el país de los que ya no son—. “Cuando miro el color de la pitahaya, ese rosa magenta por fuera y blanco con puntitos negros por dentro, pienso en sus cuadros y en la intensidad de su vida dedicada al arte. Frida es mito y poderosa realidad artística, leyenda y existencia en plenitud, agonía y liberación, gozo y dolor. En su caso vida y obra no admiten deslinde, dado que su propuesta gráfica es una minuciosa autobiografía, retrato alegórico, desbordamiento de emociones en donde uno puede comprobar que, como menciona Salvador Elizondo en Farabeuf, no hay nada más tenaz que la memoria”.

Lorena Ochoa tuvo un accidente cuando era niña, se subió a un árbol y se rompió ambas muñecas. Tuvo que estar enyesada desde la punta de los dedos hasta las muñecas durante más de tres meses. En ese tiempo, Lorena acompañaba a su papá a un campo de golf, cerca de donde vivía, para verlo jugar. La niña se recuperó de los brazos y el médico le aseguró que le había puesto magia en ambas muñecas, que ahora era más fuerte que antes. Lorena quiso comprobar eso y empezó a relacionarse con el golf, primero manejaba el carrito, luego se inició dando algunos tiros. Sus brazos se curaron completamente y pronto vio que esa magia anunciada empezó a dar frutos en campeonatos y torneos internacionales.  

Favilli y Cavallo son socias, residen en Venice, California. Trabajan en Timbuktu labs, un espacio de innovación en medios de comunicación infantiles que se caracteriza por innovar con diseños provocadores. En este laboratorio de ideas se ha ido forjando una comunidad de padres y madres de familia progresistas, interesados en que sus hijos crezcan más conscientes del entorno donde viven.

Como señalé en un inicio, no es fácil fomentar el hábito por la lectura. Pero cuando por fin se logra mantener interés en los lectores primerizos, puede decirse que ya estamos del otro lado, acaso más cerca de la imaginación.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Ensayista, periodista y editora.

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Autobiografía. El arte de la fuga es, entre otras cosas, una especie de autobiografía espiritual: la radiografía de un escritor. No obedece a ningún trazo cronológicamente ordenado, no pretende demostrar nada, tampoco intenta justificar mis ideas y mis actos. Es un acercamiento a mis fuentes espirituales y, al mismo tiempo, una fuga.

Barcelona es una ciudad que me agrada, incluso para vivir, al igual que Lisboa. En algunas circunstancias pienso que me resultaría muy bueno para mi trabajo pasar dos meses en Barcelona; tengo dos editores que entre ellos tienen un convenio: ERA en México y Anagrama en Barcelona. Además, me revitaliza mucho la vida literaria de Barcelona, su cercanía con Italia y las buenas librerías que en otras partes son difíciles de hallar. También me gustan algunas partes de Cuernavaca, pero la realidad es que se me antoja más vivir en Xalapa.

Córdova. Mi niñez y adolescencia transcurrieron en Veracruz. En Córdova está la casa de mi familia; recuerdo que cuando iba a la universidad pasaba todas mis vacaciones en ese sitio entrañable. Siempre he tenido una gran nostalgia por el estado de Veracruz, en mis cuentos, en mis novelas, aparece muchísimo.

Distancia. Escribo de México estando en Moscú, como en Domar a la divina garza, y escribo de Moscú estando en México. En muchos casos la distancia crea una perspectiva desde la cual se puede ver mejor, así desaparecen muchos detalles que solo enturbian la realidad o son los que la velan para llegar a cosas muy elementales, muy precisas.

Errancia. Como si fuera una constante, acaso como un reflejo de la realidad, en mi literatura hay un personaje que llega de fuera o que está a punto de emprender un viaje. Puede decirse que la errancia es una tradición en varias de mis novelas. El círculo familiar se mueve porque alguien que viene de fuera se empieza a descarriar, se dan situaciones un tanto curiosas: se produce un rechazo o un acercamiento.  

Ferri, Victorio. Desde mi primer relato “Victorio Ferri cuenta un cuento” hasta mi última novela, trabajo con una zona de misterio: pueden ser muchas cosas, un crimen, unos papeles, un joven que va en busca de su padre. En El sentido del amor, por ejemplo, hago que los personajes se muevan en torno a ese asunto que nunca se resolverá. Más que cajas chinas o muñecas rusas, cuando empiezo un cuento o una novela lo que me obsesiona es el misterio que voy a desarrollar.

Gogol. Un escritor al que aprecio, cuya muerte siempre me ha impactado. Su deceso es un reflejo de los momentos de intolerancia religiosa que lo condujo a ese final fatídico. Su protector religioso, un sacerdote llamado Matei, fue quien le dijo que el diablo se había apoderado de su mano y lo orilló a quemar sus libros. El sacerdote que lo atormentaba lo tenía en ayuno, además le había clavado sanguijuelas alrededor de la nariz para “sacarle la sangre mala”. Gogol murió creyendo que las sanguijuelas eran los dedos del diablo que le estaban sacando el alma. La historia de Rusia trae consigo muchas crueldades, pero es una de las sociedades más espirituales que hayan existido. La religiosidad, la pasión por el bien y por los otros está en el mismo grado junto con los torturadores.

Heterodoxos. A principios de 1969 y hasta mediados de 1971, estuve viviendo en Barcelona. Colaboré, junto a Beatriz de Moura, en la entonces recién fundada editorial Tusquets, como director de una pequeña colección llamada Los heterodoxos. Fue uno de los periodos más intensos que he vivido, colmado de descubrimientos tanto íntimos como externos, de delirio, zozobras y regocijo.

