Ha muerto nuestro último escritor monumental, Fernando del Paso. Autor de una obra que marcó un antes y un después en la narrativa mexicana, su idea de la novela como gran artefacto verbal y su atención a sucesos clave de la historia mexicana, le confieren un sitio de honor en la cartografía literaria de habla hispana.

El siguiente ensayo aplica la “ley de los cuatro elementos” de Gaston Bachelard a la obra narrativa del premio Cervantes 2015. Tierra, aire, agua y fuego dominan cada una de sus novelas, hermanadas a su vez por la incansable búsqueda estilística de aliento poético que lo convirtió en uno de nuestros novelistas mayores.


Es sólo otra forma de comenzar: la obra narrativa de Fernando del Paso (1935-2018) acaso puede ser observada a la luz de la “ley de los cuatro elementos” de Gaston Bachelard. Ésta fue esbozada por el crítico francés en los capítulos finales de su Psicoanálisis del fuego, en donde dice, primero, que “las almas que sueñan bajo el signo del fuego, del agua, del aire y de la tierra se revelan como muy diferentes entre sí”. A la vez, cada elemento físico va unido a un temperamento, representado por el gnomo, la salamandra, la ondina y la sílfide. Cito: “El gnomo terrestre y condensado vive en la fisura del roquedal, guardián del mineral y del oro, saciándose con las sustancias más compactas; la salamandra, toda fuego, se consume en su propia llama; la ondina del agua deslízase sin ruido sobre el estanque y se alimenta de su reflejo; la sílfide, a quien la menor sustancia entorpece, a quien el más insignificante alcohol espanta, que se disgustaría, quizá, de un fumador que ‘turbase su elemento’ (Hoffmann), se eleva sin pena en el cielo azul, dichosa de su anorexia”.

El gnomo, pues, es tierra; la salamandra, fuego; la ondina, agua, y la sílfide es aire.

Este esbozo de una doctrina, a partir de la cual podría establecerse una física o una química de la fantasía, fue retomado por Bachelard en El agua y los sueños, en donde afirma: “Para que una meditación se prosiga con bastante constancia como para dar una obra escrita, como para que no sea tan sólo la fiesta de una hora fugitiva, debe hallar su materia, es necesario que un elemento material le dé su propia sustancia, su propia regla, su poética específica”.

Según Bachelard, los sueños están bajo la dependencia de los cuatro elementos fundamentales. Cita, al respecto, estas líneas de Lessius, un viejo autor, quien en el Arte de vivir mucho asegura: “Los sueños de los biliosos son sobre fuegos, incendios, guerras, muertes; los de los melancólicos, de entierros, sepulcros, huidas, fosas, de cosas siempre tristes; los de los pituitosos, de lagos, ríos, inundaciones, naufragios; los de los sanguíneos, de vuelos de pájaros, de carreras, festines, conciertos y cosas que no se osa nombrar”.

En consecuencia, los biliosos, los melancólicos, los pituitosos y los sanguíneos (como antes se dijo de la salamandra, el gnomo, la ondina y la sílfide) quedarán respectivamente caracterizados por el fuego, la tierra, el agua y el aire y “sus sueños trabajan de preferencia el elemento material que los caracteriza”.

Esta es mi propuesta de arranque para un estudio de la obra narrativa de Fernando del Paso: acaso sin planearlo así, como un desarrollo natural de su imaginación, Del Paso dedicó cada uno de sus cuatro ejercicios novelísticos a un elemento material. Veamos. Desde el título, José Trigo (1966) se presenta como una novela de la tierra; y lo es más si acudimos a las distintas descripciones que pueden hacerse de ella: simula el recorrido de un personaje por los campamentos ferrocarrileros, de oeste a este, cruzando, en medio, el puente de Nonoalco. El acto de caminar la gobierna; y el lector avanza por ella de un modo similar a como se recorre el Dublín de Joyce en el Ulises. Ambos títulos (José Trigo y Ulises) podrían ser descritos como novelas peatonales, para andar y desandar.

Al mismo tiempo, José Trigo es una pirámide; y lo que el lector registra es un ascenso (del capítulo 1 al 9), un descanso en la cima y un descenso (del 9 al 1, con correspondencias estilísticas y argumentales del 1 al 1, del 2 al 2, etcétera). Puede verse en ello una aspiración a lo más alto, aunque los pies siempre estarán en la tierra.

Se trata, además, de una novela que explora la lengua española mexicana hasta su misma raíz, es decir la base prehispánica, de cuya ascendencia se obtiene toda una mitología. La aventura de llevar hasta sus últimas posibilidades de expresión el español nuestro (se diría que capitalino o chilango) es, al mismo tiempo, una inmersión en sus orígenes. Se funden en su trama, hacia el final, cuando los campamentos ferrocarrileros son desmantelados y se construyen los multifamiliares, esas tres culturas (la prehispánica, la colonial y la moderna, con su correspondencia verbal) que darán nombre a una plaza que será, a la vez, un símbolo trágico futuro. Podría decirse que en José Trigo deambula ya el fantasma de la Plaza de las Tres Culturas.

Para continuar el juego habría que preguntar a Bachelard cuáles son para él otras características de una imaginación terrestre (lo que indaga en dos tomos dedicados a ese elemento: La tierra y los ensueños de la voluntad y La tierra y las ensoñaciones del reposo), y averiguar cómo esto se podría aplicar, o no, a José Trigo.

El navegante

En Del Paso, así, primero fue la tierra; luego, el agua. Como se recordará, el autor mexicano toma el nombre del protagonista de Palinuro de México (1977), su segundo trabajo novelístico, de la Eneida de Virgilio. De este modo retrata John Lemprière al personaje en su Bibliotheca Classica: “Palinuro, un hábil piloto de la nave de Eneas, se cayó al mar durante su sueño, estuvo tres días expuesto a las tempestades y las olas del mar y al fin llegó sano y salvo a la costa cercana a Velia, donde los crueles habitantes del lugar lo asesinaron para despojarlo de sus vestiduras; su cuerpo quedó insepulto en la ribera”.

A Cyril Connolly, quien transforma a Palinuro en una suerte de alter ego desde el que escribe La tumba sin sosiego, le llama la atención que en las pocas apariciones del navegante en la Eneida —en los libros tercero, quinto y sexto— se introduzca siempre, como asociado a él, un “ritmo marino ondulante”… Quizá podamos percibir esto si no en la lengua original sí en la espléndida traducción (literal y literaria) de Rubén Bonifaz Nuño. Se trata de la primera mención al personaje (libro III, versos del 192 al 208):

Después que altar mar tuvieron los barcos, y ya más ningunas
tierras aparecen —doquiera el cielo y el ponto doquiera—,
allí sobre mi cabeza se puso una lluvia cerúlea,
noche y tormenta trayendo, y la onda se erizó con tinieblas.
Al punto el mar revuelven los vientos, y se alzan las magnas
llanuras; en el vasto abismo nos arrojan dispersos.
Envolvieron las lluvias el día, y la noche húmeda el cielo
se llevó; redoblan en abruptas nubes los fuegos.
Somos sacados de curso, y en las ciegas ondas erramos.
Niega que el día y la noche discierna en el cielo
Palinuro mismo, y que, a media onda, el camino recuerde.
De tal modo, en ciega oscuridad tres soles inciertos
en el piélago erramos, y otras tantas noches sin astro.
Por fin, en el cuarto día la tierra levantarse primero
es vista, abrirse a los lejos los montes, y el humo enroscarse.
Las velas caen, con remos andamos; no hay demora, los nautas
tuercen, apoyándose, espumas, y lo cerúleo barren.

Lo que nos devuelve, desde luego, a Bachelard, cuando dice que el agua “aporta también un tipo de sintaxis, una unión continua de las imágenes, un dulce movimiento de éstas que hace levar anclas a la ensoñación aferrada a los objetos”.

El personaje virgiliano tendrá resonancias varias en la novela de Fernando del Paso. Por un lado, representa una figura: aquel que se deja llevar por los sueños, lo que en este caso se extiende a la generación de jóvenes de 1968 y al movimiento estudiantil ocurrido ese año en nuestro país. Por otro, da a la experiencia verbal, como diría Connolly, un ritmo marino ondulante, aunque los sucesos de la trama estén situados sobre todo en la Plaza de Santo Domingo, en el centro de la Ciudad de México; es decir, tierra adentro. La prosa es marina; y, como en la Eneida, el flujo onírico avanza, a grandes oleadas (en el turbulento mar de la historia, con visitas a algunas islas imaginarias), hacia la muerte.

Tierra y agua… El aire, claro, se percibe en las altas torres de los altos castillos de Miramar, Chapultepec o Bouchout, donde habitó Carlota, la joven y anciana emperatriz (lo uno en su aventura mexicana, lo otro eternamente en su extenso monólogo) que protagoniza Noticias del Imperio (1987). Ella, si volvemos a Bachelard, sería una sílfide, pues “se eleva sin pena en el cielo azul, dichosa de su anorexia”; o su temperamento podría ser calificado, con Lessius, como sanguíneo, con sueños “de vuelos de pájaros, de carreras, festines, conciertos y cosas que no se osa nombrar”.

Como una prolongación de Noticias del Imperio, Del Paso publicó posteriormente Castillos en el aire (2002), en donde el ejercicio lírico que caracterizó al monólogo de Carlota, que daba estructura (y elevación) a la novela, fue despojado de los lastres de la historia para dejarlo volar libremente… aunque el discurso de la emperatriz es ya, en ese tercera novela, variable y ondeante, como se lee aquí: “Porque yo soy una memoria viva y temblorosa, una memoria incendiada, vuelta llamas, que se alimenta y se abrasa a sí misma y se consume y vuelve a nacer y abrir las alas. Porque yo tengo alas de águila: me las robé de una bandera mexicana. Yo tengo alas de ángel: me crecieron anoche mientras soñaba contigo, mientras te imaginaba. Porque yo no soy nada si no invento mis recuerdos. Porque tú no serás nadie, Maximiliano, si no te inventan mis sueños”.

En El aire y los sueños, Bachelard encuentra como característico de la imaginación aérea “la experiencia dinámica de la palabra que sueña y piensa la vez”, y “una sublimación discursiva que se adhiere a los detalles y juega sin cesar entre impresión y expresión”… lo que nos transporta, de nuevo, a los monólogos de Carlota, que son la columna vertebral de la novela, en los que la locura, en los capítulos nones, establece un diálogo constante con la Historia, en los capítulos pares.

Contar y cantar

Debe decirse aquí que en Del Paso el novelista construye artefactos literarios a la manera de los poetas. En el siglo XIX comenzó a darse esta derivación, que tiene a Flaubert como uno de sus primeros artífices: siguió importando, sí, contar, lo que se intentaba hacer entonces de la manera más sencilla, sin complicaciones mayores con el lenguaje, pero a ello se añadió el cantar, escribir en prosa con la concentración con que lo hacía la poesía. Flaubert confesaba tardar semanas en encontrar la palabra justa; Joyce, años más tarde, decía tener ya las palabras y su gran preocupación consistía en hallar la forma correcta de acomodarlas.

Bachelard, en sus libros sobre los elementos materiales, estudia sobre todo a los poetas, porque en ellos encuentra que suelen apegarse a tierra, agua, fuego o aire como “hormonas de la imaginación” o vías hacia el sueño literario profundo. Va en busca de poetas sustanciales o elementales. Es con el predomino de cada elemento como el artefacto literario adquiere dinamismo, y la exploración así va más allá de una labor preciosista o hueca. Recuerda Bachelard a Benjamin Fondane, para quien un elemento material es el principio de un dón conductor que presta continuidad a un psiquismo imaginante.

