“Esta locura de amarte me impide ser normal”

 

A Diego

Cuando corría el año 2004, y yo cumplía  diez, mi papá agarró una pésima maña: despertar temprano los domingos para llevarnos a mi hermano y a mí al Estadio Olímpico Universitario. Lo odiábamos, claro. Éramos dos chamacos que lo único que querían en fin de semana era levantarse a la hora que quisieran e ir a comer con los abuelos. Pero era la temporada de Bruno Marioni y su campeonato de goleo. Eran los meses de la esperanza. Era el momento estelar de Hugo Sánchez y sus berrinches —a menudo caracterizados porque el entonces Director Técnico del Club Universidad Nacional se ponía su saco al revés para reclamar algo, lo que fuera—. Aunque no lo entendiéramos, era la época ganadora y de la ilusión. No era un asunto racional, sólo había que estar ahí.

Era también el torneo de varios récords alcanzados: mayor cantidad de puntos, mayor número de goles anotados. Era el plantel de Sergio Bernal, del eterno capitán Verón, del Chispa Velarde, de Leandro Augusto y del Jimmy. Dos años antes, la mítica Rebel se había trasladado de la zona del Palomar al Pebetero del estadio, y llevaban mantas y banderas enormes, sin duda impresionantes. Nosotros, casi siempre en planta baja, escuchábamos cánticos irrepetibles; como no los oíamos con claridad, pronunciarlos por cuenta propia era una tarea imposible. Pero sabíamos que era una buena señal que estuvieran ahí. Ese año, 2004, fue el del bicampeonato. El de la alegría absoluta. En ese momento nos dimos cuenta que en el estadio la vida sí es más feliz: la gente grita, se ríe, toma chela, come cochinadas, y todo está bien. El tiempo parece transcurrir de otra forma, incluso.

Esa faramalla devenida tradición familiar duró unos años más. Mi hermano pronto se deslindó del futbol para pasar a cosas “más importantes”, como los videojuegos. Yo no lo recuerdo con claridad, pero la última vez que mi papá y yo festejamos juntos fue en 2009: cuando Efraín Juárez —de apenas 21 años— era parte de un equipo, junto con Pablito Barrera y Dante López, que volvía a ser campeón frente al Pachuca. La felicidad vuelta costumbre. Un estadio que estallaba de euforia, que no se agotaba de alentar. A la UNAM, pasión infinita. A la UNAM, locura total. Vasos de cerveza desfilaban en el aire. Miles de gargantas se desgastaban en cada Goya. Las banderas que ondeaban en todo el Pebetero se convertían en estandartes en el Estadio Hidalgo. Ésa fue la noche que, para mí, lo cambió todo. Fui parte de una misma emoción ya no sólo heredada por mi padre, sino compartida con miles de aficionados de apenas quince años que pensaban que la felicidad estaba en la cancha. Incluso a través de la televisión. Los noventa minutos del futbol eran sagrados: no nos hables, no nos distraigas, ¿no ves que estamos viendo el gol? No entendía mucho de estrategias futbolísticas (¿cómo que línea de 5, Pá?, ¿me explicas lo que es el fuera de lugar?), pero el sentimiento, ése sí, lo podía palpar en cada poro de mi piel. Algo que no era mi corazón —o tal vez sí— retumbaba con una fuerza inaudita en mi pecho. No sé cómo pero los Pumas de la UNAM me habían dado algo que no sabía que buscaba: identidad. 

“Pumas, azul y oro, esta campaña volveremos a estar contigo. Te alentaremos de corazón. Ésta es la Rebel que te quiere ver campeón”

Luego vino el derrumbe. Mi papá y yo nos distanciamos por años. Él se mudó a Guadalajara y yo, en contra de su voluntad, decidí quedarme en Ciudad de México. Eso provocó que dejáramos de hablar por un tiempo considerable, su enojo y mi berrinche eran dos actitudes irreconciliables. Fue así como dejé de ir al estadio, no sólo porque no tenía dinero para comprar boletos, sino porque no tenía con quien ir. A ningún adolescente le interesaba una joven adicta a ver rodar el balón. A mi grupo de amigas le interesaba otras cosas. Abandoné el estadio, aunque no al equipo. Durante todo ese tiempo, a los Pumas también les fue fatal: en 2015, los Tigres nos arrebataron un campeonato. Y el quiebre fue tal que en 2017 la mítica Rebel, la única hinchada que gana partidos, dejó de presentarse en el Pebetero (tengo el vaguísimo recuerdo de aquel reclamo en las rejas del estadio, en el que se les caía la cara de vergüenza a Jesús Gallardo y Josecarlos Van Rankin). Un dolor crónico empezaba a acumularse en el alma. Si acaso me enteraba que estaba jugando el equipo de mi vida, era porque lo estaban transmitiendo en la televisión de algún Fisher’s de la ciudad. Yo ya era otra.