José Emilio Pacheco. La obre de Pacheco se ha convertido en una fuerte columna de las literaturas de nuestra lengua. Su prestigio es internacional. Sus seguidores y sus estudiosos componen ejércitos. Y en México, ¿quiénes no han seguido por décadas su “Inventario”, una de las más eficaces, inteligentes y disfrutables labores culturizadoras que alguien haya emprendido en nuestro mundo, una sección periodística que regenera la memoria y al mismo tiempo escruta lo que está por venir, que reseña lo más valioso del quehacer nacional y, a la vez, informa sobre la salud de otras literaturas, y que a la crónica de un acontecimiento político o social añade una reflexión moral más amplia?

Kafka, Franz. El antihéroe se ha convertido en un triunfador ubicuo. Aparece en casi todos los confines del planeta. Puede ser melancólico, trágico o bufón, pícaro o inocente. Su prestigio es arrollador. El antihéroe por antonomasia del siglo XX es Josef K, nuestro agobiado abuelo soñado por Franz Kafka.

Literatura de viajes. En el siglo XIX varios escritores mexicanos frecuentaron la literatura de viajes, hay que recordar a Justo Sierra, Manuel Payno, Ignacio Manuel Altamirano y a José Vasconcelos, este último por sus libros Ulises criollo y La tormenta. Martín Luis Guzmán tiene un libro formidable: A orillas del río Hudson; Alfonso Reyes escribió crónicas memorables de España y Brasil; también Salvador Novo hizo lo suyo y, por supuesto, Octavio Paz con su libro Vislumbres de la India.

Misterio. Según Sklovski, los dos procedimientos fundamentales de la novela de misterio consisten en un retraso voluntario de las soluciones y en un “extrañamiento” radical que al distanciarnos de los sucesos narrados atenúa cualquier emoción. Los asesinatos no nos alteran, sino que solo acrecientan nuestro interés en la lectura.

Nacionalismo. En la exaltación del nacionalismo, los regímenes totalitarios encuentran siempre a un mismo enemigo fundamental: el cosmopolitismo. El ciudadano del mundo, como Thomas Mann se definía en el exilio, es el enemigo por antonomasia de las dictaduras del siglo XX: el traidor a su tribu.

Oro, siglo de. Durante mi época de estudiante, cuando por las mañanas estudiaba leyes y por las tardes iba de oyente a la Facultad de Filosofía y Letras, mis pasiones eran la literatura inglesa y el Siglo de Oro español. Paulatinamente fui ensanchando mis territorios.

Polaca. La primera gran sorpresa que me deparó la literatura polaca fue Bruno Shulz. Leerlo significó aproximarme a la vanguardia de este país. La obra de Shulz era una de las más vigorosas expresiones de una individualidad creadora. En sus libros se configura una mitología poética, un mundo imaginado, transformado, mezcla de sueño y pesadilla, sustentado siempre en los elementos más simples que la realidad nos ofrece.

Quijote. El Quijote se adelantó a su época. No hay ninguna ulterior corriente literaria importante que no le deba algo: las varias ramas del realismo, el romanticismo, el simbolismo, el expresionismo, el surrealismo, la literatura del absurdo, la nueva novela francesa y muchísimas más encuentran sus raíces en la novela de Cervantes. Víktor Sklovski, en 1922, descubrió que la novela no solo era la más nueva en la época de Cervantes, sino que en el siglo XX, en la época de las vanguardias, seguía siendo la más contemporánea de todas.

Rusos. La literatura rusa es un mundo que para mí tiene enorme importancia, la comencé a leer desde muy niño. Sin ella, sin algunos de sus autores, no solamente mi escritura no sería la misma sino que mi vida habría estado mutilada. Los autores rusos muchas veces le dieron gran expansión a mi vida y han sido regidores de mi escritura.

Sueño. Desde hace tiempo llevo un diario de sueños, en todos los lugares que visito tengo sueños y me acuerdo de ellos, aunque duerma poco tiempo. El sueño es una fuga, hay fuerzas represivas que uno se plantea; en ese sentido, el sueño es una metáfora de lo que uno teme.

Transgresión. César Aira me regaló su novela Cómo me hice monja. Desde muchos años no había sentido el asombro y placer que me produjo recorrer una y otra vez sus páginas, donde la transgresión era continua, como lo era también la permanente transmutación de toda norma de tiempo y espacio.  

Unión Soviética. Para mí fue muy importante conocer la Unión Soviética. Me tocó ser testigo de uno de los fenómenos más complejos del siglo XX que transformó la esfera universal. Los resultados no eran lo que se esperaba. No era un socialismo liberal, un régimen con plenas libertades, sin censura; tampoco con la obligación o los deberes de un gobierno que se creía con oscilaciones sociales. En general, los resultados fueron bastante amargos para todos. De hecho ahora está convertido en un país de multimillonarios; me refiero a los dueños de los astilleros, del petróleo, de las grandes empresas que habían sido nacionales y que se las dieron a unos cuantos. Pude presenciar cómo solo algunos ostentan una riqueza brutal que apoya a las peores mafias, surgidas de una población que, en su mayoría, es miserable. También vi cómo se disolvían algunas instituciones que eran verdaderamente fatídicas, como las uniones de escritores y cineastas, burócratas necios, sordos hacia cualquier manifestación cultural. Cuando me percaté de que todo eso se derrumbaba y salía salgo nuevo, tan cálido, me maravillé: fue como una gran carga de energía.

Viena. El mago de Viena iba a ser un conjunto de artículos, de prólogos y textos de conferencias, pero cuando lo ordené en un índice me pareció muy fastidioso. Entonces comencé a reescribirlos, a buscar una estructura narrativa. Y de ese material surgió la idea de hacer algo como una novela o una narración autobiográfica, con un tono celebratorio y levemente extravagante. Mis viajes, mis lecturas, mi escritura, mis amigos y aun personas que conozco casualmente se me convierten en personajes.