En cada novela de Fernando del Paso, poeta en prosa, hay un principio dinámico que lo arropa todo: la búsqueda del personaje José Trigo, por ejemplo, lleva al lector a saltar tras él de un tren y caminar por los campamentos ferrocarrileros de Nonoalco-Tlatelolco, donde se entera de muchas historias particulares y es testigo de un movimiento social (el de los ferrocarrileros de 1958-59) apagado por la represión del Estado; los sueños del Palinuro virgiliano funden o confunden dos épocas, los años cincuenta y sesenta del México del siglo XX, navegan por la contracultura, la liberación sexual y la protesta estudiantil, en una deriva que, de modo previsible, por el destino del piloto que ya fija la Eneida, concluye con la muerte; y está la locura aérea de Carlota, quien desde las alturas de un castillo observa y sobrevuela (con la imaginación, la loca de la casa) un paisaje distante, el del Segundo Imperio mexicano, del que ella misma formó parte.

Habría que considerar esos principios y explorar en ellos. Su enunciación es sólo un punto de partida. De la mano de Bachelard podemos ver cómo la fidelidad de un autor a un elemento primario puede dar densidad a su obra. En Palinuro de México, por ejemplo, el flujo no es, prima facie, marino (porque, como ya se dijo, la geografía es urbana) y sí interno, pues otro protagonista, en la historia de unos estudiantes de la Escuela de Medicina, es el cuerpo humano y sus fluidos, los océanos interiores.

La hoguera

¿Cuál es el elemento material que rige Linda 67 (1996), la cuarta y última novela de Fernando del Paso? Si ya agotó tierra, agua y aire, queda el fuego, sin duda predominante en toda novela policiaca. Lo será aquí por diversas razones; y esta vez el arma homicida, como resultaría previsible, no es una pistola o un rifle (que disparan un fuego mortal), sino una llave inglesa. En el Psicoanálisis del fuego, Bachelard detalla varios complejos relacionados con esa materia, y acaso alguno pueda aplicarse a David Sorensen, el protagonista. Uno es el complejo de Prometeo, que implica “todas las tendencias que nos empujan a saber tanto como nuestros padres, más que nuestros padres, tanto como nuestros maestros, más que nuestros maestros”. Otro, el de Empédocles, “en el cual se unen el amor y la reverencia por el fuego, el instinto de vivir y el de morir”. Uno más, el complejo de Novalis, que se sintetizaría “en el impulso hacia el fuego provocado por la fricción, la necesidad de un calor compartido”; según Bachelard, dicho impulso reconstituiría, en su exacto primitivismo, la conquista prehistórica del fuego. O el complejo de Hoffmann, relacionado con la llama del alcohol…

De ellos optaría, al ajustar a Sorensen, por el complejo de Empédocles, que tiene que ver con el incendiario, aquel que es llamado por la hoguera. Lo relacionaría, además, con la salamandra, que se consume en su propia llama; y quizá aún resulte plausible describirlo como de un temperamento bilioso…

Como se recordará, luego de haber dedicado largos periodos a esos tres novelones que son José Trigo, Palinuro de México y Noticias del Imperio, publicados en tres décadas distintas (los años sesenta, setenta y ochenta del siglo pasado), Del Paso optó por cambiar de régimen y se entregó al divertimento de una novela policial. Mas lo hizo luego de ese arduo aprendizaje y de hecho repite sus métodos de aprehensión de la realidad, acudiendo a documentos varios (periódicos o mapas) y mostrando conocimientos enciclopédicos en temas como el automovilismo, la publicidad, el vino o la moda, entre otros. Su historia, claro, es pura ficción; no está asentada en la Historia, como sí ocurría con las novelas anteriores. Las vacaciones del novelista consistieron en instalarse unas semanas en la ciudad estadounidense de San Francisco, territorio natural para lo policiaco (por El halcón maltés de Dashiell Hammett o la cinta Vértigo de Alfred Hitchcock, por mencionar sólo un par de títulos clásicos ahí situados) e imaginar a un hombre atrapado en sus mediocridades que planea una muerte, la de su esposa, con lo que construirá su propia hoguera, pues finalmente se trata de una autoinmolación. El lector sigue el espectáculo de quien cava su propia tumba… un poco también como en aquel filme francés de los años cincuenta, de Louis Malle (también relato de un crimen absurdo), que en español se tituló Ascensor para el cadalso.

Curioso, desde la perspectiva bachelardiana, que al comienzo de la relación la que será su esposa (la Linda del título, nacida en el año 67) pida a Sorensen no encender cigarrillos en su presencia, prohibiéndole el fuego; y lo primero que él hace, al liberarse de ella, es fumar. Estamos ante un espíritu encendido: “Si el odio era como una espuma caliente que sube por el pecho, por dentro del pecho y lo ahoga a uno. Si el odio era un deseo de dirigirse a la recámara y destapar a Linda y golpearla hasta hacerla perder el sentido. Si el deseo era un deseo incontenible de matar a Linda, de matarla no una sino dos veces, tres, como si eso fuera posible, tendría que serlo, debería ser posible, porque ella le había hecho sentir la muerte más de una vez: ella había matado en él al niño, al joven, al hombre que habitaban en su cuerpo y en su mente. Sí, si eso era el odio, entonces su odio era oro puro, odio sin disfraces, un odio que no le cabía en el cuerpo”.

A tono con esto, y como si lo comentara directamente, apunta Bachelard: “Desde que un sentimiento asciende a la tonalidad del fuego, desde que se relaciona, en su violencia, con las metafísicas del fuego, se puede estar seguro que habrá de acumular una suma de contrarios”.

Así, acaso no resulta caprichoso aplicar la “ley de los cuatro elementos” de Bachelard a la obra narrativa de Fernando del Paso. Es claro que en sus búsquedas intentó en cada nueva empresa construir universos distintos, aunque persista un cierto perfil estilístico (sobre todo la idea de la novela como gran artefacto verbal y el foco de atención en sucesos de la historia mexicana en sus tres primeros trabajos). La variación mayor, entre uno y otro título, es el cambio del elemento natural predominante: la tierra donde crece el trigo; el movimiento de las olas como un murmullo onírico; el viento de la historia, que poco le hacía a Benito Juárez y mucho dañó a Carlota y Maximiliano, o ese fuego malévolo del resentimiento que provoca, en un marido confundido, un incendio interno.

Esa herramienta, la confrontación de las exploraciones de Bachelard (en los varios títulos donde dibujó su ley poética) con los trabajos del novelista, acaso abra extensos senderos por los que pueda transitar el lector no en busca, esta vez, de José Trigo, aunque por ahí se empiece, sino del mismo Fernando del Paso.
 

Alejandro Toledo
Editor y ensayista; es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Su libro más reciente es Instantáneas de la beatlemanía y otros apuntes sobre música y cultura (Dosfilos, Zacatecas, 2018).

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Su nombre puede no sonarle a muchos, pero este jugador que militó en las filas del Irapuato le dio a México su primer punto en una Copa del Mundo.

La ciudad de Irapuato tiene sus héroes del presente y del pasado. Luego del Mundial de Suecia 58, a Jaime El Flaco Belmonte lo llamaron “el héroe de Solna”, pues con un gol de testa en el estadio de Solna, en Estocolmo, dio a la selección mexicana su primer punto en una Copa del Mundo luego de 28 años de reveses: País de Gales 1-México 1.

Con esa bandera triunfal llegó Belmonte un año después al Irapuato. Planeaba estar una o dos temporadas en la Trinca Fresera y después emigrar al Monterrey, al Oro o al Atlante, que lo pretendían. Pero se quedó en Irapuato hasta su retiro, en 1972, cuando le gritaban desde las tribunas:

—¡Ya estás viejo, Flaco!

Le hizo caso a esas voces. Luego puso una tienda deportiva en la avenida Guerrero (Deportes Belmonte), a cinco cuadras del Estadio Sergio León Chávez, a la que llegaba por las mañanas montado en su bicicleta… Quienes lo veían, lo reconocían.

—¡Ahí va El Flaco!

Él iba muy contento, pedalea que pedalea.

***

11 de junio de 1958.

Saltan a la cancha del estadio Solna las escuadras de País de Gales y México. Los galeses son favoritos, e incluso hay quien pronostica una segura goleada de 6-0, mínimo. Los mexicanos perdieron en su primer encuentro contra Suecia 3-0; en cambio, País de Gales consiguió un meritorio empate a uno ante la todavía poderosa Rapsodia Húngara. Son dos niveles futbolísticos, dos estaturas. Quizá por lo mismo, las tribunas se vuelcan en apoyo hacia los que tienen menos atributos.

—¡Mecsicou, Mecsicou, Mecsicou! —se canta en Estocolmo.

Recuerda ahora, a 42 años de distancia, Jaime Belmonte:

—Sí, la gente estaba muy del lado de México porque se suponía que era equipo chico, y veían el entusiasmo que poníamos para jugar.

Sin embargo, Allchurch al minuto 16 vence a Antonio Carbajal, lo que se mira como presagio de una masacre.

Discutían en la banca la estrategia a seguir el maduro Antonio López Herranz y el joven Ignacio Trelles: aquél era el “director técnico” de los tricolores, éste el “entrenador”. La dupla ideaba movimientos que terminarían por desconcertar a los galeses. Contra lo previsto, el encuentro se equilibra. Luego se hacen constantes los arribos de los mexicanos, pero se falla en el último toque. Al verse acorralado, País de Gales intenta el contragolpe.

En cuestión de dominio el segundo tiempo es para México. Pero País de Gales sigue con la ventaja en el marcador. Los mexicanos no conseguían desprenderse del estigma de la derrota.

Hasta el minuto 86: Carlos Blanco simula tiro pero en vez de disparar abre a la derecha… Enrique El Loco Sesma recibe de inmediato y cruza un servicio directo hacia Jaime El Flaco Belmonte, quien gana el salto a Hopkins y remata con la testa. Vuela el arquero Kelsey pero no logra interceptar el viaje del esférico.

—¡Gooooooool!

Casi cuatro décadas después de ese instante, contó Belmonte a Ramón Márquez: “Lo que sentí en ese momento es muy difícil de explicar. Fue una emoción intensa, enorme. Mis compañeros corrieron a felicitarme. Fue un buen gol, pues con él ganó México su primer punto en Copas del Mundo. Siempre he pensado que lo logrado ahí fue obra de todos; a mí me tocó, gracias a Dios, meter el gol, pero todos jugamos muy bien ese día”.

Y cuatro minutos después el árbitro yugoslavo Leo Lemesc ordenó el fin de las acciones.

Jaime Belomonte tenía 23 años, y era de los más jóvenes en la selección mexicana. Era, también, la primera vez que viajaba en avión.

—Me tocó la suerte de meter el gol de cabeza a un centro de Sesma… No fue un centro muy cómodo, pero la pelota entró. Y ese gol, sí, le dio a México el primer punto en un Mundial —resume ahora, mientras infla un balón Estrella, como si contara un hecho menor.

***

***

Nací en la ciudad de México en 1934. Mi familia es de aquí, de La Piedad. Fui el único que nació en el Distrito Federal.

Desde el 55 jugaba en Cuautla. Estuve un año en segunda división y en 56 ascendimos. Cuando bajó el Cuautla, me invitó el Irapuato a venir acá.

Antes, me costó hacerme titular en el Cuautla. Durante siete meses, dos veces a la semana, tomaba mi camioncito de la Ciudad de México a Cuautla, que me costaba siete pesos… Trabajaba en una fábrica textil, y esos días me daban permiso para ir a entrenar. Así lo hice, hasta que me contrataron. El entrenador, Donato Alonso, me dijo un día:

—Te vas a quedar en el equipo, vas a ganar 200 pesos.

No era mucho dinero, apenas me alcanzaba para ir y venir… Pero yo lo que quería era jugar. Con el Cuautla el segundo año ya gané 400 pesos. Llegué a ganar 1,200 pesos, que de todos modos no alcanzaban para mantener a la familia.

En 56 ascendimos con el Cuautla y en 57 Trelles me invitó a la selección.

—Vente a probar —me dijo, luego de un partido.

Y fui uno de los convocados a ir a Suecia 58. Hicimos como diez horas para llegar a Europa. Yo nunca había viajado en avión. Recuerdo que en la selección nos daban diez dólares diarios como viáticos, más las primas.