*

“¿Qué vas a hacer el domingo? No lo sé, ¿por? A mi papá le regalaron boletos para ir al estadio, ¿jalas? Chale, pero ¿y la cruda? Pues la curamos ahí. Es a mediodía, ¿no? Sí. Bueno, pues ámos”. Antes de lo que hubiera imaginado, en 2018, estaba otra vez cruzando la reja del acceso F para agarrar lugar en el Palomar del Olímpico. Al papá de mi mejor amigo, investigador en la Facultad de Ciencias, le regalaban boletos para todos los partidos, desde los más soporíferos hasta los más emocionantes, y como no tenía que gastar un solo peso en entradas, mis domingos los pasaba de nuevo en aquellas bancas de cemento. 

Previo a convertirse en mi mejor amigo, Diego había sido mi compañero de banca en tercero de secundaria en el Colegio Madrid, mi vecino —vivía frente a la casa en la que me crié en Coapa— y, cuando ambos entramos a la UNAM, también se convirtió en mi ride a la universidad bajo la promesa de que le pagaría la mitad de la gasolina (aunque nunca lo hice). En aquellos trayectos de casi cuarenta minutos no nos quedó de otra más que hablar de nuestras afinidades, Pumas entre ellas, y muy pronto construimos una amistad verdadera basada en el desmadre. Ya no éramos niños de la mano de sus papás, sino adultos que  empezaban a trabajar, a explorar el mundo, a salir cada más tarde por la noche. Yo lo llevé por primera vez a un antro, y él me dio a probar mi primer porro en un departamento en Copilco. En ese momento, los dos crecíamos  junto a unos Pumas que se fueron haciendo de una ridícula reputación: perdían, los goleaban (tengo muy claro ese 0-5 favor Santos), jugaban a nada, se presentaban a partidos que terminaban siendo soporíferos, servían sólo para ser el hazmerreír de la liga. Estar en el estadio servía para dos cosas: vernos y tomar cerveza, a menudo caliente y a sobreprecio. Pero poco nos importaba. Estábamos en crisis, el equipo y nosotros, como casi todos los adultos jóvenes que no saben hacia dónde van. El fracaso se hizo parte de nuestra vida, y nos acostumbramos a ser los que perdían siempre, no sólo en el futbol. 

Teníamos una costumbre nueva y especial: no importaba si no nos veíamos en toda la semana, tampoco era relevante si hablábamos en todo ese tiempo. El domingo teníamos que vernos en el estadio, con resaca o no, desvelados o no, desayunados o no. Aunque nuestro lugar predilecto era Palomar, cuyos boletos oscilan entre los 450 y 600 pesos en temporada regular, conforme fuimos creando la dinámica de los domingos nos convencimos de pagar menos, entre 300 y 350 pesos, por boletos para estar con la porra, con la Rebel, con aquella hinchada que dotaba de encanto a todo el estadio. Ése fue el otro momento definitorio en mi vida como aficionada: desde el primer cántico en el Pebetero supe que mi lugar —ese que creí perdido desde hace mucho tiempo— estaba ahí. “Aunque gane o pierda, estamos de fiesta. Todo es alegría, todo es carnaval”. Entendí que ser aficionada a un equipo tenía algo de mística y casi nada de racionalidad. Al menos una vez al día sueño con gritar: Pumas campeón, con irme al Ángel y acompañar al equipo en un recorrido digno de ganadores, cantar esa monserga que es “We are the champions”, hacerme un tatuaje que represente esta obsesión exorbitante. Más de una vez me fui llorando del estadio sin entender lo que había sucedido, sin saber cómo una derrota me afectaba incluso a niveles físicos. Alejandro Zambra lo dijo en uno de los ensayos que componen Literatura infantil

En el caso de quienes somos hinchas de los llamados equipos grandes, las expectativas son siempre demasiado altas: exigimos que nuestro equipo gane, guste y golee todas las semanas, de manera que incluso una victoria estrecha tras un mal partido puede provocarnos alguna dosis de tristeza futbolística. 