Wittgenstein. En toda obra de arte, cualquiera que sea su género, hay un grumo insondable que la imanta, y ese punto secreto, esa fortaleza asediada por todas partes, que es lo que convierte algo en una verdadera obra de arte, no cede a ningún escrutinio. Cada generación, cada esteta intuirá la existencia de ese misterio y se lo explicará a sí mismo a su propia manera, apasionado por su versión, pero consciente a la vez de que en el arte no hay ninguna verdad absoluta, ninguna palabra final, lo que es uno de los mayores atributos de la libertad. En ese sentido, entiendo y comparo el apotegma de Wittgenstein. No hay nada mejor que el silencio cuando se trata de explicar una obra de arte. Pero al escritor, sobre todo al poeta, le está destinado un campo amplísimo de acción: su imaginación.

Xalapa. Estuve 27 años fuera y cuando llegué la Ciudad de México no era la misma. Me encontré con un rostro diferente: los Ejes viales se habían comido parte de las banquetas y las fachadas de las casas que conocía fueron demolidas. De pronto me vi en una ciudad que desconocía. En una ocasión me pidieron que fuera a Xalapa a impartir un curso de literatura rusa y aproveché para visitar el sitio que me recordaban mi niñez, entonces me di cuenta de lo bien que me sentía estando en Xalapa. En la Ciudad de México me convertí en un redactor, mientras que en Xalapa volvió a fluir la escritura, recuperé mi creatividad. Por eso decidí quemar las naves y establecerme en Xalapa. Me gusta venir a la Ciudad de México, visitar a mis amigos, pero a los pocos días ya quiero estar en Xalapa.

Yugoslavia. A fines de 1967, cuando trabajaba como agregado cultural en la embajada de México en la ciudad de Belgrado, fui comisionado a organizar una gran exposición de Rufino Tamayo en Yugoslavia. La inauguración fue un éxito. Todo el who is who de Belgrado estaba presente, propiciando un clima de verdadero entusiasmo. El color de Tamayo fue una descarga que sirvió para revitalizar fibras que entonces creía ya definitivamente adormecidas.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Editora y ensayista.

*Las respuestas fueron tomadas de una conversación de Sánchez Ambriz con Sergio Pitol y de su libro de ensayos El tercer personaje, editorial Era, México, 2013.

 

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Hoy se cumple el 91 aniversario del natalicio de García Márquez. Para celebrar al autor más querido de Hispanoamérica, este abecedario es un espejo fiel de su vida y su obra que refleja algunos momentos y pasiones poco sabidas.


Abuelo. En medio de aquella tropa de mujeres evangélicas con las que crecí, el abuelo era para mí la seguridad completa. Sólo con él desaparecía la zozobra y me sentía con los pies sobre la tierra y bien establecido en la vida real. Lo raro, pensándolo ahora, es que yo quería ser como él, realista, valiente, seguro, pero nunca pude resistir la tentación constante de asomarme al mundo de la abuela.

Bogotá. Era la ciudad donde vivían los poetas. No sólo creíamos en la poesía, y nos moríamos por ella, sino que sabíamos con certeza —como lo escribió Luis Cardoza y Aragón— que “la poesía es la única prueba concreta de la existencia del hombre.”

Cuento. Las personas se dividen entre las que saben contar un cuento y las que no.

Diccionario. El abuelo no era un hombre culto ni pretendía serlo, pues se había fugado de la escuela pública de Riohacha para irse a tirar tiros en una de las incontables guerras civiles del Caribe. Una tarde consultó el diccionario, con una atención infantil. Entonces supo él y supe yo para siempre la diferencia entre un dromedario y un camello. Al final del día me puso el glorioso tumbaburros en el regazo y me dijo: “Este libro no sólo lo sabe todo, sino que es el único que nunca se equivoca”.

Ellas. Creo que la esencia de mi modo de ser y de pensar se la debo en realidad a las mujeres de mi familia y a muchas de la servidumbre que pastorearon mi infancia. Eran de carácter fuerte y corazón tierno, y me trataban con la naturalidad del paraíso terrenal.

Futbol. Mi primer paso en la vida real fue el descubrimiento del futbol en medio de la calle o en algunas huertas vecinas. Mi maestro era Luis Carmelo Correa, que nació con un instinto propio para los deportes y un talento congénito para las matemáticas. Yo era cinco meses mayor, pero él se burlaba de mí porque crecía más y más rápido que yo. Empezamos a jugar con pelotas de trapo y alcancé a ser un buen portero, pero cuando pasamos al balón de reglamento sufrí un golpe en el estómago con un tiro suyo tan potente, que hasta allí me llegaron las ínfulas.

Gardel, Carlos. Hasta donde recuerdo, mi vocación por la música se reveló en mi adolescencia por la fascinación que me causaban los acordeoneros, con sus canciones de caminantes. Algunas las sabía de memoria, como las que cantaban a escondidas las mujeres de la cocina de mi abuela. Sin embargo, mi urgencia de cantar para sentirme vivo me la infundieron los tangos de Carlos Gardel. Me hacía vestir como él, con sombrero de fieltro y bufanda de seda, y no necesitaba súplicas para que soltara un tango a todo pecho. Hasta la mala mañana en que la tía Mama me despertó con la noticia de que Gardel había muerto en el choque de dos aviones en Medellín.

Hojarasca, La. La escribí y la mandé a la Editorial Losada de Buenos Aires. Ese mismo año, también Caballero Calderón envió su novela El Cristo de espaldas. Seleccionaron la novela de Caballero Calderón y los originales de La hojarasca me los regresaron con una nota, en donde se me comunicaba que mi obra exigía un gran esfuerzo a los lectores para comprenderla.