Cuando descendió el Cuautla en 59 me invitaron a jugar aquí en Irapuato. Pensaba quedarme por un año, pero me sentí tan a gusto que pasó el año, otro más… Tuve la posibilidad de salir al Monterrey, al Oro, al Atlante, pero la verdad nunca quise dejar Irapuato. Ya habían vendido mi carta al Monterrey por 120 mil pesos, pero me opuse. ¿Mucho dinero? No se crea. No es lo mismo entonces que ahora. Dicen que es casi igual pero no es cierto. En el Irapuato llegué a ganar ocho mil pesos, fue lo más que gané. Y ya con eso más o menos se podía ahorrar poquito, pero no es el sueldo que hay ahora, jamás podrá igualarse.

Jugábamos en el estadio Revolución, que todavía sigue de pie junto al estadio actual, en el que todavía alcancé a jugar antes de mi retiro. Al irse el Irapuato en 72 a segunda división me retiré, a los 38 años. La gente me gritaba:

—¡Ya estás viejo! ¡Retírate!

Uno siente el peso de los años cuando intenta un pique… Hace uno, dos o tres piques, y al cuarto como que ya no se puede. Lo mejor es retirarse a tiempo, creo que así lo hice.

Monté mi negocio de artículos deportivos. Es chico el negocito pero me da para vivir. También fui maestro de educación física por 27 años en la Preparatoria Oficial. Me acabo de jubilar. Lo que hago ahora es jugar tenis, esa es mi vida de ahora.

***

Irapuato es ciudad bicicletera. Hay en algunas calles, incluso, un carril pintado para aquellos que les gusta moverse en dos ruedas y sin contaminar. Así lo hace Belmonte por las mañanas: deja su vehículo recargado mientras quita los candados, entra por la palanca y empuja hacia arriba la cortina metálica. Luego, entra con la bicicleta al negocio y la va a dejar en un pasillo, que es como el garaje de su medio de transporte. A la hora de comer cumple el mismo ritual, pero a la inversa. Por la tarde, vuelta a lo mismo.

Los domingos se escapa de Irapuato, va al campo con la familia, juega tenis.

La tienda Deportes Belmonte es el mirador desde el que ha seguido los vaivenes de la Trinca Fresera desde que se despidió de las canchas: descensos y ascensos. Ha visto, además, los desmanes que despierta en la ciudad esa pasión futbolera cuando no es correspondida. En tiempos deportivamente malos, salta del nombre de Irapuato una palabra fuerte: ira.

—Ya ve cuando perdieron contra el Zacatepec hasta quemaron un camión, saquearon dos o tres negocios. Luego de eso muchos comercios no se recuperaron.

La avenida Guerrero es el centro vital de la afición de la Trinca Fresera, ahí se ve cuando la escuadra va bien o va mal. Luego de un nuevo ascenso a la primera división, la calle estaba en calma.

—Han sido diez años de mala suerte, don Jaime, diez años para volver a ascender.

—Irapuato necesita un equipo de primera. Hay mucha afición aquí, hay muchas rancherías. Va a ver usted que cada quince días que haya partido se va a llenar el estadio.

—Fue cerrada la disputa en el juego del sábado…

—Fue un partido muy peleado, pudo ser para cualquiera…

—¿Le causa alguna emoción especial que Irapuato esté de nuevo en el primer circuito? —le pregunté.

—Sí me siento contento porque Irapuato haya subido de nuevo. Ojalá mantengan al equipo con la gente que hay, y que lo refuercen solo un poquito. Ojalá que siguieran con la gente que ayudó a que subiera. Y sí nos da alegría a todos este triunfo. ¡Cómo no! Yo aquí, deportivamente, di parte de mi vida.

Este encuentro con Jaime Belmonte ocurrió en el año 2000. Él murió en Irapuato el 21 de enero de 2009, a los 74 años, víctima de cáncer de estómago.

 

Alejandro Toledo
Escritor. Su más reciente publicación es: Francisco Tario. Antología.

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Bobby Charlton, la leyenda del futbol inglés, sentía una pasión “casi romántica” por el deporte que lo llevó a la cima. Así lo explica en el siguiente texto, que revive un encuentro con sir Bobby a su paso por México en el 2000.

—He sido un hombre con mucha suerte.

Aunque su visita tenía un fin muy claro, promover la candidatura de Inglaterra para el Mundial del 2006, sir Bobby Charlton no pudo escapar de la aureola de una historia con varios capítulos interesantes. En los inicios, hay el cuento del hijo de minero que llegó a los 17 años al Manchester United. Luego está el avionazo aquel, a finales de los años cincuenta, del que fue uno de los sobrevivientes… Y está el Mundial de 1966, con la coronación de los ingleses en Wembley (ante un arbitraje que, no obstante y según los libros de historia, favoreció en todo momento a los anfitriones).

—¿Hay un instante futbolístico que le sea particularmente grato, por su belleza técnica o lo que significó? ¿Acaso ese gol en solitario contra Argentina en 62?

—Recuerdo el gol que le anoté a México en 66, pues nos permitió seguir.

—Había que vencer a siete defensas y el portero; acá llamaron al modo como salieron los mexicanos ese día “la formación del miedo”.

—Y aún así me permitieron acercarme —dice, con sencillez, y sonríe de una manera que se podría calificar como elegante—, pero hay cientos de momentos que puedo recordar. Muchos de los recuerdos que tengo sólo tienen valor cuando los comparto con alguien que los vivió conmigo. Definitivamente un gran momento fue haber ganado la Copa del Mundo en 1966… Aunque ganar la Copa Europea de Clubes es algo que te lleva dos años: primero hay que ganar la liga, lo que no es fácil en Inglaterra; luego hay que medirse con los equipos más poderosos de Europa. Esto lleva dos años, y crea una enorme satisfacción. Ganar la Copa del Mundo en 66 fue magnífico, pero nos llevó sólo tres semanas. El nivel de los jugadores es mucho mayor, lo sé, mas es un torneo corto… En fin, me gusta el futbol, acaso de una forma que ustedes podrían llamar romántica.

***

El gol de Bobby Charlton en 1962, en el Mundial de Chile, es recordado así por Eduardo Galeano en El futbol a sol y sombra. Se enfrentaban Inglaterra-Argentina: “Bobby Charlton armó la jugada del primer gol inglés, hasta que Flowers quedó sólo frente al arquero Roma. Pero el segundo gol fue obra suya de cabo a rabo. Charlton, dueño de toda la izquierda del campo, dejó a la defensa argentina desintegrada como una polilla después del manotazo, y a la carrera cambió de pierna y con la derecha fulminó al arquero de tiro cruzado”.

***

Por la mañana, en la residencia del embajador de Gran Bretaña y a la espera de los reporteros, sir Bobby Charlton se entretiene en la observación de un gran óleo del infortunado Eggerton: “Mexico City, 1837”. Se diría que es un paisaje rural, pero en la parte izquierda se alcanzan a ver algunos edificios (lo que era entonces la ciudad de México); y en la esquina superior derecha se impone la silueta del Iztaccíhuatl, “la mujer dormida”. Alguien se atreve a interrumpirlo en su lectura de esa vista de la ciudad para pedirle un autógrafo, y él lo hace del modo acostumbrado: “Good luck, Bobby Chartlon”. La palabra “suerte” acompaña a este hombre que en ese entonces tenía 62 años de edad, hoy 80.

Luego de un rato los fotógrafos le ofrecen un balón, y él lo toma con alegría. Enseguida le piden que lleve a los pies el esférico, y él lo deja caer hasta el zapato derecho y lo controla unos segundos, en recuerdo de una antigua convivencia.

A la hora de la conversación, el reparto de folletería y las explicaciones fijan el tema principal, aunque hay la opción de bordear las ramas de la biografía del que es considerado el mayor futbolista inglés de todos los tiempos. Como Charlton se dedicaba a viajar convenciendo al mundo de que Inglaterra sería la sede perfecta para la Copa del Mundo del 2006, tenía ya algunas frases pulidas.

—Estamos listos, tenemos en buenas condiciones nuestros estadios… Podríamos comenzar el Mundial mañana mismo.

Aunque se da espacio para la improvisación con aires locales:

—Los ingleses amamos el futbol casi tanto como los mexicanos.

O para la poesía… A propósito de los trabajos de remodelación del legendario estadio inglés, dice:

—El viejo Wembley ya estaba cansado.

Inglaterra no era la única sede en campaña; estaban los alemanes, por ejemplo, que acabaron ganando, y llevaban el estandarte del kaiser Franz Beckenbauer. El duelo Inglaterra-Alemania repetía tal vez aquella final en 1966; y también, el dramático partido reciente entre el Manchester United y el Bayern Munich, por la Copa de Campeones. En ambos encuentros, la victoria fue para los ingleses. “Hay entre Beckenbauer y yo una rivalidad de amigos”, aclara.

—Se habló mucho de que el arbitraje en 1966 ayudó a los ingleses para que se coronaran…

—Fuimos favorecidos porque éramos el mejor equipo —interrumpe, cuando la pregunta apenas empieza a ser formulada.

Luego sigue:

—Dos años antes de 1966 nadie pudo ganarle a la selección de Inglaterra, y por supuesto éramos favoritos por ser el mejor equipo. Sí, se dice que los árbitros fueron amables con Inglaterra, especialmente por el tercer gol de la final… Los ingleses siempre decimos que deben aceptarse las decisiones de los árbitros; nosotros lo hacemos, los alemanes no. Aquí en México, cuando Maradona usó la mano para anotar, ningún jugador inglés se quejó al respecto. Nosotros olvidamos y aceptamos esas decisiones. Lo que no acepto es que se diga que Inglaterra no merecía ganar en 66; las decisiones de los árbitros quedan fuera de esto, y definitivamente pienso que sí lo merecíamos.

—¿Qué imágenes lo acompañan en su vida actual? ¿Está presente el recuerdo del avionazo de 1958 en Munich?

—Como resumen de mi vida, diría que he tenido mucha suerte. La tuve en el avionazo de Munich: salí ileso, estaba en un buen club, llegué al equipo nacional con otros buenos jugadores, ganamos… Todo es cuestión de suerte. Amo el futbol y en todos los sentidos, no sólo por jugarlo: como entrenador, como directivo, como presidente de esta campaña hacia el 2006. Todo lo que tiene que ver con el futbol me apasiona. Y mientras más suerte tengo, me siento más obligado a compartir con los otros ese gusto, porque quiero que los jóvenes en el futuro tengan el mismo sentimiento que tengo yo para con este deporte. El argentino Alfredo Di Stéfano me dijo una vez: “Salté de un puente a la parte de arriba de un tren… Ese tren lo construyeron los ingleses, y me llevó a un estadio, donde me pude brincar la reja para entrar gratis”. Di Stéfano fue uno de esos hombres que viven para el futbol. De joven no tenía dinero, como no lo tenían Eusebio o Pelé…

—Su propio padre era minero, sir Bobby…

—El futbol está lleno de gente que empezó sin nada y ahora tiene algo. Yo soy uno de esos.

 

Alejandro Toledo
Escritor. Su más reciente publicación es: Francisco Tario. Antología.

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En esta entrevista Sergio Pitol habla, con aire crepuscular, de sus 70 años, una época de intenso trabajo, pero también del comienzo de la enfermedad. En las siguientes líneas, el autor de clásicos como El arte de la fuga evoca su complicada infancia y hace un breve pero lúcido repaso de su escritura.

