Su nombre puede no sonarle a muchos, pero este jugador que militó en las filas del Irapuato le dio a México su primer punto en una Copa del Mundo.

La ciudad de Irapuato tiene sus héroes del presente y del pasado. Luego del Mundial de Suecia 58, a Jaime El Flaco Belmonte lo llamaron “el héroe de Solna”, pues con un gol de testa en el estadio de Solna, en Estocolmo, dio a la selección mexicana su primer punto en una Copa del Mundo luego de 28 años de reveses: País de Gales 1-México 1.

Con esa bandera triunfal llegó Belmonte un año después al Irapuato. Planeaba estar una o dos temporadas en la Trinca Fresera y después emigrar al Monterrey, al Oro o al Atlante, que lo pretendían. Pero se quedó en Irapuato hasta su retiro, en 1972, cuando le gritaban desde las tribunas:

—¡Ya estás viejo, Flaco!

Le hizo caso a esas voces. Luego puso una tienda deportiva en la avenida Guerrero (Deportes Belmonte), a cinco cuadras del Estadio Sergio León Chávez, a la que llegaba por las mañanas montado en su bicicleta… Quienes lo veían, lo reconocían.

—¡Ahí va El Flaco!

Él iba muy contento, pedalea que pedalea.

***

11 de junio de 1958.

Saltan a la cancha del estadio Solna las escuadras de País de Gales y México. Los galeses son favoritos, e incluso hay quien pronostica una segura goleada de 6-0, mínimo. Los mexicanos perdieron en su primer encuentro contra Suecia 3-0; en cambio, País de Gales consiguió un meritorio empate a uno ante la todavía poderosa Rapsodia Húngara. Son dos niveles futbolísticos, dos estaturas. Quizá por lo mismo, las tribunas se vuelcan en apoyo hacia los que tienen menos atributos.

—¡Mecsicou, Mecsicou, Mecsicou! —se canta en Estocolmo.

Recuerda ahora, a 42 años de distancia, Jaime Belmonte:

—Sí, la gente estaba muy del lado de México porque se suponía que era equipo chico, y veían el entusiasmo que poníamos para jugar.

Sin embargo, Allchurch al minuto 16 vence a Antonio Carbajal, lo que se mira como presagio de una masacre.

Discutían en la banca la estrategia a seguir el maduro Antonio López Herranz y el joven Ignacio Trelles: aquél era el “director técnico” de los tricolores, éste el “entrenador”. La dupla ideaba movimientos que terminarían por desconcertar a los galeses. Contra lo previsto, el encuentro se equilibra. Luego se hacen constantes los arribos de los mexicanos, pero se falla en el último toque. Al verse acorralado, País de Gales intenta el contragolpe.

En cuestión de dominio el segundo tiempo es para México. Pero País de Gales sigue con la ventaja en el marcador. Los mexicanos no conseguían desprenderse del estigma de la derrota.

Hasta el minuto 86: Carlos Blanco simula tiro pero en vez de disparar abre a la derecha… Enrique El Loco Sesma recibe de inmediato y cruza un servicio directo hacia Jaime El Flaco Belmonte, quien gana el salto a Hopkins y remata con la testa. Vuela el arquero Kelsey pero no logra interceptar el viaje del esférico.

—¡Gooooooool!

Casi cuatro décadas después de ese instante, contó Belmonte a Ramón Márquez: “Lo que sentí en ese momento es muy difícil de explicar. Fue una emoción intensa, enorme. Mis compañeros corrieron a felicitarme. Fue un buen gol, pues con él ganó México su primer punto en Copas del Mundo. Siempre he pensado que lo logrado ahí fue obra de todos; a mí me tocó, gracias a Dios, meter el gol, pero todos jugamos muy bien ese día”.

Y cuatro minutos después el árbitro yugoslavo Leo Lemesc ordenó el fin de las acciones.

Jaime Belomonte tenía 23 años, y era de los más jóvenes en la selección mexicana. Era, también, la primera vez que viajaba en avión.

—Me tocó la suerte de meter el gol de cabeza a un centro de Sesma… No fue un centro muy cómodo, pero la pelota entró. Y ese gol, sí, le dio a México el primer punto en un Mundial —resume ahora, mientras infla un balón Estrella, como si contara un hecho menor.

***

***

Nací en la ciudad de México en 1934. Mi familia es de aquí, de La Piedad. Fui el único que nació en el Distrito Federal.

Desde el 55 jugaba en Cuautla. Estuve un año en segunda división y en 56 ascendimos. Cuando bajó el Cuautla, me invitó el Irapuato a venir acá.

Antes, me costó hacerme titular en el Cuautla. Durante siete meses, dos veces a la semana, tomaba mi camioncito de la Ciudad de México a Cuautla, que me costaba siete pesos… Trabajaba en una fábrica textil, y esos días me daban permiso para ir a entrenar. Así lo hice, hasta que me contrataron. El entrenador, Donato Alonso, me dijo un día:

—Te vas a quedar en el equipo, vas a ganar 200 pesos.

No era mucho dinero, apenas me alcanzaba para ir y venir… Pero yo lo que quería era jugar. Con el Cuautla el segundo año ya gané 400 pesos. Llegué a ganar 1,200 pesos, que de todos modos no alcanzaban para mantener a la familia.

En 56 ascendimos con el Cuautla y en 57 Trelles me invitó a la selección.

—Vente a probar —me dijo, luego de un partido.

Y fui uno de los convocados a ir a Suecia 58. Hicimos como diez horas para llegar a Europa. Yo nunca había viajado en avión. Recuerdo que en la selección nos daban diez dólares diarios como viáticos, más las primas.

Cuando descendió el Cuautla en 59 me invitaron a jugar aquí en Irapuato. Pensaba quedarme por un año, pero me sentí tan a gusto que pasó el año, otro más… Tuve la posibilidad de salir al Monterrey, al Oro, al Atlante, pero la verdad nunca quise dejar Irapuato. Ya habían vendido mi carta al Monterrey por 120 mil pesos, pero me opuse. ¿Mucho dinero? No se crea. No es lo mismo entonces que ahora. Dicen que es casi igual pero no es cierto. En el Irapuato llegué a ganar ocho mil pesos, fue lo más que gané. Y ya con eso más o menos se podía ahorrar poquito, pero no es el sueldo que hay ahora, jamás podrá igualarse.