Jirafa. Era el nombre de la columna diaria que publicaba en El Heraldo de Barranquilla. En realidad era el sobrenombre confidencial con el que sólo yo conocía a una novia secreta, esbelta y de cuello largo, que entonces vivía en Barranquilla. La columna la firmaba con el seudónimo de Septimus, tomado de Septimus Warren Smith, personaje de Virginia Woolf en La señora Dalloway.

Lorenzo, el Magnífico. El loro de cien años, heredado de los bisabuelos, que gritaba consignas contra España y cantaba canciones de la guerra de Independencia. Tan cegato estaba que un día se cayó dentro de la olla del sancocho y se salvó de milagro porque apenas empezaba a calentarse el agua.

Macondo. Camino a Aracataca, el tren hizo una parada en la estación sin pueblo, y poco después pasó frente a la única finca bananera del camino que tenía el nombre escrito en el portal: Macondo. Esta palabra me había llamado la atención desde los primeros viajes con mi abuelo, pero sólo de adulto descubrí que me gustaba su resonancia poética. Nunca se lo escuché a nadie ni me pregunté siquiera qué significaba. Lo había usado ya en tres libros como nombre de un pueblo imaginario, cuando me enteré en una enciclopedia casual que es un árbol del trópico parecido a la ceiba, que no produce flores ni frutos, y cuya madera esponjosa sirve para hacer canoas y esculpir trastos de cocina. Más tarde descubrí en la Enciclopedia Británica que en Tanganyka existe la etnia errante de los makondos y pensé que aquél podía ser el origen de la palabra. Pero nunca lo averigüé ni conocí al árbol, pues muchas veces pregunté por él en la zona bananera y nadie supo decírmelo. Tal vez no existió nunca.

Nostalgia. Como siempre, la nostalgia había logrado borrar los malos recuerdos y magnificar lo buenos. Nadie se salva de sus estragos.

Ortografía. La ortografía fue mi calvario a lo largo de mis estudios y sigue asustando a los correctores de mis originales. Los más benévolos me consuelan con creer que son torpezas de mecanógrafo.

Premio Nobel. La única ventaja de haberme ganado el Nobel es que ya no hago cola en ninguna parte, me dejan pasar.

Que. El principal problema de los escritores latinoamericanos es que son escritores de domingo. No se dedican de lleno a la creación. Por eso cuando me preguntan qué les recomiendo, les digo: Que escriban mucho.

Rulfo, Juan. Para mí es un narrador muy importante. Pedro Páramo es una de las novelas que más aprecio.

Sonidos. Me costó mucho trabajo aprender a leer. No me parecía lógico que la letra m se llame eme, y sin embargo con la vocal siguiente no se dijera emea sino ma. Me era imposible leer así. Por fin, cuando llegué al Montessori la maestra no me enseñó los nombres sino los sonidos de las consonantes. Así pude leer el primer libro que encontré en un arcón polvoriento del depósito de la casa. Estaba descosido e incompleto, pero me absorbió de un modo tan intenso que el novio de Sara soltó al pasar una premonición aterradora: “¡Carajo!, este niño va a ser escritor”.

Tenis. Practico tenis en mi casa. Un maestro viene a darme clases, para que no vuelve todas las pelotas que me lanzan.  

Única mujer que pertenecía al grupo Barranquilla o La Cueva era la poeta Meira Delmar. El grupo estaba integrado  también por Álvaro Cepeda Samudio (narrador), Germán Vargas (periodista), Alfonso Fuenmayor (periodista), Alejandro Obregón (artista plástico); todos influenciados por la prosa de José Félix Fuenmayor (narrador) y de las inagotables conversaciones con el sabio catalán, Ramón Vinyes. 

Vargas Llosa, Mario. El pleito que tuvimos entre nosotros fue hace mucho tiempo. Claro que podemos publicar una entrevista con él. Sin problema.

William Faulkner. Releí varias veces Luz de agosto, de William Faulkner, el más fiel de mis demonios tutelares.

Yiyo. Gabriel Eligio García Márquez, Yiyo, mi hermano menor, en los años más difíciles de la pobreza, se hizo periodista a puro pulso, sin haber fumado nunca ni haberse tomado un trago de más en su vida. Su vocación literaria fue arrasadora y su creatividad sigilosa se impusieron contra la adversidad. Murió a los 54 años, con tiempo apenas para publicar un libro de más de 700 páginas con una investigación magistral sobre la vida secreta de Cien años de soledad, que había trabajado durante años sin que yo lo supiera, y sin solicitarme nunca una información directa.

Zipaquirá. Las fiestas sociales en Zipaquirá correspondían en general a la vocación y el modo de ser de cada quien. Las minas de sal, que los españoles encontraron vivas, eran una atracción turística en los fines de semana, que se completaba con la sobrebarriga al horno y las papas nevadas en grandes pailas de sal. Los estudiantes costeños, con nuestro prestigio merecido de gritones y malcriados, teníamos la buena educación de bailar como artistas la música de moda y el buen gusto de enamorarnos a muerte.

 

*Con información de Vivir para contarla y conversaciones con el autor.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Ensayista, periodista y editora.

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Ibargüengoitia es un autor de piezas y cuentos infantiles adelantado a su tiempo, alguien para quien la risa, el humor negro y la broma hasta sus últimas consecuencias permanecen en la memoria de futuros lectores, lejos, muy lejos, del acartonado universo de la moral y las buenas costumbres.

Si existe una faceta poco explorada de Jorge Ibargüengoitia (Guanajuato, 1928—Madrid, 1963) es la de escritor de obras de teatro y relatos para niños. Se ha reflexionado sobre su trabajo como novelista, dramaturgo, cuentista y articulista; sin embargo, casi no se ha tomado en cuenta su interés por abordar de una manera no convencional el mundo de los niños que, desde su visión, no escapa de esa dosis de humor e ironía que solía infiltrar en sus escritos.