Fue arduo para Sergio Pitol llegar a los 70 años de edad. Cuando, en el 2002, le recordaron que se acercaba esa fecha, le pareció muy bien. No hubo crisis ni nada parecido. El primer semestre de espera fue provechoso: viajes a Europa, escritura… Luego vinieron las tribulaciones: un manuscrito extraviado, algunas enfermedades… Se recuperaba entonces, cuando se realizó esta entrevista (en el restaurante del hotel María Cristina), de una novela que, sentía, le traía mala suerte, El triunfo de las mujeres, aún inacabada, y daba los últimos toques a El mago de Viena, en la que el personaje no es Sigmund Freud (como podría inferirse por el título) sino un chamán coyoacanense que vive en la calle Viena. Preparaba, además, la edición de su obra reunida, que empezó a aparecer a partir de 2003 en el Fondo de Cultura Económica.

No le fue fácil, en verdad, llegar a los 70 años. “Aquí estoy”, dijo esa tarde. “Y no me siento mal.”

En manos de un narrador, la historia de esos doce meses se volvió un relato que tuvo el colofón de las imágenes fundadoras. Para darle continuidad al texto, omito las preguntas.

La novela esquiva

Sé que cumplir 70 años es llegar a una edad de viejo, una edad a la que muchísima gente no llega. Trabajo mucho, en traducciones, ensayos y novelas, y estoy siempre luchando con el tiempo. Pero esta cercanía de los 70 años sí ha sido fuerte. El primer semestre estuve en Europa. Me encerré tres meses en Sitges, un pueblo cercano a Barcelona, frente al mar: llegué ahí con la intención de trabajar en El mago de Viena, cruce de caminos entre la crónica, el ensayo y la narración, un poco al modo de El arte de la fuga y El viaje. Fue una época terrible de tormentas y borrascas, fríos y aguaceros, de tal manera que no podía salir de la casa en la que me hospedaba. Tenía un departamento con sistema de hotel, y no debía preocuparme de nada en cuanto la comida o el aseo.
La primera noche empecé a escribir una suerte de crónica sobre El triunfo de las mujeres, una novela que he perseguido desde hace veinte años y cuyo germen está en Juegos florales, mi segundo trabajo novelístico. Siempre he pensado retomar esa cápsula narrativa, ese esquema, para escribir un libro sobre el siglo XIX. Y me puse a contar cómo esa novela se me ha ido desbaratando, cómo a los personajes los he ido incluyendo en otras narraciones… Me acosté tardísimo, y al otro día quise pasar el manuscrito a máquina (pues no conozco todavía los nuevos métodos de escritura) y en el proceso me di cuenta de que lo que me había atado todos esos años ya estaba de algún modo resuelto en el bosquejo escrito durante la noche. Hice a un lado El mago de Viena y me dediqué durante tres meses, de sol a sol, a El triunfo de las mujeres hasta tener un original de más de 70 cuartillas.

Luego realicé algunos viajes por Europa: Alemania, Praga… Todavía por las mañanas seguía con la novela. Fui a Sitges a recoger mis cosas y me detuve unas semanas en Madrid para dar un cursillo. Al llegar a México me di cuenta de que había perdido el original de El triunfo de las mujeres… y estuvo perdido durante más de un mes, hasta que lo encontramos en un hotel de Madrid. Un amigo mexicano me hizo el favor de recoger esas cuartillas y me las mandó por un servicio de mensajería. Mas el paquete se extravió, y fue localizado muchas semanas después en algún país de Asia. La espera fue para mí un golpe brutal, de mucho nervio.

Obras completas (y otros textos)

Por fortuna, llegó la invitación del Fondo de Cultura Económica para reunir mi obra, y me puse a trabajar en ello, lo que significó corregir los libros para dejar versiones ya definitivas y agregarles prólogos extensos sobre las circunstancias de la escritura. Abandoné así El triunfo de las mujeres, y volví luego a El mago de Viena, en lo que estoy ahora. Quizá en unos meses retome El triunfo, o tal vez solo concluya esa crónica de la novela que se me escapa, y a El triunfo lo deje por la paz. Siento que ese libro me trae mala suerte. Después de esto me vinieron de golpe las enfermedades de la vejez. Tuve pésima salud. Estaba yo muy angustiado. Sentía que no iba a llegar a los 70. Pero ya salí.

Como El arte de la fuga y El viaje, El mago de Viena está compuesto por ensayos que se vuelven narraciones, o narraciones que se vuelven crónicas autobiográficas: están mezcladas vida, literatura e invención. Es una escritura heterodoxa. Es el modo de escribir en el que me siento como pez en el agua.

La orfandad

Claro, cumplir 70 años lo hace uno volver en la memoria a la infancia. Nací, por casualidad en Puebla, el 18 de marzo de 1933, en un viaje de mi madre. Me adelanté. Soy de familia veracruzana. Mi niñez la pasé en el ingenio de Potrero, cerca de Córdoba. Antes de los cinco años murió mi padre por enfermedad, y poco después mi madre por accidente: estaba nadando en un río con amigos y amigas, y cayó en una poza muy peligrosa que tenía remolinos. También falleció, luego, una hermanita mía pequeñísima, de dos años y medio o algo así. Durante mucho tiempo tuve una negrura, una falta de recuerdos, bloquée muchas cosas. Quedamos, como sobrevivientes, mi hermano Ángel y yo, pero las familias decidieron separarnos: que mi hermano mayor fuera con la familia de mi padre, y yo me quedara con la familia de mi madre. Dos años después vieron que eso no funcionaba y que debíamos estar reunidos. Ese tiempo que pasé en casa de la abuela debió haber sido muy triste. De ese periodo tengo poquísimos recuerdos.

De mi padre casi no tengo memoria. De mi madre conservo algunas imágenes muy bellas. Por ejemplo: estoy jugando y veo a la distancia una figura femenina que me hace señales, corro hacia ella y es mi madre.

Hace unos cuantos años hice una prueba de hipnotismo con un psicólogo formidable, y salieron muchas cosas: pude entender, con ese retroceso, con ese viaje hasta la muerte de mi madre, muchas circunstancias de mi vida. En esa sesión salieron al principio imágenes sueltas y sin trascendencia. El psicólogo me exigía ir a un recuerdo importante de mi vida, y yo me decía: esto que está pasando frente a mí es de una trivialidad absoluta, eran cosas de cinco o diez años atrás, sin orden cronológico, salteadas. Hasta que llegué a esta escena, que se quedó suspendida por unos segundos como en una pantalla cinematográfica: estaba en una terraza con mi hermano, sentados ambos en el suelo y con pantaloncitos cortos de niño, y había palomares. De pronto la escena adquirió movimiento: volaron las palomas muy cerca de nosotros y pasó por ahí una vieja criada. Conversábamos mi hermano y yo, y a ratos yo lloraba. Recordé, así, que al morir mi madre nos habían llevado a casa de unos amigos de la familia, en un pueblo que se llama Atoyac, para alejarnos del funeral y para que no viéramos su cadáver, y nos tuvieron ahí en lo que duró el novenario. La escena, entonces, era del día en que murió mi madre.

En la hipnosis, ya no veía las imágenes: todo estaba en mí, era yo el niño de cinco o seis años que estaba en esa casa con un terror absoluto.

Esa memoria recobrada me llevó a darme cuenta que esos años, o esa escena en particular, rigen mi vida: nace ahí el sentimiento de acorazamiento, de defensa ante los accidentes de la vida, la necesidad de moverme (si me siento feliz en un lugar o en una forma literaria busco otro reto y salto), las estancias prolongadas en otros países, y otras cosas más. Parte de esa recuperación de los recuerdos está en un libro mío que se llama El arte de la fuga, acaso el más importante de mi vida.

 

Alejandro Toledo
Coautor del volumen Literatura de la historia ilustrada de México que coordina Enrique Florescano; y autor de Universo Francisco Tario.

Texto publicado originalmente en 2003 y reproducido con autorización del autor.

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Este año, la editorial Dosfilos de Zacatecas pondrá en circulación el libro Instantáneas de las beatlemanía y otros apuntes de música y cultura, del que presentamos aquí un fragmento.

sargento-pimienta

En otro espacio (físico y temporal), atreví la siguiente propuesta: en un terreno heterodoxo, es posible comparar vida y obra del escritor irlandés James Joyce con la historia y las grabaciones de Los Beatles. Uno y los otros vienen de una ciudad periférica de Londres (Dublín y Liverpool) atravesada por un río (el Liffey o el Mersey). Tanto Joyce como John Lennon y Paul McCartney sufrieron la pérdida temprana de la madre, que en el caso del narrador se vuelve ese grito angustioso del personaje Stephen Dedalus (alter ego de Joyce): “Madre, déjame ser, déjame vivir”; y en Lennon suena de esta manera: “Madre, tú me tuviste pero yo nunca te tuve”. Las primeras creaciones de uno y los otros son sencillas y melodiosas (como los cuentos de Dublineses o incluso Retrato del artista adolescente), y emprenden luego un camino experimental: el Sargento Pimienta es el Ulises de Los Beatles; y el álbum blanco es su Finnegans Wake.

El Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (aparecido oficialmente el 1 de junio de 1967) es una de esas piezas culturales que siempre están ahí. Por lo mismo, resulta difícil ponerse en situación de escucha inocente, e ir al álbum o disco de larga duración (como se decía en la era anterior al disco compacto o la descarga digital) y oírlo como si fuera la primera vez. Habría que retroceder de forma imaginaria cinco décadas y pensar el universo como entonces se concebía; y recoger algunas de las piezas que parecieron configurar esos locos años sesenta.

Cada país tuvo sus razones para enloquecer, pero en Inglaterra la debacle del partido político conservador (al descubrirse en sus filas un escándalo sexual con ecos internacionales) fue inversamente proporcional al surgimiento de la beatlemanía. La inesperada permisividad conservadora, oculta hasta el año 63 y puesta en evidencia por el “caso Profumo”, pareció la señal de arranque de un tiempo en que todo, o casi todo, fue experimentado. El ocaso de los políticos al viejo estilo provocó que se buscaran nuevos asideros, y Los Beatles fueron uno de los focos de esa revolución de las costumbres que designó a Wonder-London como capital espiritual… aunque de ella hayan sido, de algún modo, expulsados, por el tráfago de las giras musicales internacionales en que estuvieron metidos de comienzos de 1964 al 29 de agosto 1966, fecha de su concierto en el Candlestick Park de San Francisco, el último del cuarteto.

Liverpool ya no era el puerto de arribo de esos muchachos norteños, sino Londres. Y a su regreso la ciudad había cambiado. En el UFO se presentaba, en noches memorables, Pink Floyd, con su combinación de juego de luces, proyecciones de filmes vanguardistas y eternas improvisaciones musicales. Syd Barrett & Friends, entre otros celebrantes del underground, proporcionaban la base sonora para los prolongados vuelos interestelares de marihuana y ácido lisérgico de sus seguidores. La psicodelia estaba ahí.

Entre gira y gira, Los Beatles habían intentando avanzar. De su arranque tumultuoso con canciones sencillas y pegajosas, llegaron un punto en el que tuvieron que pedir ayuda (Help!, 1965) por sentir que ahí, solos en los estadios (“un andar solitario entre la gente”, diría el poeta), se convertían en loros absurdos, para entregarse luego (en sus pocos ratos libres en el avión o en el cuarto de hotel) a creaciones que señalaban nuevos rumbos para su música. Una cosa por la otra: la popularidad inesperada y mundial les creó cárceles personales pero también grandes espacios de libertad, en donde no era la disquera la que mandaba sino ellos, los músicos. Y su madurez se manifiesta tanto en Rubber Soul (1965) como en Revolver (1966), en piezas como “Nowhere Man”, con una letra compleja, abstracta, que sigue pareciendo rara y hermosa hoy en día; o “Norwegian Wood”, en la que George Harrison introduce la sitar, por mencionar sólo un par de casos.

Para el crítico musical argentino Diego Fischerman, Los Beatles fueron un fenómeno anfibio. Esto se debió en gran parte al “espíritu de época imperante” —un espíritu de época en buena medida modelado por ellos— y, en parte, también, “por la tensión con sus propios orígenes culturales y sus limitaciones técnicas”. Sigue Fischerman: “Al mismo tiempo que conquistaban una popularidad y un nivel de influencia en la vida social gigantescos, experimentaban musicalmente. Mientras sus canciones seguían bailándose, pasándose por la radio y vendiendo millones de unidades, desarrollaban un nivel de sutileza y detallismo en la composición totalmente inéditos en la música pop”.