Jugábamos en el estadio Revolución, que todavía sigue de pie junto al estadio actual, en el que todavía alcancé a jugar antes de mi retiro. Al irse el Irapuato en 72 a segunda división me retiré, a los 38 años. La gente me gritaba:

—¡Ya estás viejo! ¡Retírate!

Uno siente el peso de los años cuando intenta un pique… Hace uno, dos o tres piques, y al cuarto como que ya no se puede. Lo mejor es retirarse a tiempo, creo que así lo hice.

Monté mi negocio de artículos deportivos. Es chico el negocito pero me da para vivir. También fui maestro de educación física por 27 años en la Preparatoria Oficial. Me acabo de jubilar. Lo que hago ahora es jugar tenis, esa es mi vida de ahora.

***

Irapuato es ciudad bicicletera. Hay en algunas calles, incluso, un carril pintado para aquellos que les gusta moverse en dos ruedas y sin contaminar. Así lo hace Belmonte por las mañanas: deja su vehículo recargado mientras quita los candados, entra por la palanca y empuja hacia arriba la cortina metálica. Luego, entra con la bicicleta al negocio y la va a dejar en un pasillo, que es como el garaje de su medio de transporte. A la hora de comer cumple el mismo ritual, pero a la inversa. Por la tarde, vuelta a lo mismo.

Los domingos se escapa de Irapuato, va al campo con la familia, juega tenis.

La tienda Deportes Belmonte es el mirador desde el que ha seguido los vaivenes de la Trinca Fresera desde que se despidió de las canchas: descensos y ascensos. Ha visto, además, los desmanes que despierta en la ciudad esa pasión futbolera cuando no es correspondida. En tiempos deportivamente malos, salta del nombre de Irapuato una palabra fuerte: ira.

—Ya ve cuando perdieron contra el Zacatepec hasta quemaron un camión, saquearon dos o tres negocios. Luego de eso muchos comercios no se recuperaron.

La avenida Guerrero es el centro vital de la afición de la Trinca Fresera, ahí se ve cuando la escuadra va bien o va mal. Luego de un nuevo ascenso a la primera división, la calle estaba en calma.

—Han sido diez años de mala suerte, don Jaime, diez años para volver a ascender.

—Irapuato necesita un equipo de primera. Hay mucha afición aquí, hay muchas rancherías. Va a ver usted que cada quince días que haya partido se va a llenar el estadio.

—Fue cerrada la disputa en el juego del sábado…

—Fue un partido muy peleado, pudo ser para cualquiera…

—¿Le causa alguna emoción especial que Irapuato esté de nuevo en el primer circuito? —le pregunté.

—Sí me siento contento porque Irapuato haya subido de nuevo. Ojalá mantengan al equipo con la gente que hay, y que lo refuercen solo un poquito. Ojalá que siguieran con la gente que ayudó a que subiera. Y sí nos da alegría a todos este triunfo. ¡Cómo no! Yo aquí, deportivamente, di parte de mi vida.

Este encuentro con Jaime Belmonte ocurrió en el año 2000. Él murió en Irapuato el 21 de enero de 2009, a los 74 años, víctima de cáncer de estómago.

 

Alejandro Toledo
Escritor. Su más reciente publicación es: Francisco Tario. Antología.

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Bobby Charlton, la leyenda del futbol inglés, sentía una pasión “casi romántica” por el deporte que lo llevó a la cima. Así lo explica en el siguiente texto, que revive un encuentro con sir Bobby a su paso por México en el 2000.

—He sido un hombre con mucha suerte.

Aunque su visita tenía un fin muy claro, promover la candidatura de Inglaterra para el Mundial del 2006, sir Bobby Charlton no pudo escapar de la aureola de una historia con varios capítulos interesantes. En los inicios, hay el cuento del hijo de minero que llegó a los 17 años al Manchester United. Luego está el avionazo aquel, a finales de los años cincuenta, del que fue uno de los sobrevivientes… Y está el Mundial de 1966, con la coronación de los ingleses en Wembley (ante un arbitraje que, no obstante y según los libros de historia, favoreció en todo momento a los anfitriones).

—¿Hay un instante futbolístico que le sea particularmente grato, por su belleza técnica o lo que significó? ¿Acaso ese gol en solitario contra Argentina en 62?

—Recuerdo el gol que le anoté a México en 66, pues nos permitió seguir.

—Había que vencer a siete defensas y el portero; acá llamaron al modo como salieron los mexicanos ese día “la formación del miedo”.

—Y aún así me permitieron acercarme —dice, con sencillez, y sonríe de una manera que se podría calificar como elegante—, pero hay cientos de momentos que puedo recordar. Muchos de los recuerdos que tengo sólo tienen valor cuando los comparto con alguien que los vivió conmigo. Definitivamente un gran momento fue haber ganado la Copa del Mundo en 1966… Aunque ganar la Copa Europea de Clubes es algo que te lleva dos años: primero hay que ganar la liga, lo que no es fácil en Inglaterra; luego hay que medirse con los equipos más poderosos de Europa. Esto lleva dos años, y crea una enorme satisfacción. Ganar la Copa del Mundo en 66 fue magnífico, pero nos llevó sólo tres semanas. El nivel de los jugadores es mucho mayor, lo sé, mas es un torneo corto… En fin, me gusta el futbol, acaso de una forma que ustedes podrían llamar romántica.

***

El gol de Bobby Charlton en 1962, en el Mundial de Chile, es recordado así por Eduardo Galeano en El futbol a sol y sombra. Se enfrentaban Inglaterra-Argentina: “Bobby Charlton armó la jugada del primer gol inglés, hasta que Flowers quedó sólo frente al arquero Roma. Pero el segundo gol fue obra suya de cabo a rabo. Charlton, dueño de toda la izquierda del campo, dejó a la defensa argentina desintegrada como una polilla después del manotazo, y a la carrera cambió de pierna y con la derecha fulminó al arquero de tiro cruzado”.