Las Piezas y cuentos para niños (originalmente publicadas en 1989) se encuentran recopiladas en un volumen de bolsillo que editó Planeta dentro de la colección Booket, en cuya portada —para no perder la costumbre impuesta desde Las muertas (1977) — se muestra un cuadro de Joy Laville. También hace unos años el Fondo de Cultura Económica, dentro de su colección para niños, editó un par de cuentos de Ibargüengoitia de forma independiente: El ratón del supermercado y sus primos del campo y El niño Tricilinio y la bella Dorotea, ambos ilustrados por Magú.

Ibargüengoitia posee una manera muy particular de ver a los niños un tanto diferentes de los narradores que, durante los años sesenta y setenta, publicaban cuentos infantiles. Los observa inteligentes, sagaces, irónicos, divertidos y, quizá por esas cualidades, evita caer en finales moralizantes y en exaltaciones regionales. Exhibe los sinsabores de la vida, las consecuencias de ciertos actos, pero en un tono lejos de lo tradicional. Lo antisolemne en Jorge Ibargüengoitia alcanza a sus obras de teatro y cuentos para niños, y aquí reside lo valioso de sus incursiones en este terreno.

Llama la atención la forma que tiene de abordar un asunto que hoy resulta sumamente actual, como es el bullying. El maltrato psicológico que reciben algunos de sus personajes es por cómo se llaman, situación que les genera rechazo y burlas entre sus compañeros. En “Rigoberto entre las ranas” (farsa en un acto), los niños no quieren jugar con un chico de nombre Rigoberto, quien triste y solo, más nunca resignado, intenta entretenerse hasta que conoce a Don Pafnuncio Gándara. El hombre en un acto de magia convierte a Rigoberto en una rana, entonces pasa sus mejores momentos, se divierte y ríe hasta que llega la hora de comer y se acuerda que está invitado al cumpleaños de Rosita. (No se acostumbra a comer la comida de las ranas). La niña hace que Rigoberto deje de ser una rana para volverse otra vez en un niño y, de paso, hará que él se sienta agusto y ya no tenga vergüenza cuando le pregunten cómo se llama.

En “El niño Triclinio y la bella Dorotea”, aunque nadie se burla de Triclinio por su nombre, vive un rechazo por parte de todos los que lo rodean cuando llega al pueblo donde vive su prima Dorotea, una joven rubia, que viene de la Ciudad de México. Dorotea se transforma en un personaje que muchos quieren conocer, admirar de cerca y frecuentar. Antes, cuando no estaba Dorotea, Triclinio salía al cine con sus hermanas mayores y los novios de ellas le compraban golosinas. Ahora eso no ocurre debido a que Dorotea acaparaba a atención de varias personas. Un día se dio cuenta que su prima se estaba preparando para dormir y fue cuando se percató que la joven huésped era calva, “Calva como mis nalgas”, repetía el niño. Cuando descubrió que su prima dejaba su imponente cabellera en una silla, Triclinio sintió unas ganas irrefrenables de contárselo a alguien, pero como todos estaban dormidos, subió al tejado a de la casa y, con ayuda de su caracola de mar, describió lo que vio: “La Bella Dorotea es calva como mis nalgas”. Esa noche todos en el pueblo conocieron la revelación que les espetó el niño. Al día siguiente, la Bella Dorotea tomó un autobús y, de ahí en adelante, todos vivieron felices, acaso igual de felices que cuando todavía la prima no iba a importunar la serenidad de Triclinio.

La Bella Dorotea, con todo y su problema de alopecia prematura, surge en otro relato. Se trata de “El cometa Francilló”, un hombre que desde niño se creía más listo que los demás y cada vez que podía hacía gala de ello. Constantemente hacía bromas, inventaba cosas, asuntaba a la gente que lo rodeaba. Una vez cambió el contenido de unas botellas de licor y “dos secretarios de Estado, tres directores de empresas, un senador y un aspirante a gobernador visitaron a Francilló y demostraron no saber nada de vino”. No obstante, “Francilló tampoco sabía de vinos. Murió en esos días de ingestión de aguarrás”.

Otro niño al que siempre le gustó llamar la atención es Memo Pinzón, hermano de Meme Pinzón, ambos incluidos en “Cuento de los hermanos Pinzones”. Mientras uno de ellos era tranquilo y obediente, el otro era lo contrario. A Memo lo inscribieron en la escuela, pasó por los mejores colegios. Sus compañeros escribieron una composición y la firmaron con el nombre de Memo Pinzón para que él ganara un viaje y se tardara dos o tres años en regresar a la escuela, pues nadie lo soportaba. Y así ocurrió. Pero cuando regresó Memo, en lugar de venir entusiasmado de su travesía por Europa, dijo que en realidad a él le habría gustado ser zapatero, como su hermano Meme, y jamás haber ido a la escuela, como le ocurrió al hijo primogénito de los Pinzón que su familia no consintió tanto.

Las niñas también suelen ser atípicas y un tanto frustradas, como es el caso de Mandolina, la jovencita que era mayor que otros niños y que se la pasaba escuchando las conversaciones de adultos en vez de ir a jugar con los demás. En “Cuento de la niña condecorada”, Ibargüengoitia satiriza a la típica niña que en todo se saca diez y que es odiosa, incluso más que la propia maestra. La chica, en lugar de convivir con sus amigos, salía a recreo con una libreta en donde anotaba si alguno de sus compañeros llegaba tarde a clases, si sacaba malas notas, si se portaba mal en el salón. ¿Acaso estaba enferma de poder? Un poder que ella habría dado todo por ejercer, pero debía conformarse con jugar y solo mirar que el resto de su grupo no era tan responsable como ella. Cierto día fue condecorada con varias medallas que ostentaban su comportamiento ejemplar, se las colgó en el cuello y quería a todos las vieran. Tuvo que ir al bosque y un lobo empezó a seguirla porque escuchó el tintineo de sus distinciones, era inevitable que en cada movimiento que daba sonara el choque de los metales. En ese instante, cuando su vida corría peligro, deseó no haberse portado como lo hizo y jamás haber obtenido esas medallas que no hacían más que evidenciar su presencia. Por suerte el lobo se fue y ella dejó de preocuparse por ser la alumna número uno en la escuela.