Y el Sargento Pimienta venía en camino. Un aviso de la frecuencia en que andaban apareció el 13 de febrero de 1967 con un sencillo que no tenía nada de sencillo, porque de un lado traía “Strawberry Fields Forever” y del otro “Penny Lane”, como asomos contrapuestos a la infancia por parte de John Lennon y Paul McCartney. Ahí se podía ver quiénes eran entonces los cambiantes Beatles, siempre un paso delante de los otros grupos, aunque esas canciones no aparecerían finalmente en el acetato en el que empezaban a trabajar, y que les llevó cuatro meses y costó en la hechura casi 50 mil libras, contra las 13 horas continuas de grabación y un costo de apenas 400 libras de Please Please Me, su primer elepé.

Uno de los pocos que extrañaba las giras y los conciertos masivos era Paul McCartney, encantado siempre de figurar. Se le ocurrió, entonces, que si no iban a hacer presentaciones públicas habría modo de realizarlas imaginariamente; y pensó en un grupo, la Banda del Club de los Corazones Solitarios del Sargento Pimienta, y en un una rúbrica a propósito que funcionara como hilo conductor (o leitmotiv) del disco. El concierto, diríamos ahora, sería virtual. Por ahí también surgió su idea de un viaje “mágico y misterioso”, que sería el proyecto siguiente.

La costumbre era que los discos fueran meras colecciones de canciones. Por Los Beatles, el álbum empezó a desplazar a los sencillos (con dos tracks) o extendidos (o EP’s, de cuatro canciones), más baratos y más populares. Con el Sargento Pimienta, el valor estimativo del long play crecerá, porque no era ya sólo una acumulación de piezas sino que había un concepto, éste de la gira imaginaria, que todo lo ataba.

Variaron también su forma de grabar. En los descansos de los viajes habían ido adentrándose poco a poco en los procesos del estudio, y ya para 1967 tenían dominadas las consolas, e incluso no era necesario que todos tuvieran que estar al mismo tiempo en la cabina: se trabajaba la pista de un instrumento, se montaba la otra, cada cual desarrollaba una idea y luego pedía apoyo de los otros, “siempre ansiosos por atravesar fronteras, por averiguar qué sucedía si tocaban ese instrumento en aquel cuarto con la cinta al revés y sin hacer caso de todas las ideas preconcebidas” (John Robertson)… Eran cuatro individualidades en un ejercicio común, aunque el que menos disfrutó el laboratorio fue Ringo Starr, por lo regular poco creativo en solitario (mas uno de los mejores bateristas del rock); y el que concentraba e interpretaba técnicamente las ideas era el productor George Martin.

Con intensas jornadas en el estudio y largas noches de juerga en el alocado Londres, así se fue cocinando el Sargento Pimienta. En paralelo, con similares rutinas pero en el estudio de grabación contiguo, preparaba Pink Floyd su disco debut en tono naturalmente psicodélico, The Piper at the Gates of Dawn, que incluso comparte con el Sargento Pimienta algunos ruidos incidentales, proporcionados por el ingeniero de sonido Norman Smith, que venía de trabajar con Los Beatles y fungió como productor de Pink Floyd. Considérense ambas grabaciones, en tal caso, dos joyas del año 67, y cuyos complementos naturales (también poderosos, con su dosis de viagra que son la remasterización, la digitalización y lo que venga) serían acaso Their Satanic Majesties Request, de Los Rolling Stones (que no es su mejor disco) y Are you Experienced?, de The Jimi Hendrix Experience… Este último guitarrista, por cierto, interpretó la rúbrica del Sargento en vivo días después del lanzamiento del álbum, como primer tributo al octavo elepé del cuarteto de Liverpool.

La excepcionalidad de esos otros títulos no resta nada al Sargento Pimienta, que se ubica precisamente en el centro de ese laberinto. Impactaba el disco desde que lo tenía el comprador entre las manos, por la cubierta diseñada por el artista pop Peter Blake en la que se veían sesenta y dos rostros (según cuentas de Peter Brown y Steven Gaines), fruto de una sesión fotográfica que se llevó a cabo el 30 de marzo de 1967… aunque no fue, esa jornada, como la que aparece en el video del sencillo “Free as a Bird” (con las celebridades yendo de aquí para allá), pues las únicas figuras vivientes eran John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr, y las personalidades (Mae West, Lenny Bruce, Edgar Allan Poe, Bob Dylan, Oscar Wilde o Gandhi, entre muchos otros), estaban ahí en inmutables ampliaciones fotográficas; había también representaciones en cera de los primeros Beatles.

Una novedad fue la inclusión de las letras en la contratapa; otra es que pese a no ser álbum doble se abría como cuaderno. En la funda se encontraba un cartón ilustrado recortable con un retrato del mismísimo Sargento Pimienta, los cuatro miembros de su banda perfectamente uniformados, un par de insignias, un bigote y dos estampas circulares más.

Es decir, podía uno entretenerse un rato antes de colocar el acetato en la tornamesa, que era el momento en que los sentidos comenzaban a ampliarse. Ese instante de la primera lectura de obras definitivas, el primer vistazo a una cinta clásica o la vez primera que se escucha un gran disco, es inigualable. Lo que sigue, entonces, es ir conociendo esa creación, habitar temporadas en ella y familiarizarse con el entorno para comprobar su resistencia, percepciones que acaso se sostienen por el asombro inicial, que se aleja. Aunque para Gustave Flaubert el buen lector es un re-lector; y el Sargento Pimienta es una de esas grabaciones que cada vez que se escuchan parece como si se tratara del primer encuentro, sí, pero con algo ya conocido y disfrutado.

La aguja está en el surco. ¿Qué se escucha? Murmullos en la sala de conciertos, los músicos afinan… y arranca la rúbrica: “It was twenty years ago today/ Sgt. Pepper taught the band to play…”. Veinte años atrás, sí, cuando el fin de la Segunda Guerra Mundial, que fue el escenario bélico en que se desarrolló la infancia de todos ellos. Sigue “With a Little Help from my Friends”, canción de Lennon & McCartney compuesta para que fuera cantada por Ringo (en su papel de Billy Shears), y que es un comienzo amable que antecede a la discutida y celebrada “Lucy in the Sky with Diamonds”, de Lennon, deslumbrante viaje lisérgico en árboles de mandarina y cielos de mermelada… aunque Lennon asegurara que las iniciales del LSD no fueron puestas a propósito, y que la canción nació de un dibujo de Julian, su hijo, en el que aparecía Lucy en un cielo de diamantes, y no de una intoxicación alucinatoria, por cierto usuales en aquel año… como la que tuvo en plenas grabaciones, cuando fue llevado por George Martin a la azotea para que se refrescara, sin saber que en esas condiciones era riesgoso exponer al Beatle a las alturas, pues era capaz de hacer cualquier tontería.

Viene luego un suave combo macartniano con “Getting Better”, “Fixing a Hole” y “She’s Leaving Home”; y, para cerrar el lado A, “Being for the Benefit of Mr. Kite”, definitivamente con la firma de Lennon, y que es la lectura en verso del cartel de un circo.

Los equilibrios, así, se marcan por los riesgos que corre John Lennon (al que le gustaban los disparates literarios ingeniosos al estilo Lewis Carroll o James Joyce y la locura musical) y los suaves apoyos melódicos de Paul McCartney… Al cambiar de lado, se muestran la sitar y el hinduismo militante de George Harrison con “Within You Without You”, la única pieza de su autoría que logró colar al Sargento Pimienta… que se atempera con otro adorable par de McCartney integrado por “When I´m Sixty-Four” y “Lovely Rita”, y el freno intempestivo de Lennon con “Good morning, good morning”, a partir ya no de un cartel de circo sino de un comercial de cereales y en donde se escucha un coro zoológico (acaso debido al Pet Sounds de The Beach Boys, editado en 1966) que parece anticipar al Animals (1977) de Pink Floyd.

La rúbrica de la Banda del Club de los Corazones Solitarios cierra aparentemente el álbum, para dar la impresión de circularidad; cierra lo anterior y abre el camino, con acordes de guitarra in crescendo, para “A Day in the Life”, octava maravilla, “el mejor esfuerzo de colaboración entre Lennon y McCartney” (John Robertson dixit), uno de esos momentos en que se comprende por qué José Agustín insiste en considerar al rock como la nueva música clásica. De dos canciones incompletas nace esta pieza maestra, con la dupla de compositores llevando, cada cual en su parte, la voz cantante. Los equilibrios, de nuevo, se cumplen con dos actitudes quizá opuestas pero a la vez complementarias; están fundidos ahí por un lado el vanguardismo de McCartney más cercano al de Stockhausen; y por otro el de Lennon, al de John Cage, como apunta Diego Fischerman… lectura ésta de vanguardia que se comprueba al escuchar el extra que viene después de “A Day in The Life”: un parloteo inentendible que se corta (o cortaba) con el brusco elevarse de la palanca en la tornamesa, y que provoca (o provocaba) un álgido desconcierto.

Antes de esto, la frase final de “A Day in The Life” causó entonces inquietudes múltiples, al grado de que la canción fue prohibida en la radio: “I’d love to turn you on”, es decir: “Me encantaría excitarte”.

Así, con esa expresión clara del deseo, la banda se despide.

 

Alejandro Toledo
Coautor del volumen Literatura de la Historia ilustrada de México que coordina Enrique Florescano; y autor de Universo Francisco Tario.

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neblina

Cristina Rivera Garza
Había mucha neblina o humo o no sé qué
Literatura Random House
Ciudad de México, 2016
248 pp.


Es cierto que a ratos a la sociedad literaria mexicana le da por convertir a Juan Rulfo (1917-1986) en una especie de costal en el que se practican golpes de maledicencia. Como a Cervantes, a quien se le llamó “ingenio lego”, de Rulfo suelen afirmarse sus incapacidades para concluir sus obras, sobre todo Pedro Páramo. Según aquello que José Emilio Pacheco describió como una “administrativa calumnia” (en su Inventario del 1 de agosto de 1977), para dar forma final a la novela Rulfo requirió del apoyo de Juan José Arreola o Alí Chumacero o Antonio Alatorre… Igualmente se ha hablado de la influencia que en él tuvo Efrén Hernández, y que luego de su fallecimiento no pudo seguir escribiendo (porque era quien le revisaba sus originales); y el mismo Rulfo contribuyó a ese mito raro de su ineptitud creadora al asegurar que había dejado la literatura porque se le murió el tío Celerino, que era el que le contaba todas esas historias.

En cuanto a Cervantes, como recuerda Francisco Ayala, corre la “vulgarizada tesis según la cual el autor del Quijote habría sido un pobre hombre, genio inconsciente sin capacidad para percatarse de la especie de criatura que engendraba”. Entiende el cervantista que lo portentoso suele identificarse con lo sagrado, por lo que puede atribuirse la creación de esa gran novela —o mejor, su revelación— a circunstancias de milagro, “entre ellas la que da esa revelación por cumplida a través de un inocente, ajeno al valor sublime que le era confiado”.

De un modo similar ha sido visto Juan Rulfo como un inocente… y aunque las exploraciones en su vida y sus libros derrumben esos mitos, aparecen otros para oscurecer su figura, acaso por lo que dije al comienzo: que a ratos a la sociedad literaria mexicana le da por convertir a Juan Rulfo en una especie de costal en el que se practican golpes de maledicencia.

Había mucha neblina o humo o no sé qué, de Cristina Rivera Garza, tira algunos jabs que no dan en el blanco. En el primero incluso oculta el guante al hacer la denuncia de un modo indirecto y con recursos melodramáticos; es cuando la autora se apersona en San Juan Luvina, Oaxaca (sitio lejano a la geografía rulfiana, con la sola coincidencia del nombre de unos de los relatos de El Llano en llamas), y encuentra a una mujer, Felipa Reynalda Bautista Jiménez, quien así reacciona al oír el nombre del escritor: “Claro que lo conocía. Era ese señor que había dicho muchas mentiras del lugar donde ella vivía, ¿no era así?” (p. 17).