***

Por la mañana, en la residencia del embajador de Gran Bretaña y a la espera de los reporteros, sir Bobby Charlton se entretiene en la observación de un gran óleo del infortunado Eggerton: “Mexico City, 1837”. Se diría que es un paisaje rural, pero en la parte izquierda se alcanzan a ver algunos edificios (lo que era entonces la ciudad de México); y en la esquina superior derecha se impone la silueta del Iztaccíhuatl, “la mujer dormida”. Alguien se atreve a interrumpirlo en su lectura de esa vista de la ciudad para pedirle un autógrafo, y él lo hace del modo acostumbrado: “Good luck, Bobby Chartlon”. La palabra “suerte” acompaña a este hombre que en ese entonces tenía 62 años de edad, hoy 80.

Luego de un rato los fotógrafos le ofrecen un balón, y él lo toma con alegría. Enseguida le piden que lleve a los pies el esférico, y él lo deja caer hasta el zapato derecho y lo controla unos segundos, en recuerdo de una antigua convivencia.

A la hora de la conversación, el reparto de folletería y las explicaciones fijan el tema principal, aunque hay la opción de bordear las ramas de la biografía del que es considerado el mayor futbolista inglés de todos los tiempos. Como Charlton se dedicaba a viajar convenciendo al mundo de que Inglaterra sería la sede perfecta para la Copa del Mundo del 2006, tenía ya algunas frases pulidas.

—Estamos listos, tenemos en buenas condiciones nuestros estadios… Podríamos comenzar el Mundial mañana mismo.

Aunque se da espacio para la improvisación con aires locales:

—Los ingleses amamos el futbol casi tanto como los mexicanos.

O para la poesía… A propósito de los trabajos de remodelación del legendario estadio inglés, dice:

—El viejo Wembley ya estaba cansado.

Inglaterra no era la única sede en campaña; estaban los alemanes, por ejemplo, que acabaron ganando, y llevaban el estandarte del kaiser Franz Beckenbauer. El duelo Inglaterra-Alemania repetía tal vez aquella final en 1966; y también, el dramático partido reciente entre el Manchester United y el Bayern Munich, por la Copa de Campeones. En ambos encuentros, la victoria fue para los ingleses. “Hay entre Beckenbauer y yo una rivalidad de amigos”, aclara.

—Se habló mucho de que el arbitraje en 1966 ayudó a los ingleses para que se coronaran…

—Fuimos favorecidos porque éramos el mejor equipo —interrumpe, cuando la pregunta apenas empieza a ser formulada.

Luego sigue:

—Dos años antes de 1966 nadie pudo ganarle a la selección de Inglaterra, y por supuesto éramos favoritos por ser el mejor equipo. Sí, se dice que los árbitros fueron amables con Inglaterra, especialmente por el tercer gol de la final… Los ingleses siempre decimos que deben aceptarse las decisiones de los árbitros; nosotros lo hacemos, los alemanes no. Aquí en México, cuando Maradona usó la mano para anotar, ningún jugador inglés se quejó al respecto. Nosotros olvidamos y aceptamos esas decisiones. Lo que no acepto es que se diga que Inglaterra no merecía ganar en 66; las decisiones de los árbitros quedan fuera de esto, y definitivamente pienso que sí lo merecíamos.

—¿Qué imágenes lo acompañan en su vida actual? ¿Está presente el recuerdo del avionazo de 1958 en Munich?

—Como resumen de mi vida, diría que he tenido mucha suerte. La tuve en el avionazo de Munich: salí ileso, estaba en un buen club, llegué al equipo nacional con otros buenos jugadores, ganamos… Todo es cuestión de suerte. Amo el futbol y en todos los sentidos, no sólo por jugarlo: como entrenador, como directivo, como presidente de esta campaña hacia el 2006. Todo lo que tiene que ver con el futbol me apasiona. Y mientras más suerte tengo, me siento más obligado a compartir con los otros ese gusto, porque quiero que los jóvenes en el futuro tengan el mismo sentimiento que tengo yo para con este deporte. El argentino Alfredo Di Stéfano me dijo una vez: “Salté de un puente a la parte de arriba de un tren… Ese tren lo construyeron los ingleses, y me llevó a un estadio, donde me pude brincar la reja para entrar gratis”. Di Stéfano fue uno de esos hombres que viven para el futbol. De joven no tenía dinero, como no lo tenían Eusebio o Pelé…

—Su propio padre era minero, sir Bobby…

—El futbol está lleno de gente que empezó sin nada y ahora tiene algo. Yo soy uno de esos.

 

Alejandro Toledo
Escritor. Su más reciente publicación es: Francisco Tario. Antología.

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En esta entrevista Sergio Pitol habla, con aire crepuscular, de sus 70 años, una época de intenso trabajo, pero también del comienzo de la enfermedad. En las siguientes líneas, el autor de clásicos como El arte de la fuga evoca su complicada infancia y hace un breve pero lúcido repaso de su escritura.

Fue arduo para Sergio Pitol llegar a los 70 años de edad. Cuando, en el 2002, le recordaron que se acercaba esa fecha, le pareció muy bien. No hubo crisis ni nada parecido. El primer semestre de espera fue provechoso: viajes a Europa, escritura… Luego vinieron las tribulaciones: un manuscrito extraviado, algunas enfermedades… Se recuperaba entonces, cuando se realizó esta entrevista (en el restaurante del hotel María Cristina), de una novela que, sentía, le traía mala suerte, El triunfo de las mujeres, aún inacabada, y daba los últimos toques a El mago de Viena, en la que el personaje no es Sigmund Freud (como podría inferirse por el título) sino un chamán coyoacanense que vive en la calle Viena. Preparaba, además, la edición de su obra reunida, que empezó a aparecer a partir de 2003 en el Fondo de Cultura Económica.

No le fue fácil, en verdad, llegar a los 70 años. “Aquí estoy”, dijo esa tarde. “Y no me siento mal.”