Hay una obra de teatro para niños que aborda el tema de los migrantes que van a Estados Unidos. En “Farsa del valiente Nicolás”, Zenaida, la mujer de Nicolás, le pide a Don Rosalío que le lea una carta que acaba de recibir de su esposo. En dicha misiva, Juan le dice que pronto regresará y que trae dinero. Los vecinos se enteran de la llegada de Juan y van a visitarlo para cobrarle unas deudas que tienen con él. Poco a poco lo despojan de su dinero, le cobran intereses y se nota que en realidad quieren quedarse con más de lo que les debe. Luego que Juan se queda sin nada de sus bienes, Don Rosalío le cuenta la leyenda del valiente Nicolás, un soldado de caballería que pedía dinero prestado, no pagaba y degollaba a quien le cobraba. A Juan se le ocurre disfrazarse del valiente Nicolás y, de esta manera, recupera lo que le pertenece.

La magia y la ironía se presentan de nuevo en “La fuga de Nicanor” (farsa para niños), en donde Nicanor —encargado de traer animales al zoológico de Chapultepec— junto con Pérez Oso deben aterrizar forzosamente en Tulum, por una falla en el avión, y eso les impide regresar a la Ciudad de México. Entre tanto, ambos tendrán que sortear una serie de aventuras con los habitantes de Tulum, el mago Filomeno Aripa y la familia de Nicanor. Gracias a su ingenio, logran regresar de su periplo y dan un interesante recorrido por distintos sitios representativos de la capital: las montañas (el Izta y el Popo), la Catedral, el Palacio Nacional, la Torre Latinoamericana, el Monumento a la Revolución y el Palacio de Bellas Artes.

Precisamente en el Palacio de Bellas Artes, el elefante Paco tiene agendado dar un concierto de piano. Sus piezas favoritas son “Gavota Pavlova” y el “Concierto para la Mano Izquierda”, de Ravel. Paco estaba listo para su concierto, el transporte llegó puntual por él, lo llevaría del zoológico de Chapultepec a Bellas Artes. Pero fue interceptado por unos gángsters de Chicago que contrató Paletón, quien deseaba que Paco, el elefante pianista, dejara de ser parte del zoológico y fuera de su propiedad. Por fortuna, la policía interviene y frustra el secuestro de Paco, quien paradójicamente debe pasar el resto de sus días encerrado en la jaula —como Paletón, que se encuentra en la cárcel— y de vez en cuando toca algo en el piano. Todo esto ocurre en “Paletón y el elefante musical”.

Tanto en “Los puercos de Nicolás Mangana” como en “El ratón del supermercado y sus primos del campo” queda la idea del clan, de una familia que ahorra porque sabe que vendrán épocas de escasez. No obstante, luego de un tiempo de limitaciones, experimentan lo que se siente tener algo que mucho se desea. En el caso del primer relato, Nicolás consigue tener un caballo blanco que llega a su vida de manera inesperada y resulta ser muy apreciado por él y su familia, pues se adaptan al cambio de planes y la vida da un giro para ellos. Y en “El ratón del supermercado y sus primos del campo”, la familia de ratones debe salir huyendo y dejar atrás su vida cómoda porque uno de sus hijos, el mayor, fue de visita al pueblo con unos parientes y les contó todas las bondades de las que gozan por vivir cerca del supermercado. Los parientes —muchos de ellos— vienen a visitar ese paraíso de comida y la pequeña familia de roedores deberá emigrar en busca de un nuevo lugar que les brinde las comodidades a las que están acostumbrados.

Quien escribe libros para niños debe tener en cuenta que está formando futuros lectores y que mucho depende si, gracias a sus historias, continuarán con el hábito de la lectura o tomarán otra ruta. En ese sentido, Ibargüengoitia es un autor de piezas y cuentos infantiles adelantado a su tiempo, alguien para quien la risa, el humor negro y la broma hasta sus últimas consecuencias permanecen en la memoria de futuros lectores, lejos, muy lejos, del acartonado universo de la moral y las buenas costumbres.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Editora y ensayista.

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Hoy, la apertura del Salón Literario de la FIL Guadalajara le corresponde a Paul Auster, el gran novelista americano que, después de siete años de silencio, regresa a la novela con 4 3 2 1 (Seix Barral) que será presentada el día de mañana en el auditorio Juan Rulfo.
A propósito de ambos actos, compartimos con nuestro lectores este ensayo que aborda una de las obesiones que han atravesado la vida y obra del autor de la Trilogía de Nueva York: la relación con su padre.

En 1979, cuando Paul Auster tenía 32 años, recibió la noticia de la muerte de su padre, hombre con quien siempre estuvo distanciado y con el que en realidad no tenía un vínculo afectivo. Como lo dice en su novela La invención de la soledad, nadie llama a las 8 de la mañana en domingo para saludar; era evidente que se trataba de una mala noticia. Curiosamente una noche anterior a ese día, el narrador confiesa que dedicó tiempo escribiendo sobre su progenitor, acaso como una especie de ejercicio para tenerlo cerca porque en realidad nunca lo tuvo.


Paul Auster. Fotografía cortesía de Milenio.