Buscar a Rulfo en Luvina, Oaxaca, y no en el cuento “Luvina”, de El Llano en llamas, ya implica una confusión entre el mapa y el libro, como si el GPS de Rivera Garza se hubiera desprogramado. El reclamo, además, busca conmover a las almas puras: Rulfo mintió, lo hizo al retratar Luvina.

Algo parecido ocurrirá páginas más adelante, cuando se indague en el tiempo en que Rulfo trabajó como asesor para la Comisión del Papaloapan, cuando la asistente de un archivista (sic) suelte a quemarropa (“sin ningún asomo de alevosía o de sarcasmo”): “¿Usted quiere ver las fotos del que ayudó al desalojo de los indios en el Papaloapan?” (p. 119).

Hay todo un capítulo, el tercero (“Angelus novus sobre el Papaloapan”), dedicado a este tema. Parece tratarse de algo muy grave. Rivera Garza cree, con Ricardo Piglia, que puede contarse la vida de un artista según los oficios que ha tenido, sus formas de ganarse el pan. Con esto volveríamos a Sainte-Beuve, quien buscaba integridad en los escritores: que sus obras literarias estuvieran en concordancia con un modo de vida recto… Por eso Sainte-Beuve (como refiere Proust en su célebre alegato) rechazaba a Baudelaire o Nerval, sus contemporáneos, porque no estaba de acuerdo en la manera como ordenaron (o desordenaron) su existencia.

Con Rulfo se trata de investigarlo, con ojo judicial, en las chambas que tuvo. Y sancionarlo al contraponer esos trabajos con el discurso crítico que se adivina en su narrativa. No se piensa en los apuros del paterfamilias por equilibrar sus finanzas, sino en el intelectual que debe actuar conforme a sus principios. ¿Fue agente de ventas para la llantera Goodrich Euzkadi? Mal, muy mal, por ser empleado de una empresa que veía a la República mexicana como un largo camino de asfalto. ¿Fue promotor de esa comisión gubernamental que transformó una zona del país con afanes modernizadores? Peor aún, porque en el proceso se arrasó con muchos pueblos. ¿Trabajó para el Instituto Nacional Indigenista? Tache, cómplice de los gobiernos priistas. ¿Fue becario del Centro Mexicano de Escritores, en donde terminó su libro de cuentos y la novela? Huy, esa institución recibía apoyo de la CIA. (Por lo que todos los que pasamos por ahí, incluida la propia Rivera Garza, somos ya, desde ahora, sospechosos comunes e incluso se nos podría acusar de traición a la patria.)

No exagero. En cuanto a la Comisión del Papaloapan “se trataba de legitimar un proyecto monumental y caro”; y se contrató “a ese escritor que acababa de publicar un par de libros bien recibidos por la prensa y que justo terminaba un periodo de dos años como becario en el Centro Mexicano de Escritores. Juan Rulfo, la creciente reputación de Juan Rulfo, tendría que dar fe del cambio” (p. 118).

Es ingenuo pensar en una creciente reputación literaria de Rulfo en aquella época. Cuando reseña Pedro Páramo, Alí Chumacero valora “la primera novela de nuestro joven escritor” (Revista de la Universidad, abril de 1955). Rulfo era sólo eso, un principiante, alguien que daba sus primeros pasos en las letras; y dudo que el astuto gobierno alemanista fuera en su busca para legitimar uno de sus proyectos más significativos.

El Rulfo de Rivera Garza, su Rulfo, es un “agente de la más pura modernidad de mediados del siglo” y la ensayista apunta hacia lo que considera como un ambivalente punto de vista (el choque entre obra y vida) del que “ve con melancolía hacia atrás y actúa, al mismo tiempo, a favor de los vientos del progreso” (p. 136).

Según el diagnóstico casi judicial de Rivera Garza, poco puede hacerse por el pobre Rulfo: “Empleado por los empresarios y la burocracia estatal de la más activa modernidad de medio siglo, Rulfo acudió a esos sitios, y lo constató todo. Habría un mundo atrás, en efecto, desapareciendo bajo los embates de presas y nuevos cultivos, sistemas de riego y corrupción, y había un mundo adelante, hacia donde lo arrastraba el viento del que él mismo formaba parte, que se negaba a ver de frente. Ése era el mundo que él mismo, en esos empleos, contribuyó a construir. Ése era el mundo que, detrás de los reflectores, al amparo del INI, contribuyó a develar para la nación a través de la edición y la publicación de libros antropológicos y etnográficos. Ése era el mundo ante el cual, al menos literariamente, guardó silencio” (p. 139).

Vuelvo al símil boxístico y veo aquí a un retador que salta al cuadrilátero y tira golpes no al oponente sino a su sombra, y no a la sombra real sino a una algo difusa que el mismo púgil ha imaginado. Así gasta su energía; pero no da pelea. Pocos entienden su estrategia; y se derrumbará a medio combate por agotamiento. Se juzga, en tal caso, un proyecto de gobierno y se le pone el rostro de uno de sus empleados más humildes y discretos, como si Rulfo hubiera sido el urdidor de todo, la eminencia gris del alemanismo. Y para denunciarlo (Rulfo mentiroso, Rulfo malvado, Rulfo cómplice, Rulfo traidor, Rulfo canalla) la herramienta mayor es una prosa que se empantana en el giro telenovelero.

Un libro que no va a ningún lado, o que tiende a decir nada cuando parece querer decirlo todo, se recupera en sus últimas páginas, cuando se examina a los personajes femeninos en la obra de Rulfo: “Es claro que las ánimas que se pasean por Comala purgando culpas y murmurando historias son ánimas sexuadas. Al contrario del dios al que increpa Susana San Juan en uno de sus ardientes monólogos, a Rulfo no sólo le interesan las almas, sino más bien, acaso sobre todo, los cuerpos: las marcas de esos cuerpos, las interacciones de esos cuerpos, las transgresiones de esos cuerpos” (p. 153).

Ése es el libro que debió escribir Cristina Rivera Garza, ahí es donde la autora se mueve en un territorio que le es propicio y en el que consigue notables hallazgos interpretativos… Pero antes se desvió, tomó el freeway equivocado hasta terminar en un callejón sin salida, quizá porque había mucha neblina o humo o no sé qué.

 

Alejandro Toledo
Escritor. Editor de las obras completas de Efrén Hernández y Francisco Tario. De este último autor publicó recientemente una antología en Cal y arena.

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prensa

Yanna Haddaty Mora
Prensa y literatura para la revolución.
La Novela Semanal de
El Universal Ilustrado
UNAM/El Universal
México, 2016


Como una suerte de acto reflejo, luego de la lectura de la investigación de Yanna Hadatty Mora en torno a La Novela Semanal de El Universal Ilustrado acudí a mis libreros con el afán de encontrar restos de esa empresa periodístico-literaria de los años veinte del siglo pasado. Me preguntaba qué había sobrevivido de aquellos materiales que publicó, hace ya casi cien años (pues estamos por arribar a los veinte del siglo XXI), el editor Carlos Noriega Hope; y me pareció que una biblioteca personal como la mía, en gran parte dedicada a la literatura mexicana, aun con su modestia (o sus limitaciones) podía dar un diagnóstico aproximado en cuanto a la resistencia de las novelas cortas que ahí se generaron. ¿Cuántos textos salvaron el paso del tiempo? “El olvido es más tenaz que la memoria”, concluye Salvador Elizondo en Farabeuf. ¿Qué títulos, de los aparecidos en La Novela Semanal, fueron más tenaces que el olvido?

Uno sabe más o menos lo que tiene; uno se mueve por sus libros guiado por el orden alfabético, regularmente inevitable (aunque el desorden también tiene su lógica), y además por la memoria. Así llegué muy rápido al tomo de Obras de Gilberto Owen, que publicó el Fondo de Cultura Económica en 1979 (en el que participaron como recopiladores Josefina Procopio, Miguel Capistrán, Luis Mario Schneider e Inés Arreondo), en el que hallé, como primer texto de la sección dedicada a la prosa, “La llama fría”, narración fechada en México en 1925.

También se trataba de ponerse en situación de aquel que un jueves (el 6 de agosto de 1925, para ser exactos) compra su diario en el puesto de periódicos y acaso recibe, como bonus (o paga un extra por ello), una revista, El Universal Ilustrado, y con ella lo que hoy llamaríamos, acaso, una plaquette, de unas 30 páginas. El “suelto” literario viene ilustrado por Duhart… Estoy imaginando; habría que tener a la mano el par o el trío de impresos (periódico, revista y novela) para saber qué era o cómo era (cuánto pesaba, a qué olía) lo que recibía el lector de 1925; y habría que poseer una experiencia similar, en cuanto frecuentación de obras narrativas, para saber qué efectos ocasionaría ese relato amoroso frío, de un erotismo congelado pero llameante, de Gilberto Owen.

El arte no evoluciona, en el sentido darwiniano del término, pero sí se transforma. Lo que entonces llamaron literatura de vanguardia es hoy leído de otra manera, quizá con menos asombro. Cuando la gente iba entonces al cine, que era un lenguaje nuevo, se necesitaban puentes para preparar el cerebro a la experiencia, por lo que había en la sala relatores que describían lo que se desarrollaba en la pantalla, o músicos que daban ritmo y sentido a la vida fragmentada ahí expuesta. Había que aprender a ver el cine. ¿Cómo fue leída la historia de este joven protagonista que va en busca de la figura femenina que habitó sus húmedos sueños de infancia, a la que encuentra como una mujer más que madura?

Leemos, leyó (sentado en un café de chinos del centro de la ciudad) el lector de 1925: “Ernestina me va mostrando como a un médico su rostro marchito, su seno marchito, todo su cuerpo marchito, que ha desnudado para arrojarse al mar en un cansado salto sin gracia; nada silenciosamente, como una sirena envejecida que tomó un resfriado y perdió la voz; yo he crecido hasta la talla de Odiseo, y las algas me aprisionan, me retienen atado al mástil de la balsa; el viento marino trae sales que se pintaron de rojo en el crepúsculo, y me embadurna el cuerpo desnudo, disfrazándome de cardenal; Ernestina nada silenciosamente, como una sirena envejecida, en el mar sangriento”.

A estas alturas, o abismos, nos va llevando el libro de Yanna Haddaty. Somos, por un lado, quienes en 1925 compramos el diario y recibimos los jueves una revista y una novela. Somos, además, quienes casi cien años después absorbemos la historia de esa empresa periodístico-literaria y buscamos, como quien anda entre ruinas (y no en la hemeroteca sino en una biblioteca personal), lo que ha sobrevivido de esa historia. Ya tenemos un primer tesoro, que es “La llama fría”, de Gilberto Owen.

El prólogo de Alí Chumacero en el volumen de Obras de Owen no revista texto por texto, ofrece un paisaje amplio del autor; y da un dato que me parece relevante: Owen nació el 4 de febrero de 1904, por lo que (hace uno cuentas) el 6 de agosto de 1925, cuando aparece su nouvelle, tenía veintiún años cumplidos. Y dar espacio a las plumas jóvenes fue uno de los propósitos de Carlos Noriega Hope. En Gilberto Owen se cumplen la juventud y la novedad de la escritura.
Aunque pretenda una revisión imparcial de la colección literaria surgida de las páginas de El Universal, no es casual que en su libro Yanna Hadatty Mora se detenga sobre todo en las escrituras de vanguardia, que son, digamos, su tema personal, como queda claro al revisar, por ejemplo, La ciudad paroxista: prosa mexicana de vanguardia (2009). Y tampoco debe ser casual que de lo hallado a casi un siglo de distancia (aun en el espacio reducido de una biblioteca personal) sea eso precisamente lo que permanece.