En manos de un narrador, la historia de esos doce meses se volvió un relato que tuvo el colofón de las imágenes fundadoras. Para darle continuidad al texto, omito las preguntas.

La novela esquiva

Sé que cumplir 70 años es llegar a una edad de viejo, una edad a la que muchísima gente no llega. Trabajo mucho, en traducciones, ensayos y novelas, y estoy siempre luchando con el tiempo. Pero esta cercanía de los 70 años sí ha sido fuerte. El primer semestre estuve en Europa. Me encerré tres meses en Sitges, un pueblo cercano a Barcelona, frente al mar: llegué ahí con la intención de trabajar en El mago de Viena, cruce de caminos entre la crónica, el ensayo y la narración, un poco al modo de El arte de la fuga y El viaje. Fue una época terrible de tormentas y borrascas, fríos y aguaceros, de tal manera que no podía salir de la casa en la que me hospedaba. Tenía un departamento con sistema de hotel, y no debía preocuparme de nada en cuanto la comida o el aseo.
La primera noche empecé a escribir una suerte de crónica sobre El triunfo de las mujeres, una novela que he perseguido desde hace veinte años y cuyo germen está en Juegos florales, mi segundo trabajo novelístico. Siempre he pensado retomar esa cápsula narrativa, ese esquema, para escribir un libro sobre el siglo XIX. Y me puse a contar cómo esa novela se me ha ido desbaratando, cómo a los personajes los he ido incluyendo en otras narraciones… Me acosté tardísimo, y al otro día quise pasar el manuscrito a máquina (pues no conozco todavía los nuevos métodos de escritura) y en el proceso me di cuenta de que lo que me había atado todos esos años ya estaba de algún modo resuelto en el bosquejo escrito durante la noche. Hice a un lado El mago de Viena y me dediqué durante tres meses, de sol a sol, a El triunfo de las mujeres hasta tener un original de más de 70 cuartillas.

Luego realicé algunos viajes por Europa: Alemania, Praga… Todavía por las mañanas seguía con la novela. Fui a Sitges a recoger mis cosas y me detuve unas semanas en Madrid para dar un cursillo. Al llegar a México me di cuenta de que había perdido el original de El triunfo de las mujeres… y estuvo perdido durante más de un mes, hasta que lo encontramos en un hotel de Madrid. Un amigo mexicano me hizo el favor de recoger esas cuartillas y me las mandó por un servicio de mensajería. Mas el paquete se extravió, y fue localizado muchas semanas después en algún país de Asia. La espera fue para mí un golpe brutal, de mucho nervio.

Obras completas (y otros textos)

Por fortuna, llegó la invitación del Fondo de Cultura Económica para reunir mi obra, y me puse a trabajar en ello, lo que significó corregir los libros para dejar versiones ya definitivas y agregarles prólogos extensos sobre las circunstancias de la escritura. Abandoné así El triunfo de las mujeres, y volví luego a El mago de Viena, en lo que estoy ahora. Quizá en unos meses retome El triunfo, o tal vez solo concluya esa crónica de la novela que se me escapa, y a El triunfo lo deje por la paz. Siento que ese libro me trae mala suerte. Después de esto me vinieron de golpe las enfermedades de la vejez. Tuve pésima salud. Estaba yo muy angustiado. Sentía que no iba a llegar a los 70. Pero ya salí.

Como El arte de la fuga y El viaje, El mago de Viena está compuesto por ensayos que se vuelven narraciones, o narraciones que se vuelven crónicas autobiográficas: están mezcladas vida, literatura e invención. Es una escritura heterodoxa. Es el modo de escribir en el que me siento como pez en el agua.

La orfandad

Claro, cumplir 70 años lo hace uno volver en la memoria a la infancia. Nací, por casualidad en Puebla, el 18 de marzo de 1933, en un viaje de mi madre. Me adelanté. Soy de familia veracruzana. Mi niñez la pasé en el ingenio de Potrero, cerca de Córdoba. Antes de los cinco años murió mi padre por enfermedad, y poco después mi madre por accidente: estaba nadando en un río con amigos y amigas, y cayó en una poza muy peligrosa que tenía remolinos. También falleció, luego, una hermanita mía pequeñísima, de dos años y medio o algo así. Durante mucho tiempo tuve una negrura, una falta de recuerdos, bloquée muchas cosas. Quedamos, como sobrevivientes, mi hermano Ángel y yo, pero las familias decidieron separarnos: que mi hermano mayor fuera con la familia de mi padre, y yo me quedara con la familia de mi madre. Dos años después vieron que eso no funcionaba y que debíamos estar reunidos. Ese tiempo que pasé en casa de la abuela debió haber sido muy triste. De ese periodo tengo poquísimos recuerdos.

De mi padre casi no tengo memoria. De mi madre conservo algunas imágenes muy bellas. Por ejemplo: estoy jugando y veo a la distancia una figura femenina que me hace señales, corro hacia ella y es mi madre.

Hace unos cuantos años hice una prueba de hipnotismo con un psicólogo formidable, y salieron muchas cosas: pude entender, con ese retroceso, con ese viaje hasta la muerte de mi madre, muchas circunstancias de mi vida. En esa sesión salieron al principio imágenes sueltas y sin trascendencia. El psicólogo me exigía ir a un recuerdo importante de mi vida, y yo me decía: esto que está pasando frente a mí es de una trivialidad absoluta, eran cosas de cinco o diez años atrás, sin orden cronológico, salteadas. Hasta que llegué a esta escena, que se quedó suspendida por unos segundos como en una pantalla cinematográfica: estaba en una terraza con mi hermano, sentados ambos en el suelo y con pantaloncitos cortos de niño, y había palomares. De pronto la escena adquirió movimiento: volaron las palomas muy cerca de nosotros y pasó por ahí una vieja criada. Conversábamos mi hermano y yo, y a ratos yo lloraba. Recordé, así, que al morir mi madre nos habían llevado a casa de unos amigos de la familia, en un pueblo que se llama Atoyac, para alejarnos del funeral y para que no viéramos su cadáver, y nos tuvieron ahí en lo que duró el novenario. La escena, entonces, era del día en que murió mi madre.