Auster escribe desde la orfandad. El viaje interior que inicia por la casa y la memoria personal lo acerca a un hecho traumático que podría explicar la naturaleza desapegada y gélida de Samuel Auster, una disociación con el mundo y con él mismo que encontró  representada en una foto, la cual terminó siendo la portada del libro: una imagen que reproduce al padre multiplicado por seis, con la mirada perdida. Es el padre clonado, solo, encerrado en un universo casi impenetrable que únicamente su muerte logró revelar y transformarlo en un ser más nítido.

No se trata del padre represor como en el caso de Kafka o de Mario Vargas Llosa, sino de un hombre desconocido, ausente. Si se tendría que definir la relación del señor Auster con su hijo, podría remitirse a una palabra: indiferencia.

En la conciencia del escritor existe una idea latente que, aunque no la dice explícitamente, deja entrever en el desarrollo de su libro: Auster no merece al hombre que le tocó de padre. Aunque nada puede hacer para cambiar esa situación, recurre a la escritura para convertirlo en un interesante personaje con una serie de claroscuros.

La muerte del padre aparece en la prosa de Auster y, acaso sin premeditarlo, se convierte en un punto medular de su escritura. ¿Podría pensarse en un parteaguas de su narrativa, antes y después de que la figura del padre emergiera en su escritura? 

A Auster lo persiguen esas historias de filiación y paternidad, esos hijos y esos padres que se buscan, al modo del “no busco, encuentro”. Padres ausentes y culpables, e hijos abandonados a sus interrogantes. Conviene recordar que en La trilogía de Nueva York, el padre misterioso está presente como amenazado, ausente o muerto. En El palacio de la luna se cuenta la historia de un huérfano que se cría con su tío, un músico frustrado, y que a través de sus peripecias descubrirá con él a su abuelo y a su padre; Effing, padre ausente-presente le dicta sus memorias a Marco Stanley Frogg, para que cuando Effing muera lleguen a manos de ese hijo desconocido. Mientras que en Smoke, película basada en un guion de Auster, el personaje de Raschid también acaba por descubrir al padre que rastrea.

Averiguar quién fue en realidad su padre se convierte en una misión narrativa, dotada de un sinfín de especulaciones. En eso consiste la primera parte de La invención de la soledad, en algo que él ha definido como el “retrato de un hombre invisible”. Precisamente esa condición, la invisibilidad de su padre, es analizada por Auster. Su padre muere a los 67 años, en una casa que habitaba como si fuera un hotel y no un lugar para sentirse cómodo con su estilo de vida y su entorno.

Hay autores que continúan el camino horadado por Rulfo, van a Comala en busca de su padre, lo desdibujan para recrearlo con sus mejores cualidades o lo describen tal como era. En esta vertiente se inscribe la principal motivación de Auster al unir pistas sobre la vida de su padre. ¿Quién es ese hombre que aparece en la ficción y no ficción austeriana? Es un desconocido, un extraño, un hombre gris en la vida de su primogénito. La muerte de su padre es una suerte de vacío que lo sumerge en otro vacío, el de la escritura misma. Como no tuvo un padre, mejor lo inventa; no obstante, opta por ser una especie de detective e une las piezas de un rompecabezas en medio de una caterva de recuerdos, fotografías, desencuentros, actitudes, polvo y objetos personales.

Mucha de la ficción en Auster parte de la realidad. Es un autor al que le interesa jugar con las posibilidades del azar y la memoria. Alguien que ha asimilado premisas de poetas —Hölderlin, Leopardi, Celan, Mallarmé— , del padre del ensayo —Montaigne— y de narradores —Cervantes, Kafka, Beckett—.

Al hurgar en la vida de su propio padre intenta dilucidar el vínculo existencial que une a un padre con su hijo. “Cuando el padre muere, el hijo se convierte en su propio padre y en su propio hijo, mira a su hijo y se ve a sí mismo reflejado en su rostro. Imagina lo que el niño es cuando lo mira y se siente como si interpretara el papel de su propio padre.”

El auténtico reto en la paternidad ejercida por Auster, quien se mira como padre a través de su primogénito, Daniel, consiste en ser otro, cualquier otra persona menos su padre. Porque “era un hombre invisible, en el sentido más profundo e inexorable de la palabra. Invisible para los demás, y muy probablemente para sí mismo”, refiere el novelista. En realidad, el novelista adquiere de su abuelo materno la figura paterna que tanta falta le hizo en la infancia.

En la casa de su padre se topa con un álbum que su madre mandó a hacer con la siguiente leyenda: Los Auster. En ese libro debía haber escenas familiares de él y su hermana con sus padres. Y está vacío. Se nota que nadie de ocupó de colocar esas imágenes. Con esa anécdota queda retratada la manera de ser de su padre y la distancia irrecuperable que estableció entre los miembros de su propia familia. Tal vez la persona que más interés despertaba en el padre de Auster era su hermana, aquejada por crisis nerviosas, quien necesitaba de una revisión psiquiátrica a la que su progenitor siempre se opuso categórico.

“¿En qué momento una casa deja de ser una casa?, ¿cuándo se cae el techo?, ¿cuándo le quitan las ventanas?, ¿cuándo las paredes se desmoronan?, ¿cuándo se convierte en un montón de escombros?”, se pregunta el narrador.

El escritor describe y ensambla estampas de su infancia. Queda latente la necesidad de ese niño por ser tomado en cuenta, la falta de afecto y reconocimiento que nunca tuvo de su progenitor. Sin embargo, la mejor manera de exorcizar a un fantasma es, al parecer, convocándolo y recordarlo como fue y lo que nunca logró ser.

Con el dolor de quien siempre quiso tener el afecto de su padre pero siente que jamás lo consiguió, se ocupa de distintos eventos de su vida que compartió o no con su padre, en los cuáles su huella es inevitable, como cuando siendo niño le pidió que lo llevara a un partido de futbol y su padre lo sacó durante el medio tiempo para evitar el tumulto y reunirse con más personas congregadas en el evento. Justo en el momento de mayor emoción, el niño Auster debió abandonar el estadio y hacer lo que decía su padre, un hombre que “ocultaba su verdadera edad con una vanidad digna de una mujer, inventaba historias sobre sus negocios y hablaba de sí mismo de forma indirecta, como si se refiriera a un conocido”.