Cada rincón del estadio se mimetizó con nosotros: ya sabíamos cuál era el puesto donde vendían los mejores taquitos de canasta, quién era el vendedor de chela que tiraba paro al final del partido dándonos una o dos latas extras, en qué arbusto afuera del estadio era mejor hacer una “parada técnica”. Era un rito necesario para nuestra amistad, como quien tiene que hablar horas por teléfono. Las cosas más serias siempre encontraban el estadio, las gradas, las luces, como escenario ideal para revelarse: un diciembre en el que Pumas jugaba a eso de las siete de la noche contra Cruz Azul (y quedaron 0-0), le confesé a Diego, casi llorando, que esta depresión era demasiado y que tenía que pedir ayuda a un psiquiatra. Él, a su vez, me ha presentado a una que otra novia antes de pasar el filtro de seguridad del acceso B.   

En 2020, un tal Andrés Lillini encarnaba un proyecto que prometía, que ilusionaba, que nos mantenía al hilo de cada juego. Diego y yo llorábamos de emoción cada vez que escuchábamos a la Banda MS entonar: “Me siento emocionado, no sé si te ha pasado… Que si pudiera te viera de lunes a domingo sin parar”. Luego vino el comandante, mi comandante, Juan Dinenno y César “el Chino” Huerta (te extraño, Chino, el plantel que seríamos si no te hubieras ido a Bélgica). Un equipazo que no pudo despegar del todo. Pienso a menudo en la tristeza que envolvió a Diego cuando Lillini se despidió del equipo y llegó el inútil de Rafael Puente Jr.: un nepobaby que aterrizó a la dirección técnica de los Pumas por “palancas” (no tengo pruebas pero tampoco dudas) y sólo se paró en la cancha para presumir sus tenis de veinte mil pesos. “Ya se va, ya se va, Puente ya se va”, cantábamos al final de cada partido dirigido por ese infame. O cuando Antonio “el Turco” Mohamed, según rumores, renunció al equipo por apostar en su contra. O cuando quien se quedó en su lugar, Gustavo Lema, no terminaba por gustar a una afición ya harta de que hicieran lo que quisieran con la historia del club.

En todos estos años, Diego y yo nos convertimos en dos hinchas de verdad, aficionados de los pesados, de los que se ponen la playera, no se la quitan, y la honran hasta el final. Cueste lo que cueste.       

*

Ayer fui a la iglesia. Iba caminando y me fue inevitable entrar a la parroquia que está en la esquina de Tamaulipas y Alfonso Reyes en la colonia Condesa; nunca he sido religiosa pero desde hace un par de días me pregunto si hay algo allá afuera, algo más grande que yo, que mis deseos y anhelos. Si es cierto que existe, ¿le pediría que me cumpla algo? Me senté en una banca frente al altar y, quién sabe cómo, me puse a rezar. Pero sólo tenía una plegaria. 

Hoy el Club Universidad Nacional —dirigidos nada más y nada menos por un Efraín Juárez de casi 40 años— vuelve a llegar a una final de liga que se disputa contra el Cruz Azul. Desde 2011 no levantamos la copa. Y éste será un espectáculo como pocos. En lo que a mí respecta, este año no me he perdido ni uno de los partidos que han jugado tanto en torneo regular como en liguilla. Llámenme loca, si quieren. De hecho, fui a Pachuca en un impulso que sólo puede definirse como locura. He gastado miles de pesos (perdón, familia) en boletos, cerveza, playeras originales y piratas, con tal de que mi equipo no sienta mi ausencia. Eso sería equivalente no sólo a olvidarlos, sino a quemar el recuerdo de este vínculo entre los Pumas y yo, volverlo inexistente. Que los domingos con mi papá y las fiestas con Diego se conviertan en cenizas de las que ya nada puede surgir. Que mi propia presencia perdiera algo de sentido. Pero ya no tiene caso negarlo: soy lo que soy porque Pumas es lo que es.

Recorro la historia de mi vida y es, al mismo tiempo, la de mi amor infinito hacia un equipo de futbol. Así que cuando me reconocí en aquella iglesia, la única plegaria que pude pronunciar fue la misma que me ha perseguido desde hace 15 años.

Mariana Ortiz

Ensayista y editora en nexos

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