Mi otra fuente para hallar restos de La Novela Semanal fue el tomo primero de la Antología de la narrativa mexicana del siglo XX (1989) de Christopher Domínguez Michael. Me asomé, claro, a la ficha de Owen, en donde se dice que fue éste quien impulsó hacia la prosa de ficción a sus compañeros de generación con La llama fría, que apareció en La Novela Semanal de El Universal Ilustrado. Domínguez antologa Novela como nube (1928), que está en sintonía con lo marcado por el primer ejercicio novelístico.

Y antes de Owen, están Arqueles Vela y La señorita Etcétera, novela corta también aparecida en la colección referida. Christopher define a Vela como “el gran artífice olvidado de la vanguardia mexicana y el más importante de sus prosistas”; y asegura que con La señorita Etcétera se inaugura nuestra prosa de vanguardia. Recuerda que fue publicada en el formato de La Novela Semanal y que “abrió el camino del gran público para la literatura radical”.

Si viajamos al pasado y somos, de nuevo, aquel que va al puesto de periódicos, esta vez el jueves 14 de diciembre de 1922, y adquiere el diario, nos detendremos en el retrato de Arqueles Vela realizado por Manuel Gálvez y en las ilustraciones de Cas en ese tomito inserto en El Universal Ilustrado. Y pararemos luego en los textos, que son dos: la ya citada noveleta y el relato “Los espejos de la voz”.

Yanna muestra su entusiasmo por esta aventura que es La señorita Etcétera, a la que nombra como “una desconcertante novela semanal”. Uno pensaría que para la especialista está ahí cifrado todo, es ahí donde se resuelve ese cruce de caminos entre un mundo antiguo, algo atrofiado por la guerra, y uno nuevo que se mueve entre rotativas, automóviles y tranvías, y donde ve uno caminar a las “pelonas”, estas chicas de corte de cabello masculino (con el peinado a la bob, que le llamaban) que proponen un modo nuevo de entender las cosas.

Leo, leyó entonces aquel hombre del pasado (otra vez en un café de chinos del centro de la ciudad, un jueves de diciembre): “Era feminista. En una peluquería elegante reuníase todos los días con sus ‘compañeras’. Su voz tenía el ruido telefónico del feminismo… Era sindicalista. Sus movimientos, sus ideas, sus caricias estaban sindicalizadas. Cuando le hablé de mis idealidades peregrinas, se rio sin coquetería. Azuzaba la necesidad de que las mujeres se revelaran, se rebelaran”.

Quizá no nos asombra la modernidad porque estamos instalados en ella. Pero hubo un tiempo en que la modernidad era novedosa. Y hubo quienes entendieron que la realidad estaba cambiando y usaron sus herramientas a la mano (en este caso las palabras) para dar testimonio de ello, transformando además las mismas herramientas. Se necesitaron nuevas formas de combinar las palabras para narrar el cambio. Y esa transición es la que retrata Yanna Hadatty Mora en su libro.

Diré por último que el mismo Carlos Noriega Hope, artífice de La Novela Semanal de El Universal ilustrado, también obtuvo esa pequeña inmortalidad que puede implicar aparecer en una antología, y en el libro de Christopher se incluye “Che Ferrati, inventor”, fechado erróneamente en 1929, cuando se publica, como bien informa Yanna, el 19 de abril de 1923. Un día jueves, ese jueves.

Una consecuencia lógica de este estudio sería una compilación de las novelas más significativas que aparecieron en La Novela Semanal, o una reedición académica del tomo antológico de 1969 realizado con ese afán por Francisco Monterde, quien juntó 18. ¿Valdrá la pena? ¿O podemos quedarnos, por ahora, con esas tres joyas sobrevivientes del naufragio del tiempo que son “La llama fría” de Owen, “La señorita Etcétera” de Vela y “Che Ferrati, inventor” de Noriega Hope, umbrales hacia una nueva escritura? Ya que no se tiene una colección completa de La Novela Semanal, ¿habrá en la hemeroteca algunos tesoros perdidos?

 

Alejandro Toledo
Coautor del volumen Literatura de la historia ilustrada de México que coordina Enrique Florescano; y autor de Universo Francisco Tario.

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Es la historia del más grande, el que en el cuadrilátero volaba como mariposa y picaba como avispa. En su vida social también puede ser aplicado ese viejo lugar común, pues el púgil a la vez que crecía en su carrera profesional fue madurando en sus convicciones religiosas y políticas. Así, pueden establecerse asociaciones: Mohammed Alí y los musulmanes; Cassius Clay y Malcom X, tan válidas como las que relacionan a esa figura legendaria con los peleadores Sonny Liston y Joe Frazer.

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La aparición del ex campeón del mundo de boxeo en el final del camino de la llama olímpica, en los Juegos Olímpicos de Atlanta en 1996, estremeció al mundo. En el Corriere della Sera se aseguraba: “Clay conmueve, pero la piedad por la enfermedad del gran púgil no apaga las controversias sobre su rechazo a hacer el servicio militar”. En La Republica, también de Italia, se leyó: “El más grande, el púgil que sobre el ring bailaba como una mariposa y picaba como una avispa pedía ayuda porque las llamas le estaban quemando el brazo. Pero en los Juegos, desnudo en su enfermedad, Mohammed Alí ha pegado duro, seguramente más que antes, al demostrar que hay aún cosas que hacen palpitar el corazón por algo distinto al miedo”.

La bicicleta robada

Una breve historia del más grande puede ser contada a partir de septiembre de 1954, en Louisville, Kentucky, cuando los hermanos Cassius y Rudolph —de diez y doce años de edad— vagaban desesperados por las calles buscando una bicicleta que les había sido robada. Alguien les aconsejó que visitaran al policía Joe Martin, que atendía el gimnasio Columbia en la parte sur de la calle 4. El rubio Martin escuchó ahí el cuento de las desgracias de los hermanos.

—Si agarró al tipo que me robó la bicicleta —sollozó el hermano mayor—, ¡le daré una paliza!

—¿Ustedes saben boxear? —preguntó Martin—. Los voy a ayudar de esa manera: enseñándoles a boxear.

También puede contarse la vida de Cassius Marcellus Clay II desde el viaje que hace a Roma en 1960 —con 18 años de edad—, como parte de la delegación de Estados Unidos a los Juegos Olímpicos. Medía 1:85 y pesaba 81.650 kilos. El moreno peso semicompleto despachó a Yvon Becaus, de Bélgica, y al soviético Gennadiy Shatkov, en sus dos primeras peleas. En semifinales se enfrentó a Tony Madigan, campeón australiano, en un encuentro difícil que conquistó por puntos. Los jueces sumaron, sobre todo, los jabs izquierdos que Clay incrustó en el rostro estupefacto de Madigan. La gran final ocurrió el 15 de septiembre de 1960 en el Palazzo dello Sport. Para abreviar, sólo hay que apuntar que el polaco Zbigniew Piertzkowski terminó con cortadas en torno a los ojos, la nariz y la boca.

Medalla de oro y humillación de color oscuro. Dice Alí que al regresar a su patria no le fue permitido entrar a un restaurante “por ser negro”. Entonces tomó la medalla y la arrojó al río.

Ocho rectos consecutivos

Otro posible inicio, el nacimiento de un campeón en pesos pesados. 25 de febrero de 1964. El salón de convenciones de Miami tiene, ocupados, 8,000 asientos. Sonny Liston aparece como el favorito, y está 8 a 1 en las apuestas. El sexto round es decisivo, pues en él Liston empieza a ser sacrificado. Clay le llegó a pegar ocho rectos consecutivos hasta que se dobló. El joven peleador pensaba: “Sí, viejo baboso. Intentas ser tan grande y tan malo”.

Vino el descanso, y cuando se marcaron los diez segundos de preparación para el séptimo round el campeón escupió el protector, y Cassius Clay saltó de gusto.

—¡Soy el rey, soy el rey, soy el más grande!

La historia, entonces, puede ser relatada de muchas maneras. ¿Cuándo comienza a vivir un hombre, cuando nace o cuando descubre los resortes ocultos de la vida? ¿Cuando asciende o cuando cae y se refugia en sí mismo? ¿Cuando decide oponerse a las injusticias establecidas?

Cassius Clay desapareció con el nacimiento del musulmán Mohammed Alí. Fue declarado oficialmente muerto cuando rechazó el reclutamiento para ir a la guerra de Vietnam en 1967. Volvió a la vida en sus combates con Joe Frazier y George Foreman, en 1970 y 1974.

Alí, el más grande. El rey.

 

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Los detalles de esta historia han sido ya referidos en diversas fuentes, e incluso hay un filme que recrea estos sucesos (Capote, Bennet Miller, 2005), en el que Philip Seymour Hoffman hace una inquietante personificación de Truman Capote (que mereció al actor un premio Oscar). Mucho de lo que sabemos se debe al dedicado biógrafo del escritor, Gerald Clarke. El comienzo es simple: la mañana del 16 de noviembre de 1959 Capote leyó el siguiente encabezado en la página 39 del New York Times: “Rico granjero y tres miembros de su familia asesinados”. Decía la nota: “Un adinerado agricultor, propietario de campos de trigo, su esposa y sus dos hijos han sido hallados muertos hoy en su casa. Les habían disparado a bocajarro con una escopeta después de ser atados y amordazados”.

Ahí vio Capote la semilla de un buen reportaje literario; y logró viajar a Kansas como enviado de The New Yorker, semanario en el que colaboraba. Convenció a su amiga Harper Lee, entonces autora inédita, para que lo acompañara. Entre tanto, los asesinos de la familia Clutter, Dick Hickock y Perry Smith, fueron arrestados el 30 de diciembre, llevados a juicio, encontrados culpables y sentenciados a muerte en marzo de 1960.

“Esto es más que un reportaje, es un libro”, habrá pensado Capote. Y, desafiando las leyes de la física periodística (según las cuales lo escrito hoy se publica mañana mismo o a más tardar la próxima semana), dedicó los siguientes cinco años de su vida (con estancias en España y Suiza) a lo que pronto habría de bautizar como In Cold Blood… Demoró tanto el cocimiento como lenta fue la espera para que se ejecutara la sentencia. Fueron vías paralelas: el ahorcamiento de Hickock y Smith ocurrió el 14 de abril de 1965, con Capote como testigo; luego, The New Yorker publicó la obra en cuatro entregas en el otoño de ese año. Y el tomo, en pasta dura (bajo el sello de Random House), salió a la venta en enero de 1966. Dice Gerald Clarke: “El libro obtuvo la recepción con que sueña todo escritor: elogios casi universales, unas ventas formidables y una fama que de costumbre está reservada sólo a las estrellas de cine”.

El parto no fue sencillo. Mientras Capote escribió A sangre fría, en esos largos años de exilio, muchas cosas sucedieron en los Estados Unidos. Por ejemplo: Harper Lee publicó su primera novela, Matar un ruiseñor (To Kill a Mockingbird, 1960), con la que ganó el Pulitzer, que se convirtió también en una cinta exitosa; murió además no un ruiseñor, sino una bella actriz, Marilyn Monroe, en condiciones misteriosas; ocurrió la crisis de los misiles, como un episodio más de la Guerra Fría; y el presidente John F. Kennedy fue asesinado… Y alrededor de Capote ocurrieron algunos hechos también preocupantes, como accidentes automovilísticos, tormentas, inundaciones o incendios. De esto último, con la posibilidad de que se prendiera la casa en que habitaba por el fuego de una finca vecina, rescató lo que llevaba escrito y los materiales de apoyo de su “libro de Kansas”, como lo llamaba.

capote

De la correspondencia de Capote (Un placer fugaz, 2013), al extraer pasajes referidos a la construcción de A sangre fría se obtiene algo así como el diario de la escritura de la novela. Para armar esa bitácora omito, pues, a quién se dirige la carta y conservo las fechas. Sigamos al autor, brevemente, en ese recorrido. Cubro, aquí (por razones de espacio), sólo el primer tramo:

28 de abril de 1960

…lo del robo en Syracuse era realmente hilarante: voy a guardar la lista de objetos robados; puede que la use para el libro que, por cierto, he empezado a escribir esta misma mañana.