En la hipnosis, ya no veía las imágenes: todo estaba en mí, era yo el niño de cinco o seis años que estaba en esa casa con un terror absoluto.

Esa memoria recobrada me llevó a darme cuenta que esos años, o esa escena en particular, rigen mi vida: nace ahí el sentimiento de acorazamiento, de defensa ante los accidentes de la vida, la necesidad de moverme (si me siento feliz en un lugar o en una forma literaria busco otro reto y salto), las estancias prolongadas en otros países, y otras cosas más. Parte de esa recuperación de los recuerdos está en un libro mío que se llama El arte de la fuga, acaso el más importante de mi vida.

 

Alejandro Toledo
Coautor del volumen Literatura de la historia ilustrada de México que coordina Enrique Florescano; y autor de Universo Francisco Tario.

Texto publicado originalmente en 2003 y reproducido con autorización del autor.

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Este año, la editorial Dosfilos de Zacatecas pondrá en circulación el libro Instantáneas de las beatlemanía y otros apuntes de música y cultura, del que presentamos aquí un fragmento.

sargento-pimienta

En otro espacio (físico y temporal), atreví la siguiente propuesta: en un terreno heterodoxo, es posible comparar vida y obra del escritor irlandés James Joyce con la historia y las grabaciones de Los Beatles. Uno y los otros vienen de una ciudad periférica de Londres (Dublín y Liverpool) atravesada por un río (el Liffey o el Mersey). Tanto Joyce como John Lennon y Paul McCartney sufrieron la pérdida temprana de la madre, que en el caso del narrador se vuelve ese grito angustioso del personaje Stephen Dedalus (alter ego de Joyce): “Madre, déjame ser, déjame vivir”; y en Lennon suena de esta manera: “Madre, tú me tuviste pero yo nunca te tuve”. Las primeras creaciones de uno y los otros son sencillas y melodiosas (como los cuentos de Dublineses o incluso Retrato del artista adolescente), y emprenden luego un camino experimental: el Sargento Pimienta es el Ulises de Los Beatles; y el álbum blanco es su Finnegans Wake.

El Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (aparecido oficialmente el 1 de junio de 1967) es una de esas piezas culturales que siempre están ahí. Por lo mismo, resulta difícil ponerse en situación de escucha inocente, e ir al álbum o disco de larga duración (como se decía en la era anterior al disco compacto o la descarga digital) y oírlo como si fuera la primera vez. Habría que retroceder de forma imaginaria cinco décadas y pensar el universo como entonces se concebía; y recoger algunas de las piezas que parecieron configurar esos locos años sesenta.

Cada país tuvo sus razones para enloquecer, pero en Inglaterra la debacle del partido político conservador (al descubrirse en sus filas un escándalo sexual con ecos internacionales) fue inversamente proporcional al surgimiento de la beatlemanía. La inesperada permisividad conservadora, oculta hasta el año 63 y puesta en evidencia por el “caso Profumo”, pareció la señal de arranque de un tiempo en que todo, o casi todo, fue experimentado. El ocaso de los políticos al viejo estilo provocó que se buscaran nuevos asideros, y Los Beatles fueron uno de los focos de esa revolución de las costumbres que designó a Wonder-London como capital espiritual… aunque de ella hayan sido, de algún modo, expulsados, por el tráfago de las giras musicales internacionales en que estuvieron metidos de comienzos de 1964 al 29 de agosto 1966, fecha de su concierto en el Candlestick Park de San Francisco, el último del cuarteto.

Liverpool ya no era el puerto de arribo de esos muchachos norteños, sino Londres. Y a su regreso la ciudad había cambiado. En el UFO se presentaba, en noches memorables, Pink Floyd, con su combinación de juego de luces, proyecciones de filmes vanguardistas y eternas improvisaciones musicales. Syd Barrett & Friends, entre otros celebrantes del underground, proporcionaban la base sonora para los prolongados vuelos interestelares de marihuana y ácido lisérgico de sus seguidores. La psicodelia estaba ahí.

Entre gira y gira, Los Beatles habían intentando avanzar. De su arranque tumultuoso con canciones sencillas y pegajosas, llegaron un punto en el que tuvieron que pedir ayuda (Help!, 1965) por sentir que ahí, solos en los estadios (“un andar solitario entre la gente”, diría el poeta), se convertían en loros absurdos, para entregarse luego (en sus pocos ratos libres en el avión o en el cuarto de hotel) a creaciones que señalaban nuevos rumbos para su música. Una cosa por la otra: la popularidad inesperada y mundial les creó cárceles personales pero también grandes espacios de libertad, en donde no era la disquera la que mandaba sino ellos, los músicos. Y su madurez se manifiesta tanto en Rubber Soul (1965) como en Revolver (1966), en piezas como “Nowhere Man”, con una letra compleja, abstracta, que sigue pareciendo rara y hermosa hoy en día; o “Norwegian Wood”, en la que George Harrison introduce la sitar, por mencionar sólo un par de casos.

Para el crítico musical argentino Diego Fischerman, Los Beatles fueron un fenómeno anfibio. Esto se debió en gran parte al “espíritu de época imperante” —un espíritu de época en buena medida modelado por ellos— y, en parte, también, “por la tensión con sus propios orígenes culturales y sus limitaciones técnicas”. Sigue Fischerman: “Al mismo tiempo que conquistaban una popularidad y un nivel de influencia en la vida social gigantescos, experimentaban musicalmente. Mientras sus canciones seguían bailándose, pasándose por la radio y vendiendo millones de unidades, desarrollaban un nivel de sutileza y detallismo en la composición totalmente inéditos en la música pop”.

Y el Sargento Pimienta venía en camino. Un aviso de la frecuencia en que andaban apareció el 13 de febrero de 1967 con un sencillo que no tenía nada de sencillo, porque de un lado traía “Strawberry Fields Forever” y del otro “Penny Lane”, como asomos contrapuestos a la infancia por parte de John Lennon y Paul McCartney. Ahí se podía ver quiénes eran entonces los cambiantes Beatles, siempre un paso delante de los otros grupos, aunque esas canciones no aparecerían finalmente en el acetato en el que empezaban a trabajar, y que les llevó cuatro meses y costó en la hechura casi 50 mil libras, contra las 13 horas continuas de grabación y un costo de apenas 400 libras de Please Please Me, su primer elepé.