Otra situación que rescata el narrador es cuando su padre sostiene un encuentro casual con su esposa y su hijo, su único nieto, Daniel. Lo mira como si fuera un bebé ajeno, como si nada tuviera que ver con su familia: “Hermoso bebé, que tengan buena suerte con él”. Auster no deja de sorprenderse y, acaso, mostrarse un tanto indignado por la reacción tan fría que tuvo su padre y se pregunta: “Y si podría demostrar afecto por su nieto, ¿no sería una forma indirecta de expresar su afecto por mí?”.

Pero no la tuvo. Con la indiferencia del padre de Auster hacia su nieto, queda claro que tampoco le interesa mantener una relación afectiva con su propio hijo. El padre de Auster solo se ve a sí mismo y dado que se mira desdibujado, tampoco es una garantía de que posea rasgos en su personalidad muy definidos; tal vez su gusto por jugar tenis es lo que más lo caracteriza, su parecido con Abraham Lincoln y su manera peculiar de caminar de una forma un tanto atropellada.

 Hay una cuestión interesante relativa a la muerte de su abuelo paterno, de la cual surgen tres versiones imprecisas. El padre de Auster primero contó que había tenido un accidente cuando salió de cacería, luego que se cayó de una escalera y la tercera historia de su defunción remite a que perdió la vida durante la Primera Guerra Mundial. “Sabía que esas contradicciones no tenían sentido, pero las atribuí al hecho de que ni siquiera mi padre conocería lo sucedido. Como era tan pequeño cuando ocurrió —solo contaba con siete años—, supuse que no le habrían contado la verdad”.

La verdad sale a la luz cuando Paul Auster comienza a indagar y se da cuenta que ninguna de las tres versiones acerca de la muerte de su abuelo paterno es cierta. Su abuelo murió asesinado por su abuela. Lee en un periódico: “Harry Auster asesinado. Su esposa detenida por la policía.” Hay otra nota que menciona a un niño de 9 años como testigo de lo ocurrido.

La imagen del padre que cae de una escalera, la segunda versión de la muerte de Harry Auster, tendrá repercusión más adelante. La caída también se presenta en su padre, quien tuvo un incidente cuando Paul Auster era un adolescente: “Todas esas caídas están relacionadas con la de mi padre que se cayó de un tejado cuando yo era joven. En el Cuaderno Rojo hago referencia a ese hecho dramático, yo no estaba presente, pero me contaron el accidente. La idea de ese padre que cae de pronto del cielo me impresionó profundamente. Se trata en una imagen fundamental en mi formación que no ha dejado de perseguirme”, revela.

Al pensar en la escena de un padre que cae, es posible que el hijo se percate de que si no puede cuidarse a sí mismo, menos puede o ha podido hacerlo de su familia.

Auster recuerda que la historia de sus padres remite más a un desencuentro que a un encuentro. Cuando regresan de la luna de miel, la madre de Auster se da cuenta que el hombre que eligió como esposo no es para ella e intenta regresar a la casa de sus padres. Pero en ese momento, se percata que está embarazada y vuelve con su marido. Después toca el turno a una serie de elucubraciones del narrador cuando piensa en el momento en que fue concebido y prosigue con la historia de la familia con el padre ausente.

En un momento de su vida, pese a su alejamiento, el escritor siente que debe mostrarle a su padre que ya tiene independencia y que finalmente dedicarse a traducir y a escribir libros sí ha resultado algo redituable. Eso lo hace para buscar su aprobación. Justo esa necesidad de contar con la aprobación del padre, es lo que decepciona a Kafka y lo motiva a escribir Carta al padre; ahí rememora un pasaje de su niñez, cuando Kafka de niño descubre su cuerpo enjuto y débil frente al torso robusto de su progenitor, y la ocasión en que el padre descalifica a un actor de apellido Löwy, lo llama insecto como solía decirles a los empleados que no cumplían con sus deberes. Ese desprecio del padre hacia él, el sentirse minimizado y la palabra insecto, serán un detonante de recursos literarios que años más tarde Kafka incorpora a su prosa.

La obra de varios escritores de la tradición occidental parece haberse forjado bajo la estela dominante de los rostros del padre. La primera imagen que Gabriel García Márquez tuvo de su padre estuvo asociada a la aparición de un extraño, un hombre esbelto y moreno vestido de dril blanco que caminaba grácilmente por las calles de Aracataca, y a quienes los demás saludaban porque ese día cumplía 33 años. Gabriel Eligio García y su mujer, Luisa Márquez, dejaron a su hijo en casa de su abuelo, el coronel Gerineldo Márquez, cuando tenía apenas meses de nacido para buscarse un futuro en Barranquilla. El niño fue criado por el exmilitar. En Vivir para contarla, García Márquez refiere cómo estableció una imagen paterna con su abuelo, en pos de lograr una relación que ahuyentara de él la soledad y la orfandad

“Ha habido una herida y ahora me doy cuenta de que es muy profunda. Y el acto de escribir, en lugar de cicatrizarla como yo creía que haría, ha mantenido esta herida abierta”, puntualiza Auster en La invención de la soledad.

Paradójicamente la muerte de su padre le salvó la vida y también su prosa se vio beneficiada. De manera inesperada, recibió una herencia que le ayudó a solventar problemas económicos y, al mismo tiempo, encontró que era posible rescatar el hombre que te tocó ser su padre, explorar en los laberintos de la memoria y ordenar, a través de la prosa, los conflictos y contradicciones que todos llevamos dentro.

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Editora y ensayista.

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