Principios de junio de 1960

Nunca en la vida había trabajado tanto, pero me va a salir un libro muy bueno… aunque será largo, vaya si lo será.

Mediados de junio de 1960

Alvin llevaba razón cuando dijo: “¿Cómo conseguirás hacer un libro sobre todo este caos?”. Bueno, puede que tarde años, pero será todo un libro. Aunque es como hacer encaje de bolillos…

20 de junio de 1960

Como dije: el trabajo va bien pero muy lento. Es como hacer un elaborado punto de cruz. He prometido entregar el manuscrito final dentro de un año, a partir de octubre.

27 de junio de 1960

A mí me va bien. Vivo en plena tranquilidad; no veo a nadie, literalmente; y estoy volcado por completo en In Cold Blood. Estoy tan entusiasmado como siempre. No, aún más. Va a ser una obra maestra: lo creo de verdad. Porque si al final no lo es, entonces no valdrá nada y habré malgastado dos o tres años. Pero estoy muy confiado, y no siempre ha sido así.

25-31 de julio de 1960

Es que no quiero volver a casa hasta que haya terminado el libro de Kansas, y como es muy largo (creo que serán unas 150.000 o 200.000 palabras), puede que tarde otro año o incluso más. Tampoco me importa mucho: tiene que ser perfecto, y por eso me estimula tanto y estoy completamente dedicado a él. Y créeme, si tengo la suficiente paciencia, podría ser una especie de obra maestra: el material es de primera, y he recopilado una gran cantidad (más de 4.000 páginas de anotaciones mecanografiadas). A veces, cuando pienso en lo bueno que puede llegar a ser, casi me cuesta respirar. Vaya, todo este asunto fue la experiencia más interesante de mi vida, y sin duda ha cambiado mi vida, ha alterado mi punto de vista sobre casi todo. Esto es una Gran Obra, y por mucho que fracase, saldré ganando.

6 de septiembre de 1960

He trabajado con constancia y muy intensamente en el libro de Kansas. Lo aborrezco, aborrezco tener que lidiar con estos materiales y hacer el esfuerzo día tras día, pero me tiene absorbido y dedicado por completo, estoy involucrado emocionalmente a un nivel que en pocas ocasiones he experimentado.

Quiero quedarme en el extranjero hasta que termine el libro, así que es posible que no vuelva a casa hasta el otoño del año que viene.

15 de septiembre de 1960

Me figuro que tardaré unos dos años más en terminar el libro, y no sé si podré aguantar tanto tiempo sin sufrir un colapso. Además, es tan atroz que no sé quién va a ser capaz de leerlo.

22 de septiembre de 1960

He trabajado a buen ritmo. No podría ser más difícil, ni ir más lento, pero lo que hasta ahora tengo hecho me parece bastante bueno. Sigo en contacto permanente con Kansas; han ocurrido muchas cosas (demasiadas para contar en una carta). Perry y Dick aún esperan el resultado del recurso, aunque Perry empezó una huelga de hambre que lo ha hecho pasar de 75 a 50 kilos, y no creo que llegue vivo a la horca. De todos modos, ya ha perdido la razón: cree que se puede comunicar directamente con Dios, y que Dios es un gran pájaro que revolotea encima de él y está a punto  de acogerlo en sus alas. El viejo señor Hickock ha muerto de cáncer. Vaya historia más espeluznante y terrible. Esta es la última vez que escribo un “reportaje”.

10 de octubre de 1960

He terminado la primera parte del libro (que tendrá cuatro partes), y son más de 35.000 palabras, ¡más de la mitad de la extensión de un libro normal!

17 de octubre de 1960

He terminado, o casi, la primera parte de mi libro, que tiene más de 35.000 palabras. En total va a tener unas 125.000, más o menos el doble que un libro normal. Ahora me pregunto si en The New Yorker lo van a poder sacar. Nunca habría pensado que yo, de entre todos los escritores, fuera a tener problemas con la extensión. De hecho, está escrito de una forma muy compacta, y no se puede acortar (lo he intentado). Bueno, si no me pongo de acuerdo con Shawn (y me imagino que lo van a pensar bastante antes de dedicar cuatro números enteros a este proyecto, sobre todo porque no es una lectura “fácil” ni demasiado “entretenida”, en el sentido en que se usan normalmente estas palabras), mi único remordimiento será que he gastado más de 8.000 dólares durante la investigación, que no voy a poder devolver. Pase lo que pase debo seguir con el libro. Supongo que sonará pretencioso, pero me siento en la obligación de escribirlo, aun cuando los materiales que barajo me dejan cada vez más exhausto y paralizado, por no decir horrorizado. Cada noche tengo pesadillas. De verdad que no sé cómo pude ser tan insensible.

9 de noviembre de 1960

Verbier es un pueblo muy bonito, muy aislado, muy saludable, extremadamente nevado e insufriblemente aburrido. Pero no he venido hasta aquí, como se dice, a buscar diversión. Sólo a probar suerte y seguir con el libro; ya he escrito 35.000 palabras y aún me quedan 70.000: todo cuesta arriba y el aire está cada vez más enrarecido. Este será mi último intento en el mundo de los reportajes; y en cualquier caso, si salgo vivo de esta, habré dicho todo lo que tengo que decir sobre el género. Mi interés por él siempre ha sido completamente técnico; no me parece, ni me ha parecido nunca, que a esta disciplina le hayan dado alguna vez forma artística. Creo que In Cold Blood (el título del libro) tiene bastantes oportunidades de convertirse en una obra de arte. Por desgracia, estoy demasiado implicado emocionalmente con el material; por Dios, ojalá se acabe esto. Por una parte, me gustaría volver a casa, pero por la otra, me he prometido no hacerlo hasta que el libro esté acabado.

 

Alejandro Toledo
Es coautor del volumen Literatura de la Historia ilustrada de México que coordina Enrique Florescano; y autor de Universo Francisco Tario.

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Hoy ha venido el mensajero a traernos noticias del Cervantes, el Premio Cervantes, considerado como el Nobel de las letras en español, otorgado en España a Fernando del Paso (Ciudad de México, 1935), un autor en cierta forma atípico de la literatura mexicana… Aunque muchos escritores nuestros pueden ser así considerados, como irregulares. Por ejemplo Juan Rulfo, con sólo un libro de cuentos y una novela; o Juan José Arreola, que tiene en su haber también una sola novela más cuatro libros de prosas o relatos… La escritura en Rulfo y Arreola de pronto se interrumpe, y se abre, ante ellos y ante sus lectores, un abismo. En eso coinciden.

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La irregularidad en Del Paso es distinta. Comienza a publicar a finales de los años cincuenta, cuando Arreola le edita Sonetos de lo diario en la colección El Unicornio. Por ese tiempo escribe dos cuentos: “El estudiante y la reina”, aparecido en La Palabra y el Hombre, revista de la Universidad Veracruzana, y “La cama de piedra”, que envía a Colombia para El Espectador o El Tiempo, de Bogotá, Colombia, mas no se sabe si eso ocurrió (si alguno de esos diarios imprimió el relato) y el autor perdió el original. Parecía caminar de modo previsible: del poema al cuento, del cuento a… Sólo que el tercer cuento, la historia de un personaje que camina por los campamentos ferrocarrileros con un pequeño féretro blanco al hombro, seguido por una mujer embarazada que va recogiendo girasoles silvestres, se le convierte en nouvelle, primero, y luego en un ladrillo que le llevó casi diez años de escritura, editado por Siglo XXI en 1966 bajo el título de José Trigo.

Se valoró esa primera novela por dos cosas. Primero, por lo que contaba: el desarrollo del movimiento ferrocarrilero de 1958-1959, con pasajes referidos a la guerra cristera, lo que se transformaría en Del Paso en un interés constante por revisar la historia patria. Después, por la forma literaria múltiple con la que el autor había acometido esa empresa, y que recordaba al Ulises de James Joyce… También se notaba la influencia de William Faulkner; y el “José” y el “Trigo”, parecían ecos claros del “Pedro” y el “Páramo”. Hay incluso una heroína, Eduviges, que acaso viene directamente de Juan Rulfo… Lo rulfiano, lo joyceano y lo faulkneriano se mezclaban para transformarse en un artefacto narrativo original y poderoso, gracias a una diestra prosa mexicana, casi escrita en caló chilango, que juega constantemente con las palabras.

Luego de esa incursión desbordante, se esperaba algo más de Fernando del Paso… pero el libro siguiente tardó en llegar. Del Paso ya no vivía entonces en la Ciudad de México, sino en Londres; y Palinuro de México tuvo un arranque forzado, porque fue premiada en México por la Editorial Novaro en 1975, que no consideró viable su publicación (quizá por tocar el tema aún fresco del movimiento estudiantil de 1968); se editó en España, en Alfaguara, en 1977… y hasta tres años después logró circular por las librerías mexicanas, gracias a la edición de Joaquín Mortiz de 1980.

El armado de la obra de Fernando del Paso fue, así, de cocido lento. En Palinuro de México se mantenía el modelo joyceano, incluso al insertar una obra de teatro en la parte final de la novela, pero los referentes literarios se expandían… y el libro se concentraba, a la vez, al tocar el autor asuntos autobiográficos. Por su carácter caleidoscópico, representaba muy bien el espíritu contracultural de los años sesenta, década en que los jóvenes fueron protagonistas de la historia. Los pasajes más hermosos de la novela son aquellos que refieren los encuentros entre el protagonista y su prima Estefanía, capítulos de alto valor erótico.

José Trigo era una pirámide verbal; Palinuro de México simulaba una navegación, una deriva… La tercera novela de Fernando del Paso, Noticias del Imperio, publicada en 1987, veinte años después de la primera y diez después de la segunda, fue un gran castillo, como el de Bouchout, en el que vivió Carlota de Habsurgo sus últimos días, como el de Miramar, de donde partió ella con Maximiliano hacia su experiencia mexicana, como el de Chapultepec, donde vivieron… De nuevo atraía al escritor un asunto de la historia; y también, otra vez, el ejercicio valía tanto por lo que contaba como por el modo como era contado. Muy pronto, el monólogo de Carlota, que ata todas las historias, fue considerado como semejante al monólogo de Molly Bloom. Lo joyceano siempre estaba ahí; pero también otras cosas. La investigación sobre el Segundo Imperio fue titánica; Del Paso lo buscó todo, lo supo todo. Y lo contó todo.

De ser una rareza, un autor para escritores, como suele decirse, con Noticias del Imperio se convirtió Del Paso en un best seller, aunque no mucho de esa fama repentina apoyó sus títulos anteriores, que siguen siendo considerados (aunque no sea cierto) de lectura difícil y como para iniciados.

Su trabajo ha visitado esos dos frentes: la historia y la palabra, cuidando ambos flancos. El cuerpo central está ahí, en esos tres novelones; y el resto ha sido sólo buena literatura: insistió en el poema con Sonetos del amor y de lo diario (1997), trabajó un prosemario extraordinario que es Castillos en el aire (2002), incurrió en el teatro versificado con La muerte se va a Granada (1998) y en la novela policiaca con Linda 67 (1995), se paseó como erudito cervantista en Viaje alrededor de El Quijote (2004) y le devolvió la voz literaria a Juan José Arreola, habilitándose como su amanuense, en Memoria y olvido (1994)… Aun ahora, a los 80 años, tiene la meta titánica de concluir el tomo segundo de su Bajo la sombra de la historia, y en verdad ha sido esa, la historia, arropado además por la palabra (en su ejercicio barroco), la sombra que le ha dado cobijo y lo seguirá protegiendo.

Alejandro Toledo
Es coautor del volumen Literatura, de la Historia ilustrada de México que coordina Enrique Florescano; y autor de Universo Francisco Tario.

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