Uno de los pocos que extrañaba las giras y los conciertos masivos era Paul McCartney, encantado siempre de figurar. Se le ocurrió, entonces, que si no iban a hacer presentaciones públicas habría modo de realizarlas imaginariamente; y pensó en un grupo, la Banda del Club de los Corazones Solitarios del Sargento Pimienta, y en un una rúbrica a propósito que funcionara como hilo conductor (o leitmotiv) del disco. El concierto, diríamos ahora, sería virtual. Por ahí también surgió su idea de un viaje “mágico y misterioso”, que sería el proyecto siguiente.

La costumbre era que los discos fueran meras colecciones de canciones. Por Los Beatles, el álbum empezó a desplazar a los sencillos (con dos tracks) o extendidos (o EP’s, de cuatro canciones), más baratos y más populares. Con el Sargento Pimienta, el valor estimativo del long play crecerá, porque no era ya sólo una acumulación de piezas sino que había un concepto, éste de la gira imaginaria, que todo lo ataba.

Variaron también su forma de grabar. En los descansos de los viajes habían ido adentrándose poco a poco en los procesos del estudio, y ya para 1967 tenían dominadas las consolas, e incluso no era necesario que todos tuvieran que estar al mismo tiempo en la cabina: se trabajaba la pista de un instrumento, se montaba la otra, cada cual desarrollaba una idea y luego pedía apoyo de los otros, “siempre ansiosos por atravesar fronteras, por averiguar qué sucedía si tocaban ese instrumento en aquel cuarto con la cinta al revés y sin hacer caso de todas las ideas preconcebidas” (John Robertson)… Eran cuatro individualidades en un ejercicio común, aunque el que menos disfrutó el laboratorio fue Ringo Starr, por lo regular poco creativo en solitario (mas uno de los mejores bateristas del rock); y el que concentraba e interpretaba técnicamente las ideas era el productor George Martin.

Con intensas jornadas en el estudio y largas noches de juerga en el alocado Londres, así se fue cocinando el Sargento Pimienta. En paralelo, con similares rutinas pero en el estudio de grabación contiguo, preparaba Pink Floyd su disco debut en tono naturalmente psicodélico, The Piper at the Gates of Dawn, que incluso comparte con el Sargento Pimienta algunos ruidos incidentales, proporcionados por el ingeniero de sonido Norman Smith, que venía de trabajar con Los Beatles y fungió como productor de Pink Floyd. Considérense ambas grabaciones, en tal caso, dos joyas del año 67, y cuyos complementos naturales (también poderosos, con su dosis de viagra que son la remasterización, la digitalización y lo que venga) serían acaso Their Satanic Majesties Request, de Los Rolling Stones (que no es su mejor disco) y Are you Experienced?, de The Jimi Hendrix Experience… Este último guitarrista, por cierto, interpretó la rúbrica del Sargento en vivo días después del lanzamiento del álbum, como primer tributo al octavo elepé del cuarteto de Liverpool.

La excepcionalidad de esos otros títulos no resta nada al Sargento Pimienta, que se ubica precisamente en el centro de ese laberinto. Impactaba el disco desde que lo tenía el comprador entre las manos, por la cubierta diseñada por el artista pop Peter Blake en la que se veían sesenta y dos rostros (según cuentas de Peter Brown y Steven Gaines), fruto de una sesión fotográfica que se llevó a cabo el 30 de marzo de 1967… aunque no fue, esa jornada, como la que aparece en el video del sencillo “Free as a Bird” (con las celebridades yendo de aquí para allá), pues las únicas figuras vivientes eran John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr, y las personalidades (Mae West, Lenny Bruce, Edgar Allan Poe, Bob Dylan, Oscar Wilde o Gandhi, entre muchos otros), estaban ahí en inmutables ampliaciones fotográficas; había también representaciones en cera de los primeros Beatles.

Una novedad fue la inclusión de las letras en la contratapa; otra es que pese a no ser álbum doble se abría como cuaderno. En la funda se encontraba un cartón ilustrado recortable con un retrato del mismísimo Sargento Pimienta, los cuatro miembros de su banda perfectamente uniformados, un par de insignias, un bigote y dos estampas circulares más.

Es decir, podía uno entretenerse un rato antes de colocar el acetato en la tornamesa, que era el momento en que los sentidos comenzaban a ampliarse. Ese instante de la primera lectura de obras definitivas, el primer vistazo a una cinta clásica o la vez primera que se escucha un gran disco, es inigualable. Lo que sigue, entonces, es ir conociendo esa creación, habitar temporadas en ella y familiarizarse con el entorno para comprobar su resistencia, percepciones que acaso se sostienen por el asombro inicial, que se aleja. Aunque para Gustave Flaubert el buen lector es un re-lector; y el Sargento Pimienta es una de esas grabaciones que cada vez que se escuchan parece como si se tratara del primer encuentro, sí, pero con algo ya conocido y disfrutado.

La aguja está en el surco. ¿Qué se escucha? Murmullos en la sala de conciertos, los músicos afinan… y arranca la rúbrica: “It was twenty years ago today/ Sgt. Pepper taught the band to play…”. Veinte años atrás, sí, cuando el fin de la Segunda Guerra Mundial, que fue el escenario bélico en que se desarrolló la infancia de todos ellos. Sigue “With a Little Help from my Friends”, canción de Lennon & McCartney compuesta para que fuera cantada por Ringo (en su papel de Billy Shears), y que es un comienzo amable que antecede a la discutida y celebrada “Lucy in the Sky with Diamonds”, de Lennon, deslumbrante viaje lisérgico en árboles de mandarina y cielos de mermelada… aunque Lennon asegurara que las iniciales del LSD no fueron puestas a propósito, y que la canción nació de un dibujo de Julian, su hijo, en el que aparecía Lucy en un cielo de diamantes, y no de una intoxicación alucinatoria, por cierto usuales en aquel año… como la que tuvo en plenas grabaciones, cuando fue llevado por George Martin a la azotea para que se refrescara, sin saber que en esas condiciones era riesgoso exponer al Beatle a las alturas, pues era capaz de hacer cualquier tontería.

Viene luego un suave combo macartniano con “Getting Better”, “Fixing a Hole” y “She’s Leaving Home”; y, para cerrar el lado A, “Being for the Benefit of Mr. Kite”, definitivamente con la firma de Lennon, y que es la lectura en verso del cartel de un circo.

Los equilibrios, así, se marcan por los riesgos que corre John Lennon (al que le gustaban los disparates literarios ingeniosos al estilo Lewis Carroll o James Joyce y la locura musical) y los suaves apoyos melódicos de Paul McCartney… Al cambiar de lado, se muestran la sitar y el hinduismo militante de George Harrison con “Within You Without You”, la única pieza de su autoría que logró colar al Sargento Pimienta… que se atempera con otro adorable par de McCartney integrado por “When I´m Sixty-Four” y “Lovely Rita”, y el freno intempestivo de Lennon con “Good morning, good morning”, a partir ya no de un cartel de circo sino de un comercial de cereales y en donde se escucha un coro zoológico (acaso debido al Pet Sounds de The Beach Boys, editado en 1966) que parece anticipar al Animals (1977) de Pink Floyd.

La rúbrica de la Banda del Club de los Corazones Solitarios cierra aparentemente el álbum, para dar la impresión de circularidad; cierra lo anterior y abre el camino, con acordes de guitarra in crescendo, para “A Day in the Life”, octava maravilla, “el mejor esfuerzo de colaboración entre Lennon y McCartney” (John Robertson dixit), uno de esos momentos en que se comprende por qué José Agustín insiste en considerar al rock como la nueva música clásica. De dos canciones incompletas nace esta pieza maestra, con la dupla de compositores llevando, cada cual en su parte, la voz cantante. Los equilibrios, de nuevo, se cumplen con dos actitudes quizá opuestas pero a la vez complementarias; están fundidos ahí por un lado el vanguardismo de McCartney más cercano al de Stockhausen; y por otro el de Lennon, al de John Cage, como apunta Diego Fischerman… lectura ésta de vanguardia que se comprueba al escuchar el extra que viene después de “A Day in The Life”: un parloteo inentendible que se corta (o cortaba) con el brusco elevarse de la palanca en la tornamesa, y que provoca (o provocaba) un álgido desconcierto.

Antes de esto, la frase final de “A Day in The Life” causó entonces inquietudes múltiples, al grado de que la canción fue prohibida en la radio: “I’d love to turn you on”, es decir: “Me encantaría excitarte”.

Así, con esa expresión clara del deseo, la banda se despide.

 

Alejandro Toledo
Coautor del volumen Literatura de la Historia ilustrada de México que coordina Enrique Florescano; y autor de Universo Francisco Tario.

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neblina

Cristina Rivera Garza
Había mucha neblina o humo o no sé qué
Literatura Random House
Ciudad de México, 2016
248 pp.


Es cierto que a ratos a la sociedad literaria mexicana le da por convertir a Juan Rulfo (1917-1986) en una especie de costal en el que se practican golpes de maledicencia. Como a Cervantes, a quien se le llamó “ingenio lego”, de Rulfo suelen afirmarse sus incapacidades para concluir sus obras, sobre todo Pedro Páramo. Según aquello que José Emilio Pacheco describió como una “administrativa calumnia” (en su Inventario del 1 de agosto de 1977), para dar forma final a la novela Rulfo requirió del apoyo de Juan José Arreola o Alí Chumacero o Antonio Alatorre… Igualmente se ha hablado de la influencia que en él tuvo Efrén Hernández, y que luego de su fallecimiento no pudo seguir escribiendo (porque era quien le revisaba sus originales); y el mismo Rulfo contribuyó a ese mito raro de su ineptitud creadora al asegurar que había dejado la literatura porque se le murió el tío Celerino, que era el que le contaba todas esas historias.

En cuanto a Cervantes, como recuerda Francisco Ayala, corre la “vulgarizada tesis según la cual el autor del Quijote habría sido un pobre hombre, genio inconsciente sin capacidad para percatarse de la especie de criatura que engendraba”. Entiende el cervantista que lo portentoso suele identificarse con lo sagrado, por lo que puede atribuirse la creación de esa gran novela —o mejor, su revelación— a circunstancias de milagro, “entre ellas la que da esa revelación por cumplida a través de un inocente, ajeno al valor sublime que le era confiado”.

De un modo similar ha sido visto Juan Rulfo como un inocente… y aunque las exploraciones en su vida y sus libros derrumben esos mitos, aparecen otros para oscurecer su figura, acaso por lo que dije al comienzo: que a ratos a la sociedad literaria mexicana le da por convertir a Juan Rulfo en una especie de costal en el que se practican golpes de maledicencia.

Había mucha neblina o humo o no sé qué, de Cristina Rivera Garza, tira algunos jabs que no dan en el blanco. En el primero incluso oculta el guante al hacer la denuncia de un modo indirecto y con recursos melodramáticos; es cuando la autora se apersona en San Juan Luvina, Oaxaca (sitio lejano a la geografía rulfiana, con la sola coincidencia del nombre de unos de los relatos de El Llano en llamas), y encuentra a una mujer, Felipa Reynalda Bautista Jiménez, quien así reacciona al oír el nombre del escritor: “Claro que lo conocía. Era ese señor que había dicho muchas mentiras del lugar donde ella vivía, ¿no era así?” (p. 17).

Buscar a Rulfo en Luvina, Oaxaca, y no en el cuento “Luvina”, de El Llano en llamas, ya implica una confusión entre el mapa y el libro, como si el GPS de Rivera Garza se hubiera desprogramado. El reclamo, además, busca conmover a las almas puras: Rulfo mintió, lo hizo al retratar Luvina.

Algo parecido ocurrirá páginas más adelante, cuando se indague en el tiempo en que Rulfo trabajó como asesor para la Comisión del Papaloapan, cuando la asistente de un archivista (sic) suelte a quemarropa (“sin ningún asomo de alevosía o de sarcasmo”): “¿Usted quiere ver las fotos del que ayudó al desalojo de los indios en el Papaloapan?” (p. 119).

Hay todo un capítulo, el tercero (“Angelus novus sobre el Papaloapan”), dedicado a este tema. Parece tratarse de algo muy grave. Rivera Garza cree, con Ricardo Piglia, que puede contarse la vida de un artista según los oficios que ha tenido, sus formas de ganarse el pan. Con esto volveríamos a Sainte-Beuve, quien buscaba integridad en los escritores: que sus obras literarias estuvieran en concordancia con un modo de vida recto… Por eso Sainte-Beuve (como refiere Proust en su célebre alegato) rechazaba a Baudelaire o Nerval, sus contemporáneos, porque no estaba de acuerdo en la manera como ordenaron (o desordenaron) su existencia.

Con Rulfo se trata de investigarlo, con ojo judicial, en las chambas que tuvo. Y sancionarlo al contraponer esos trabajos con el discurso crítico que se adivina en su narrativa. No se piensa en los apuros del paterfamilias por equilibrar sus finanzas, sino en el intelectual que debe actuar conforme a sus principios. ¿Fue agente de ventas para la llantera Goodrich Euzkadi? Mal, muy mal, por ser empleado de una empresa que veía a la República mexicana como un largo camino de asfalto. ¿Fue promotor de esa comisión gubernamental que transformó una zona del país con afanes modernizadores? Peor aún, porque en el proceso se arrasó con muchos pueblos. ¿Trabajó para el Instituto Nacional Indigenista? Tache, cómplice de los gobiernos priistas. ¿Fue becario del Centro Mexicano de Escritores, en donde terminó su libro de cuentos y la novela? Huy, esa institución recibía apoyo de la CIA. (Por lo que todos los que pasamos por ahí, incluida la propia Rivera Garza, somos ya, desde ahora, sospechosos comunes e incluso se nos podría acusar de traición a la patria.)

No exagero. En cuanto a la Comisión del Papaloapan “se trataba de legitimar un proyecto monumental y caro”; y se contrató “a ese escritor que acababa de publicar un par de libros bien recibidos por la prensa y que justo terminaba un periodo de dos años como becario en el Centro Mexicano de Escritores. Juan Rulfo, la creciente reputación de Juan Rulfo, tendría que dar fe del cambio” (p. 118).

Es ingenuo pensar en una creciente reputación literaria de Rulfo en aquella época. Cuando reseña Pedro Páramo, Alí Chumacero valora “la primera novela de nuestro joven escritor” (Revista de la Universidad, abril de 1955). Rulfo era sólo eso, un principiante, alguien que daba sus primeros pasos en las letras; y dudo que el astuto gobierno alemanista fuera en su busca para legitimar uno de sus proyectos más significativos.

El Rulfo de Rivera Garza, su Rulfo, es un “agente de la más pura modernidad de mediados del siglo” y la ensayista apunta hacia lo que considera como un ambivalente punto de vista (el choque entre obra y vida) del que “ve con melancolía hacia atrás y actúa, al mismo tiempo, a favor de los vientos del progreso” (p. 136).

Según el diagnóstico casi judicial de Rivera Garza, poco puede hacerse por el pobre Rulfo: “Empleado por los empresarios y la burocracia estatal de la más activa modernidad de medio siglo, Rulfo acudió a esos sitios, y lo constató todo. Habría un mundo atrás, en efecto, desapareciendo bajo los embates de presas y nuevos cultivos, sistemas de riego y corrupción, y había un mundo adelante, hacia donde lo arrastraba el viento del que él mismo formaba parte, que se negaba a ver de frente. Ése era el mundo que él mismo, en esos empleos, contribuyó a construir. Ése era el mundo que, detrás de los reflectores, al amparo del INI, contribuyó a develar para la nación a través de la edición y la publicación de libros antropológicos y etnográficos. Ése era el mundo ante el cual, al menos literariamente, guardó silencio” (p. 139).

Vuelvo al símil boxístico y veo aquí a un retador que salta al cuadrilátero y tira golpes no al oponente sino a su sombra, y no a la sombra real sino a una algo difusa que el mismo púgil ha imaginado. Así gasta su energía; pero no da pelea. Pocos entienden su estrategia; y se derrumbará a medio combate por agotamiento. Se juzga, en tal caso, un proyecto de gobierno y se le pone el rostro de uno de sus empleados más humildes y discretos, como si Rulfo hubiera sido el urdidor de todo, la eminencia gris del alemanismo. Y para denunciarlo (Rulfo mentiroso, Rulfo malvado, Rulfo cómplice, Rulfo traidor, Rulfo canalla) la herramienta mayor es una prosa que se empantana en el giro telenovelero.

Un libro que no va a ningún lado, o que tiende a decir nada cuando parece querer decirlo todo, se recupera en sus últimas páginas, cuando se examina a los personajes femeninos en la obra de Rulfo: “Es claro que las ánimas que se pasean por Comala purgando culpas y murmurando historias son ánimas sexuadas. Al contrario del dios al que increpa Susana San Juan en uno de sus ardientes monólogos, a Rulfo no sólo le interesan las almas, sino más bien, acaso sobre todo, los cuerpos: las marcas de esos cuerpos, las interacciones de esos cuerpos, las transgresiones de esos cuerpos” (p. 153).

Ése es el libro que debió escribir Cristina Rivera Garza, ahí es donde la autora se mueve en un territorio que le es propicio y en el que consigue notables hallazgos interpretativos… Pero antes se desvió, tomó el freeway equivocado hasta terminar en un callejón sin salida, quizá porque había mucha neblina o humo o no sé qué.

 

Alejandro Toledo
Escritor. Editor de las obras completas de Efrén Hernández y Francisco Tario. De este último autor publicó recientemente una antología en Cal y arena.

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